SUPERAR EL DOLOR DE LAS RUPTURAS

por Joan Garriga y Mireia Darder

Estoy sola en la cama. Siento una sensación extraña que podría describir como una mezcla de frío y vacío, pero no consigo identificar de que emoción se trata. Es mi primera noche de separada. Hoy duermo sola después de muchos años de vida común. Lo cierto es que estaba preparada para sentir mucho dolor y enfado, pero me sorprende que no sienta nada de eso. Más bien es una sensación de abismo, como si me hubieran sacado el suelo debajo mis pies y estuviera sostenida en el aire, suspendida en la nada. Poco a poco voy dejándome sentir y puedo poner nombre a mis sentimientos: tengo miedo, bastante, de lo que esta por venir, de estar sola, de cómo será el futuro, y me cuesta reconocer que estoy asustada. Además siento la impregnación de todos estos años y aunque tengo claro que la separación sea el camino correcto, me invade una extraña añoranza que no quisiera sentir. Me digo que estoy loca y, al fin, me contacto con tantas ilusiones truncadas y me asalta todo el tiempo la voz de Serrat cantando “no hay nada más amado que lo que perdí”. Y lloro… en un inacabable océano de lágrimas. Y duele”.

Esta es la descripción que hacía una clienta de terapia acerca de sus sentimientos después de una separación consensuada, en la que ambas partes estaban de acuerdo en bifurcar sus caminos y abrirse a la oportunidad de nuevos horizontes.

En una ruptura en general y especialmente en una de pareja se ponen en marcha muchas emociones, la mayor parte de las cuales consideramos negativas porque son difíciles pero resultan imprescindibles para completar el proceso y salir fortalecidos. La más habitual y difícil de vivir es el simple dolor de haber perdido al otro. Incluso en los casos en los que se siente una gran liberación por salir de una situación insatisfactoria para la persona, tarde o temprano asoma el rostro del dolor por dejar lo conocido, lo que se amó y enfrentarse a algo nuevo.

Afortunadamente la vivencia del dolor es un ingrediente necesario para completar con éxito el proceso de una ruptura y llegar a ser capaz de crear futuro.

Una elemental mirada filosófica nos enseña que, en el vivir, todo es ruptura y cambio, que todas las pérdidas empiezan ahora, enmarcadas en lo que tenemos, en aquello que hemos construido y ganado en nuestra vida. Constantemente estamos despidiendo algo del pasado y abriendo el paso a algo del futuro. Despedimos el acogedor vientre materno para salir a la luz de la vida, nos volvemos adolescentes dejando atrás el infante que fuimos y el entorno protector de los padres, pero también dejamos al joven impetuoso para tomar compromisos y responsabilidades en la vida, ser padres quizás, etc. Al final de un largo camino también enfrentaremos el tránsito definitivo de perder nuestra vida. De manera que vivir nos obliga al ejercicio constante de saber abrir y saber cerrar, expandir y contraer, ganar y perder, ampliar y reducir, amar y doler. Es el gran juego que también rima en nuestro cuerpo: a cada inspiración en la que tomamos el aliento necesario le sigue la expiración en la que nos despedimos del viejo oxígeno que ya cubrió su función, a cada sístole le sigue su diástole, en un latido ininterrumpido en el que la vida canta su mantra más sutilmente sonoro: tomar y soltar, tomar y soltar, tomar y soltar. Al final incluso soltar nuestra propia vida. Es feliz y exitoso aquel que sabe ponerse en sintonía con ambas fuerzas de la vida: la fuerza de la expansión y la de la retracción, la del ganar y la del perder. En toda vida ambas visitan. En toda vida nos encontramos con las pérdidas y el desamor pero también con las dichas de las uniones, los vínculos y el amor que les precedieron.

Abrirse al amor en la pareja también significa hacerse candidato al dolor. Abrimos nuestro corazón cuando podemos asumir que tal vez nos dolerá. De hecho en el amor esperamos que el otro nos tratará bien, cumplirá sus compromisos y deseará nuestro bien. Pero también debemos saber que no somos niños indefensos y que nos hacemos más grandes y sabios cuando sabemos y concordamos en que el otro, a pesar del amor, también nos puede traicionar y que la verdadera confianza asiente a esta posibilidad y a sus consecuencias, en lugar de invertir en férreos e indignos controles. Si, al fin deviene la traición o el desamor o la ruptura inesperada, se pone a prueba nuestra autoestima que consiste en saber que podremos con ello, que lo superaremos fortalecidos y con el corazón abierto, y que estamos disponibles para todas los retos emocionales que se nos presenten en el trayecto que ha de conducirnos hacia nuevos y felices vínculos.

Quizá la prueba de fuego de que un proceso de separación concluyo es que estamos de nuevo disponibles para otro vínculo importante, para construir de nuevo. Se sabe que mal se construye sobre cenizas y escombros y, al contrario, se edifica bien sobre los aprendizajes anteriores, sobre la integración nutritiva de nuestro pasado, fuera el que fuera. Eso sí son buenos pilares. Por eso es tan importante integrar nuestra historia afectiva.

¿Cómo se hace?

Después de un proceso emocional arduo, amándolo todo tal como fue, tal como ocurrió, incluyendo aquello difícil y desdichado que nos tocó vivir, porque de esta manera se cumple el efecto de que, amándolo, lo negativo se evapora y lo positivo se queda impregnado en nuestro corazón. Poderosas alquimias del amor. De esta manera no necesitamos caer en posiciones débiles como el victimismo o el resentimiento de las que algunas personas abusan, en lugar de tomar su responsabilidad en los asuntos. Posiciones que en el fondo les mantienen atados a lo anterior. En relaciones humanas podemos formular una máxima que se comprueba una y otra vez: “permanecemos atados a aquello que rechazamos en nuestro corazón” y a la inversa “lo que amamos, nos hace libres”.

Continuará….

JOAN GARRIGA

Extraído de www.joangarriga.com/

www.facebook.com/joangarrigabacardi

 

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