Suelen destacarse las actitudes de un buen jefe, que lo hacen eficiente y amable a la vez. ¿Pero qué hay de los empleados? Mane Cárcamo hace un perfil con las características ideales para ser un buen trabajador, que todos debiésemos considerar.
Siempre hablamos acerca de las cualidades y virtudes que deben tener los buenos jefes. Les pedimos empatía, conocimiento de su equipo, talento, manejo de crisis y mil competencias más que hemos comentado en muchas ocasiones. Sin embargo hoy, yo que en los últimos 16 años he sido mayoría del tiempo una feliz y agradecida empleada, quiero poner en la discusión las características que tiene que tener un buen empleado y compañero de trabajo.
Porque aunque todos quieran emprender y ser independientes o ser jefes, hay que asumir que no todos tienen (o tenemos) las ganas o los talentos para hacerlo. Y también reconocer, que un empleado que trabaja con excelencia muchas veces es más productivo y necesario que un gerente con más cartones que kiosco de la lotería.
El buen empleado es proactivo
Pregunté a muchas personas sobre este tema y esta fue una de las características más nombradas. No es incompatible estar en la segunda línea y querer hacer cosas nuevas, proponer desafíos estimulantes y además resolver los problemas de manera autónoma. Es más, creo que esa actitud es la que permite que se pueda crecer al interior de un trabajo y asumir nuevas responsabilidades. El conformismo y la pasividad producen irritación. Y por favor amigo… no pregunte si es mejor llamar o mandarle un mail al cliente para confirmar la asistencia a la reunión. TOME DECISIONES Y EJECUTELAS SIN MIEDO.
El buen empleado es crítico con respeto y sabe administrar la queja
Tal vez una de las cosas más propias de nuestra cultura es ser adictos a la queja en grupo. Frases del tipo: “Acá el sueldo lo pagan con billetes del metrópoli”, “El almuerzo lo hizo el chef de Colina I”, “Es imposible trabajar con este calor”, “No sé cómo quieren que nos vaya bien si la gerencia comercial es más fome que acuario de almejas” y una larga lista de etcéteras que más que ayudar, solo contaminan el ambiente y al final no solucionan nada. El buen empleado es lo suficientemente correcto y choro como para ir directamente donde el jefe y plantear aquellas cosas que considera que se podrían hacer mejor. Y lo más importante, terminada esa conversa, el buen empleado no la anda publicando y comentando por cuanto pasillo hay en la oficina. Los códigos de privacidad y respeto son un dogma de fe para el buen empleado.
La palabra del buen empleado vale
Cuando dice que va a llegar a una hora lo hace, cuando se compromete a entregar un informe aunque haya un terremoto lo manda, cuando asume una responsabilidad lo hace con todo lo que aquello implica y no busca culpables para excusar sus faltas. Uno sabe que cuando esa persona dice algo se puede confiar a ojos cerrados. No se necesitan notarios como ministros de fe, ni mail con copias a toda la empresa, ni timbres de recepción, porque el buen empleado tiene grabado a fuego que la palabra compromiso se cumple pase lo que pase. Una cualidad en franca vía de extinción.
El buen empleado asume sus pastelazos sin rodeos y sabe pedir perdón
Que todos nos equivocamos y que lo seguiremos haciendo en una realidad indiscutible. ¿Habrá algo más enervante que esa persona que no asume, entrega respuestas más enredadas que cachipún de pulpo y siempre elude SU responsabilidad? Soy una convencida que el camino más corto para solucionar un condoro es: “Si, yo fui, mil perdones. Veré como solucionarlo”. Ese gesto se valora y además el buen empleado duerme tranquilo porque sabe que aunque se equivocó hizo lo correcto. Y la conciencia tranquila vale más que cualquier bono o premio. Bueno… no sé si tanto, pero en verdad vale mucho.
El buen empleado respeta el aire común
Me reí mucho cuando me comentaron este punto, pero más allá de bromas, la convivencia también afecta cuando se vulnera ciertos códigos de armonía. Si vas a llevar almuerzo, evita el jurel, la coliflor o el pescado frito. Te juro que esos menús NO hacen del mundo un lugar mejor. Y si fumas, ten misericordia con el que se sube a las 8 de la mañana al ascensor y se siente tirándose un piquero a un cenicero. Una buena pastilla de menta y una colonia portátil pueden ayudar a que te odien menos.
El buen empleado resguarda su privacidad
Cuando se trabaja en cubículos abiertos, la intimidad es un bien preciado y hay muchos que se echaron ese ramo en la Universidad. Pelear a todo volumen con el pololo con frases del tipo: “Eres un desgraciado, jamás les conté a tus amigos que te teñías las canas y tú a la primera publicas en tu Facebook que me voy a hacer una lipo” o poner en altavoz a la guagua y emitir todo tipo de ruidos mamones y preguntas como “¿hizo caquita? ¿Cómo está mi chanchito primoroso de mamá?”, son genuinas manifestaciones de amor, pero que pueden terminar con toda la planta peinando la muñeca y con severos deseos de homicidio. Trabajemos por un mundo en donde la privacidad se siga cuidando. POR FAVOR.
Ser un buen trabajador tiene un valor que muchas veces no consideramos. Esa persona que se preocupa de trabajar con excelencia, que le pone amor hasta al más mínimo detalle , que contagia buena onda, que es capaz de solucionar los conflictos con honestidad y respeto, que sabe poner los límites entre sus obligaciones laborales y su vida familiar es un talento que se debe cuidar y potenciar. Bacán el espíritu independentista y emprendedor, pero aplaudamos también a los que de manera magistral son felices trabajando para otros y haciendo de este mundo – aunque suene ultra cliché- un lugar mejor.
¿Qué otras características crees que debe tener un buen empleado?
Magdalena Cárcamo – Periodista
Fuente: www.eldefinido.cl
Criticamos las mediciones estandarizadas sin parar, pero seguimos evaluando la inteligencia de las personas en base a un solo tipo de habilidades. Mane Cárcamo invita a descubrir las otras inteligencias que valen la pena y que harta falta le hacen a nuestra sociedad.
¿1000 puntos en la PSU? ¿9 diplomas por premiación? ¿Aprender a caminar a los 5 meses? ¿Contar en coreano hasta 10.000? ¿Eximirse de los ramos en la Universidad? ¿Reconocer todas las banderas del mundo? ¿Es eso inteligencia?
Obvio que sí. Pero claramente no es el único tipo de inteligencia. Entiéndanme bien. Estoy muy lejos de ser esas haters que desacreditan a los puntales nacionales, se pican con el hijo mateo de la vecina y creen que los colegios no enseñan nada que valga la pena. Es más, trabajo en educación y considero que lo que los niños aprenden en el colegio es muy valioso, en lo académico y ante todo en lo humano.
Pero también creo que estamos siendo víctimas de una estandarización de la inteligencia en donde los papás caemos redonditos. Cuál pololas de Garay.
En una época en donde todo se mide y cuantifica, claro que uno se inseguriza cuando los niños propios no son los mejores en las categorías que la sociedad nos impone. ¿Lo estaré haciendo mal? ¿No le estaré potenciando los talentos? ¿Tendré que estar más encima?
Depende para qué y puede ser que sí. Porque más que perseguir con ansiedad los premios y los promedios 7, creo que hay que inculcar los conceptos de trabajo perseverante y esfuerzo. Ningún bacán ha llegado a serlo sin haberse sacrificado. Y es así, aunque suene poco popular y hardcore, para alcanzar metas hay que sufrir, renunciar, negarnos algo. Y eso mucha veces cuando pasa nadie lo ve y no es causal de medallas ni de portadas de diarios, pero si aunque sea a la larga, rinde frutos y regala satisfacciones.
Facundo Manes, neurólogo clínico y neurocientífico es clarito al respecto: «La inteligencia humana es mucho más que el coeficiente intelectual. El principal problema de la pregunta sobre inteligencia es que la ciencia no cuenta hoy con herramientas para medir la inteligencia en toda su extensión y complejidad. ¿Cómo asignar un coeficiente al humor, a la ironía y, aún más, a la diversificada y plástica capacidad del ser humano para responder de manera creativa a los desafíos que la sociedad y la naturaleza le plantean?».
Entonces ¿qué es realmente la inteligencia? Soy una convencida que es algo mucho más simple y complejo de lo que entendemos. Y ahora voy con una descripción desde el sentido común, y no desde el texto académico, a ver si están de acuerdo conmigo.
Inteligencia es saber reírse de uno mismo sin vergüenza al qué dirán y asumiendo que nos pasteleamos. Y que lo seguiremos haciendo por los siglos de los siglos. AMÉN.
Inteligencia es escuchar con apertura real al otro, para tratar de entenderlo aún cuando lo que me dice me parece equivocado o doloroso.
Inteligencia es mirar la propia ciudad con ojos de turista, manteniendo la capacidad de asombro.
Inteligencia es querer a los amigos siempre, lo que no significa apañarlos en toda circunstancia. Un amigo real no te pide traicionar tus ideales.
Inteligencia es saber que se depende de alguien y no sentirnos menos por eso. ¿Por qué la independencia emocional está tan sobrevalorada?
Inteligencia es saber callar cuando no sabemos de algo lo suficiente o cuando dado un escenario específico nuestro silencio aporta más que nuestra opinión.
Inteligencia es poder escribir con las dos manos. Esa gente es definitivamente brillante para mí.
Inteligencia es dudar y no creer todo lo que aparece en Facebook o en las cadenas de los grupos de Whatsapp (aquí una ayudita).
Inteligencia es considerar interesante a todas las personas hasta que te demuestren lo contrario. El prejuicio está lejos de ser una característica del inteligente.
Inteligencia es poder envolver una botella en papel de regalo. Para el mundo de los ñurdos eso es una señal de superioridad intelectual.
Inteligencia es saber pedir perdón sin rodeos, recibir las disculpas de corazón y de verdad dar vuelta la página.
Inteligencia finalmente tiene que ver con todo lo que dice la sabia frase: «conócete, acéptate, supérate» (San Agustín). Probablemente es el desafío más grande del ser humano en tres palabras. Hagámonos esa. Gran desafío.
¿Qué otra inteligencia «no reconocida» agregarías?
Magdalena Cárcamo – Periodista
Fuente: www.eldefinido.cl
Read moreDurante una discusión televisada años atrás en Estados Unidos una mujer, cansada de los argumentos del en aquel entonces candidato presidencial Ronald Reagan, le dijo, usted conoce el precio de todas las cosas pero no sabe el valor de ninguna de ellas. Lo mismo podemos decir aquí en Chile sobre una larga lista de personas con puestos de autoridad, alta y media, pasada y presente. De hecho, hemos tenido toda una moda que ha durado varias décadas. Pero hay signos de esperanza.
Porque reprimir o posponer el valor – que uno siente que tiene algo – hace mal para la salud, todos lo sabemos. Reprimir este sentido de valor, imponer una idea, un concepto, sobre algo que es valioso para el corazón, frena la vitalidad, la hace replegarse, bloquearse, y esto lleva a una larga serie de disfunciones y síntomas. Refrenar a veces aquí o allá este anhelo, esta ambición, es parte de un vivir sano, flexible, criterioso y equilibrado, pero estar sujeto a una continua imposición, a una permanente demanda que lo propio no vale, es otra cosa. Las personas nos enfermamos por aplastar nuestra asertividad, la validez de lo propio.
Hace poco supe de una persona lo siguiente. Es dueño de un terreno de unas tantas hectáreas que ha sabido trabajar durante más de 50 años para resaltar la belleza de su naturaleza y para compartir la vivencia de esta belleza con el público. Se le ocurrió recientemente vender el terreno para retirarse a descansar, y le ofrecieron una cantidad enorme de dinero, algo así como mil millones de pesos, suficiente como para vivir muchísimos años (¿una vida entera?) sin problemas. Pero retiró la iniciativa. Pensó ¿qué hago con ese dinero, fuera de estresarme? Mejor me quedo con esta «tierra bendita» y se la dejo de herencia a mis hijos y a mis nietos. En el lenguaje de la mujer citada arriba comparó precio y valor de su propiedad, y tomó una decisión a favor de su valor.
Una seña de entereza, de asertividad, y de independencia contra la presión, contra la moda imperante hoy en día. Una decisión que abre el pecho, que invita a vivir y a compartir. Ya nada más bello, ya nada más sano.
Esta semana asiste de nuevo a una sesión de consultoría conmigo una mujer joven, fotógrafa, intérprete de música clásica, escritora. Está buscando su camino. Como a muchas personas dotadas de más sensibilidad, inteligencia y profundidad que la mayoría, este buscar el propio camino puede resultar a veces difícil. En un momento dado de la conversación pensé que era oportuno contarle de esta persona que terminó no vendiendo su terreno.
Una vez que finalicé el relato pasó algo en su intimidad, según pude intuir, algún compromiso consigo misma, una reflexión, no sé. Parpadeó, respiró, se inclinó hacia adelante, y con voz un poco ronca, dijo – como para sí misma – esto no se vende.
Sí, le contesté lentamente, como un eco, esto no se vende.
Jens Bücher – Ingeniero Comercial, Fellow, American Institute of Stress y miembro del Colegio de Ingenieros – Chile, dirige el Centro de Desarrollo de la Persona Bücher y Middleton Ltda.
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- Hablar asertivamente;
Hacer lo que deseas sin herir a nadie y dejando claro porque lo haces sin ser “complaciente”. Escoger las palabras para que la comunicación afirme. Ser directa y explicita. No podemos gustar a todos. El compromiso de no querer ir en contra de tu intención es el motor que potencia la asertividad.
Es valiente, descarada y nos invita a saber decir que no.
- Humanizar el mensaje;
Debe partir de la emoción, del interior de uno mismo, desde el corazón. Comunicamos a partir de la experiencia, y a partir de vivencias. Todos y todas sentimos y vivimos emociones. El expresar los sentimientos, el hablar desde el yo humaniza el mensaje, la marca y la hace más creíble.
Una comunicación que mire a los ojos.
- Comunicar en transparente;
Los mensajes verdaderos, transparentes y reales hacen que la marca forme parte del entorno mas íntimo del consumidor y así nos la hacemos más nuestra. Una marca que es transparente despierta confianza. Y ese valor esta directamente relacionado con la fidelidad de marca.
Vamos a mostrar y decir que lo hacemos bien.
- Mostrarnos cómplices;
Es el gran atributo femenino. La complicidad que creará un vínculo con el target receptor y que nos hará sentir que han pensado ese producto y comunicación para mí. Esa complicidad para sintonizar con nuestra clienta y que se percibe real y sincera. Como uno de los nuestros.
La complicidad es un guiño a nosotras.
- Ser inclusiva;
La mujer esta harta de ser ignorada, invisible y excluida. Por ello la comunicación que la incluya, la integre, la visualice y la VEA será la ÚNICA comunicación válida. Solo ese idioma conectará y la hará reaccionar al consumo. Si en la comunicación me ignoran yo ignoro a la marca.
Ser inclusivos es mirar juntos, para ver mejor.
- Ser y sentir desde la empatía;
Solo poniéndonos en la piel de nuestro público objetivo, sabremos de verdad qué necesita y como se siente. Proyectar, desde la emoción canales y mensajes que nos ayuden a desarrollar un mensaje autentico y creíble. Solo sirve si ESTAMOS EN SUS ZAPATOS REALES, si vivimos su experiencia desde sus valores.
Empatía para entender.
- Volver al tuteo;
El tuteo forma parte de nuestra forma de acercarnos a nuestros semejantes. Tutear en términos de branding y comunicación es fomentar el colaboracionismo, es generar esa cercanía que me hace sentir protagonista del mensaje y que el cliente se sienta incorporado a la cadena de valor. Es co-crear los productos juntos.
Sin intermediarios, de la marca al consumidor.
- Prescribir lo que nos gusta;
Recomendar es lo que nuestra clientela debe hacer de nosotros. Un producto recomendado es la mayor estrategia de comunicación para que se capten nuevos clientes. La mujer recomienda algo que le gusta 27 veces más que el hombre. Al recomendar somos coherentes con nuestro comportamiento, devenimos embajadoras.
Al recomendar somos parte de la marca
- Aprender a conversar;
El mercado es una gran conversación a 3 bandas: las marcas, los consumidores y el mercado. Entre los 3 agentes de este diálogo debemos CONVERSAR Preguntemos al consumidor qué quiere y démosle la oportunidad para SER ESCUCHADO.
Crear espacios reales y virtuales para ese diálogo.
- Pensar en la solución, ser Resolutiva;
Pensar en la solución a la hora de elaborar el mensaje y de crear nuevos productos. Necesitamos crear un mensaje que te solucione y que te ayude en esas tantas mil facetas de la vida de la mujer.
Una solución práctica y comprometida con sentido común
10+1. Negociar el GRIS;
Ya no convence el blanco o el negro, el gris responde a una larga gama de matices donde entra todo el abanico que tenemos para encontrar opciones que hagan felices a más personas y colectivos. Donde todos y todas salgamos ganando. La gran arma para el Gris es LA INTUICION + CREATIVIDAD para llegar al camino del medio
Gris= blanco + negro; Gris= tu + yo.
Gemma Cernuda-Canelles
©Decálogo + 1 de la Comunicación en Femenino
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