CONSTRUYENDO VÍNCULOS PROTECTORES

Nuestros hijos adolescentes se ven expuestos hoy,  a una realidad de riesgos distinta a la nuestra, una realidad de la que sin duda necesitamos hacernos cargo como padres.  Hoy mi invitación es a pensar cómo hacerlo y descubrir qué es lo que podemos hacer como familia para protegerlos, guiarlos y acompañarlos en este camino hacia la adultez. Camino que cada día se torna más difuso y del que pareciera ser que nuestros adolescentes quisieran escapar.

Soy una convencida de que no existe la familia perfecta, y al mismo tiempo creo y trabajo día a día para que cada familia pueda detenerse a mirar, buscar y en definitiva encontrar su mejor versión con sus luces y sombras. Mi desafío hoy es a que nos detengamos a mirar qué factores protectores estamos desarrollando como familia. ¿A qué le estamos dando espacio? ¿Cómo hemos logrado modificar la relación de padres que teníamos con un niño que hoy es adulto?

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Está comprobado que la relación que construimos con nuestros hijos, es ÉL factor protector por excelencia. No porque sí, en Finlandia una de las políticas públicas creadas para disminuir el consumo de alcohol y drogas en adolescentes, tuvo que ver con aumentar las instancias familiares, generar más espacios de encuentro y buscar fortalecer vínculos. La realidad es que nuestros hijos adolescentes están más protegidos si nosotros logramos acercarnos a ellos y acompañarlos en el camino que implica crecer.

Voy a ser clara: el ir a buscar a fiestas, estar presente en los carretes en nuestras casas para ver qué está pasando, saludarlos cuando llegan para ver si están curados, normar horarios, saber con quién se devuelve, dónde está y con quién se está juntando, preguntar sobre la fiesta y hablar sobre el consumo de alcohol… para mí es el DESDE. Necesitamos ir mucho más allá para realmente protegerlos de los riesgos. Necesitamos hacer una transformación profunda en nuestras familias, cambiar patrones y realmente generar espacios de encuentro real, donde estemos conectados en el aquí y en el ahora para ellos. Sin celular, sin televisión, sin compañía externa…todos en familia. Es más, si lográramos instalar al menos una vez al día una instancia familiar de comer o tomar desayuno todos juntos, ya estaríamos logrando un gran cambio.

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¿Suena fácil cierto?, la realidad es que cuando planteo esto a amigos, familia o pacientes, tiendo a escuchar lo mismo “es que los horarios no calzan” “es que mi marido llega tarde” “es que los niños tienen distintas edades”, en fin…excusas y más excusas para dejar de hacer algo que nos fortalece como familia, que nos conecta y que nos hace detenernos en  este mundo que nos invita a vivir con el acelerador a fondo. Si solo lográramos darnos este tiempo podríamos trabajar miles de factores que protegen a nuestra familia.

¿Cuáles son esos factores que nos acercan como familia y que podemos buscar desarrollar para proteger a nuestros niños y adolescentes?

La conexión familiar, es el núcleo que alimenta todo el resto de aquello que buscaremos desarrollar, porque nos habla de vínculos, es decir, nos habla del más puro AMOR. Porque es en esa conexión emocional y vínculo con el otro, cuando realmente logro que mis hijos se sientan amados incondicionalmente y aceptados como personas únicas e irrepetibles. ¿Cuánto la logramos? ¿nos damos el tiempo de sentarnos y compartir en familia? ¿Cuánto salimos en el uno a uno con cada uno de nuestros hijos? La conexión es una invitación que podemos regalarle a ellos diariamente o tomar la que ellos nos hacen inconscientemente día a día “papá quédate un ratito acá” “mamá estudia conmigo” “¿mamá vamos a comprarnos ropa?” “¿papá juguemos cartas?”. Identifiquemos esas invitaciones y tomémoslas, o intentemos hacernos cargo de nosotros invitarlos a ellos a CONECTAR al menos por unos minutos al día.

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¿Somos un equipo como familia?, la cohesión familiar nos habla de la importancia de configurarnos como equipo. Sentirnos todos en el mismo barco y remando en la misma dirección. ¿Cuál es nuestra dirección? ¿tenemos clara nuestra flor de los cuatro vientos y hacia dónde queremos navegar? Necesitamos fortalecer los valores que nos identificarán como familia. ¿Humildad, generosidad, perseverancia, responsabilidad, honestidad, respeto, sencillez, empatía, solidaridad, justicia? Son miles las opciones, detengámonos en nuestra familia, elijamos tres y conversémoslo con nuestros hijos. Necesitamos tener nuestro mapa de navegación claro, porque al final estamos todos juntos en esta travesía y no mirarlo de esa manera nos aleja y a ellos los hace naufragar.

¿Cómo nos comunicamos día a día en nuestra familia?, la efectividad en la comunicación solo se logra cuando podemos eliminar palabras como “tú siempre” o “tú nunca”, cuando dejamos de quejarnos y aprendemos a pedir, cuando dejamos de juzgar y criticar los errores, y aprendemos a resolverlos y cultivar enseñanzas de ellos. Si lográramos abrir espacios de conversaciones, en la que invito al otro a la reflexión y a mirar las cosas desde distintas perspectivas, nuestros diálogos con nuestros hijos dejarían de ser unidireccionales y quizás comenzaríamos a escucharlos hablar más. Generemos instancias de conversaciones sin críticas y sin quejas, preguntando y abriendo la oportunidad de pedir lo que necesito y aprender también de la respuesta de nuestros hijos, sin juicios.

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Ser modelo, ¿somos realmente?, sé que esto suena obvio, incluso quizás no debería ni ponerlo… pero ¿realmente estamos siendo modelos a seguir para nuestros hijos? ¿dejo de mirar el celular cuando me habla, yo que le pido que use menos pantalla? ¿No bebo en asados familiares, yo que le pido que se regule con el consumo de alcohol? ¿No le grito cuando estoy enojado, yo que le pido buen trato? ¿Qué estamos dispuestos a transar nosotros para ser modelos? Solo les dejo esas preguntas, suena obvio,¿pero es realmente obvio lo que estamos haciendo?

¿Logramos respetar a nuestros hijos en lo que son diferentes a nosotros? La mayoría de las veces, miramos en ellos nuestros sueños inconclusos o les exigimos ser lo que nosotros somos o no fuimos. Las expectativas de lo que creemos que los hace felices los destruye y desprovee de sus propios sueños. Necesitamos comprender que nuestros hijos son distintos a nosotros, que tienen sus propios sueños y distintas habilidades. Necesitamos respetar su individualidad porque eso los hace ser personas únicas y amadas por ser lo que son… simplemente ELLOS.

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Entonces no nos aburramos de decirles cuanto los amamos, porque esa es la manera más simple y básica de sentirnos queridos. ¿Cuántas veces nos detenemos en esas dos palabras? ¿Cuánto los abrazamos? La expresión afectiva, que parece irse perdiendo en la medida que crecen, es algo que hace crecer las relaciones y que nos hace sin duda sentirnos amados. Y aunque pareciera ser que en la adolescencia se vuelven lejanos y esquivos, aún no conozco adolescente que no se sienta feliz, alegre o querido cuando lo abrazan, le dicen te quiero y lo llenan a besos. ¡¡¡Simplemente necesitamos hacerlo más!!! Cada te quiero es un cariño al corazón, es un paso más para acercarse a ellos.

Muchas veces, insertos en un mundo de exigencias, tendemos a ver lo que nuestros hijos no están haciendo y lo que les falta por mejorar. ¿Cuánto realmente valoramos sus cambios, sus esfuerzos y lo que si hacen? Basta de ver el vaso vacío, miremos sus recursos, valoremos sus esfuerzos, solo así ellos podrán tener la mirada en lo que si tienen. Nosotros más que nadie necesitamos tener la mirada puesta en sus conquistas diarias para poder celebrarlas.

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¿Cuánto confía mi hijo en mí? ¿me cuenta sus conflictos? El clima de confianza se forja cuando hemos logrado trasmitirles a nuestros hijos que todos somos humanos y nos equivocamos y que cuando ellos se equivoquen estaremos ahí para ellos. El clima de confianza se logra cuando hemos creado espacios de conexión e instancias de acercamiento, cuando somos un equipo donde todos nos ayudamos. La confianza la hemos logrado cuando dejamos de juzgar para poder abrazar los errores del otro y cuando hemos aceptado a nuestros hijos en su individualidad. Cuando valoramos sus esfuerzos y han escuchado un “te quiero” una y mil veces. Será esta confianza ganada la que nos permitirá proteger a nuestros hijos, porque solo si sabemos lo que les pasa podremos ayudarlos.

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Y finalmente normar, dejemos de mirar que normar es simplemente sancionar o imponer una conducta. Normar va mucho más allá. Normar es guiar, acompañar, proteger y prevenir a nuestros hijos. Normas basadas en vínculos profundos, valores familiares y confianza mutua.

Entonces: el control parental es el DESDE. Dejemos solo de controlar… ¡necesitamos ir mucho más allá! Intentemos construir vínculos realmente PROTECTORES, no necesitamos cumplir cada uno de estos factores, pero sí necesitamos decidir a cuales les pondremos fuerza en la relación con cada uno de nuestros hijos.

¿Qué  estamos cultivando hoy como familia y como padres? ¿Cuántas instancias estamos creando diariamente como familia para realmente proteger a nuestros hijos pequeños o adolescentes?. Dejemos de solo hablar de lo “mal” que están nuestros jóvenes y comencemos hoy, aquí y ahora un CAMBIO.

María José Lacámara – Conoce más AQUI

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El arte del buen amor en las familias. Las Constelaciones Familiares (IV Parte)

El Alma Familiar. Sexualidad y Muerte.
Esta Alma o Mente común es, según Hellinger, una fuerza que une y dirige a quienes le pertenecen, y lo hace siguiendo ciertas leyes a las que llamó Órdenes del Amor (una expresión original de San Agustín), que explicaremos a continuación, cuyo respeto y cumplimiento favorece que el nexo y el amor, generalmente presente entre los miembros del grupo o familia, fermente en su bienestar y dicha, y cuya transgresión suele acarrear sufrimientos y sacrificios que muchas veces parecen ilógicos, a juzgar por el amor que sienten los unos por los otros. Esta Alma colectiva a la que pertenecemos ha sido impactada por dones y por heridas, por vida y por muerte, por risas y por lágrimas, por avances y retrocesos. El colectivo como tal es retado a asumir e integrar todos los hechos que la existencia, regida por los dos grandes poderes del vivir que son la sexualidad y la muerte, les regala. La Sexualidad abre las puertas de la vida y la hace avanzar y prosperar, teniendo como aliados al amor, la alegría de vivir, la fortaleza, y la esperanza. Por el contrario, la Muerte cierra las puertas de la vida y nos obliga a crecer a través del dolor, que nos traen sus poderosos aliados como la enfermedad, los abortos, la autodestrucción, la violencia, las adversidades accidentales, etc. En los sistemas familiares hay hechos que duelen, debilitan, avergüenzan o lastiman, y el sistema trata de protegerse de ellos a veces con el silencio, encerrándolos en el olvido, sin advertir que los silencios son sonoros y tienen consecuencias, e impiden la fortaleza y la salud del grupo, y a menudo conllevan implicaciones y sacrificios. Se requiere integrar lo que dolió o devasto para que pierda su poder y quede como pasado. Como reza un pequeño fragmento de Yerma, de García Lorca: “Algunas cosas no cambian. Hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las oye”.

Por tanto, vivimos no sólo en nuestra mente individual sino perteneciendo a redes de vínculos, almas colectivas, cada una con su propia mente arcaica e imperiosa, que nos influyen e incluso gobiernan, aunque no las comprendamos (especialmente la familiar). En estas redes, el amor no es suficiente para asegurar el bienestar; requiere de un orden. A algunas personas les parece ilógico el sufrimiento si el amor está presente. Sin embargo, la evidencia muestra que muchas personas sufren a pesar de la presencia del amor. El amor no basta, pues se requiere Buen amor o Amor ordenado. El buen amor se reconoce porque nos conduce hacia el bienestar, la vida, el provecho y la realización. El buen amor supone que hemos avanzado emocionalmente para respetar y asentir al pasado y a los dones y las heridas de nuestros anteriores, en lugar de involucrarnos en éstas, repitiéndolas, o mostrándoles una fidelidad mal entendida a nuestros anteriores con nuestra infelicidad. Así, el buen amor logra que vayamos un poco más allá en más vida, tanto en bienestar como en felicidad.

Guiándonos por la intensidad de los vínculos como destino común y por su capacidad para plasmar grandes dones o graves implicaciones, pertenecen a esta red, en la que muchos estamos en resonancia con muchos, los siguientes: El hijo, con sus hermanos, incluyendo los que no llegaron a nacer o murieron pronto; los padres y sus hermanos, incluyendo también los que no llegaron a nacer o murieron pronto; los abuelos y sus hermanos, también los bisabuelos y aun otros anteriores si tuvieron destinos muy marcados; también pertenecen aquellos que hicieron espacio para otros, por ejemplo, parejas anteriores por cuya desaparición las posteriores obtuvieron el lugar, y también aquellos que tuvieron pérdidas a costa de que otros tuvieron ganancias (como víctimas de guerra o de asesinatos), o al revés, algunos que tuvieron ganancias o hicieron daño a costa de la pérdida de otros (asesinos, dañadores, estafadores), etc.

Joan Garriga
www.joangarriga.com/

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Extraido de www.joangarriga.com

 

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AÑO ESCOLAR: MANTENIENDO LA FELICIDAD DEL PRIMER DÍA

Después de varios meses de vacaciones de nuestros niños y algunas semanas nuestras, nos hemos encontrado con que esta vuelta a marzo y este mes se transforma en un aterrizaje forzoso a la realidad. Comienzan los compromisos, el trabajo empieza a andar mucho más rápido de lo que quisiéramos y nuestros hijos -al mismo tiempo- están volviendo a su ajuste, tanto o más que nosotros. Tienen que volver a levantarse temprano, estudiar e ir al colegio. Y quizás, a muchos de ellos la alegría de volver al colegio para a reencontrarse con sus amigos, les dura tan solo el primer día o la primera semana de clases. ¿Cómo lograr que este año se mantenga como ese primer día? ¿qué hacer para poner el ojo como papás en lo que es realmente importante y los hace felices en el proceso de aprendizaje?

No son preguntas fáciles. Nuestros hijos están en un sistema educacional que lleva décadas igual, y eso que nos enseñaban a nosotros, hoy siguen haciéndolo de la misma manera, quizás sólo con algunos pequeños y matizados cambios. ¿Cómo mantenerlos motivados al aprendizaje en un sistema que no los motiva? ¿cómo hacer que esa sensación de felicidad de ir al colegio durante el año perdure?.

El mundo ha cambiado y la manera que tienen de aprender nuestros hijos también. Hace poco vi en televisión a Tal Ben-Zhahar, precursor de la psicología positiva, reflexionando acerca de la educación y el sistema actual. El mismo se cuestionaba (al igual que yo) porque todo sigue idéntico que hace 30 años. Lo peor es que existen datos duros e investigaciones que entregan respuestas claras en torno a lo que nos genera felicidad y bienestar emocional. ¿Qué pasa en los colegios hoy en día que se ha abandonado lo más importante? ¿Qué pasa que aun sabiendo aquello que nos hace felices, el sistema educacional sigue enfocado en aquello que nos genera desilusión y frustración? ¿por qué nuestros hijos siguen sentados frente a un profesor dictando la materia si pueden aprender haciendo? ¿será realmente esa la mejor manera que tienen nuestros hijos de aproximarse al aprendizaje?

Están identificadas las dos cosas que nos entregan mayor bienestar emocional y felicidad. Una es nuestra capacidad de generar vínculos profundos y significativos; y la otra, es la gratitud, esa capacidad de poder agradecer día a día lo que tengo y lo que el otro me da. En el mismo sentido, está comprobado que lograr nuestras metas, sólo otorga una felicidad pasajera, que tiende a transformarse en desilusión cuando nos damos cuenta que eso que buscaba y que encontré, no me llevó a la felicidad que esperaba, sino más bien a la necesidad de ir aún más lejos. En ese momento, recién ahí, sí puedo llegar a ser feliz. La felicidad de esta forma, como lo pueden ver, nunca se alcanza.

Y entonces, si enfocarnos en el logro de metas más que en el proceso nos llena de desilusión ¿por qué seguimos otorgándole tanta importancia a la nota?  A ratos veo que el sistema educacional pone a sus alumnos en un lugar absolutamente pasivo frente al aprendizaje, como si ellos no pudieran ser los protagonistas, lo que tiende a aburrirlos al poco andar. La importancia se pone en la prueba y en enseñar para esa prueba. ¿Qué pasa con enseñar a agradecer por el proceso de aprendizaje? ¿a dar espacio para la curiosidad sin una nota de por medio? ¿Qué pasa que no ponemos énfasis en los vínculos que podemos formar en una sala de clases a través de un trabajo colaborativo e inclusivo y no en las notas que me tengo que sacar?.

Siempre me ha llamado la atención, por ejemplo, cuando veo como mis pacientes se enfrentan a un trabajo en grupo. Es tanta la importancia de la nota, que olvidan lo más importante, que finalmente es aprender a trabajar en equipo, obviamente además de aprender del tema que se está investigando. Entonces se subdividen el trabajo, coordinan por WhatsApp, y la mayoría de las veces, la más matea apreta al menos interesado y termina, o haciéndolo sola o corrigiendo todo lo que entregaron los demás. ¿En qué parte de este proceso aprendieron a trabajar en equipo? ¿a liderar? ¿a discutir si hay algo que no me parece? Lamentablemente, ese aprendizaje no existe y lo que es peor, tampoco es valorado por nosotros los adultos, que probablemente solo estaremos contentos con la entrega del trabajo y su nota, más allá de como este se gestó. Tengo pacientes, dispuestos a inventar enfermedades con tal de estudiar más para una prueba y así sacarse una buena nota. Se olvidan completamente que para lograr esa “mejor nota” tuvieron que mentir en el proceso y que la mentira daña las relaciones humanas, lo que es peor, incluso a veces nosotros como papás avalamos está mentira para que ellos puedan faltar y así rendir “más” o “mejor”. Me sigo preguntando ¿qué y cómo les estamos realmente enseñando a nuestros hijos? ¿a nuestros jóvenes? ¿la felicidad está en el éxito académico? ¿en el profesional?  ¿está en lograr tus objetivos sin importar el medio, sin importar el otro?.

Desde mi mirada – o mi sueño- poner el ojo en el proceso y no en la meta, es lo que nuestros hijos necesitan aprender de nosotros y ojalá del sistema educacional. Sería fantástico que el sistema los llevará a generar vínculos a través de un trabajo en equipo respetando las diferencias de cada ser humano.

Podemos enseñarle a nuestros hijos, como ellos tienen la oportunidad de elegir que los hará felices, pero entregándoles la respuesta científicamente comprobada de donde se encuentra ese bienestar emocional o felicidad. Piensen en ustedes mismos ¿qué es lo que los hace más felices? ¿qué los lleva a sentirse plenos? Segura, que la respuesta es: nuestros vínculos y en poder mirar y agradecer lo que tenemos. ¿por qué no enseñarles lo mismo a nuestros hijos? ¿por qué no enfocar la mirada en los logros durante el proceso, en el respeto a los vínculos y en agradecer lo aprendido y no en lo memorizado?

Se que muchos pensarán distinto a esta postura que planteo, dirán que la nota es necesaria para medir los aprendizajes y que las pruebas generan hábitos de estudio. Ante eso yo sólo les pregunto ¿qué los hace felices a ustedes? ¿cómo quieren transmitirles a sus hijos la importancia de la vida? ¿a qué quieren otorgarle importancia en el proceso de aprendizaje para que sus hijos realmente disfruten este camino largo de la educación? Finalmente ¿qué necesitan nuestros hijos de nosotros y del sistema educacional para DISFRUTAR APRENDIENDO?

Para mí el mensaje es claro: “esfuérzate y disfruta mientras aprendes, genera lazos profundos y significativos con los que te rodean, aprovecha y aprende de las diferencias, respeta al que puede y ayuda al que no puede tanto y da gracias todos los días por esas pequeñas cosas que hicieron de tu día, un día mejor. La nota no me importa y espero que tú puedas medir tu felicidad sin que ella sea una variable en esta ecuación de lo que es la vida y la felicidad.  Disfruta el colegio y todo lo que puedas aprender de él y de las personas que te rodean. Sé feliz agradeciendo del proceso y no de la meta … que a veces nunca llega.”

María José Lacámara – Conoce más AQUI

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Qué Necesitan los Niños Para No Perder Su Motivación

Observar a un bebé explorando su ambiente, o un niño jugando con objetos simples es para maravillarse. Si nos fijamos bien, veremos intención, foco, perseverancia, creatividad, ingenio, asombro y una motivación innata por interactuar con el mundo.

Este tipo de motivación se llama intrínseca, es el motor que nos impulsa desde nuestro ser más auténtico hacia actividades que nos parecen gratificantes y desafiantes al mismo tiempo. Está presente cuando tenemos un propósito o cuando nos dedicamos en nuestro trabajo a desarrollar nuestra vocación.

Se ha descubierto que el comportamiento guiado por la motivación intrínseca, no sólo produce satisfacción y placer, sino que incrementa los niveles de bienestar físico y psicológico y mejora el desempeño en tareas complejas y en aquellas que requieren creatividad.

Si bien es algo innato en el ser humano desde que nace, está condicionada por el ambiente en que este nuevo ser crezca. Para que la motivación se mantenga es necesario satisfacer tres necesidades básicas humanas, tal como lo demuestran los autores Edward Deci y Richard Ryan en sus más de treinta años investigando las sutilezas de la motivación en el comportamiento humano.

Estas necesidades son tres: autonomía, competencia y vínculos.

La primera se refiere a la necesidad de autorregular las propias experiencias, tener el control de sus acciones desde adentro, sin controles externos. Por ejemplo, determinar qué hacer, cuándo, dónde o cómo. En los niños puede significar desde elegir su propia ropa, decidir qué deporte practicar o cómo hacer su tarea. En adolescentes, elegir a sus amigos o elegir una carrera. Para satisfacer esta necesidad hay que crear ambientes donde los niños puedan expresarse y usar con ellos un lenguaje que les permita aprender la información que necesitan para actuar, más que un lenguaje controlador. Ofrecerles alternativas sobre cómo quieren hacer las cosas, pero no como amenazas. Por ejemplo, en vez de “o te pones el polar o no vas a la plaza” se puede decir “hoy día hace mucho frío, puedes ir a la plaza con el polar puesto o lo llevamos por si más tarde te lo quieres poner.”

La competencia se refiere a sentirse capaz y al desarrollo de las propias fortalezas y habilidades, sentirse efectivo y con maestría. Para satisfacer esta necesidad los niños necesitan reglas claras y adecuadas a lo que ellos pueden, así como información constante sobre lo que están haciendo bien. A veces, los adultos creemos que explicarles cada norma nos hace perder autoridad, sin embargo los estudios indican que los niños cooperan mucho más cuando entienden por qué se les pide algo, y por supuesto, si su colaboración es valorada con aprecio y cariño. La crítica constante a sus acciones es la forma más directa de matar la motivación intrínseca.

Los vínculos positivos ayudan a generar un sentido de pertenencia y aceptación, así como la capacidad de contribuir, esta es una necesidad humana básica que nos permite confiar en otros y colaborar, lo que tiene un valor evolutivo importante, tal como se ha visto en estudios transculturales.

Obviamente no todos nuestros comportamientos pueden ser intrínsecos y muchas veces tenemos que hacer cosas que no nos gustan.

Alejandra Ibieta I, 

de AMA Consultora Parental

Articulo extraido de www.talleresama.cl

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¿Cómo nos define nuestro rol en la familia?

Dentro de un grupo familiar, cada persona tiene características únicas y genera relaciones diferentes con su entorno. De hecho, los vínculos que se crean desde la infancia con los padres y hermanos, determinan la forma de entender el mundo y enfrentarse a las oportunidades y dificultades de la vida. Así lo explica el psicólogo de Clínica Vespucio, Daniel Holloway, quien además se refiere a la importancia de dedicar tiempo de calidad a los hijos para promover su desarrollo.

Es común sentir que el lugar que cada hermano ocupa en la familia define algunos aspectos de su personalidad. Ya sea regalón, independiente, responsable o carismático, en muchos casos lo atribuimos a su condición de hermano mayor, de al medio o menor. “Efectivamente hay ciertos patrones de relaciones familiares que van generando esquemas o roles que luego utilizamos para enfrentarnos al mundo fuera de la casa”, afirma el psicólogo de Clínica Vespucio, Daniel Holloway.

De hecho, entre los hermanos se va generando un sistema propio en el que surgen lazos fraternos de cooperación y competencia, donde la atención de los padres es uno de los factores de mayor relevancia. Por otra parte, el especialista destaca que los primeros ensayos por alcanzar cierta autonomía ocurre también en estas relaciones, donde los hermanos “forman acuerdos entre ellos para ‘deshacerse’ un rato de los papás o dejarlos ajenos a sus actividades”.

Así, dentro de la familia se generan pautas relacionales que configuran los roles. Estos son verdaderos esquemas internos que determinan nuestra forma de pensar, sentir y actuar, incluso en la vida adulta. “Es un esquema práctico, simple y convencional desde el cual le damos sentido a lo que somos, y que comienza a construirse desde nuestro nacimiento”, afirma el psicólogo.

El lugar de los hermanos

Las características de personalidad de los hermanos tienen relación con la forma en que los padres van asumiendo la paternidad con cada uno de sus hijos. Por ejemplo, en muchos casos, los mayores son los que reciben más atención y, a su vez, también son los receptáculos de toda la ansiedad de los padres primerizos que no saben cómo enfrentar esta nueva etapa. “Generalmente son los que tienen las normas más definidas, considerando que mientras van llegando los otros hermanos, los papás tienden a relajarse con ciertas conductas”, destaca Daniel Holloway.

Uno de los aspectos más importantes respecto a la relación que se genera con los papás, es que debe existir cierta seguridad básica para los niños. Esto implica reconocer que ellos están presentes y destacar las habilidades propias de cada uno, ya que “si esto no está incluido a lo largo del desarrollo de los hijos, aunque sea con palabras o gestos pequeños, no les permitirá desenvolverse de manera fluida con su entorno”, asevera el especialista.

¿Cómo mejorar estos vínculos?

Considerando cómo nos definen los primeros vínculos que generamos dentro de la familia, existen medidas que los padres pueden adoptar para mejorar el desarrollo de sus hijos y las relaciones que ellos crean con el exterior:

  1. Tiempo de calidad

Es importante dedicarle a cada hijo un tiempo de calidad y cantidad suficiente. “Aunque sea media hora, estos momentos deben ser libres de celulares y televisión, priorizando lo que el hijo o hija quiere expresar, con el objetivo de conocerlos, saber qué está pasando con ellos, orientarlos, recibir su afecto y entregarles afecto”, asegura el psicólogo.

No existe un tiempo específico recomendado, ya que depende de la rutina de cada familia y el número de hijos. La idea es atender no sólo de forma grupal, sino que a su vez individual a cada niño como persona que tiene características distintas y únicas.

  1. Límites

Dedicar tiempo a los hijos es también una instancia para establecer límites, que son fundamentales para el desarrollo integral de los niños y su preparación para la vida adulta. Lo anterior, los ayuda a reconocer sus capacidades y posibilidades mientras desarrollan autorregulación, el manejo de las frustraciones y la autonomía. “Es inevitable que los niños demanden de los padres toda su atención y les exijan de forma inmediata la satisfacción de antojos y caprichos, lo importante es no ceder ante esto”, dice el profesional.

Además, los padres requieren tiempos de descanso y los niños deben aprender a reconocer y respetar esos espacios. Así, fijar límites ayuda a desarrollar creatividad ya que obliga al niño a buscar otras alternativas. “En la vida fuera de casa, muchas veces uno tiene que aceptar que existen cosas que no podrá tener o que quizás con esfuerzo alcanzará más adelante. Si uno les entrega todo a los hijos, no permite que ellos aprendan a manejar esa realidad por sí mismos”, advierte Daniel Holloway.

Además, si no existen límites, la satisfacción siempre es inmediata, por lo tanto los niños no aprenden a valorar lo que tienen. “Se fomenta la conducta del consumo, en la que todo se vuelve desechable, desde los objetos materiales hasta las relaciones”, concluye el especialista.

 

Foto portada: by Victoria Borodinova from Pexels

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