LA LLEGADA DE LA HERMANITA

“No hagas ruido que la bebe duerme”, “ahora no puedo que la bebe quiere teta”, “no puedo cargar a los dos juntos y ella es más chiquita, tienes que esperar”👶

Cuantos “NO” le estás cargando en la espalda a tu hijo mayor? Revisa tu vocabulario, recuerda que tu hijo mayor también te necesita y que está poniendo todo de su parte para que su hermanit@ pueda estar contigo, pero te extraña. 👪

Para el hermano más grande (que a veces es aún también bebé) está llegada ha implicado un gran cambio y quizás por eso esté pasando por una etapa de rabietas más exacerbadas o llore más. Está procesando el duelo de “mamá solo para mi” y que hacemos en los duelos??: acompañamos, apoyamos, damos amor 💖 y consuelo.

Que la llegada del nuevo hermanito no nuble a tu hijo mayor ni llene de “no” tus diálogos. Consciencia.

Por Ana Acosta Rodríguez, Mamá Minimalista

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Fuente: mamaminimalista.net

Ana_AcostaAna Acosta Rodriguez

Maestranda en Psicología Positiva Aplicada y experta en Mindfulness,  Inteligencia Emocional y Crianza con apego.

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Ley del Equilibrio

Los vínculos se crean entre lo que uno toma y lo que uno da. Entre las ganancias y las pérdidas. 

En lo profundo del alma existe la necesidad de equilibrio. Quien recibe algo siente la necesidad de compensarlo, dando también él. Este impulso desempeña una importante función social, permitiendo el intercambio y la cohesión. Un grupo se mantiene unido por el hecho de que cada uno de sus miembros dé y tome, y que este intercambio sea equilibrado. Donde no es posible compensar el desequilibrio en una relación entre iguales, no puede darse ninguna unión duradera.

Entre padres e hijos no hay ese equilibrio. Entre maestros y alumnos el desnivel también es insalvable. Una generación da y la siguiente toma, y lo que se recibe pasa a la siguiente generación. El equilibrio no es posible entre padres e hijos porque lo más grande que recibimos de los padres es la propia vida, y eso es imposible de devolver. Esta deuda se alivia a través de lo que damos a nuestros propios hijos, o si no se tienen, lo que aportamos a la comunidad, a la sociedad o al resto de sistemas a los que pertenecemos. También los padres fueron hijos en su momento y los maestros alumnos. Ahora ellos logran llegar a la compensación traspasando a la siguiente generación aquello que ellos mismos recibieron de la anterior.

Los Órdenes del Amor entre padres e hijos comprenden que los padres den y los hijos tomen. Los padres dan a sus hijos aquello que antes tomaron de sus propios padres y aquello que, como pareja, toman el uno del otro. Los hijos, en primer lugar toman a sus padres como padres, y en segundo lugar, todo aquello que los padres les den de más. A cambio, los hijos, más tarde, pasan a otros aquello que de sus padres recibieron, sobre todo a sus propios hijos. Quien da puede dar porque antes tomó, y quien toma puede tomar porque más tarde también dará. Quien estuvo antes tiene que dar más, porque ya ha tomado más, y quien llega más tarde aún tiene que tomar más. Este orden también es válido para el dar y tomar entre hermanos: quien estuvo primero tiene que dar al posterior, y quien llega más tarde, tiene que tomar del anterior. A cambio, el hijo menor suele cuidar a los padres cuando éstos llegan a la vejez.

Hay un matiz importante entre tomar y aceptar:  Tomar es recibirlo con gratitud, tal cual es, sin poner ni quitar nada. Aceptar supone recibirlo por obligación y a regañadientes, por que no queda otro remedio.

El dar y el tomar entre padres e hijos es diferente a la relación de pareja. La pareja es una relación entre iguales. Si se mantiene el equilibrio la relación funciona, pero si uno da mucho y el otro da poco, o si uno da y se niega a tomar, el equilibrio se rompe y pone en peligro la continuidad de la relación. Hay que dar en la medida en que el otro pueda tomar, y viceversa.

 Ver Las influencias de tus antepasados en tu vida 

La igualdad en la relación de pareja, que de manera fundamental se expresa en la consumación del amor, se extiende también a otros ámbitos vitales. La relación de pareja se logra a través de una compensación continua entre dar y tomar, unida al amor. 

Ejemplo:

– Un hombre le hace un regalo a su mujer porque la quiere. Nada más entregarle el regalo, él se encuentra en una posición superior. Él da, la mujer toma. Ahora bien, ya que ella tomó, también siente una obligación hacia su marido, está en deuda con él. Así intenta equilibrar el desnivel dándole algo a su vez, y dado que ella también lo ama, por precaución le dará un poco más de lo que él le dio. En consecuencia, es el marido quien siente la presión de la obligación e intenta compensar lo recibido, y dado que ama a su mujer, también él le da algo más de lo que recibió.

Así, a través de la necesidad de equilibrio unida al amor, se da un intercambio siempre creciente, un gran movimiento entre dar y tomar. Este hecho vincula a la pareja de manera aún más entrañable, por lo que entre ellos va creciendo la felicidad. Este intercambio positivo es uno de los pilares de una buena relación de pareja.

Ahora bien, en muchas parejas, también hay situaciones en las que uno de los miembros hiere al otro con su comportamiento. También aquí, la persona que sufrió la injusticia siente la necesidad de compensarla, la necesidad de vengarse. Así, este compañero también atenta contra el otro, pero muchas veces, porque se siente en su derecho, le devuelve algo más de lo negativo. De esta manera, también el primero tiene de nuevo el derecho de hacerle daño al otro, y también él, por un sentimiento de derecho, comete algo un poco más grave, y así lo negativo aumenta. Se desarrolla un intercambio intenso, pero en el lado negativo. También este intercambio vincula a la pareja, pero en detrimento de su felicidad.

Sin embargo, hay una regla muy simple para salir de este círculo vicioso: de la misma manera que en el intercambio positivo, por amor se le da al compañero algo más de lo bueno; así, en el intercambio negativo, por amor se le hace un poco menos de daño al otro. El uno siente que se ha vengado, y el otro siente que ha saldado la deuda sin sentirse agredido. De esta forma, el intercambio positivo puede reanudarse.

Tal vez podamos sentir que somos muy generosos con otras personas, y que el otro se comporta de manera egoísta y no nos da lo mismo que le damos. Si miramos bien, con tanto dar lo que hacemos es crear una deuda tan alta que el otro no puede saldar y lo más probable es que se distancie. Si seguimos mirando, también es posible que aquéllos que damos mucho, tengamos dificultad en tomar de los demás, en especial, de los padres.

También, hay quien sólo quiere tomar y nunca se siente en deuda. En ambos casos, suelen ser personas que se sienten víctimas rabiosas por algún suceso de su infancia.

En el dar por parte de los padres y en el tomar por parte de los hijos no se trata de un dar o un tomar cualquiera, sino de dar y tomar la vida. Al darles la vida a los hijos, los padres no les dan nada que a ellos les pertenezca. Junto con la vida, los padres mismos se dan a los hijos, tal como son, sin añadir ni restar nada. Y de la misma manera, los hijos, al recibir la vida de los padres, no pueden ni añadir, ni suprimir, ni rechazar nada. Los padres no sólo nos dan la vida: también nos alimentan, nos educan, nos protegen, nos cuidan, nos dan un hogar. Por tanto corresponde que lo tomemos todo, tal como lo recibimos de los padres. 

Son muchas las personas que caen en la trampa de culpar a sus padres de todos sus infortunios. El principal obstáculo para que podamos tener una vida feliz es el de negarnos a aceptar lo que es. Construimos historias que se convierten en hechos verídicos para nosotros, y son estos “hechos” los que se convierten en el guión con el cual esculpimos nuestra vida.

Cuando rechazamos lo que es, nos rechazamos a nosotros mismos; cuando rechazamos lo que fue, rechazamos la vida misma. Cuando alguien se queja de que la vida no le trata bien, podemos preguntar: ¿a cuál de tus padres no respetas? La vida nos ha sido transmitida a través de nuestros padres; por tanto, todo lo que somos y esperamos ser se lo debemos a ellos, es a ellos a quienes se lo debemos todo, y cuando les negamos el lugar que les corresponde por derecho, y nos negamos el lugar que nos corresponde a nosotros como receptores de tales dones, negamos la vida, la fuente de toda vida y ese universo mágico.

 

Cuando rechazamos a nuestros padres, o nos sentimos superiores a ellos de algún modo, le decimos “no” literalmente a la vida que se nos ha dado y desafiamos al destino y al orden de las cosas. Hay que tomar a los padres y a la vida tal y como es. Los padres se hacen grandes cuando sus hijos les reconocen y les honran. La capacidad de recibir amplifica la grandeza y el deseo de dar. 

Cuando los excluidos son integrados y reconocidos de nuevo se convierten en una fuerza protectora. Cuando aprendemos a tomar en la justa medida nos sentimos en paz en nuestras relaciones con los demás.

Recuerda, la máxima de esta ley:

“Hay que tomar a cada cual como es; y hay que dar en la medida en que el otro pueda tomar”.

Texto: Curso Constelaciones Familiares

Redacción Instituto Draco

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El arte del buen amor en las familias. Las Constelaciones Familiares (V Parte)

Los Órdenes del Amor
El primer orden del amor nos dice que, en esta red de vínculos, todos sin excepción, con independencia de si se les juzga positiva o negativamente, tienen el mismo derecho a pertenecer y a ser incluidos y dignificados, permitiendo y exigiendo que asuman su destino y sus culpas y las consecuencias de las mismas, cuando así fuera el caso. En la práctica ocurre que los sistemas familiares excluyen o apartan a algunos de sus miembros porque condenan su comportamiento, o porque su recuerdo es demasiado hiriente, vergonzoso o doloroso. A veces, hay personas que murieron pronto, o personas que se suicidaron, y esto ocasiona dolor o vergüenza en los descendientes, o bien incluso padres a los que se juzga por no haber hecho lo adecuado o por irresponsables, malos, maltratadores, abandonadores, alcohólicos, etc. En realidad, excluir es un movimiento de la mente personal que trata de protegerse de lo que le genera dolor. Pero la Mente Colectiva, el Alma común, no entiende el lenguaje de la exclusión y sigue un principio existencial que reza que “todo lo que es tiene derecho a ser tal como ha sido, y a ser reconocido de esta manera”. Cuando este principio es respetado, como fruto de cavar en el propio proceso emocional y asentir a los asuntos familiares, el pasado queda liberado y el futuro puede ser fuerte y real. Cuando hay exclusiones, la Mente Colectiva impone la consecuencia inevitable de que lo excluido será encarnado de nuevo por personas posteriores, que no tienen nada que ver con el asunto, y que muchas veces inconscientemente, sin saberlo, siguen el destino del excluido. Es el efecto de las habitaciones prohibidas que atraen inevitablemente a algunos en un intento fallido de elaborar y cerrar capítulos dolorosos de los sistemas. ¿Cuántos se hacen alcohólicos siguiendo a un padre despreciado por su alcoholismo? ¿Cuántos padecen un apego frágil a la vida cuando en el corazón de la familia se les vive como miembros que reemplazaron a alguien perdido por muerte temprana, por ejemplo, o se sienten atados a la persona que falleció, y con dificultades para tomar la vida en plenitud? ¿Cuántos sienten impulsos suicidas cuando otros, anteriores, también se quitaron la vida o bien se hicieron culpables de la muerte o la desgracia de otras personas?

El segundo orden del amor es de una simplicidad extraordinaria: las personas están mejor cuando ocupan el lugar que les corresponde y no otro, lo que, traducido a los sistemas familiares, significa que los hijos sean hijos y los padres sean padres, y que en la pareja ambos sean adultos, iguales en rango, y caminen lado a lado. Si enunciarlo es fácil, que se cumpla no lo es tanto. ¿Cuántos hijos no se ven llevados a tomar la posición invisible de padres de sus padres, especialmente cuando éstos los perdieron pronto o los rechazaron (y entonces, sin darse cuenta, buscan en los hijos lo que les falto de sus padres), y los hijos lo asumen por amor, al precio a veces de llevar mochilas y fardos que dificultan su propia vida y expansión? ¿Cuántos hijos se encuentran implicados con uno de sus padres en contra del otro, o se sienten la pareja invisible de uno de ellos, o están demasiado cerca de uno de sus progenitores y en contra del otro, o hacen malabarismos emocionales y enferman en un intento heroico de preservar un buen lugar a sus padres en su corazón? No debemos olvidar que el anhelo genuino de los hijos es aunar a ambos padres en su interior, con independencia de lo que pase o haya pasado entre ellos. Demasiados padres se comportan como pequeños y demasiados hijos se comportan como grandes y especiales, transgrediendo la regla del bienestar en las familias: cada quien en el lugar que le corresponde. Y esto significa también que los posteriores se apoyan en los anteriores y orientan su mirada hacia el futuro. Es lo que en sociedades más tribales se vive como apoyo en los ancestros, a los cuales se honra y venera.

El tercer orden del amor refiere reglas de intercambio entre el dar y el recibir, lo cual riega y sostiene la vida de todos. En lo que respecta al vínculo con los padres, por ejemplo, no podemos devolver lo mucho recibido y lo compensamos y equilibramos dando a nuestros hijos o sirviendo y cuidando a la vida con nuestros dones. El mandamiento bíblico reza: “honrarás a tu padre y a tu madre y de este modo tendrás una larga y buena vida sobre la tierra”, lo cual significa que hacemos justicia a lo recibido logrando una vida buena y, a ser posible, larga. También compensamos cuidándolos dentro de nuestras posibilidades cuando lo necesitan en el declive de su vida.

Al trabajar con los problemas de las personas, encontramos que muchas no están asentadas en lo que viene de los padres (que simbolizan la vida) y más bien se niegan a tomar lo que recibieron, para preservarse de lo negativo. Sin embargo, de este modo raramente se ponen en paz con ellos mismos y con la vida, entregándole lo que tienen para darle. Más bien se empobrecen y se escatiman, posicionándose en el victimismo o el resentimiento u otros lugares de sufrimiento. Tomar lo que viene de los padres, aunque incluya heridas dolorosas, y trabajar emocionalmente en ello parece ser una suerte de salvoconducto para el buen amor y un antídoto contra muchos males, que nos induce a tomar responsabilidad por la propia vida y la renuncia a jugar juegos psicológicos invalidantes, llenos de sufrimiento, por ejemplo con la pareja o con los hijos o en entornos profesionales.

Respecto a los iguales, la regla del intercambio es mantenerlo equilibrado, para asegurar la paridad y la igualdad de rango. Damos, tomamos, compensamos, equilibramos, y estamos libres, y si seguimos juntos es usando nuestra libertad, no por sentido de deuda o de ser acreedores. Es un clásico en conflictos de pareja que suela haber desequilibrios en este intercambio de manera tal que uno se siente deudor y acreedor y ya no son capaces de mirarse a los ojos con confianza y apertura de corazón.

En resumen, ayuda en mucho a las personas y las familias que haya un orden, ordenar el amor, plasmarlo en una buena geometría de las relaciones humanas, en la que estén todos sin excepciones e igualmente dignos de respeto y de consideración, cada uno en el lugar exacto que le corresponde y nutriéndose los unos a los otros de manera tal que logren crecer en lugar de padecer. He aquí, pues, el buen amor.

Quién mejor que un poeta podría explicar ideas tan evasivas para la mente y tan certeras para el corazón. Miguel Hernández, en un fragmento del poema “Hijo de la luz y de la sombra”, escribió:
No te quiero en ti sola, te quiero en tu ascendencia
Y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia,
La familia del hijo será la especie humana.
Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
Seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo, se besan nuestros muertos,
Se besan los primeros pobladores del mundo.

Joan Garriga
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Casados con hijos

De verdad creo que una pareja que puede atravesar la edad preescolar de los hijos sin separarse tiene muchas probabilidades de mantenerse junta por muchos años, sobre todo si tienen más de un hijo y viven lejos de la familia.

Y es que aunque trate de recordar no puedo traer a mi mente situaciones de discusiones y dramas con marido antes de los niños. Por supuesto que teníamos algún roce, pero guardando la cordura y los buenos modales.

Podíamos pasar horas sentados en el living, cada uno en su computadora escuchando música y platicando. No había lucha de poderes ni negociaciones ni comparaciones ni reclamos. Cuando nos sentíamos un poco abrumados podíamos tomar distancia unos días, ahora es casi imposible.

Yo dormía las horas que necesitaba, tenía una vida social muy activa, me mantenía sola y nadie dependía de mí. El manejaba sus tiempos como quería y su calendario tenía muchos espacios en blanco. Pero eso cambió radicalmente cuando nacieron nuestros hijos…

El romance y el misterio se esfumaron: las únicas citas que teníamos eran en el sofá por las noches para coordinar actividades, pediatra, horarios en el calendario. Cuando el llegaba de trabajar hacíamos “choque los cinco” y yo me iba al gimnasio o a hacer alguna actividad sola, o sea que nuestro tiempo a solas era casi nulo.

Pasamos de amantes a roomies en menos de lo que canta un gallo. Sumado a que por las noches las energías eran tan bajas que solo queríamos ponernos en piloto automático.

Y como si esto fuera poco el estaba espantado por mis continuas fluctuaciones de humor, que estaban relacionadas con agotamiento, hormonas  y falta de vida social. Yo estaba envidiosa de que él fuera el que se iba a trabajar y pudiera desenchufarse y hablar con otros adultos sin interrupciones.

Yo no podía creer que él no se diera cuenta de todas mis necesidades no cubiertas, el no podía creer que la mujer sensual, independiente y positiva estaba irreconocible y se preguntaba si realmente volvería a ser las de antes. Muchos desencuentros. Y en medio de las discusiones la palabra separación y divorcio  a veces resonaban, en forma de amenaza pero no tan livianamente como para no tratarlas con la seriedad que merecen.

Yo a veces le decía: en el afán de criar a los niños de manera respetuosa y completamente entregados a ellos nos estamos dejando al margen como pareja y será mucho más negativo el efecto de un divorcio que el de una crianza un poco más “egoísta”, por decirlo de alguna forma.

Y qué hacer? Reconocer, hablar sin tapujos y priorizar. Si es posible buscar una guía profesional pero lo que no debemos hacer es tapar, esconder o minimizar. Hacer pequeños cambios en la rutina que aseguren momentos privados, de encuentro, de conexión. Tener presente cuál es el lenguaje de amor de nuestra pareja para redireccionar las energías allí. Besarse más! Abrazarse más! Aún en aquellos días que han sido más emocionales. Recuerda que: Una relación fuerte es elegir amarse, incluso en esos momentos en los que cuesta gustarse.

Por Ana Acosta Rodríguez, Mamá Minimalista

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Ana_AcostaAna Acosta Rodriguez

Maestranda en Psicología Positiva Aplicada y experta en Mindfulness,  Inteligencia Emocional y Crianza con apego.

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Ser mamá: opción, no imposición

Ser mamá no es la panacea, no es la clave para la felicidad y no nos hace mejores personas que el resto. Ser mamá no llena vacíos, no retiene hombres ni nos vuelve súper mujeres per se.

Ser mamá es una labor para toda la vida, una responsabilidad y un compromiso que no todo el mundo está dispuesto a afrontar lo cual debe ser visto con el respeto que se merece y no como algo antinatural porque no lo es: ser mamá es opción y no imposición. 

La maternidad es un sinfín de aprendizajes y una experiencia única y maravillosa pero no es el fin último ni la meta en la vida de una mujer y por supuesto que no encaja con el plan de vida de todas y es absolutamente válido y comprensible. Ser mamá implica siempre alguna renuncia del yo. 

Si sos mujer y hoy decides no tener hijos yo te aplaudo, te admiro y te respetos porque me parece mucho más honesto y justo para con las partes pararse ante el mundo y decir: “no me interesa la maternidad” a ir por la vida siendo una madre frustrada, arrepintiéndose de lo que no pudo ser o criando hijos a medias o pasando necesidades. También me atrevo a pedirte que si estás absolutamente segura y sin vuelta atrás procures evitar quedar embarazada.

Me consta que la mayoría de las mujeres que deciden no tener hijos en general no se levantan de la cama un día  diciendo: “no voy a ser mamá”, gran parte de las que conozco que conozco son mujeres que han analizado mucho la situación, tienen argumentos bien plateados y han meditado, evaluado y proyectado llegando a su conclusión. Respetémoslas como así ellas también deben respetar a la mujer que encontró su vocación o su plenitud en la maternidad. 

Por otro lado hay congéneres que no pueden tener hijos y adoptar a veces no es opción o es un proceso largo y complicado: bajemos el nivel de presión y comentarios sugerentes. Nunca sabes lo que hay en la cabeza y el corazón de los demás como tampoco sabes las pérdidas y el sufrimiento  por el que han atravesado.

Amar al prójimo es también tener los ovarios para ir en contra de los mandatos sociales si no sentimos la certeza de que queremos ser mamás. 

Ana Acosta Rodríguez, Mamá Minimalista

 

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Tu hijo mayor también te necesita

Desde que nació mi hija más pequeña siento que tuve que empujar un poquito al mayor para madurar más rápido. El todavía era un bebé de 20 meses y yo le decía cosas como: “no grites que la bebe duerme”, “habla más despacio que la bebe llora”, “ahora no puedo porque tu hermanita está en la teta”, “camina solito porque tengo que cargar a tu hermana que es más chiquita” y cosas por el estilo. 

Ahora ella tiene dos años pero todavía es complicado porque sigue muy pegada a la teta y porque se pone muy celosa cuando mi hijo más grande me abraza o quiere estar encima mío y aún es muy pequeña para entender algunas cosas, entonces el pobre se frustra bastante por momentos y yo lo entiendo.

A mi me parte el alma la mirada de mi hijo en esos momentos porque en lugar de quejarse o llorar él, resignado, se mueve de mi regazo y se sienta a mi lado siempre compartiendo a mamá. 

Me di cuenta que injusta estaba siendo. La pequeña ahora tiene la misma edad que él tenía cuando ella nació y eso me movilizó porque a ella la veo y la trato como a un bebé pero cuando él tenía esa edad lo trataba como un niño más grande.

Entonces quise hacer algo para compensar un poco las cosas y decidí priorizar tiempo con mi hijo a solas, tiempo especial entre él y yo para conectar sin interrupciones y para que no tenga que compartir a mamá siempre. Resulta que desde hace unos meses tenemos una cita una tarde por semana, solos él y yo. Planificamos, vamos a donde quiere ir, nos abrazamos y nos damos besos “a demanda” sin que la más chica nos interrumpa. Ella se queda con papá y no hay ningún problema. 

A mi gordo le encantan nuestras “citas especiales” (y, hasta orgullosos, se las cuenta a sus amigos) pero debo decir que a mi me gustan más, porque tengo la oportunidad de darle todos los besos y abrazos que no le pude dar estos últimos dos años y me reconforta el corazón. 

 

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LA METAMORFOSIS DE UNA MADRE

Antes de ser mamá tenía muy claro que primero sería mujer y luego madre, que no quería que la maternidad me absorbiera dejando de ser Ana para ser “la mamá de…”. Luego entendí que las cosas son mucho más profunda y están enraizadas y entrelazadas de una manera tan fuerte que era imposible seguir siendo simplemente Ana.

Ya no podía elegir entre ser mujer o madre porque ya era mujer-madre, todo junto. La maternidad es intrínseca, es tan parte de una que no se puede separar, es como querer separar un brazo del cuerpo.

La maternidad implica reformular prioridades, reinventarse y redefinirse como mujer-madre, lo que NO quiere decir que las mamás no tengamos vida propia, sueños propios o que hayamos perdido parte de nuestra esencia, por el contrario quiere decir que hemos sumado y ganado, que la bella oruga ahora tiene alas que la acompañarán hasta el día de su muerte y más allá.

Quiere decir que no importa lo que pase, de ahora en adelante siempre seremos un nuevo ser, aún cuando los hijos ya no estén físicamente nunca podemos volver a ser lo que fuimos porque la metamorfosis fue tan grande y el caos tan bello que siempre serán parte de nuestra historia, de nuestro ser y estar.

 

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Existe un divorcio en el que todos ganan

La relación de pareja está agotada. Hay hijos fruto de esta relación, y a veces también una familia ensamblada que ha convivido durante años, otros hijos que se adaptaron a una situación nueva, un nuevo grupo que desarrolló sus gustos, ritmos y peculiaridades.

La decisión de separarse ha sido profundamente meditada, y es la mejor solución en medio de este desgaste en el que los diálogos son escasos y muchas veces tensos, la irritabilidad está a flor de piel y los mínimos detalles cotidianos despiertan elevado malestar en el estado de ánimo.

Los chicos ya están siendo perjudicados y esto puede notarse: su desempeño académico, su salud física, su estado de ánimo han variado negativamente. También discuten frecuentemente, se ven más tristes o buscan estar fuera de casa todo lo posible. Y vaya tristeza cuando están en casa y se aíslan en su habitación, en la TV,  o en sus auriculares y dispositivos tecnológicos. Es que no parece por gusto, sino por necesidad.

Generalmente resulta penoso el simple hecho de pensar en atravesar por todo el proceso que conlleva una separación y, sin embargo, también está claro que ya no queda otra opción. Esta convivencia resulta hoy insostenible.

¿Puede existir un divorcio en el que todos ganen?

Claro que sí, porque cuando el día a día se torna insoportable, ninguna persona del grupo familiar se está beneficiando con esta situación: ni los adultos en medio de una relación en la que no hay una verdadera pareja que esté eligiendo permanecer allí, ni los niños que absorben el clima emocional y las dinámicas tan disfuncionales.

Ganemos todos en este contexto, ¿qué quiere decir?

Que lo que está ofreciendo es un modelo de relaciones con vínculos que no son saludables. Los resultados están a la vista: son negativos.

Que los niños pueden buscar mover la atención de los adultos en medio de la tensión presente en la pareja con algunos síntomas, con el objetivo inconsciente de dar por finalizadas las discusiones, ya que si hay que resolver alguna situación de los pequeños, las diferencias entre los adultos suelen pasar a segundo plano.

Que los pequeños, suponiendo que ellos van a ser más importantes, provocan que les ocurra algo que se transforma en lo más importante, y entonces dividen a los productores de las discusiones o riñas.

Parejas candidatas

Cuando la relación de pareja se ha tornado difícil, donde hay cada vez más desencuentros y menos encuentros.

Aquellas parejas unidas anteriormente por uno o varios proyectos comunes que se han concretado o, se han diluido dejando un vacío en la relación.

Donde comunicarse es una odisea que transforma en malentendidos las frases neutras, o se malinterpretan las intenciones del otro como si tuviera en mente destruir o dañar, forzando al otro a defenderse en forma permanente de este ataque alarmante.

Cuando se hace cada vez más complejo llevar a cabo aquello que en el pasado había resultado más sencillo, una variación en las actividades de los niños que hay que cubrir, o una actividad de alguno de los padres que requiere del apoyo del otro.

Quiero divorciarme y que ganemos todos

Si te identificas con algunas o todas de las circunstancias que se han detallado aquí, o agregarías algunas más de tu experiencia personal y familiar, ten en cuenta que para que realmente sea una situación de ganancia para todos, deberás estar preparado para mantener una actitud de mucha altura respecto del otro padre y de los niños, y esto se resume en:

Mantener un trato respetuoso y cordial. Aún en las circunstancias menos favorables, puedes demostrar una maravillosa manera de afrontar las diferencias y las dificultades que –casi seguramente- surgirán.

Mantener la neutralidad respecto del otro padre delante de los niños. Esto es hablar en términos de respeto sobre su punto de vista, aún cuando no acuerdes en lo más mínimo.

Si lo ves imposible…

A veces en este contexto, las emociones impiden visualizar una resolución pacífica de esta circunstancia, entonces siguen existiendo opciones, como buscar sin dudarlo un buen apoyo terapéutico, si es que sientes que no te resulta posible encarar la situación de este modo, sabiendo que los más perjudicados en una separación disfuncional son los pequeños.

De paso, podría ser una oportunidad para aprender una nueva manera de crecer en situaciones de adversidad y desarrollar la resiliencia, esa habilidad de salir no solo airoso sino fortalecido de una adversidad.

¿Me cuentas cómo te fue?

Por: Lic. Marcela Monte

Facebook:  https://www.facebook.com/LicMarcelaMonte/
Licenciada en Psicología
Universidad Nacional de San Luis / Argentina
Psicoterapeuta Cognitivo – Conductual Infantil
Contacto: info@infantopsicologia.com 

 

 

Extraido de: Editorial Phronesis

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Los hijos no vienen a llenar vacíos

Los hijos no vienen a llenar vacíos. Tu hijo no va a reemplazar el amor de un padre ausente ni curará el dolor del marido que fue infiel o los compañeros de salón que se burlaron de vos toda tu adolescencia.

Un hijo no es un trofeo ni nuestra segunda oportunidad de nada que no tenga que ver con nuestra evolución emocional. Es un ser independiente y no una pertenencia. Tener un hijo no es como comprar una cartera: no se devuelven ni se cambian por otro modelo.

Tener hijos es una responsabilidad enorme. Traer un bebé al mundo es una decisión que debiera ser meditada, libre de egoísmos o apegos patológicos. Por eso respeto muchísimo a las personas que deciden no tener hijos si no están absolutamente convencidas.

Los hijos no llegan para llenar vacíos, sino a confrontarnos con la imperiosas necesidad de sanar nuestras heridas emocionales para no perpetuar ciclos en ellos. Estas heridas no desaparecen al parir, se irán poco a poco con terapia, oración, meditación y amor.

Ellos crecerán y se iran para hacer sus vidas y ahí quedás vos, con los mismos vacíos emocionales que tu hijo quizas anestesio, pero que no pudo ni podrá llenar nunca y que muchas veces se transformarán en cargas pesadisimas.

Curar es perdonar, agradecer, pedir perdón y soltar. Sanar nuestras heridas emocionales, empezando con las que tenemos con nuestros padres, es el primer peldaño de una paternidad respetuosa.

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Libérate del perfeccionismo

Si crees que no eres perfeccionista, porque te consideras un desastre, que no te resultan las cosas como quieres o te sientes frustrada cuando miras para el lado,  sigue leyendo. Puede que te sientas así precisamente porque estás atrapada en la trampa del perfeccionismo.

Me encanta la canción de Bruno Mars “Just the way you are” (Tal como eres), especialmente la estrofa que dice: “Tu sabes que nunca te pediría que cambies. Si estás buscando la perfección, entonces quédate cómo estás.” Hoy la tengo como ring tone en mi teléfono porque me recuerda, por una parte que soy suficiente, y por otra, que mis hijos, mi marido y todas las personas a las que amo, también lo son.

Tengo más de alguna historia con el perfeccionismo. La maternidad es una de ellas. Siendo Coach y Educadora Parental al mismo tiempo que madre de siete hijos, es difícil sacarse la etiqueta de madre perfecta, o “seca”, como muchas clientas me dicen. Y yo sé, por dentro, que estoy lejos de las expectativas de la gente. Todos los días podría hacer una larga lista de errores y de inconsecuencias en la relación con mis hijos. Muchas veces, en Coaching o haciendo algún taller, me maravillo de las capacidades y habilidades de madres estupendas, y al mismo tiempo dudo de mí y me digo “iCómo yo puedo estar enseñándoles algo que no soy capaz de hacer consistentemente en mi propia vida!” Esa es la voz de mi crítico más feroz: yo misma. Pero ahora tengo otra voz dentro mío, que me dice: “no te preocupes, sigue adelante, lo que haces ayuda a muchas personas y como mamá estás genial, estás dando tu mejor esfuerzo”.

El perfeccionismo tiene que ver, ante todo, con cuánto nos valoramos y nos queremos incondicionalmente. Por eso, normalmente, nuestras historias de perfeccionismo tienen origen en experiencias tempranas. Nuestro anhelo más profundo como seres humanos es ser aceptados incondicionalmente, pertenecer y sabernos valiosos. El perfeccionismo es la falsa “… creencia de que si nuestra vida es perfecta, si parecemos perfectos y si actuamos perfectamente, podemos minimizar o evitar el dolor, los reproches, la crítica y la vergüenza…es un escudo de veinte toneladas que acarreamos creyendo que nos protegerá, cuando en realidad, es LO que está, de hecho, previniendo una vida auténtica. (Bréne Brown, Los Dones de la Imperfección)

Por eso, lo opuesto del perfeccionismo no es la imperfección, el error, la falta de responsabilidad, el desorden, etc. Lo opuesto a perfeccionismo es la autenticidad, la capacidad de mostrarnos tal cual somos, nuestra originalidad, desde una posición: soy suficiente, soy digno de ser amado y me puedo equivocar mil veces, pero eso no cambia cuánto valgo. Por este motivo, para liberarnos del perfeccionismo y vivir una vida más auténtica necesitamos de los demás.

Más que relacionarse con cuán bien hacemos las cosas, se refiere a las intenciones con que las hacemos o porque las hacemos. La intención del perfeccionismo es cumplir las expectativas de otros por el miedo al rechazo. Aquí está la trampa: nuestro mayor deseo como seres humanos es ser aceptados y pertenecer, por temor a no alcanzarlo aparentamos cosas que no somos, al tratar de encajar de esa manera nunca nos sentimos realmente satisfechos porque, obviamnete, la aprobación externa es aparente. “No saben quien soy en realidad.”

¿Qué gatilla en nosotros el perfeccionismo?

Como causas ambientales o externas podemos señalar tres ilusiones de la cultura occidental contemporánea:

1. Creemos que podemos TENER todo.

En el mundo occidental la libertad es un valor fundamental, y el ejercicio de la libertad se realiza en nuestra capacidad de decidir. En una sociedad de consumo pensamos que mientras más opciones tengamos mejores serán nuestras decisiones y mayor es nuestra libertad.

¿Conocen personas que no son capaces decidir sin antes ver toooooodas las opciones?

Al parecer hay un punto en que tantas opciones nos paralizan y algo aún peor, cuando elegimos, al poco tiempo nos sentimos insatisfechos por haber dejado de lado cientos de alternativas. Hay personas que se compran el iphone 10 y cuando a los dos meses sale el 11, sienten que el suyo ya está obsoleto. Conozco a una persona que cuando se compra una blusa o zapatos o cualquier cosa, se lleva uno de cada color, porque no puede decidir sin sentir que su elección no es la mejor.

“Saber cuando algo es suficientemente bueno requiere conocerse a uno mismo y tener claro lo que es realmente importante.” (Barry Schwartz, La Paradoja de la Decisión)

¿Cómo lograr la satisfacción con las propias decisiones?

¿Cuándo algo es suficiente?

2. Creemos que podemos HACER todo. 

Para las mujeres se hace aún más difícil por los estereotipos que nos rodean. Tenemos que ser buenas madres, hijas, esposas, dueñas de casa, profesionales, mantenernos bien físicamente, y nunca mostrar nuestro cansancio. Esto lleva, a veces, a un desquiciamiento total, que nos hace correr todo el día sin parar, pasándonos a llevar. Somos el último lugar en nuestra lista de prioridades y dejamos de lado nuestro autocuidado.

El perfeccionismo nos lleva a perder los límites entre lo que somos y las expectativas de otros. Un requisito fundamental para liberarse de esta trampa es aprender a poner límites.Hasta aquí llego. Nosotras no tenemos la obligación de resolverle los problemas a otros, ni asumir responsabilidades ajenas, ni anticipar los deseos de otros. Y si alguien se enoja con nuestras decisiones, está bien. Es imposible complacer a todo el mundo.

Es imprescindible reconectarnos con nuestros sentimientos y deseos para decir que no.

Un buen paso para empezar es analizar cuánto tiempo le dedicamos a cada cosa que hacemos, y revisar qué es lo más importante En nuestra vida. Luego contrarrestar: ¿cuánto tiempo le dedico a mis verdaderas prioridades? ¿Estoy malgastando mi energía en cosas que en realidad no son las que más me motivan?

3. Creemos que podemos CONTROLAR todo.

No toleramos la incertidumbre. Existen estudios acerca de esto. En nuestra mente creemos que manejamos muchas más variables de lo que en realidad podemos, y los cambios o resultados inesperados nos generan una inmensa frustración e insatisfacción con la propia vida. Aceptar la incertidumbre es muestra de sabiduría, a veces, nos damos cuenta de ello muy tarde en la vida.

Gilda Radner, actriz, escribió antes de morir cáncer: “ Quería el final perfecto. Ahora lo he aprendido, de la manera más dura, que algunos poemas no riman y algunas historias no tienen  un claro comienzo, intermedio ni final. La vida se trata de no saber, aprovechar los momentos y hacerlo lo mejor posible, sin saber lo que pasará después. Deliciosa ambigüedad.” 

Otros gatillantes del perfeccionismo son internos, y normalmente tienen su origen en la infancia o la adolescencia gracias a experiencias dolorosas con el amor que nos hacen dudar de nuestra capacidad de ser amados. Una de las razones es que tradicionalmente se ha entendido la educación como corrección, y el método de la corrección es la crítica. La crítica permanente nos lleva a tener una visión negativa de nosotros mismos. No nos damos cuenta que poco a poco empezamos a sentir vergüenza de lo que somos.

Es algo que todos experimentamos alguna vez. A veces pensamos que la vergüenza es algo que sucede a personas que han sufrido traumas, la verdad es que todas esas historias de dolor en la niñez o adolescencia o en la adultez son pequeños traumas.

Imagina una situación de mucha vergüenza que hayas vivido alguna vez.

¿Qué sentiste y cómo se manifestó en tu cuerpo?

¿Cómo actuaste?

La vergüenza es un sentimiento de la familia del miedo y se manifiesta con síntomas de dolor. Produce el mismo estrés, hormonas y respuestas fisiológicas que cuando sentimos un dolor físico. Frecuentemente las personas responden a la vergüenza arrancando o escondiéndose, complaciendo al crítico o atacando y avergonzando a otro.

Todas estas acciones exacerban la vergüenza porque son movimientos que buscan evitar sentir y la fuerza de la vergüenza descansa en el secreto y en la negación. Creemos que haciendo todo lo posible para que aquello que nos da vergüenza no se sepa, estaremos bien, sin embargo, queda dentro el dolor y sobre todo la sensación de soledad porque pensamos que nadie soportaría nuestros secretos.

¿Cómo romper el círculo?

Primero: reconocer los síntomas físicos y el dolor emocional. Así cuando tengas un ataque de vergüenza lo primero es decir “Sí, siento vergüenza”. Reconocer los mensajes y expectativas que provocaron en ti la vergüenza. Tu hijo te dijo que te odiaba y que eras una amargada. Enfrenta tu dolor. Te duele porque te recuerda que estás repitiendo un patrón de comunicación que quieres evitar.

Segundo: pensar en forma crítica. Somete estos pensamientos a una evaluación de contraste con la realidad. Soy un desastre, me olvidé completamente de la reunión del colegio. ¿Soy realmente un desastre? ¿Voy a dejar que esto me defina como mamá? ¿Soy la única persona en el mundo que ha olvidado una reunión alguna vez?

Tercero: encontrar a alguien con quien hablar de tu vergüenza, alguien que tenga el derecho a escuchar tu historia. No necesitamos el amor incondicional ni la aceptación de todo el mundo, sólo de aquellos que son nuestros más cercanos. Contar tu historia permitirá que te hagas dueña de ella y no que la vergüenza te domine a ti.

Las comparaciones también son una fuente de nuestro perfeccionismo.

La razón de por qué el perfeccionismo no tiene nada que ver con la superación personal es porque normalmente nos comparamos con iguales. De ahí el dicho el pasto del vecino siempre es más verde. Nuestro objetivo es destacar, pero no desencajar del grupo. Se castiga la originalidad y esto paraliza nuestra creatividad. Y qué tenemos a nuestro alrededor: uniformidad, casas todas iguales, hijos que estudian todos lo mismo, veraneamos en los mismos balnearios, vamos a los mismos restaurantes, etc.

Las comparaciones llevan a la competencia y la competencia nos hace esforzarnos lo necesario para ganar una carrera, nada más.

En cambio cuando ponemos nuestra mirada en personas que no son nuestros vecino, que inspiran, nos conectamos con nuestros ideales. Al inspirarnos somos más creativos, vamos buscando las formas de expresarnos de manera original. Otra forma de inspirarse es pensar en tus sueños de infancia o de adolescencia, ¿dónde quedaron?, ¿cómo se han ido cumpliendo o quedando en el camino?

Las comparaciones son fuente de amargura, la inspiración es fuente  de gozo y gratitud

Al hacernos más resilientes a la vergüenza y dejar de darle tanto valor a lo que piensan los demás y a las comparaciones nos volvemos personas más auténticas. Pero no se trata de que no nos importe nada ni de andar diciendo todo lo que pensamos, aunque a otros les duela. porque para ser auténticos necesitamos establecer vínculos afectivos sanos y satisfactorios. Para tener el valor de mostrarnos imperfectas, establecer límites y permitirnos ser vulnerables, debemos experimentar la aceptación y amor incondicional. No es fácil entregarse al amor sin resguardos, mostrando nuestro ser vulnerable, pero es la única manera de creer que somos suficientes.

La neurociencia está comprobando que estamos hechos para conectar. Nuestro cerebro está lleno de neuronas espejo que de forma innata nos permiten entender el estado mental de otras personas. A, su vez, esto permite algo que se llama la resonancia límbica. Se produce entre la madre y su guagua que sincronizan en armonía sus latidos, su angustia, su paz. Este tipo de conexión profunda, satisfactoria y de bienestar, no es posible cuando somos perfeccionistas. Encajar no es lo mismo que conectar. Cuando conectamos con otro, sentimos que pertenecemos. Cuando encajamos sentimos que no pertenecemos y estamos fingiendo que sí.

No necesitamos a muchas personas para experimentar la aceptación. A veces nos pasamos tratando de agradar a todo el mundo, menos a las personas que realmente importan.

¿Quiénes son esas personas para tí?

Muchos estudios vinculan el perfeccionismo con trastornos del sueño y alimentación, depresión, estrés, ansiedad, colon irritable, insuficiencia cardíaca, muerte precoz. La autenticidad no sólo nos hace más felices, es un factor protector para nuestra salud.

La autenticidad es el mejor regalo que podemos dar a las personas que amamos, eso es lo que importa.

Cuando estés en un dilema de autenticidad:

Usa un mantra que te ayude a mantener tu intención. (Just the way you are)

Inspírate, mira a los valientes.

Sigue, puede que tus sentimientos salgan heridos, pero nunca te avergonzarás de ser auténtica. Que tu objetivo sea ser auténtica no obtener aprobación.

El perfeccionismo no te afecta solo a tí. Arrastra a todos a tu alrededor, tus hijos, en el trabajo en las relaciones con los amigos.

EDUCAR PARA LA AUTENTICIDAD

Los hijos son en parte una proyección nuestra y son un ámbito en el cual nos cuesta un mundo aceptar la incertidumbre. Nada asegura que los hijos tendrán la vida que soñamos, pero lo único sobre lo que podemos tener control es en desarrollar un buen vínculo. No es posible si queremos hijos perfectos. ¿Son tus hijos suficientemente buenos a tus ojos?  ¿Puedes decirle quédate tal como eres? ¿Qué cualidades aprecias? ?¿Cómo podrías demostrarle tu amor incondicional y aceptación?

Evita las etiquetas, las comparaciones. Ya vimos lo que provocan.

Más interacciones positivas. Hablamos de la correlación que existe entre la crítica y el perfeccionismo. Cuando nuestros mensajes son siempre negativos los niños crecen con la sensación de estar fallados, de que son ellos un problema, de no ser aceptados. Si la mayoría de las veces, en cambio, reciben feedback positivo, un cariño, amabilidad, compasión de parte nuestra, se sentirán amados y suficientes. Valiosos.

Registra hoy en la noche cómo estuvieron las interacciones durante el día. Podrán notar si hay una tendencia hacia lo negativo o lo positivo.

Usar más tu intuición. Según algunos estudios, pareciera ser que ante un problema o dilema el cerebro toma pedazos de información que ha recibido previamente que generan esta sensación o impulso a hacer algo o a detenerse. Funciona en ambos sentidos y lo que se ha visto es que siempre es un movimiento hacia algo positivo, beneficioso o para cuidar un bien. No significa que sólo tengamos que seguir nuestra intuición, pero puede ayudar cuando recibimos infinitas cantidades de información. Nuestra necesidad de certezas y controlar todo nos lleva a desoír la intuición.

En mayo comenzaremos el taller El Poder de tu Vulnerabilidad y los Vínculos donde profundizaremos en estos temas y entregaremos herramientas concretas que te ayudarán a conectarte con tu ser más auténtico.Si estás interesada haz click.

Alejandra Ibieta I, 

de AMA Consultora Parental

Articulo extraido de www.talleresama.cl

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