Tips para superar la hipocondría

La salud es una de las preocupaciones más importantes en el ser humano. Tal es así que causa ansiedad en muchas personas sólo el hecho de pensar que no tienen una buena salud.  La hipocondría afecta a un 6% de la población mundial y se estima que cuesta millones de dólares de gasto innecesario en la sanidad.

¿Qué es la hipocondria?

Básicamente es la preocupación excesiva o el miedo a padecer alguna enfermedad grave. Siempre desde la perspectiva o análisis personal de la persona que lo sufre que se somete a un análisis  minucioso de sus síntomas creyendo que éstos son sin duda la manifestación de una grave enfermedad. Muchas veces un simple mareo o dolor de cabeza puede desencadenar una ansiedad excesiva sobre el individuo llevándole a pensar en lo peor. Incluso si el médico, después de haberle hecho pruebas certifica que está sano, la persona puede seguir insistiendo en sus síntomas y llegar a crear alteraciones reales en su cuerpo lo que se llama fenómeno psicosomático, producto de su estado psíquico y emocional.

En realidad la persona hipocondríaca sufre. Su estado emocional es negativo y le lleva a centrar su atención en alguna parte del cuerpo donde cree que tiene su enfermedad, creándole ansiedad  e incluso fobia. Cuando entra en pánico tiene palpitaciones, sudoraciones e incluso dolor en la parte del cuerpo que le preocupa.

Es evidente que este trastorno impide que lleves una vida laboral, familiar y social con normalidad, por lo que es importante tenerlo bajo control. A todos nos preocupa nuestra salud, pero obsesionarnos o temer a la enfermedad no nos hará más sanos. Por eso aquí os compartimos unos tips para que puedas eliminar tu ansiedad y llegar a superar la hipocondría.

 

Tips para superar la Hipocondría:

1-Limita tu búsqueda en internet

Cada vez que sientas un síntoma diferente y te lleve a la búsqueda en internet te creas más ansiedad. En la red hay mucha información y mucha de ella no es auténtica ni está comprobada. Un simple dolor de cabeza puede tener miles de interpretaciones. Sé positivo y espera siempre un diagnóstico médico que es lo más fiable en cualquier caso.

2-Mantén tu mente ocupada

Si te mantienes ocupada podrás evitar caer en el bucle de pensamientos negativos que no te benefician. En cambio puedes dedicar el tiempo a realizar lo que más te gusta: leer, ir al cine, incluso quedar con amigos es una buena terapia para desestresarte y alejar la temida ansiedad.

3-Descansa lo suficiente

Un buen descanso te ayudará a despejar la mente y a reducir la ansiedad.

4-Ejercita tu cuerpo

El ejercicio también te ayudará a mantenerte ocupada y a relajarte. Piensa que con ello estás realmente contribuyendo a tener un buen estado de salud. Puedes realizar paseos, montar en bici, andar, etc..

5-Lleva una dieta balanceada

No te saltes ninguna comida. Incluye en tu dieta frutas, verduras, plátanos, frutos secos, cereales, proteínas saludables. Bebe mucha agua y evita el alcohol, la cafeína o cualquier bebida excitante.

6-Pide ayuda

Si ves que te sientes abrumado por tus síntomas, visita a un médico para que realice un diagnóstico claro y te puedas quedar más tranquila. Es posible que todo lo que sientes sea porque sufres de depresión y conviene tenerla bajo control.

Incluso un psicólogo o psiquiatra puede ayudarte a superar tus miedos si ves que no puedes salir por ti misma.

 

Redacción Instituto Draco

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Que suerte tienes! 🍀

¡Qué suerte! ¡qué suerte tienes

le dicen siempre a mi amiga de la sonrisa tatuada, a la que siempre parece que todo le va de color de rosa. ¿La tiene? ¿Hay gente que nace tocada por una varita mágica a la que todo le sale bien porque tiene mucha suerte?.

Pues yo creo que la suerte, la mayoría de las veces, es de los que se lanzan a por ella. Creo que la suerte, es cuestión de insistencia, pero también creo que mi amiga si que tiene mucha suerte. La suerte de ver la vida desde un vaso medio lleno, la suerte de haber nacido y crecido pensando siempre en positivo y esa, es para mi la verdadera suerte (y también parte importante del camino a que las cosas sucedan).

¿Y tú? ¿Tienes suerte?.

#desarrollopersonal #motivacion #positivismo

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Si no expresas te enfermas

En este mundo hay muchos tipos de personas: extrovertidas, introvertidas, sensibles, habladoras…cada una tiene un tipo de personalidad y manera de ser, que nos convierte en únicos, pero todos tenemos algo en común, la necesidad de expresarnos.

Somos humanos y somos seres sociales, seres que necesitan a los demás para comunicarse y expresar sus sentimientos. Para muchas personas expresar la verdad y los sentimientos no es fácil, abrirse y volverse frágil puede ser complicado pero… es necesario.

Cuando no expresamos lo que sentimos y lo guardamos para nosotros el dolor nos va pudriendo el alma y se manifiesta en nuestro cuerpo terrenal. Nuestro cuerpo se expresa cuando no sabemos comunicarnos.

Habitualmente, esta incapacidad tiene su origen en un sistema de comunicación familiar inexistente o deficitario. Muchas de las enfermedades nos dan una pista sobre las necesidades no cubiertas en la infancia como el cariño o la empatía.

Somatizar significa transformar un dolor emocional en otro físico, quizás por la incapacidad de expresarse. Una incapacidad que se debe entender y tratar como el origen de un problema que cumple una función: comunicar con el cuerpo lo que nuestra mente quiere expresar y nuestra voz no es capaz de reproducir.

En la depresión por ejemplo, es normal un cambio en el patrón de sueño habitual, tener menos hambre y menos ganas de hacer cosas se está somatizando la tristeza.

 

Deja de ser fuerte siempre, sé tu mismo 

 

Cuando no nos comunicamos, implícitamente asumimos que no seremos escuchados, que no contamos con las estrategias sociales para hacernos entender o que directamente seremos rechazados.

De repente, un día nos sentimos paralizados. Nos preguntamos de dónde surge tanto dolor y porque mi cuerpo no da motivos claros que lo expliquen. Los motivos están en la mente, pero están anestesiados.

El inconsciente no diferencia entre una imagen exterior o interior. Esto nos lleva de manera inevitable a protegernos continuamente. Como nos da miedo a sufrir, cuando nos sentimos amenazados ponemos en marcha mecanismos de protección.

 

Señales de nuestro cuerpo ante las emociones: 

 

Caída del pelo

• Representa el nexo entre lo físico y lo espiritual

• Una persona pierde su cabello cuando vive una pérdida o tiene miedo de perder algo o a alguien.

• Se identifica demasiado con aquello que corre el riesgo de perder o con lo que perdió, y experimenta un sentimiento de impotencia.

• Es una persona que se preocupa demasiado por el aspecto material de su vida y tiene miedo de la opinión de los demás.

 

Caries 

 

• Es la manifestación de un dolor interior extremo.

• No consigo expresar este mal que me corroe y la inflamación hace su aparición.

• La caries se refiere al aspecto “mental”. ¿Es odio o rencor frente a alguien?

 

Apnea del sueño 

 

• Si ronco, debo preguntarme: ¿Me agarro yo a mis viejas ideas, actitudes, bienes materiales? ¿Me obstino a mantenerme en una situación o en alguna situación que no me es beneficiosa?

• Busco acercarme a alguien

• Debo aprender a soltar y dejar sitio a lo nuevo.

 

Dolor de rodillas 

 

• Debo interrogarme para saber si soy testarudo, rígido, orgulloso.

• ¿Vivo quizás un conflicto con la autoridad (mi jefe, mis padres, etc.)? ¿Tengo miedo de tomar cierta acción para ir hacia delante? ¿Tengo yo la sensación de que debo “doblar” en cierta situación o deba “doblarme” delante de alguien o algo?

• Si tengo fluidos al nivel de las rodillas (me inhibo emocionalmente contra el flujo natural de los acontecimientos (resistencia al movimiento)

 

Ansiedad

 

• Tiene como efecto en la persona que la sufre el bloqueo de la capacidad de vivir el momento presente.

• Se preocupa sin cesar. Habla mucho de su pasado, de lo que aprendió, vivió, o de lo que le sucedió a otro.

• Esta persona tiene una imaginación fértil y pasa mucho tiempo imaginando cosas que ni siquiera es probable que ocurran.

• Se mantiene al acecho de señales que prueben que tiene razón para preocuparse.

 

Tu puedes transformar tu futuro

 

Enfermarse, sentirse desgraciado o encontrarse en una situación desagradable no es una cuestión de mala suerte ni una casualidad o un castigo divino; no es más que el resultado de sintonizarnos con determinada frecuencia. Solo hay que cambiar de frecuencia negativa a una positiva para que el malestar, el dolor o la enfermedad desaparezcan, para transformar una situación difícil o para mejorar nuestra relación con los demás.

En cada momento creamos nuestra realidad mediante los pensamientos que sintonizamos, las palabras que pronunciamos y las elecciones que hacemos. Cuanto más ampliamos el campo de nuestra conciencia, más podemos intervenir para transformar favorablemente nuestro mundo y mejor podemos gobernar nuestra vida.

Cuando se quiere huir de una situación que conlleva a una importante lección para nuestra evolución, la enfermedad puede obligarnos a afrontarla. Podemos tratar de huir de nosotros mismos anestesiándonos o angustiándonos. Pero huir no es la solución porque aquello que nos da miedo y de lo que queremos escapar nos persigue constantemente.

Hay que dejar sentir las emociones y expresar lo que sientes. Hay que intentar encontrar la emoción o sentimiento en la cual nos hemos quedado atascados: duda, abandono… Reconocer que somos los creadores de lo que vivimos. Esto supone aceptar que nuestros pensamientos han dado lugar a las situaciones que hemos encontrado en nuestra vida ¡Ábrete a ser quien eres, verás el cambio!

 

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Perdonar a Nuestros Padres: El Primer Paso de la Crianza Consciente

Cuando nació mi primer hijo mi marido, que ya tenía varios años de papá, me dijo que cuando empezó a leer sobre crianza lo primero que tuvo que hacer fue trabajar en algunos asuntos pendientes con sus propios padres. Nada más real y acertado. No es posible entablar una relación saludable con nuestros hijos si arrastramos rencores con nuestros padres, porque tarde o temprano estas emociones negativas llegarán a ellos de una u otra manera o les afectará en la relación con sus abuelos inculcándoles prejuicios inconscientemente.

Muchas familias que se acercan a consultarme me cuentan que ponen distancia con sus progenitores cuando los hijos empiezan a crecer, porque se sienten monitorizados, sienten que se les critica su estilo de crianza continuamente o no quieren repetir ciclos tóxicos. Muchas veces experimentamos un pequeño (o gran) resentimiento porque tal vez nuestros padres nos criaron de una forma en la que nunca criaríamos a nuestros hijos y como todo el mundo, con sus aciertos y errores, aunque el problema es la tendencia a enfocarnos en los errores.

Pero, ¿Podemos realmente culparlos? Te invito a reflexionar. Nuestros hijos se están criando en un mundo muy distinto al de nuestra infancia y para nuestros padres esto también fue así. Creo que ellos utilizaban las herramientas que tenían a mano. La información no era tan accesible como ahora, no se obtenía con un “click” implicaba más tiempo y mucha logística. También creo que ellos seguían paradigmas sociales y seculares de la época los cuales no eran tan debatidos como ahora. Por otra parte se transformaron en padres en promedio 10 años más jóvenes que la mayoría de nosotros, eran adolescentes. No quiero imaginar haber tenido un hijo a los 18 años, momento en el cual batallaba con un trastorno de la conducta alimentaria y no estaba, emocionalmente hablando, en mi mejor momento ni con una pareja con la cual hubiera sido fácil o hubiera querido criar hijos. Ellos hicieron lo que pudieron y como pudieron, al igual que nosotros.

Te invito a pensar en cómo fue o puede haber sido la infancia de tus padres. A mi madre, por ejemplo, no la dejaron tomar clases de ballet las cuales ella amaba y la obligaron a tomar piano, ¿Puedo culparla por querer que yo sea bailarina. ¿Puedo realmente culpar a mi papá por no haber sido muy demostrativo cuando a él lo mandaron a estudiar a un internado a los diez años y sólo veía a sus padres los fines de semana y debía tratarlos de “usted”? Cortemos ciclos, seamos valientes.

Pero arrastramos rencores, arrastramos arrepentimientos y dolor, quizás porque faltaron palabras por parte de ellos, quizás porque los tabúes de la época evitaron charlas que nos hubieran ahorrado problemas, quizás porque faltaron abrazos para no hacernos “blanditos” o porque sobraron críticas, retos o palabras crueles para “hacernos fuertes”. No queremos que les pase lo mismo con nuestros hijos, pero así como nosotros no somos los mismos que hace diez o veinte años, ellos tampoco. Aun así algunos aspectos negativos con los que fuimos criados están grabados en nosotros por lo que debemos ser conscientes permanentemente y tenerlos en cuenta para cortar el ciclo, por ejemplo, venir de una familia en la que se gritaba mucho por costumbre o idiosincrasia.

Tenemos que trabajar en los resentimientos y empezar por aceptar a nuestros padres como son, abandonando la idea de cambiarlos a ellos o sus opiniones. En el momento que los aceptamos y dejamos atrás esa guerra de egos todo fluye con más facilidad.

Un fin de semana con más dulces que los habituales, comer con la boca cerrada o tener que pedir permiso para hacer esto o aquello son detalles que NO modificarán la vida de nuestros hijos, quienes pasan muchísimo más tiempo con nosotros, pero crecer con abuelos presentes es una bendición y es también el regalo más grande que podemos hacerles a nuestros hijos. Elige tus batallas.

Como siempre les digo, las palabras mágicas son Perdón y Gracias. Perdonarlos, agradecerles y pedirles perdón a nuestros padres porque nosotros tampoco nacimos perfectos ni teníamos las herramientas que tenemos ahora. Esas acciones son la clave para sanar las heridas con nuestros progenitores y disfrutar su compañía, en esta nueva estampa y desde otro lugar.

Por supuesto que en familia con negligencia extrema o abusos es muchísimo más complicado perdonar, en esos casos yo recomiendo psicoanálisis, meditación y lectura (puedo recomendarte libros)

No podemos cambiar el pasado pero podemos cambiar el presente.

Ana Acosta Rodriguez, Mama Minimalista

Facebook: @mamaminimalista

Fuente: mamaminimalista.net

Ana_AcostaAna Acosta Rodriguez autora del libro “La Crianza Rebelde”

 

Disponible: Europa y USA: https://bookgoodies.com/a/B07ZM8WMXN

LATAM: https://www.editorialbrujas.com.ar/Inicio/Libro/1518

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Conexión entre intestino y cerebro

Nuestro cuerpo está conectado, cada célula, cada órgano están unidos por un hilo, el hilo de la vida. Una de las conexiones más importantes es la conexión entre intestino y cerebro, mente-cuerpo, es infinitamente poderosa.

Es maravillosa porque conecta nuestro organismo, nuestro cuerpo con el entorno en que vivimos. La ansiedad o el bienestar que sentimos pueden tener su origen en el aparato digestivo.

La conexión mente-cuerpo es real y científicos de todo el mundo lo han demostrado, es hora de reconectar con nuestros cuerpos, cuidarlos y empezar a escuchar lo mucho que el cuerpo tiene que contarle al cerebro.

Según el gastroenterólogo y codirector del Centro de Investigaciones Digestivas de los Ángeles, el Dr. Emeran Mayer la conexión intestino-cerebro es mucho mayor de lo que se intuía. Ha realizado múltiples investigaciones y concluye que el malestar físico y emocional que vivimos cuando estamos estresados podrían generarse en el intestino.

 

¿Cómo es la conexión intestino y cerebro?

 

Los microbios digestivos se han revelado como causantes del envío de señales al cerebro a través del nervio vago, el canal que une intestino y cerebro, para generar respuestas que promuevan conductas alimentarias determinadas. Esto ayuda a la liberación de neurotransmisores como la dopamina y la serotonina.

Según el Dr. Mayer, el 95% de la serotonina en el organismo se encuentra en el sistema digestivo. Este descubrimiento médico es de gran importancia para los pacientes con los problemas de ansiedad, depresión o  colon irritable.

Estas investigaciones están demostrando que la microbiota intestinal tiene un papel fundamental. Entre otras cosas, en el peso, y más específicamente en los motivos que hacen engordar o adelgazar a las personas.

 

Relación entre la Ansiedad y el intestino 

 

Cuando estamos estresados durante mucho tiempo o sufrimos ansiedad generalizada, el intestino reduce sus funciones para que el cerebro cuente con algo de energía extra. Esto conduce a una situación en la que el flujo sanguíneo se reduce en el intestino. También se da una reducción en la mucosa protectora y es más fácil que las bacterias inflamen el intestino.

Esto puede provocar un cambio en la microbiota intestinal que produce entonces diferentes metabolitos que se envían al cerebro.

 

¿Qué puedes hacer para cuidar tu intestino?

 

Después de leer las investigaciones médicas que apuntan la estrecha relación entre intestino y cerebro parece que podemos actuar desde dos puntos diferentes en el tratamiento y prevención de los estados de ansiedad y de estrés.

 

– Practicar algún tipo de meditación o mindfulness

– Seguir una dieta equilibrada rica en verduras y frutas

– Realizar algún tipo de deporte para relajarte

 

En conclusión, la conexión entre intestino y cerebro es real y es como un pez que se muerde la cola: si sientes ansiedad, eso provoca en el intestino contracciones y secreciones que cambian la microbiota intestinal y entonces esta produce diferentes metabolitos que van al cerebro. Si nos cuidamos, nos relajamos e intentamos ser positivos no sufriremos tanto de dolores intestinales y viviremos una vida plena.

 

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Las emociones también nos enseñan

Las emociones existen para ayudarnos a movilizarnos y salir de un estado que nos podría estar haciendo mal; cuando uno siente algo inmediatamente realiza un movimiento con el cuerpo, si estoy feliz me expando y abro los brazos o se me infla el pecho, si estoy enojado me encorvo y me aprieto y achico, me repliego.. Es por eso que si deseamos que nuestros hijos se muevan, estudien con ganas y salgan de esa parsimonia o estado de pseudoparalisis, es que necesito hacerlos sentir para que despierten y se motiven.
En el inicio de cada sesión con mis alumnos yo les pregunto cómo se sienten o cómo se han sentido los últimos días, respecto del colegio, de sus compañeros, profesores, cómo se sienten en tal o cual asignatura, cómo se sienten frente a sus padres, hermanos, para llevar un registro de sus emociones y hacerlos saber y reconocer bien qué es lo que sienten respecto de todos los factores relacionados con el proceso de enseñanza aprendizaje; pues es precisamente el factor afectivo el que en muchos casos interfiere en el proceso de aprender.
 
 
 
Mi intención esta vez es sugerirle a estos padres y madres que se han debido transformar en profesores de sus hijos y que podrían estar algo complicados al momento de estimular e interesar a sus hijos a trabajar y realizar sus teletareas de manera responsable y activa, que en cualquier instancia del día y del encierro les vayan preguntando cómo se van sintiendo, pudiendo incluso registrarlo en un “emoticario” y de ese modo ir entendiendo qué les pasa cuando deben “ir al telecolegio”. De esa manera podrán como padres entenderlos mejor y ser mas asertivos con la ayuda y con los comentarios que les hagan respecto del desempeño o actitud que tengan sus hijos hacia el aprendizaje.
 
Si yo entiendo que estoy confundido pero no molesto, o que estoy interesada pero no feliz, podré aprovechar esa emoción para hacer algo, para trabajarla, pues en el caso de una emoción negativa, no es ideal mantenerla de forma sostenida, la vamos ocultando y se podría transformar en discusión con alguien que no tiene nada que ver con el problema emocional raíz o somatizar y llegar a quitar el apetito, o rechazo inquiebrantable frente a esta nueva modalidad de clases.
 
Se sabe gracias a las neurociencias, que uno primero siente en el cuerpo una emoción luego la razonalizo y la defino. Se recibe un input que proviene del exterior (actúa el sistema nervioso autónomo), luego llevo ese mensaje a un nivel consciente a un nivel de pensamiento -por asociación- y le pongo un nombre al input por ejemplo: tengo miedo. Pero en realidad lo que se siente no es miedo, fue mi cuerpo el que sintió algo muy parecido a una vez que tuve miedo y mi memoria -por asociación- y razonamiento le llamaron, a este nuevo input muy similar, miedo, debido a que sentí lo mismo que sentí alguna vez. Las emociones se sienten primero en el cuerpo, luego el razonamiento les pone el nombre a la emoción. Veo un león en la calle, suceden una cantidad enorme de reacciones químicas en mi cuerpo, luego mi amígdala e hipocampo trabajan y reconozco que lo que siento es miedo (tengo miedo porque se me paralizó el corazón, y no al revés, no se me paraliza el corazón porque tengo miedo.)
 
Es el cuerpo el que siente la emoción primero por seguidilla de reacciones fisicoquímicas, a eso yo llamaría primero movimiento. Luego al etiquetarlo, reacciono con otra acción, corro si fuera miedo, abrazo si fuera emoción o tristeza, saltar, si fuera dolor, distanciamiento o desatención si fuera aburrimiento, llanto si fuera desesperación, sueño si fuera cansancio, impulsividad o pataleta si fuera enojo. a esto llamaremos segundo movimiento.
Una vez que ya hubo reacción fisicoquímica, que ya hubo movimiento, vendrá el tercer nivel de movilización, la que se hace consciente, esta emoción viene a decirme algo, qué puedo aprender, cómo corregir lo que esta emoción me está indicando, es ahí donde debemos llegar, a hacer algo con la emoción que logran definir nuestros hijos con el registro de las respuestas de cada vez que les preguntemos cómo se sienten.
Tenemos el poder de cambiar lo que sentimos, lo que vivimos, lo que no nos gusta y generar otra realidad. Si me duele el cuerpo cuando hacemos las tareas, será que debo cambiar la altura de la silla, del escritorio, de la tela del asiento, de la luz de la pantalla, etc. Si siento aburrimiento, será porque no escucho bien, revisaremos el audífono o el ruido que podría haber en la pieza, o podría ser que la clase es muy lenta o muy complicada? Si siento vergüenza será que la profesora alguna vez me ridiculizó o un compañero se burló de mi respuesta? Para eliminar una emoción que no nos gusta debemos identificarla lo mas precisa posible y hacer algo con ella, movilizarnos para cambiar, si las vamos acumulando terminará siendo un problema de cabecera, y bola de nieve. Ahora a movernos!!
Claudia Pastene – Psicopedagoga – Conoce más de Claudia aqui

Imagen de portada : Photo by Andre Guerra on Unsplash

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¿Las palabras hieren más que los hechos?

Las palabras importan más de lo que podríamos imaginar. Investigaciones previas explican cómo nuestro vocabulario habla de nuestra personalidad, y de hecho, se ha demostrado que la forma en que escribimos y nos expresamos puede revelar datos sobre nuestra identidad y carácter.

Algunos creen que las acciones están estrechamente relacionadas con lo que una persona realmente quiere comunicar, es decir, que las personas actuamos con base en nuestros deseos inconscientes. Por esto, muchos opinan que “las palabras se las lleva el viento” y que, para poder comprobarlas, debe existir una muestra que sustente lo que se ha dicho.

Un ejemplo común puede verse en las relaciones de pareja. “Rodrigo dice que ama a Carla, pero ella no siente que sea así. Él no le envía mensajes de texto ni le trae flores, por lo tanto, se pregunta: ¿cómo puede realmente amarla pero no hacer ninguna de estas cosas? Seguramente, es solo palabrería”. 

Pero el lenguaje no es solo un conjunto de palabras asociadas a significados que heredamos y aprendemos social y culturalmente. En realidad, el lenguaje es, ante todo, una forma de comunicar y transmitir emocionesEs ahí donde incluso el tono y la expresión facial comunican.

Las palabras tienen un gran impacto en la mente de las personas, bien sean positivas o negativas, pueden dejar una huella difícil de borrar. No obstante, este efecto solo tendrá poder si las palabras vienen de una persona significativa para nosotros, como nuestra pareja, un familiar o un amigo.

A lo largo de la vida, es muy posible que recibamos comentarios desafortunados o incluso maliciosos. La mayoría de ellos van y vienen, y no dejan huella alguna en nosotros. Los que sí dejan marca y cicatriz son los que vienen de boca de seres queridos, es entonces cuando las palabras parecen herir mucho más que los hechos. 

Cuando el arma letal está en la boca

Paul Watzlawick, un célebre psicólogo austríaco experto en comunicación y lenguaje, enunció una interesante teoría a la que llamó «desconfirmación». En ella, se refleja el poder destructor de las palabras en la comunicación humana y las formas más comunes en las que el proceso comunicativo, a veces dañino, se lleva a cabo:

  • La desvalorización: en este tipo de comunicación, se hace uso de un determinado tipo de palabras que buscan disminuir el valor (o autoestima) de la persona. Se le quita importancia a todo lo que hace o dice, se usa un lenguaje que la desacredita y que le resta valor a toda su figura, a toda su esencia. Es algo realmente destructivo.
  • La descalificación: en este caso, lo que se busca no es desvalorizar sino «invalidar». Se va un paso más allá y aparecen frases como «no sirves para nada», «eres la persona más torpe del mundo», «no le llegas a la suela de los zapatos a nadie».
  • La desconfirmación: tipo de comunicación que puede llegar a anular por completo a una persona. Si en las anteriores definiciones quitábamos valor y humillábamos a alguien, aquí se procede a «ignorarla», lo que se traduce en una negación de sus necesidades básicas y deseos más profundos.

Muchas personas que afirman que estos golpes invisibles duelen mucho más que cualquier tipo de maltrato físico, y muchos preferirían una paliza antes que tener que soportar el duro impacto del maltrato psicológico.

Lo cierto es que, ante la interrogante de si las palabras son más dolorosas que los hechos, todo es relativo y depende de nuestra estructura emocional, es decir, de qué tan relevante es el lenguaje verbal en nuestra vida en comparación con las acciones. Desde luego, no puede negarse que el uso del lenguaje es fundamental para nuestra vida social y cultural, razón por la cual los psicólogos y psicolingüistas han estudiado ampliamente los procesos involucrados en hablar y escuchar, leer y escribir.

Otro objetivo especial ha sido comprender cómo las personas con antecedentes educativos y culturales distintos difieren en su uso del lenguaje, por ello, vale la pena tener en cuenta que todos empleamos conceptos y expresiones diferentes para comunicar nuestras ideas o sentimientos, y esto no siempre significa lo mismo para todos. De ahí la importancia de cuidar especialmente las palabras que elegimos y recordar que cada una de ellas puede conmover realmente la vida de alguien, ya sea para bien o para mal. 

 

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Volver a la vida cotidiana

Hoy desperté con unos deseos enormes de ver el mundo otra vez y por extraño que suene para una mujer como yo, más dada al recogimiento, con muchas ganas de ver gente, harta gente. Hasta pensé en ir a la peluquería, uno de mis lugares menos favoritos. De hecho, voy cada dos años, si es que voy. No me gusta el olor de los químicos, ni la música que ponen en ninguno de los salones de belleza que alguna vez he conocido y menos que alguien intente o sugiera un cambio en mi pelo. No me agrada el lavado, siempre me siento incómoda, y encuentro que la imagen en el espejo de todas las que estamos allí sentadas es deprimente. Unas parecen extraterrestres, entre papeles plateados y gorros de goma por donde sacan mechones de pelo, y otras nos vemos tan mal, que parecemos la madrastra de Blancanieves ofreciéndole la manzana envenenada. Yo preferiría que ese despliegue de fealdad involuntaria no fuera público, que uno entrara a un box privado y sufriera lo que hubiera que sufrir ahí dentro, para luego salir como una diosa, la encarnación misma de Venus.

No se enojen quienes lean estas líneas, sé que a la mayoría de ustedes les encanta ir y las comprendo. Porque hoy muero por visitar mi salón y soportar todas esas incomodidades con tal de escuchar a otras personas hablar nimiedades y verlas sonreír. Al entrar, esperaría mi turno leyendo el diario, aceptaría una mineral y disfrutaría de la música. Sí, la misma que no me gusta. Luego pediría un masaje craneal después del lavado y que la chica me cuente qué planes tiene para sus vacaciones. Después, subiría al segundo piso envuelta en la bata que siempre me ha quedado medio rara, pero que en esta ocasión me parecería un Versace original, y me sentaría en uno de los sillones de cuero blanco a leer una de esas revistas españolas para saber con quién fue a las Baleares Isabel, o a Marbella, Paloma. Después de un rato, el colorista, amoroso como de costumbre, me pondría un producto natural para terminar con mis canas en rebeldía. Y luego de permanecer media hora asándome bajo una especie de casco sacado de la Guerra de las Galaxias, bajaría al primer piso a esperar a mi peluquero, el más simpático del mundo, el único que me entiende y aguanta, para que me corte sólo un centímetro.

Que fascinación cuando conversemos sobre nuestras penurias y empobrecimiento causados por la cuarentena. Compartiremos nuestras penas, pero también la alegría de volver a la vida normal. Y comentaremos entre todos que echados a perder estamos, algunos más gordos y todos más viejos por las preocupaciones. Y definitivamente más pobres. ¡Pero tan felices de vernos!

Un entorno que puede parecer superficial y prosaico, toma un cariz completamente distinto cuando lo llenamos de seres humanos, sus emociones y buenos sentimientos. Necesitamos del contacto directo con otras personas, necesitamos el saludo cariñoso de los cercanos, sí, pero además de quienes no lo son tanto. Y por qué no, de los desconocidos también. Vivimos en sociedad, y con nuestras diferencias nos amamos. O desde ahora en adelante, al menos, deberíamos amarnos. Porque el síndrome de aislamiento y sensación de abandono que estamos padeciendo estos meses de cuarentena, va a dejar una profunda huella en nosotros. Hasta el punto de que poder ir nuevamente a la peluquería se ha transformado para mí en un verdadero sueño.

Myriam O – Artista multidisciplinaria (conoce mas de ella aquí)

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¿Donde van a morir los pájaros?

Las emociones son respuestas físicas e instintivas ante estímulos externos, programadas en nosotros a lo largo de millones de años de evolución. Son irracionales, pues no se generan en el neocórtex como los pensamientos conscientes, el razonamiento y la toma de decisiones, sino que en un sistema separado llamado sistema límbico, que es como su centro procesador. En sicología, se ha estudiado la existencia de cuatro a seis emociones básicas y hasta más de veinte categorías distintas. Y aunque es prácticamente imposible hacer un listado exacto, he aquí algunas: la tristeza, la ira, la repulsión, la sorpresa, el miedo y la alegría. Pero existen varias otras más complejas, tales como la desilusión, la melancolía, el asombro e incluso la fascinación. Los sentimientos, por otro lado, son asociaciones y reacciones que se producen en nuestra mente frente a determinadas emociones. Ellos difieren de persona a persona, pues son producto de la experiencia adquirida a través del tiempo, del aprendizaje y temperamento. Así, frente a idéntico estímulo emocional, los sentimientos de dos individuos pueden ser muy diferentes.

Quiero invitarles, entonces, a leer uno de mis cuentos y jugar a identificar emociones y sentimientos, a ver qué sucede.

¿DÓNDE VAN A MORIR LOS PÁJAROS?

Los pájaros son como peces, surcan el cielo a toda velocidad para luego zambullirse en el jardín. Y parece que nadaran, sobretodo los zorzales. Un aleteo y pausa, un aleteo y pausa, hasta que aterrizan sobre el pasto creyéndose los dueños del lugar, pues como capitanes de puerto, corretean con sus gritos a unos y desafían a otros. Aún así, los pequeños chercanes se las arreglan para evadirlos, instalándose todos los años en la casita entre las hojas del magnolio. La llenan de ramitas que se asoman por el agujero de entrada, tan finas como sus propias patas, y se paran vigilantes en un gancho del árbol. Luego vuelan hasta la punta del techo deteniéndose ahí, miran hacia la izquierda, hacia la derecha y girando en el aire, se meten para adentro. Otros se visten de monjas, son grises con un velo blanco y hasta Octubre estuvieron dando picotazos en la ventana cortejando a su propia imagen. Yo diría que les dio buenos resultados, pues hicieron sus nidos en la enorme buganvilia. Ayer me acerqué, sigilosa, apenas pisando para no meter ruido. Me agaché por debajo de sus floridos ganchos rojos, hasta entrar al túnel de ramas y espinas, buscando con la mirada de dónde venía ese, a ratos incesante, piar agudo. Que sorpresa fue ver que un polluelo estaba de pie, erguido en el borde del nido, derechito, casi marcial, mirando hacia adelante sin moverse. Y sentí un enorme deseo de tocarlo, aunque fuera un imposible. Pero sólo permanecí atenta, aguantando la respiración a ver qué pasaba. Que difícil no moverse, estar ahí apenas, casi levitando, tratando de no pensar siquiera por si un pensamiento ruidoso lo pudiera asustar. Es que los pensamientos se cruzan por la mente como aviones fuera de control, como ideas que se estrellan en la frente explotando en mil colores. O tal vez son imágenes que viven ahí dentro, esperando su turno para aparecer como fantasmas, y suenan, retumban, y yo lo que menos quería era espantarlo. Como pude, me agaché más aún y me atreví a acercar mi mano al nido, poco a poco. Estiré el dedo índice y, muy lentamente, llegué al borde. El polluelo no se movía, no pestañeaba. ¿O estaría durmiendo, como los peces, con los ojos abiertos? Finalmente, lo toqué. Acaricié su pecho de arriba a abajo, sintiendo sus frágiles huesos y la suavidad de sus plumas. El seguía en posición firme, cual guardia del Palacio de Buckingham, mirando al frente, sin prestar la más mínima atención a esta turista de jardín. Y sentí el calor de su cuerpo, rogando que mi osadía no le fuera a dejar algún trauma, nunca se sabe. Pensé que el corazón se me iba a salir del pecho cuando me alejé en silencio, preguntándome dónde van a morir los pájaros, dónde terminan sus cuerpos a la hora de partir.

Así pasaron los días hasta que una mañana supe la respuesta, al ver a un zorzal joven que yacía muerto al final de la escalera. Los ojos siempre abiertos, las alas un poco lacias, las plumas de la cabeza medio revueltas como si hubiera habido una batalla. Los zorzales son grandes, incluso cuando polluelos, de modo que no se si este volaba siquiera. Tal vez murió de un susto al caer de su nido. No había sangre, no había testigos. O quizás el hambre lo hizo saltar al vacío, resultando en un salto de fe que salió mal. A lo mejor era un zorzal inexperto explorando el mundo a pie, con el deseo de acabar con la soledad de un nido que había dejado de ser visitado por los padres. Cualquiera que haya sido el motivo, ahora sé dónde van a morir los pájaros: terminan en el suelo, como el sentimiento.

Myriam O – Artista multidisciplinaria (conoce mas de ella aquí)

 

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