El amor en la madurez (1ra parte)

Déjenme imaginar la vida como una danza continua, en la que todos  sus movimientos sean creaciones y refinamientos de dos notas básicas: expansión y contracción, avance y retroceso, conquista y rendición, ganancia y pérdida, ascenso y descenso, vida y muerte.

Permítanme además imaginar una vida como la mía o como la suya, como un viaje completo en el que, evolutivamente, en cada momento, nos toca encarar y vivir distintos deseos, temores, voluntades y tareas.

Aunque sea obvio, recordemos que no es el mismo corolario de vida el que tenemos con veinte años que con sesenta, por ejemplo. Nos impulsan fuerzas y necesidades diferentes. Si a los 20 años nos estimula el futuro y el deseo de construir, a los sesenta la necesidad de dar sentido al pasado vivido y vivir gozosamente el discurrir de los días.

A veces, he imaginado a la vida, como un viaje de ascenso a lo alto de una montaña que culmina en la fase media de la vida, y luego nos queda el descenso. La primera es el tiempo joven de la conquista, en la que fecundamos la vida para que encaje con nuestros planes y deseos: fortalecemos nuestra identidad, edificamos un recorrido profesional, nos las vemos con los asuntos de pareja y criamos hijos o no, aportamos lo que tenemos a la vida, nos arrastra nuestra pasión por conocer y realizar, y seguimos con todas nuestras fuerzas los caminos por los que somos movidos. Con suerte, llegamos a lo alto de la montaña y gritamos a los cuatro vientos nuestros logros y éxitos, e invariablemente se nos devuelve un eco que nos dice que en verdad no tiene tanta importancia, que éste que llamamos Yo y al que consideramos el centro de todo, ahora se las va a ver con el descenso y con las perdidas, con la comprensión de que la vida es efímera y tiene un final, con la imagen dibujada en el horizonte de la propia muerte como estación de destino. Empieza el descenso y, con fortuna, si hemos cultivado un cierta sabiduría, entramos en una extraña paradoja: la de que perder y descender es suave y produce una sorprendente suerte de alegría y felicidad; la que viene de que ya no tenemos que preocuparnos tanto, y podemos exponernos al flujo espontáneo y confiado de la vida. Ya no tenemos que luchar y defender, y experimentamos la dulzura del desapego y una entrega mayor a la soberanía de la vida como es, por encima de nuestra voluntad personal.

Leonard Cohen dice que “Los pesimistas están muy preocupados porque quizá vaya a llover. Yo, en cambio ya estoy mojado”. A continuación añade: “Lo único que se acerca a un consuelo es el ‘Hágase tu voluntad’. Uno debe preguntarse hasta qué punto quiero convertir esto en el principio regidor de su vida: la idea de que todo se despliega en un mecanismo que te resulta imposible de entender. Y que lo tomas o lo dejas”.

Se suele decir que el amor joven es impulsado por la tiranía de la sexualidad con su imperativo certero de que disparemos nuestras flechas de vida hacia el futuro, que el encuentro de los amantes arde; que el amor de los adultos se convierte en un amor cuidado, que los amantes se han hecho padres y cuidan de su prole y del sostén; que el amor maduro es un amor que busca la compañía, el compartir y el cuidado, y goza de tranquilidad. Sin duda, la pasión, el cuidado y la compañía pueden estar siempre presentes en distinto grados en cualquier fase de la vida. También en el amor maduro importa, y mucho, el roce de los cuerpos, los cariños y la vivencia del placer. Y ya sería hora, además, de que pensáramos abiertamente que la sexualidad termina con la vida y que, incluso en la ancianidad, tiene su presencia en su forma particular y distinta del disloque hormonal juvenil.

Continuará…

JOAN GARRIGA

Extraído de www.joangarriga.com/

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Foto portada: Diseñado por Freepik

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