Regulación emocional: los padres nuevamente.

La manera de relacionarnos con nuestros hijos está estrechamente ligada a quiénes somos, a nuestras expectativas acerca de nuestro actuar como padres y a lo que esperamos de nuestros hijos. Esto que parece tan sencillo encierra un valor tremendo si nos detenemos a profundizar sus implicancias.

Cuando nos enfrentamos a situaciones críticas en relación con nuestros hijos, lo que necesitan es que actuemos como adultos protectores, maduros, con calma. Cuando los niños preescolares se desregulan, necesitan un regulador externo. Esto se fundamenta en las evidencias que nos otorgan las neurociencias. El cerebro de los preescolares está en proceso de maduración de las conexiones de la neo-corteza con las áreas más primitivas que regulan las emociones. Es completamente esperable que no puedan recuperar la calma sin la ayuda de otro, ya que no cuentan con el desarrollo suficiente de las redes cerebrales que se lo permitirán más adelante en su proceso de desarrollo. Hasta este momento maduracional, la intensidad emocional es muy poderosa y gobierna gran parte de la vivencia infantil.

Cuando los adultos se desregulan, cuando “explotan” porque algo no resultó como esperaban, probablemente se deba a que no lograron un desarrollo óptimo de aquellas estructuras cerebrales que permiten un adecuado manejo de las emociones y/o visualizar las consecuencias de los comportamientos. En situaciones como ésta, a menudo llamamos a personas así “cabros chicos”, dando cuenta del manejo insuficiente de las emociones, llevando la intensidad de la emoción al acto inmediato, sin mediar en ello procesos reflexivos que permitan tomar decisiones socialmente adaptadas, considerando el contexto, las normas sociales, los valores propios, el respeto por el otro.

El neocórtex de los niños preescolares se encuentra en desarrollo, por tanto no puede actuar aún como regulador de las emociones. Quedan expuestos a que sus emociones los inunden, experimentando intensamente la felicidad, la tristeza, la rabia, el miedo. Si está feliz, todo en su cuerpo lo comunica, ríe, grita, salta, corre; si se enoja, se pone rojo, grita, pega, patalea. Si se asusta, huye corriendo, grita, llora, se esconde, tirita. Es una edad en que todas las manifestaciones emocionales son genuinas e intensas. A diferencia de los adultos, los niños sanos son transparentes en su experiencia emocional. Si están tristes, están “muuuy” tristes (aún cuando “sólo” perdió la piedra que recogió en la plaza y que traía como un tesoro a su casa), cuando está asustado, está muy asustado (aunque lo que haya “visto” no exista). Qué frecuente es escuchar a adultos hablando del “show” que hacen sus niños cuando se enojan o están tristes. ¡Alto ahí!: niños del pasado, tomen sus espejos!! Nuestro adultocentrismo no nos permite observar qué está ocurriendo en el interior de nuestros niños y eso puede ser grave si se mantiene en el tiempo y tenemos una actitud permanente de no validar sus emociones.

Ellos no pueden integrar sus experiencias emocionales sin nuestra ayuda cercana, respetuosa y sensible. Para manejar las emociones, se requiere comprenderlas, lo que aún no es posible para los niños pequeños, pero sí para nosotros, sus padres, quienes podemos ayudarlos a recuperar la calma, ya que comprendemos que su estado es de gran intensidad emocional y no tiene el desarrollo cerebral necesario para manejar su situación interna de otro modo. Ya aprenderá, ya tendrá recursos internos que le permitan otras formas de dar frente a la frustración, al miedo, a la tristeza. Por ahora hará lo que le permite su desarrollo neurofisiológico. Lo demás es nuestra tarea.

¡Retoma el espejo!. ¿Cuáles son nuestras experiencias de enojo, de tristeza, de inmensa alegría, de miedo?, ¿qué hacemos para manejar nuestras emociones?, ¿qué recursos tenemos para regularlas?, ¿cuáles utilizaremos para regular las de nuestros hijos?.

Es muy importante que durante las primeras etapas del desarrollo, los padres seamos sensibles a sus llamados de ayuda y respondamos consistentemente. ¿Qué ve en su espejo? Si entendemos las pataletas como una forma que tienen los niños de expresar la rabia y que nuestra respuesta empática, paciente y amorosa es la clave para regularlo, hemos hecho la mitad del trabajo. La segunda parte será respirar profundo, conectarnos con nuestra sensibilidad materna/paterna y acompañar, hablar suave, lento y bajito, procurando calmar al niño. Nuestras palabras han de orientarse por el criterio de dar cuenta de la emoción que observamos (olvidemos los sermones educativos en esta etapa). La idea es que el niño sepa que nos damos cuenta/entendemos que está enojado, triste, asustado y que comprenda que es normal sentir esas emociones. Los abrazos ayudan mucho a recuperar el bienestar, pero hay niños que necesitan un espacio personal (de no contacto físico y de silencio) para recuperar la calma.

Las pataletas pueden ser entendidas como oportunidades de desarrollo y estimulación de nuevas conexiones neuronales del neocórtex de nuestros niños. Sabemos que la estimulación de los circuitos neuronales logran mayor prevalencia que los que no se utilizan frecuentemente. En este sentido, la regulación emocional que logran los niños con nuestra ayuda se va instalando en su cerebro a modo de circuitos que se activarán en el futuro como reguladores internos de la experiencia emocional.

Para regular emocionalmente a un niño es fundamental un adulto emocionalmente regulado. Los niños aprenden a regularse… si tienen quien los regule, por eso: ¡los padres nuevamente!

 

Psi. Angelina Bacigalupo O.

Psicóloga Clínica Acreditada por la CONAPC

Especialista en Psicoterapia Infanto Juvenil

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