Mindfulness… ¿Perder el tiempo?

Me ha sorprendido mucho un nuevo artículo aparecido en una de las revistas más importantes del Reino Unido “The Spectator”, criticando el Mindfulness, llamándolo incluso “culto”. Lo primero es que creo que siempre es un buen signo cuando empiezan a hablar mal de algo, porque significa que ya se ha introducido tanto en la cultura que aparecen detractores dispuesto a atacar algo que apenas conocen. El hecho de que aparezca en esta importante revista es una indicación de hasta qué punto la práctica ha penetrado la cultura británica, incluso en política. Alrededor de 100 diputados  en las Cámaras del Parlamento han realizado un curso de Mindfulness, y están actualmente investigando sus beneficios en la vida pública.

¿Cómo una persona que ha practicado dos semanas –la periodista– puede juzgar algo con tanta ligereza y ferocidad? Alucinante.

También creo que su argumento principal es confuso: afirma que el Mindfulness “es claramente una religión”, para luego desdecirse afirmando que  “no es doctrinal, ni prescriptiva, ni exigente”. ¿En qué quedamos? Luego expresa que  está “basado en el budismo”, pero después pasa a criticar el enfoque actual de “extraer partes poco a poco” quitándole los elementos principales en Occidente.  

Otra de las otras críticas principales que esta periodista añade es que el enfoque del Mindfulness en la reflexión puede parecer egoísta. No es la primera vez que lo escucho. Es curioso como se puede percibir que tomarse tiempo para trabajar en uno mismo, para avanzar personalmente, tener más paz interior y más claridad pueda percibirse como una debilidad y un perjuicio. En mi opinión es un reflejo del punto en el que nos encontramos en esta sociedad, en la que solo apreciamos la acción por la acción, sin dirección, sin darnos cuenta  que no somos “haceres humanos” sino “seres humanos”. ¿Cómo las personas van a ser capaces de superar el estrés si sus mejores herramientas son mantenerse ocupados continuamente? Más valdría a los periodistas (y por ende a todos los demás) dedicar su tiempo a temas constructivos en lugar de intentar juzgar y destruir aquello que realmente está dirigido a ayudar y traer serenidad en un mundo como el nuestro, en perpetua carrera e insatisfacción.

Autora del artículo: Mónica Esgueva

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Cómo las redes sociales manipulan nuestras vulnerabilidades

En estos momentos nos encontramos ante una situación mucho más preocupante de lo que la gente cree. Los propios ingenieros y diseñadores que desarrollaron los elementos característicos de Facebook, Twiter, Google o Snapchat empiezan a desmarcarse y a alzar su voz alertando de los peligros reales de adicción a los móviles y a las redes sociales.

Es lo que se empieza a llamar la DISTOPÍA de los móviles. Es decir, la Utopía negativa. Lo cual implica una sociedad futura peor que la actual de lo que ya nos alertaba George Orwell y Adolf Huxley por ejemplo. Antes parecía pura ciencia ficción. Ahora empieza a dibujarse como una realidad en la que las personas tienen la mente atrapada y absorbida por la tecnología.

En los últimos años en Silicon Valley se ha desencadenado una verdadera competición en pos de la atención de las personas, y detrás de cada diseño aparentemente inocuo de las redes sociales, desde el puño hacia arriba de los “me gusta” hasta el globito rojo que te avisa de la llegada de algún tipo de mensaje o actualización están pensados con sumo cuidado para atraer nuestra atención, son como un ring brillante y seductor, pero a la vez completamente vacío.

Es una maquinación muy reflexionada con el fin de engancharte al sistema. Lo que empezó como un regalito de positivismo en Facebook, ese “me gusta” fue copiado por todas las redes sociales, apps y sitios web, ya que ese estímulo de corto plazo gracias a la reafirmación social engancha, y mucho.

Actualmente tiene lugar en San Francisco incluso una conferencia anual para diseñadores, programadores y emprendedores que acuden desde todo el mundo (cuesta 1,700$ asistir) en la que se enseña a manipular a la gente para que utilice de forma habitual sus productos. Es decir, se busca que la tecnología sea usada de forma compulsiva, que es lo que han logrado los gigantes como Facebook, Instagram, Twiter o Google.

Tienes el impulso de ojear cualquiera de ellos, y sin darte cuenta después de una hora te encuentras aún mirando. Todo esto está muy pensado y articulado para que así sea. Muchos programadores estudian con psicólogos especializados en maneras de diseñar tecnología para persuadir a los que la utilizan. Se emplean trucos psicológicos sutiles que saben que desarrollan hábitos. Por ejemplo, cuando tenemos emociones tales como el aburrimiento, la soledad, frustración o confusión, surge una molestia o irritación que nos lleva a caer en acciones inconscientes para poder calmar esas sensaciones incómodas.

No hay ningún tipo de ética detrás, las empresas tecnológicas explotan las vulnerabilidades humanas —entre las que se encuentran la necesidad de aprobación ajena y el tapar a toda costa el aburrimiento— para empujar sutilmente a la persona a dar al “me gusta” (algo en apariencia inocente) pero fundamental para acumular y almacenar esa información y venderla la mejor postor, lo cual se traduce en ganancias millonarias a través de publicidad excepcionalmente personalizada.

Se experimenta con diferentes técnicas para manejar la atención del usuario y conseguir suculentos beneficios con la venta de esos datos, además de potenciar la adicción, claro. De hecho los diseños más seductores se basan en los mismos principios que hacen el juego tan compulsivo: recompensas variables, tener que actualizar cada vez que te avisan de que hay un nueva notificación y deslizar la pantalla como las máquinas tragaperras. Nuestras tendencias perjudiciales son así aprovechadas.

Ha aparecido recientemente un estudio que demuestra que la gente toca, desliza o teclea en su teléfono 2,617 veces al día de media (el estudio se realizó con 100.000 personas con un seguimiento de varios días, 24 horas al día), y dedicamos de media 2h 40 a mirar la pantalla del móvil. Y esto sin contar las veces que miramos el móvil para visualizar notificaciones, saltar una canción o lo que sea sin meter nuestro código o sin poner la huella digital para activar la contraseña.

¿A vosotros os parece normal? ¿Os parece que es la mejor manera de utilizar nuestro foco y nuestra energía? Por si fuera poco, también hay investigaciones que indican que nuestras capacidades cognitivas en general se ven menoscabadas y que la utilización excesiva del teléfono afecta negativamente a la inteligencia. Básicamente estamos distraídos todo el tiempo.

Como no podemos depender de que desaparezcan todas esas seducciones de nuestra vista y de no tener tentaciones para no caer en ellas, debemos ser conscientes de lo que realmente ocurre para poder gestionarnos mejor. Algunas veces hay que simplemente cortar las horas o momentos de acceso a nuestro teléfono, y otras tenemos que entrenar nuestra mente para no caer en las trampas que tan bien han urdido estas multinacionales de la tecnología. Debemos recordar que al final el control sobre lo que entre en nuestra mente y sobre nuestros comportamientos está en nuestras manos.

Autora del artículo: Mónica Esgueva

Fuente: El Huffington Post

 

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5 medidas para iniciar tu desintoxicación digital

Los teléfonos móviles (con su correspondiente conexión a internet, a las redes sociales y potencialmente a miles de personas) han penetrado tanto en nuestras vidas que actualmente corremos el riesgo de quedarnos secuestrados por estos aparatos, a su merced. Y sin ser muy conscientes de ello, nos estamos haciendo adictos a el móvil. Nos estamos acostumbrando a reaccionar de forma inmediata cada vez que nos llega un bip del teléfono; nos sentimos impelidos a mirarlo y contestar. Incluso cuando no lo hacemos, nuestros pensamientos se dirigen hacia quién será el que envía el mensaje y de qué asunto se tratará, interrumpiendo nuestra tarea del momento.

 A menudo estamos físicamente presentes pero psicológicamente ausentes, y el mensaje que le llega a las personas que están con nosotros es que son menos importantes. Por eso es fundamental plantearse hoy en día una desintoxicación digital y saber cómo poner freno a esta corriente que parece arrastrarnos, incluso a pesar nuestro. Aquí dejamos cinco buenas sugerencias:
  1. Ocultar el móvil y no poner sonido a los mensajes entrantes. No hay ninguna razón para mantener el teléfono al alcance de la mano, ni de la vista durante ni después de la jornada laboral, especialmente cuando tenemos que estar centrados en alguna tarea. Tampoco es beneficioso estar escuchando continuamente los sonidos de los mensajes entrantes que actúan como tentaciones difíciles de resistir… Y eso hace que nos despistemos cada dos por tres, y seamos muy poco efectivos en nuestro trabajo. Por supuesto si estamos con otras personas, pensaran y con razón, que son menos importantes que nuestros mensajes y que lo que estamos hablando con ellos no nos interesa casi nada. Además, la comunicación es más superficial porque sabemos que podemos ser interrumpidos por un bip en cualquier instante. Es más conveniente mirar el teléfono cuando tenemos tiempo y en ese momento contestar todos de una vez.
  2. Dejar de usar el teléfono como relleno de tiempo. Muchos de nosotros, sin querer, nos hemos casi convertido en adictos al entretenimiento y la distracción (y algunos además, al trabajo). Por eso, cada vez que tenemos un momento libre, esperando en fila de la cafetería de la oficina, esperando a embarcar en el aeropuerto, en la sala de conferencias antes de que los compañeros lleguen, esperando a los niños a la puerta del colegio…. volvemos a la pantalla como una muleta social cuando estamos ansiosos o aburridos. Es importante intentar resistir este impulso haciendo algo de lo que disfrutamos mientras esperamos, ser capaces de quedarnos en silencio con nosotros mismos, observar el entorno, detenernos para contemplar la belleza o agradecer nuestras bendiciones… Al principio podemos sentirnos incómodos, pero es crucial no tener dependencias ni hábitos adictivos ni compulsiones.
  3. Practicar mindfulness. Cada vez hay más investigaciones que demuestran que estar con la consciencia en el presente presente con atención plena (mindfulness) nos ayuda a tomar mejores decisiones, reduce el estrés y ansiedad, mejora nuestro estado de ánimo y incrementa la sensación de bienestar. Poder entrenar nuestra atención puede ser muy valioso para tener también un mayor sentido de control sobre nosotros mismos, manteniendo la serenidad incluso ante circunstancias adversas.
  4. Convertirnos en modelo de buenos modales en el trabajo (y fuera).No importa lo habitual que sea en nuestro trabajo o en nuestro entorno estar constantemente tecleando el teléfono cuando alguien está hablando, es irrespetuoso. Como padres, como líderes, como parejas, como amigos estamos dando mal ejemplo de comportamiento continuamente; y consciente o inconscientemente estamos influyendo en nuestro entorno. Más de una vez me ha ocurrido en la consulta del médico, me he quedado mirándole atónita mientras esperaba a que él terminara de enviar mensajes para que se dignara a atenderme. Seguro que vosotros habéis vivido situaciones similares también. Y por supuesto, no deberíamos llevar a la mesa el móvil y estarlo ojeando mientras comemos con otras personas, sean compañeros de trabajo o nuestra familia. Es de pésima educación y no permite ninguna conexión verdadera entre las personas.
  5. No llevar el teléfono al dormitorio. Dejarlo siempre fuera, y si hubiera alguna urgencia podríamos oírlo, pero cerca de nosotros nos impide dormir lo suficiente y con profundidad. Cuando no dormimos suficientes horas o lo hacemos de manera superficial pendientes del teléfono, tanto nuestra salud como nuestras capacidades cognitivas se resienten. Nos volvemos más irritables, más reactivos, menos presentes y menos alegres. Por si fuera poco, cuando no descansamos bien por la noche, tendemos a a centrarnos en lo que no está funcionando en nuestra vida, en los problemas, en lugar de lo positivo. Conozco a gente que se despierta en medio de la noche buscando el teléfono para iniciar inmediatamente una conversación de mensajes de texto, consultar las noticias o mirar Facebook. Y lo tienen ya tan automatizado que les parece normal.

Esta época de revolución digital, hemos de tomar consciencia de este creciente problema. La profesora del MIT, Sherry Turkle, afirma que en los últimos 20 años nuestra sociedad ha experimentado un descenso del 40% (la mayor parte ocurriendo en la última década) en indicadores de empatía en las personas, y los investigadores están vinculando esta tendencia al auge de las tecnologías de comunicación digital. A medida que nos conectamos más a la tecnología, parece que corremos el riesgo de dañar el cableado de nuestro cerebro y nos desconectamos de la interacción personal, algo totalmente necesario a nivel psicológico y social.

Por supuesto, no se trata de tirar los móviles a la basura ni darnos de baja de las redes sociales. Se trata de tomar consciencia de nuestras dificultades para desconectarnos de la tecnología, de los peligros y daños que esto conlleva, y hacer un uso más equilibrado y menos dependiente de la misma

Fuente: El Huffington Post

Autora: Mónica Esgueva

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Más allá del éxito

Creo que en nuestra sociedad actual la gente tiene una verdadera obsesión con el éxito. Es algo a perseguir a toda costa, es el objetivo primero y último, es la supuesta llave que abrirá todas las puertas de lo que deseamos. No puedo estar más en desacuerdo. Esta obcecación nos lleva a una tremenda competitividad, a frustraciones cuando no conseguimos todo lo que queremos cuando habíamos planeado y a la postre a darnos cuenta de que incluso cuando lo conseguimos la satisfacción es efímera y enseguida empezamos a elucubrar cuál es el siguiente éxito que lograr para poder sentir el subidón.

Por lo tanto es más importante trabajar en nuestra mejora personal, asegurarnos que estamos progresando internamente y disfrutar del recorrido que fijar nuestra atención en las cumbres mientras nos perdemos a nosotros y la vida misma en el camino.

Para ello me gustaría dejar unos puntos de reflexión que quizás os puedan resultar útiles.

  1. Toma las riendas de tu vida. No podemos elegir nuestras circunstancias, pero sí que hacemos con ellas. No sirve para nada buscar excusas ni echar la culpa a otros de lo que no va bien en nuestra vida. Lo esencial no es el punto de partida, ni las debilidades y fracasos pasados. Somos responsables de nuestra existencia, y aunque eso a veces pueda asustar también nos da mucho poder. Cada esfuerzo, cada semilla que plantemos, cada acción tendrá consecuencias futuras.
  2. Renunciar al perfeccionismo. Es una entelequia que nos hace sentir inseguros, insatisfechos permanentemente y asediados por la duda y la culpa. Los seres humanos somos imperfectos y nuestras obras también. Cuanto antes lo integremos, antes nos liberaremos de un lastre demasiado pesado para progresar. Nada será perfecto, no importa lo mucho que lo intentemos. Y no podemos esperar a las oportunidades perfectas para ponernos en marcha. Ahora es el momento.
  3. Abandona la multitarea.  Carecemos de los recursos cognitivos y la estructura cerebral para poder utilizarlos al mismo tiempo. Hemos de trabajar nuestro poder de concentración (el Mindfulness es una herramienta ideal para ello). Pretender hacernos malabaristas de nuestras tareas es una pobre manera de malgastar nuestro tiempo y energía. Elige tus prioridades, centra tu atención y persevera.
  4. Abandona tu necesidad de controlar todo.  Primero porque es completamente imposible. Y segundo porque sufrirás como consecuencia de esta actitud. Algunas cosas dependen de nosotros, y otras no. Saber diferenciarlas es fundamental. Preocuparte por aquello que no está en tu mano solucionar desgasta y frustra. Elige bien tus “batallas”, donde pones tu energía, tu mente y tu tiempo. No son recursos infinitos, así que cuida cómo los utilizas.
  5. Abandona tu necesidad de ser gustar. La única manera de evitar causar envidias es no hacer nada importante. Utiliza tu vida para llevar a cabo tu propósito, sea cual sea. Comprende que en el camino habrá mucha gente que no te aprecie, que te envidie, que intente ponerte zancadillas. No te desanimes ni abandones tu camino. No te justifiques tampoco. Renuncia a la necesidad de aprobación de los demás. Si llega, estupendo. Y si no, también. No dependas de ello para sentirte bien y proseguir. Permanece fiel a ti mismo y a tus principios. En la época de las redes sociales, el grupo de voceros críticos e insultantes se hace oír más. No les prestes atención, no se la merecen.

    Autora: Mónica Esgueva

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La verdadera libertad

Estamos inmersos en una sociedad cautiva. Una sociedad en la que somos dominados y manipulados a través del consumismo, los medios de comunicación, las películas y las series, y ahora también a través de las redes sociales.  A veces lo podemos percibir de forma flagrante. Otras, es mucho más sutil e insidioso, es el poder de la masa que te arrastra sin que te des cuenta y tu te dejas llevar para poder satisfacer el deseo de pertenencia, que decía el gran psicólogo Abraham Maslow.

Todo eso desemboca en un condicionamiento de nuestra mente en función del entorno en el que nos movemos en forma de miedos, ansias, apegos, penas, insatisfacción, frustración… Una espiral de la que nos cuesta muchísimo salir, aún cuando tomamos consciencia de ella. Sobre todo porque nos hemos acostumbrado a convivir con estos monstruos internos que nos llenan de toxicidad y nos van marchitando por dentro sin darnos cuenta de que podemos liberarnos de ellos. Los hemos asimilado como hábitos automáticos y creencias internalizadas basadas en nuestra memoria y nuestra exposición continua a una enculturarización que termina determinando quienes creemos ser. Tomar consciencia de hasta qué punto actuamos de manera automática puede ser inquietante, pero es la puerta de entrada a la liberación.

En Occidente creemos que la libertad corresponde a la esfera de lo externo: poder expresarnos cuando y como nos dé la gana, y poder lograr todos nuestros deseos según nuestro plan. Es una perspectiva muy terciada de la libertad que en realidad nos ata a nuestros anhelos y aferramiento, siempre intentando colmar una copa que no se llena desde fuera y, que por lo tanto genera gran sufrimiento.

La verdadera libertad no proviene de poder llevar a cabo determinadas acciones a nuestro antojo. La verdadera libertad es un estado interno de paz, equilibrio y ecuanimidad que nadie ni nada puede coartar ni otorgar. La verdadera libertad no es consecuencia del dinero, el reconocimiento ni el poder. La verdadera libertad florece cuando cultivamos la sabiduría y el corazón, y así podemos madurar y transformarnos desde dentro.

Autora: Mónica Esgueva

 

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Meditación, empatía y compasión

Estudios llevados a cabo en el laboratorio de Neurociencias de Maastricht a cargo de Rainer Goebel, han demostrado que que las redes cerebrales activadas por la meditación sobre la compasión son muy diferentes de las vinculadas a la empatía, algo que la neurocientífica Tania Singer ha estado estudiando durante años.

En estudios anteriores, personas que no habían recibido ningún entrenamiento en meditación veían a una persona que estaba sentada cerca de un escáner mientras recibía descargas eléctricas dolorosas en la mano. Estos investigadores observaron que una parte del cerebro asociada con el dolor se activa en los sujetos que observan a alguien que sufre. También sufren cuando ven el sufrimiento de otro. Más precisamente, dos áreas del cerebro, la ínsula y el córtex cingulado anterior, se activan intensamente durante esa reacción empática, y su actividad se correlaciona con una experiencia afectiva negativa del dolor.

Las diferencias que se han comprobado ahora con individuos llevando a cabo meditación sobre el amor altruista y la compasión mientras su cerebro era monitorizado mediante un escáner de resonancia magnética, es que las redes cerebrales activadas son muy diferentes. En particular, la red ligada a las emociones negativas y la angustia no se activa durante la meditación sobre la compasión, mientras que ciertas áreas cerebrales tradicionalmente asociadas con emociones positivas, con el sentimiento de conexión y el amor maternal, por ejemplo, sí que se activaban.

De aquí ha surgido la noción de explorar estas diferencias con el fin de distinguir más claramente entre la resonancia empática con el dolor de otro y la compasión experimentada por ese sufrimiento. Se sabe que la resonancia empática con el dolor puede conducir, cuando se repite muchas veces, al agotamiento emocional y la angustia. Ese es el agotamiento que a menudo experimentan enfermeras, médicos y personal hospitalario al estar constantemente en contacto con pacientes con gran sufrimiento. Afecta asimismo a las personas que se desploman emocionalmente cuando la preocupación, el estrés o la presión a la que se tienen que enfrentar en su vida profesional les afecta tanto que se vuelven incapaces de continuar con sus actividades. Este burn out afecta a las personas que se enfrentan diariamente con los sufrimientos de los demás, especialmente en trabajadores de la salud y trabajadores sociales. En Estados Unidos, un estudio ha demostrado que el 60% de la profesión médica sufre o ha sufrido de burn out y un tercio se ha visto afectado hasta el punto de tener que interrumpir temporalmente sus actividades.

Gracias a estos experimentos, se ha podido medir científicamente lo que los budistas saben desde hace muchos siglos, que la compasión y el amor altruista están asociados con emociones positivas. El agotamiento emocional se debe en realidad a una especie de “fatiga de empatía” y no a una “fatiga de compasión”. De hecho, la compasión lejos de conducir a la angustia y al desánimo, refuerza nuestra fuerza mental, nuestro equilibrio interior, y nuestra valiente y amorosa determinación de ayudar a los que sufren. Fundamentalmente, en esencia, el amor incondicional y la compasión no agotan, no nos cansan ni desgastan, sino que por el contrario nos infunden la energía y fuerza necesaria para intentar, en nuestra medida, seguir aliviando el sufrimiento de este mundo.

**Nuestro agradecimiento a Matthieu Ricard por haber hecho públicos estos descubrimientos.

Autora: Mónica Esgueva

 

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Cómo podemos alcanzar estabilidad emocional

Aunque a veces nos cueste, es fundamental ser capaz de aceptar todo el rango de emociones que surgen en nosotros, las negativas también. Solo así tendremos la posibilidad de manejarlas adecuadamente. ¿Qué estrategias podemos utilizar e implementar cuando nos encontremos con emociones difíciles?

1) Experimentar la vida de todas las maneras posibles.

Experimentar lo placentero, lo desagradable, lo dulce, lo amargo, la luz, la oscuridad, las alegrías y las tristezas. La vida está hecha de dualidades, para poder trascenderlas. La experiencia nos permite madurar e integrarlo todo dentro de nosotros para enriquecernos y crecer.

Desarrollar la madurez y la fuerza interior lleva tiempo, y proviene de lecciones, pérdidas y triunfos. También de haber pasado por dudas y a veces perderse en el camino.

Para comprendernos a nosotros mismos,incluyendo las emociones,  fortalezas, y debilidades, necesitamos tener experiencias de vida variadas. Es la única manera de crecer y convertirnos en mejores seres humanos.

2) No confundir amor con apego

Llamamos amor a cualquier cosa que se le parece, y a veces solo de lejos. El amor no tiene nada que ver con el apego y la dependencia. Cuando dos personas internamente maduras están enamoradas, una de las grandes paradojas de la vida sucede: están juntos y sin embargo tremendamente solos. Están juntos por elección y se ayudan mutuamente para seguir siendo libres. No hay juegos de poder en la pareja, ni política, ni comercio, ni ganas de dominar. Sólo libertad y amor profundo.

Muchas de nuestras emociones difíciles surgen debido a nuestras relaciones y apegos a los demás. Cuando el amor es de verdad no hay lazos que atan, solo crecimiento y apertura.

3) Escucha tu voz interior

La voz interior es la que corresponder a nuestro Ser. Es una suave voz tranquila. No grita, y es calmada. Ahora hay que hacer silencio en nuestra cabeza para poderla escuchar sin que pase desapercibida. Tenemos tal cacareo interno y tantas voces en la mente que dictan continuamente cómo actuar y qué hacer, que suele resultar difícil mirar hacia el fondo y entender quiénes somos realmente y poder seguir nuestra guía interna.

No obstante, la comprensión de nosotros mismos y lo que realmente deseamos y necesitamos en la vida es crucial para llegar a ser maduro y emocionalmente estable.

Por eso la meditación y la introspección son tan importantes. Nos proporciona la oportunidad de escuchar esa valiosa voz interna.

4) No temer las emociones negativas

Las emociones solo son portadoras de mensajes y no tienen porqué conllevar una reacción inmediata perjudicial. La tristeza puede dar profundidad. La felicidad nos proporciona expansión. La tristeza da raíces. La felicidad fructifica en flores. La felicidad es como un árbol que sube hacia el cielo, y la tristeza es como las raíces que descienden al corazón de la tierra. Ambas son necesarios, y cuanto más alto se eleva un árbol, más profundamente se extiende también. Ahí está su equilibrio.

Sin tristeza, no podemos tener felicidad. El yin y yan de los orientales en la Tierra se cumple siempre. Muchos de nosotros intentamos evitar las emociones negativas porque no nos gusta experimentarlas. Pero la verdad es que ignorarlas, ocultarlas o reprimirlas eventualmente las empeora, y con consecuencias perniciosas.

Para aceptar nuestras emociones, lo mejor es aprender a observarlas sin identificarse con ellas. Para ello, el entrenamiento en Mindfulness resulta de gran ayuda. Y desde ahí, desarrollar la autocompasión y la comprensión de todo lo que ocurre dentro de nuestra mente y cuerpo, y también en nuestra vida. Ese es el camino.

 

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Las personas incondicionales de tu vida

Hoy me han hecho llegar un video de unos minutos de conferencia de un ex-deportista que cuenta cómo su madre fue su gran apoyo incondicional en la vida y él no supo apreciarlo hasta que ella murió. Lo contó en una charla en un colegio, y los asistentes quedaron muy emocionados. No me extraña.

Yo es algo que he tenido muy claro desde hace muchos años. Mis padres han sido, y hasta que llegue su momento de transición de dejar el cuerpo lo siguen siendo, mi gran apoyo. Su amor incondicional me ha otorgado siempre las alas para poder seguir mi camino, aunque conllevara no ser nada convencional, convivir con la incertidumbre diariamente y tomar grandes riesgos. Algo que a través de mí les he forzado a aceptar, aunque en algunos momentos hubieran deseado que yo tuviera una vida más normal y con más seguridades, como todos los padres quieren para sus hijos. Aun así, jamás han dudado, me han cuestionado ni ha flaqueado su apoyo. Les estoy y les estaré siempre agradecida por ello.

Como tengo una gran consciencia de lo efímero de la vida aquí, justamente nunca me arriesgué (como el del video abajo) a que se fueran de ese mundo sin saber cuánto apreciaba su dedicación y amor por mí. Así que en numerosas ocasiones les he agradecido (humildemente) lo que su apoyo en los momentos más difíciles de mi vida y su incondicionalidad han supuesto para mí, lo esencial que ha sido su comportamiento en poderme convertir en la persona que soy hoy, haber llegado a la paz de la que disfruto y poder dedicarme a la labor que hoy realizo.

La última fue la semana pasada. Mi padre está mayor y su salud es delicada. La semana pasada cogió un vuelo a Latinoamérica para apoyar a su otro hijo… Cuando me despedí de ellos en el aeropuerto susurré a mi padre al oído, por si era la última vez que le veía: “Papá, no sería quien soy hoy sin vosotros, sin todo lo que habéis hecho por mí”. Él me miró con la mirada emocionada y me sonrió mientras se encaminaba al avión. Sé que se lo llevaba en su corazón.

 

Autora: Mónica Esgueva

 

 

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¿Se puede tener alguna esperanza en el mundo actual?

Cada vez más gente se cuestiona hoy en día. ¿Podemos tener esperanza en el contexto actual de extremismos religiosos, posibles amenazas terroristas y odio visceral al diferente? ¿Podemos alcanzar algún grado de tranquilidad al enterarnos del extendido grado de corrupción política y económica en nuestro país? ¿Podemos seguir creyendo en el ser humano al ser testigo de  la expulsión de nuestro continente de exiliados en estado de verdadera necesidad?

Desde luego el panorama no parece muy halagüeño, ni tampoco propicio a muchas alegrías ni optimismo, sobre todo respecto a la naturaleza humana. Contemplar las bajezas que nos rodean y como el hombre puede comportarse como un bárbaro con otros, que al fin y al cabo forman parte de la misma familia humana, es de lo más desalentador.

Lo cierto es que esto siempre ha ocurrido a lo largo de la historia. De hecho objetivamente hablando estamos en la época donde se producen menos guerras en el planeta, donde menos personas mueren a causa de las mismas (recordemos las dos terribles Guerras Mundiales del siglo XX sin ir muy lejos, la espeluznante Guerra Civil española, las lastrantes guerras de Vietnam y Corea, las atrocidades de Mao, de Pol Pot y de Stalin por ejemplo).

Actualmente hay muchos países donde la democracia está firmemente establecida y a las personas ni se las persigue ni se las tortura ni se las mata por expresar su opinión, en muchos se respetan los derechos humanos (incluyendo a los niños), y en esos las mujeres son consideradas como seres iguales a todos los niveles…

¿De donde procede esta impresión de que el mundo es más peligroso que nunca, incluso como una cada vez mayor parte de la humanidad vive en paz y muere de viejo? ¿Por qué demasiada gente se siente en un estado de alarma, desesperanza y pesimismo respecto al futuro?

Una gran parte se debe al exceso de  información innecesaria y terciada sobre mundo, la cual  proviene de la narración periodística y los medios de comunicación. Los reporteros dan cobertura prioritaria a las catástrofes, explosiones y todo tipo de violencia, sin que esto represente en absoluto la realidad de nuestro planeta. Los miles de actos de bondad que se están llevando a cabo a nuestro alrededor jamás son noticia, y pasan totalmente desapercibidos.

Por otra parte considero imprescindible la exposición de la corrupción, abusos de poder y cohecho (aunque es aún más necesaria la actuación correcta de la justicia para que nadie tenga la soberbia de creer, por mucho que dinero y poder que haya logrado acumular, que el robo no tiene consecuencias). La porquería ha de salir a la luz para poder llevar a cabo una limpieza. Sin olvidar que esto ha sucedido siempre, pero como se hacía en la sombra, solo los implicados y acólitos sabían de las estrategias  subrepticias habituales en ciertos entornos.

Dicho esto, la sensación de que el mundo es más peligroso, corrupto y cruel que nunca es artificial. No vivimos en un paraíso, desde luego. Hay muchos campos en los que se debe progresar, debemos ampliar nuestra conciencia para percibir que todos estamos interconectados,  que lo que le ocurre al prójimo también me concierne a mí y que debemos traspasar las fronteras del individualismo para buscar beneficiar a otros con nuestras acciones.   Por lo que fundamentalmente resulta imprescindible un urgente desarrollo de la evolución ética de los individuos si no queremos ver el planeta destruido en un tiempo y nosotros desapareciendo de la faz de la Tierra. A pesar de todo, como dice John Ravenhill: ”Ahora es el mejor momento en la historia para estar vivo”.

 

Fuente: El Huffington Post

Autora: Mónica Esgueva

 

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Ser auténtico

Mucha gente cree que la vulnerabilidad es el centro de las emociones oscuras y difíciles que no se quieren sentir, por lo que se pone en guardia en contra de esta apertura del corazón. Lo cierto es que la vulnerabilidad es el centro de todas las emociones, fundamentalmente porque somos seres emocionales.

Cuando sentimos emociones difíciles como dolor, vergüenza, miedo, escasez, decepción, etc. esto conlleva una sensación de riesgo e incertidumbre, y además nos sentimos emocionalmente expuestos, casi en carne viva, sin protección ni defensas. Sin embargo, la vulnerabilidad es también el lugar donde nace el amor, la alegría, la conexión con otros, la confianza, la intimidad, la creatividad, y muchas otras emociones positivas. Si dedicamos nuestra vida a vigilar el corazón para que no sea herido, nos apartamos de todo aquello que nos llena y hace que nuestra existencia merezca la pena.

La vulnerabilidad no significa ser débil o sumiso

La vulnerabilidad no significa ser débil o sumiso. Por el contrario, implica el valor de ser uno mismo y conectarte con tu verdadera fuerza interna, con tu centro. En el ámbito laboral por ejemplo, esto supone sustituir “la distancia profesional” por incertidumbre, riesgo y exposición emocional. Las oportunidades para la vulnerabilidad se nos presentan en el trabajo todos los días: Desde llamar a un empleado o colega cuyo hijo está enfermo, contactar con alguien que acaba de tener una pérdida en su familia, pedir ayuda a otra persona, asumir la responsabilidad de algo que salió mal en un proyecto, o visitar en el hospital a un compañero o empleado con una enfermedad terminal.

La vulnerabilidad y la autenticidad son la base de las conexiones humanas. Y por desgracia, la conexión humana está a menudo muy ausente en el ámbito laboral. En ocasiones cuando realizo programas para ejecutivos en empresas en los que han de profundizar en sí mismos y compartir con sus compañeros aspectos internos y personales, hay ejecutivos que se acercan después emocionados para confesarme que han sido compañeros durante años y con unos pocos ejercicios se han conocido y conectado mucho más profundamente que en años de trabajo juntos.

¿Por qué falta tanto la conexión humana en el trabajo?

 ¿Por qué falta tanto la conexión humana en el trabajo? A los managers y empleados a menudo se les enseña a mantener distancia y proyectar una determinada imagen: Una imagen de confianza, competencia y autoridad. A veces podemos revelar nuestra vulnerabilidad con la pareja o con un amigo cercano en horas bajas, algo que no mostraríamos en otros momentos, y mucho menos en el trabajo.

 

Debemos cuestionarnos esa necesidad de proyectar una cierta imagen. Las investigaciones muestran que la gente inconscientemente registra la falta de autenticidad. Estamos programados para observar los estados emocionales ajenos para poder interactuar más apropiadamente, empatizar, o hacer valer nuestros límites, adaptándonos a cada situación. Por lo que cuando no somos genuinos, los demás lo perciben y actúan en consonancia.

¿A qué se debe, pues, que nos sintamos más a gusto con alguien que es auténtico y vulnerable? Fundamentalmente a que somos particularmente sensibles a las señales de confianza, también en nuestros líderes y jefes. El nuevo liderazgo ha de estar basado en valores, sabiendo que cuando hay autenticidad, los comportamientos de los empleados son más positivos y constructivos, ya que surge una mayor sensación de esperanza y confianza en tanto en el líder como en la organización. Un líder vulnerable es visto como un ser humano, y esto es lo que lleva a los empleados a sentirse más cercanos, más leales, más respetados y más dispuestos a apoyarle e involucrarse.

 

Fuente: El Huffington Post

Autora: Mónica Esgueva

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