La máscara en que vives: ¿Cómo educar en una masculinidad más sana?

“La máscara en que vives” es un documental que puedes ver en Netflix, y que muestra otra perspectiva que nos permite entender las causas de las actitudes y comportamientos de los hombres en relación a las mujeres; que hoy están siendo cuestionados por movimientos feministas en nuestro país. ¿Cómo se educa a los hombres, desde que nacen? ¿Cuál es nuestra responsabilidad como padres para preparar a nuestros hijos para desarrollar relaciones más sanas con las mujeres? ¿Cómo se puede resignificar el concepto de masculinidad?

Uno de los temas centrales del documental es el rol de las emociones en los comportamientos masculinos. La máscara que oculta las emociones de muchos niños y adolescentes es la agresividad, el impulso sexual incontrolable, la fuerza, el no llorar, el estoicismo, el poder. Crecen creyendo que otro tipo de emociones como la empatía, la tristeza, la ansiedad, la angustia, el miedo…son señales de debilidad y propias del sexo opuesto. Si para ellos la consigna es reprimir su vulnerabilidad, ¿no será la raíz de la discriminación y los abusos contra las mujeres?

Ver este conflicto cultural desde esta perspectiva no significa victimizar a los hombres como presos de su educación, sino que puede ser una reflexión que nos lleve a los padres a repensar la forma en que estamos educando a nuestros hijos hombres, qué mensajes implícitos enviamos cada día y cómo podemos cambiarlos.

Los niños, necesitan saber que sus emociones son aceptables, normales, porque todos los seres humanos las sentimos, y existen maneras adecuadas de expresarlas. Ayudarlos en los momentos de dolor o soledad, y permitirles llorar en tus brazos cada vez que sea necesario.

Hoy día existe más conciencia del rol de las emociones en el comportamiento humano. A partir de la popularización del concepto de inteligencia emocional, más hombres han incorporado la idea de que las emociones son necesarias para un buen desempeño. Pero aún falta llevar estas ideas al ámbito familiar, como que esto de las emociones puede ser útil en el trabajo, pero cuesta integrarlo como una característica humana, compartida por mujeres y hombres.

Algunas ideas prácticas para incorporar la educación emocional en nuestros hijos:

1. Reconocer sentimientos. Poner atención a los signos no explícitos de sus comportamientos. Como por ejemplo, actitudes agresivas que pueden ocultar un miedo; ojos brillantes que pueden esconder tristeza y ganas de llorar; comentarios machistas que en realidad surgen de la inseguridad, etc.

2. Hablar de estos sentimientos.

3. Valorar explícitamente las muestras de empatía y sensibilidad y conductas que se pueden considerar femeninas. (tareas domésticas, cuidar a los hermanos, etc.)

Si estamos de acuerdo con que debe haber mayor igualdad de género, menos machismo en comentarios y actitudes y menos abusos de poder, no sacamos nada con instaurar protocolos y regulaciones si no se trabaja en dónde se forma la cultura, que es en los hogares.

Alejandra Ibieta I, 

de AMA Consultora Parental

Articulo extraido de www.talleresama.cl

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Violencia contra las mujeres

A propósito de los últimos acontecimientos de femicidio ocurridos en Chile y en Argentina surgió a través de las redes sociales,  los medios de comunicación tradicionales y en la calle, un movimiento llamado #ni una más  que movilizó a miles de mujeres en Chile las que salieron a protestar, vistieron de negro y reclamaron airadamente usando distintas plataformas por una causa que es justa: La defensa de  las mujeres víctimas de la violencia.

Demás está decir que yo estoy absolutamente de acuerdo con esta causa que lo que pretende es   visibilizar un fenómeno brutal como es el abuso  por parte de los hombres hacia las mujeres de cualquier edad o condición. Ese abuso se expresa de diversas formas:   sicológica,  física,  económica  e incluso social y cultural.

Pero en mi opinión ésta es sólo parte del problema; apenas la punta del iceberg. Estamos frente a una sociedad herida,  insegurizada, y estresada en que los ciudadanos confundidos y temerosos y enfrentados ellos mismos  en el día a día,  a múltiples agresiones, se descargan contra quienes perciben como más débiles.

Con este comentario no pretendo por supuesto,  justificar la violencia ni el abuso de poder en ninguna de sus  formas. Lo que trato de decir es que el abuso no es sólo contra las mujeres. Están los niños, los ancianos y  los de distinta condición social, económica, física  o sexual.   El fenómeno es entonces mucho más amplio, complejo y profundo de lo que hoy estamos denunciando. Por ello,  hay que observarlo,  más allá de los dolorosos  “caso a caso”, desde una perspectiva sicosocial y cultural. Analicemos qué tipo de sociedad hemos construido,  por qué no somos felices en ella y lo que es peor,  que hace que queramos descargar nuestras propias frustraciones en otros.

 

Por tanto ésta no debiera ser una pelea entre hombres y mujeres. Y lo digo derechamente porque si uno navega por internet en estos días, ve mucha conversación que desemboca en discusión,   y hasta en agresividad verbal entre personas de distinto sexo . El  “no soporto tanto machismo”, o “qué le pasa a las minas” son  las afirmaciones más suaves que surgen en estos debates mediáticos. Métanse ustedes y verán que tengo razón.

La defensa de las mujeres es una gran y necesaria causa,  pero no perdamos la perspectiva porque eso nos puede limitar el diagnóstico y por lo tanto los caminos de solución y lo más grave:  nos puede hacer cometer errores similares a los que estamos tratando de subsanar.

 

Macarena Urenda Salamanca

 

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