Más allá de la Presencialidad…

Durante este año ha sido notoria y, pensamos también que desgastante, la polarización que se ha producido entre quienes llaman a abrir las escuelas a toda costa y quienes se oponen tajantemente a esta medida. Sin duda que ambas perspectivas son atendibles y tienen muchos fundamentos.

 

La realidad es que Chile es uno de los países con más tiempo sin clases presenciales en esta pandemia. En nuestra práctica, en diversas comunidades escolares, nos llama la atención la enorme variedad de situaciones en las escuelas. Algunas abren y tienen altas tasas de asistencia y otras, aún estando abiertas reciben a menos del 50% de sus estudiantes.

Creemos que esta polarización en el debate ha hecho que se omita una reflexión más profunda sobre lo que necesitan hoy los niños, niñas y adolescentes, de sus escuelas y de los adultos a su alrededor, para sobreponerse y florecer en medio de esta pandemia y todos sus efectos.

Sin duda, la presencialidad es una condición que puede favorecer el contacto más estrecho con adultos protectores, porque le permite a los docentes interactuar con sus estudiantes en un espacio estructurado y en una modalidad que es la que más manejan y conocen. Y queda claro que la presencialidad permite pasar más contenidos, especialmente en los cursos más grandes. Pero esa presencialidad es sólo una posibilidad, no una certeza, de garantizar a nuestros estudiantes lo que más necesitan para disponer su mente al aprendizaje significativo. Si las escuelas vuelven a abrir sus aulas y ponen su foco en tratar de pasar contenidos atrasados a presión, los resultados serán desastrosos en términos de desarrollo para el bienestar, más allá de los resultados académicos. Esto podría llevar a realizar acciones que sólo aumentarán el estrés en el sistema educativo, y ya sabemos que el estrés es el gran enemigo del aprendizaje.

 Sabemos que el cerebro de los niños y niñas se está desarrollando, con o sin pandemia, con o sin clases presenciales.Hay un diseño predeterminado, que se verá afectado por la interacción con el contexto de cada niño o niña. Ellos y ellas nacen con un prediseño fabuloso: sus neuronas saben dónde deben ponerse y con qué otras neuronas conectarse para ir conformando las bases estructurales que necesitarán para el aprendizaje y el logro de objetivos. Ya se han distinguido momentos especiales en que ciertas disposiciones están en su máxima capacidad para ser definidas, lo que algunos llaman ventanas de oportunidades. El problema es que este prediseño no es suficiente, y su ejecución depende de la interacción con el ambiente. Hay varias interacciones con el ambiente que pueden afectar negativamente este pre diseño, como la exposición a toxinas o una mala alimentación , por ejemplo. Pero un factor que es más común y tan tóxico como un veneno, para la construcción sólida de una arquitectura cerebral óptima para el aprendizaje, es el estrés tóxico.

En la infancia y la adolescencia, la plasticidad o la capacidad de modificarse y cambiar este diseño, para bien o para mal, es máxima. Son los adultos, padres y docentes, quienes deben proveer a los niños, niñas y adolescentes, sea cual sea la circunstancia que se esté viviendo, de un vínculo emocionalmente seguro y oportunidades de desarrollo cognitivo valiosas y significativas. Sabemos que estos dos elementos son esenciales para favorecer la resiliencia de la mente infantil y adolescente. Estos dos elementos promueven el adecuado desarrollo de las funciones ejecutivas del cerebro, en la corteza pre frontal; y la capacidad de autorregulación, que es esencial para la gestión del comportamiento y el logro de objetivos. Cuando los adultos no proveemos de los factores protectores a niños, niñas y adolescentes, en momentos de estrés, sus capacidades autorregulatorias se ven disminuidas, y a mayor edad esas alteraciones van siendo más difíciles de modificar. La arquitectura cerebral, en esas etapas no tiene las herramientas para sobreponerse.

 
 

En medio de una pandemia, en la que sabemos hay muchos estudiantes sufriendo tremendos niveles de estrés, por encierro, hacinamiento, pobreza, frío, hambre, soledad, violencia, etc.; es tiempo de preguntarnos cómo debemos diseñar las interacciones entre adultos y estudiantes, para proveer de los factores amortiguadores del estrés. Esta debiera ser la estrategia prioritaria, porque la presencialidad por sí sola no garantiza que ello vaya a ocurrir. Por supuesto que la presencialidad favorece la interacción entre docentes y estudiantes y genera más oportunidades para establecer un vínculo emocionalmente seguro y nutritivo. También, la presencialidad garantiza que los estudiantes recibirán un cierto grado de estimulación cognitiva. Pero no es la presencialidad en sí lo que protege o amortigua al cerebro infantil, sino el vínculo afectivo y las experiencias cognitivas valiosas.

 

En este momento, las y los docentes se ven bastante cansados, agobiados muchas veces, porque han tenido que adaptarse a nuevas formas de interactuar con sus estudiantes sin mucho apoyo y con altas exigencias, académicas y también administrativas. Muchos directores y sostenedores nos comentan que las escuelas no paran, están llenas de actividades, procesos que deben cumplirse y trámites con los cuales tienen que cumplir. ¿Están los adultos, en estas condiciones, capacitados de proteger lo que deben cuidar?

Es de esperar que estas vacaciones  sean, para las comunidades escolares, un respiro, un momento de calma, que permita gestionar este estrés escolar de mejor manera de cara al segundo semestre, y que abra un espacio para preguntarse cómo deben planificarse efectivamente, los espacios emocionalmente seguros que favorecen el desarrollo de mentes fuertes y optimistas en nuestros niños, niñas y adolescentes.

 
 Mas información en www.aprendizajesocioemocional.cl/
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Destete

“Mi nene de 1 año 4 meses se chupa el dedo para dormir. Deje de amamantar a los 6 meses y suplimos con chupete”.

A veces veo niños que se meten los dedos en la boca para dormir o cuando están cansaditos y tengo mi teoría, creo que les faltó un tiempo más largo de teta. Con esto NO pretendo polemizar ni mucho menos juzgar, mi punto es que la mamila y el chupete estarían reemplazando a la teta en lo emocional y los niños, que muy sabios son, desarrollan estrategias para afrontar esa falta de succión de mamá, una es el chupete otra meterse el dedo en la boca. La succión no es solo un tema alimentario, es una de las pocas forma de coping que tenemos los humanos en la primerísima infancia como medio de auto-regulación emocional para calmarnos, tranquilizarnos, sentirnos seguros. Esto no quiere decir que a los niños que las utilizan les falte amor de su madre ni nada por el estilo sino que genuinamente necesitan succionar para satisfacer esta necesidad. Luego pasa que no quieren soltar ni la teta ni el chupete ni el dedo, ¿por qué? justamente porque no están listos para hacerlo.

Cada niño es único y nace con muchos “jarrones emocionales” de diferentes tamaños que tiene que ir llenando a su propio ritmo. Solo cuando el jarrón está lleno esa necesidad emocional estaría satisfecha, por eso mientras algunos toman teta y dejan solitos a los 2 años otros toman teta o se duermen con un dedo en la boca hasta los 6 o más años. Por eso es importante no presionarlos a dejar de hacerlo, no exigirles ni decirles que “están grandecitos” acompañarlos y dejarlos que llenen su jarrón emocional a su tiempo y como puedan.

Una estrategia que es valida utilizar a partir de los 2 años con chupete y mamila es la del destete respetuoso de “no ofrecer, no negar”, es decir, no usar estos objetos y ofrecerlos a nuestra conveniencia cuando necesitamos distraer a nuestro hijo o algo por el estilo y luego negarlos cuando no nos conviene y el nos lo pide sino dejar que el niño disponga de ellos cuando lo crea conveniente.

Por Ana Acosta Rodríguez, Mamá Minimalista

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Fuente: mamaminimalista.net

Ana_AcostaAna Acosta Rodriguez

Maestranda en Psicología Positiva Aplicada y experta en Mindfulness,  Inteligencia Emocional y Crianza con apego.

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Tiempos de violencia social ¿cómo afecta a nuestros hijos? ¿qué podemos hacer?

Como padres, tratar de entender y acompañar a nuestros hijos en las distintas etapas de su desarrollo es normalmente un reto, pero en situaciones de conflicto social, donde la violencia y la angustia se vuelven cotidianas, llenan las calles y se cuelan en nuestras casas, ser padres y madres es mucho más dificil y más importante. En estos momentos de alta conflictividad social, nuestros niños necesitan un apoyo especial.

El ambiente se ha cargado de tensión. Los adultos estamos llenos de ansiedad debido a la violencia, la inseguridad, la escasez, la incertidumbre… la rutina diaria se ha visto interrumpida y nos cuesta mantener la calma. Todo esto es captado por nuestros hijos que nos conocen y que, aunque quizás no entienden qué es lo que está pasando, se dan cuenta de que algo no está bien. Los niños son como esponjas, absorben lo que sucede a su alrededor y eso les afecta.

Los padres y madres tenemos muchas dudas, ¿debemos explicarles a los niños lo que pasa?, ¿cuándo y cómo debemos hablar con ellos?, está más malcriada ¿la debo consentir?, no se separa de mí ¿qué hago? …

Algunos niños o sus familiares han sido víctimas directas de la violencia mientras otros la viven indirectamente a través de los adultos que los rodean, de sus amigos, de la televisíón y de la escuela. Todos, de una u otra manera, se están viendo afectados. En estos momentos es fundamental proteger la salud emocional de nuestros hijos brindándoles el apoyo necesario para enfrentar la situación.

Los niños muestran diferentes signos en momentos de estrés. Saber reconocer y entender esos signos, esas reacciones, así como entender cómo la violencia nos está afectando a nosotros, nos ayudará a acompañar mejor a nuestros hijos en estos momentos.

¿Cómo responden normalmente los niños a situaciones de estrés?

Los niños, al igual que los adultos, muy probablemente  se sienten asustados y amenazados por la situación de violencia que se vive en el país. Eventos traumáticos puntuales o situaciones de estrés continuas trastocan nuestro mundo, dejamos de sentirnos seguros, perdemos el control sobre lo que nos puede pasar. Las reacciones de nuestros hijos se van a ver influenciadas por nuestro comportamiento. Nosotros, y los adultos cercanos a ellos, somos sus modelos, les enseñamos, a través de nuestras acciones, palabras y lenguaje no verbal, cómo interpretar la situación y cómo reaccionar ante ella.

Los niños reaccionan al trauma de distintas maneras. La intensidad de sus reacciones dependerá, entre otras cosas, del nivel de exposición a la violencia a la que estén sometidos. Mientras más cercanos hayan estado o estén a situaciones de conflicto o traumáticas, más probabilidades tienen de que se vean afectados por ellas. Si han sido víctimas o han presenciado eventos violentos su reacción será más intensa.

Por otro lado, cada niño expresa sus sentimientos de manera diferente. La mayoría de las veces se sienten confundidos con lo que está pasando y con sus propios sentimientos y reacciones. Algunos niños reaccionan alejándose sin poder hablar del asunto, otros hablan sin parar de lo que ha sucedido. Hay niños que se sienten tristes y enojados en algunos momentos y en otros, actúan como si nada hubiese sucedido. Las reacciones de los niños al trauma pueden ser inmediatas, pero también pueden aparecer mucho tiempo después.

Los niños, a distintas edades, tienen diferentes niveles de desarrollo emocional. Sus reacciones a situaciones de estrés dependerán y variarán de acuerdo a la edad. Una niña de seis años, por ejemplo, puede mostrar su temor acerca de lo que pasa negándose a ir a la escuela. Un adolescente, por su parte, puede minimizar su preocupación pero volverse irritable, pelear más con sus padres o bajar el rendimiento escolar. Familiarizarnos con las reacciones típicas de los niños y conocer y entender cómo reaccionan nuestros propios hijos ante los conflictos que estamos viviendo, nos ayudará a brindarles el apoyo y la seguridad emocional que necesitan para manejar la situación y disminuir el impacto negativo que ésta pueda tener en ellos.

de 0 a 5 años … niños y niñas en edad pre-escolar

Los niños menores de 5 años no pueden entender bien lo que está pasando a su alrededor y esto, en parte, los protege de la situación de tensión que vivimos. Sin embargo, aún los más pequeños, perciben y absorben la angustia y ansiedad que nosotros tenemos. Sienten que algo no está bien aunque no entienden qué y por qué.

Los bebés y niños en edad pre-escolar reaccionan al miedo y a la tensión que sienten en los adultos cercanos a ellos, son sensibles y responden a la separación y a la pérdida de estabilidad y de rutina en el funcionamiento normal de la familia. La rutina les da seguridad, el caos los pone nerviosos, les afecta. A esta edad, los niños dependen física y emocionalmente de las personas que los cuidamos. Sus reacciones están fuertemente influenciadas por cómo nosotros, las personas que los amamos, en quienes ellos confían y con quienes se sienten protegidos, reaccionamos ante la situación.

A veces, los niños convierten el miedo y nerviosismo que absorben de su entorno en terribles fantasías, sienten que nosotros o ellos corren peligro, tienen pesadillas donde se pierden, están heridos, los persiguen o les amenaza un monstruo. A veces, buscando una explicación, llegan a creer que lo que está pasando o pasó es culpa de ellos… “si me hubiera portado bien, si hubiera recogido los juguetes, nada de esto habría pasado”.

A estas edades, con frecuencia, los juegos de los niños recrean, una y otra vez, detalles de lo que está sucediendo. Elementos de la realidad, palabras, situaciones o imágenes aparecen en su juego. A través del juego los niños expresan sus angustias, sentimientos y emociones. A través del juego, de la dramatización de los eventos, los niños tratan de manejar y dar sentido a lo que está sucediendo, buscan tener algo de control sobre la situación. En estos momentos, el juego se convierte en su terapia. Jugar es una manera intuitiva de tratar de entender, de expresarse, de cuidarse y de sanarse. Las reacciones de los niños pequeños están fuertemente influenciadas por las reacciones de los padres (o adultos que los cuidan) ante la situación.

de 6 a 11 años … niños y niñas en edad escolar

Los niños en edad escolar, aunque todavía no entienden bien todo lo que pasa, ya perciben y saben lo que significa una amenaza para ellos y para otras personas. A esta edad todavía les cuesta entender ideas abstractas, pero son capaces de comprender explicaciones concretas, sencillas, adaptadas a su nivel.

Ahora no sólo ven lo que les pasa a ellos y a su famila sino que se dan cuenta de lo que pasa más allá de su hogar: en la escuela, en la calle, en su barrio y en el país. Son capaces de considerar puntos de vista diferentes al suyo. Como su forma de pensar sigue siendo muy concreta, les cuesta entender en profundidad situaciones traumáticas y complejas como son la violencia social y política. Si la situación actual en ocasiones es incomprensible y difícil de procesar para nosotros los adultos, para ellos lo es más. Por eso, porque entienden pero no entienden todo, porque captan pero no completamente, los niños de estas edades pueden volverse muy temerosos, confundidos y ansiosos ante lo que está pasando. Pueden sentirse muy angustiados por la amenaza real que significa el que algo le pase a él, a un ser querido o a un amigo.

Sus reacciones pueden ser impredecibles, cambiando de un estado emocional a otro, pueden pasar de ser tímidos y retraídos a ser agresivos; evitar las muestras de cariño o buscarlas, requiriendo en forma constante nuestra atención. Pueden quejarse de dolores físicos, volver a sentir miedos de cosas ya superadas o, como en el caso de los niños pequeños, comportarse como niños de menor edad. Los más jóvenes de este grupo de edad pueden, como los niños pequeños, recrear en sus juegos las situaciones traumáticas que se están viviendo y hacer dibujos de los eventos que les generan tensión.

A estas edades todavía no son suficientemente independientes para hacer algo que pueda ayudar a cambiar las cosas, sentirse más seguros y disminuir sus miedos. Se pueden llegar a sentir inútiles y culpables por ‘no hacer nada’. Todavía dependen en gran medida del apoyo físico y emocional que nosotros les proporcionamos.

de 12 a 18 años … pre adolescentes y adolescentes

Los niños y jóvenes entre 12 y 18 años de edad entienden lo que está pasando. Perciben con claridad las amenazas reales que pueden existir. El mundo de pronto se les presenta como un lugar inseguro y peligroso. Los adolescentes son unos de los más afectados, física y emocionalmente, por la violencia en el país.

Su comportamiento va a variar dependiendo del nivel de madurez. Las reacciones de muchos de ellos serán como las de los adultos, mientras que las de otros serán más parecidas a las de niños más pequeños.

En la adolescencia los jóvenes buscan independizarse, toman sus propias decisiones y se relacionan con personas fuera de su entorno familiar. Tienden a ser idealistas, muchos quieren hacer algo, involucrarse en lo que está pasando. Deseos de justicia y sentimientos de rabia los impulsan a actuar. En estos momentos de violencia política y social pueden verse involucrados en situaciones para las cuales no están preparados emocionalmente. A veces toman riesgos provocando o ignorando el peligro.

Los que han sufrido maltrato directamente, experimentado una situación de violencia, han sido heridos o detenidos, pueden tener reacciones más intensas e impulsivas. Son muchas las emociones que les invaden y no saben cómo manejar lo que les pasa.

Más que en cualquier otra etapa de su desarrollo, los niños pre-adolescentes y adolescentes tienden a ser reservados, a guardarse para ellos mismos lo que sienten y piensan. Lo que sucede en el país, a sus amigos, a su familia les afecta fuertemente pero muchos se lo callan. Esto les puede llevar a desarrollar sentimientos de tristeza, de desánimo y de apatía. Pueden aislarse de sus amigos y de su familia. También pueden tratar de aparentar que ‘todo está bien’, que ‘no les pasa nada’.

Algunos suelen involucrarse en actividades con otros, buscando dar respuesta a los problemas que están ocurriendo. Esta participación, sentir que están haciendo ‘algo’, les ayuda a manejar y canalizar sus temores y su ansiedad.

¿Qué podemos hacer? – Recomendaciones para ayudar a nuestros hijos en estos momentos

Nuestros hijos están asustados y confundidos con lo que está pasando. Nuestra tarea principal es tranquilizarlos, tratar de reestablecer en ellos un sentimiento de seguridad, que sientan que están a salvo, que están protegidos y que son queridos. Que a pesar de los peligros que puedan haber, nosotros estamos ahí con ellos para cuidarlos.

Aunque los niños, por lo general, son muy resistentes, tienen defensas naturales que les ayudan a sobrellevar momentos difíciles, en estos momentos tan violentos y de tanta angustia, necesitan un apoyo especial de nosotros sus padres.

En sociedades que han atravesado conflictos sociales aún peores que los nuestros, se ha encontrado que el factor más importantes que ayuda a proteger la salud física, mental y emocional de los niños son los padres y madres en el hogar.

Nosotros podemos ayudarles a trabajar sus emociones, a fortalecer sus defensas emocionales, podemos brindarles el apoyo y la protección necesaria para enfrentar la situación.

 

El manual ¿Qué podemos hacer? – ayudando a nuestros hijos en tiempos de violencia y conflicto social fue elaborado por Carolina de Oteyza en estrecha colaboración con el grupo de profesionales de Apoyo en Crisis.

Ilustración de la portada – Irene Pizzolante.

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