Ayudar a los demás pensándolos bien

La escritora y pedagoga Nora Rodríguez recuerda en su ensayo Educar para la paz algo rotundamente medular en la experiencia humana. A pesar de su condición extraordinaria, rara vez es ensalzado como se merece: «Pocas veces o nunca se tiene en cuenta que, desde edades muy tempranas, a los seres humanos nos hace increíblemente felices ayudar a los otros».  No solo eso, encontramos mucha más delectación en dar ayuda que en recibirla, porque en el mundo de los afectos lo que se da no se pierde ni se desintegra en la nada, si no que retorna multiplicado mágicamente. No hay noticia más plausible y más enorgullecedora para cualquier persona que saber que los seres humanos encontramos profundas y voluminosas gratificaciones sentimentales inclinándonos a ayudar a los demás a construir bienestar en sus vidas. Es un hallazgo tan esencial que todos los días deberíamos repetírnoslo como un salmo. Por supuesto, después de enunciarlo con orgullo antropológico tendríamos que intentar practicarlo, interiorizarlo y domesticarlo en la sensibilidad y aprenderlo en la cognición. Es una obviedad aristotélica, pero aquello que consiste en hacer solo se aprende haciéndolo. La autora de Educar para la paz explica a lo largo de las páginas de la obra que el cerebro es un órgano que desarrolla sus estructuras a través de interacciones con las alteridades. Cita al neurocientífico Jonh Cacioppo para subrayar que «los seres humanos crecemos, aprendemos y nos desarrollamos en grupo». A Francisco Mora le he leído y escuchado insistir una y otra vez en que si queremos ser excelentes en una tarea, es nuclear que nos juntemos con aquellos que ya son excelentes en esa tarea. Aprendemos haciendo e imitando lo que hacen aquellos que son significativos para nosotros. Esta contaminación ambiental no solo es emancipadora, también puede tomar la dirección contraria y devenir en peligrosamente jibarizadora, posibilidad que debería animarnos al fomento de la reflexión y el discernimiento. A los padres que les preocupan las notas de sus hijos, José Antonio Marina les advierte que entonces se preocupen por las notas de los amigos de sus hijos. A pesar de que paradójicamente, como afirmaba el añorado Vicente Verdú, «el individualismo se ha convertido en un fenómeno de masas», el sentido de la experiencia humana se condensa y se experimenta en nuestra condición de existencias al unísono. No somos existencias insulares, tampoco colindantes, ni muchos menos adosadas. Somos existencias corales.

Es fácil sintetizar toda esta peculiaridad de la socialidad humana afirmando coloquial y aforísticamente que lo que más nos gusta a las personas es estar con personas. Las estadísticas sobre hábitos de ocio señalan reiteradamente que la actividad más apetecible para los entrevistados en su tiempo no retribuido es quedar con los amigos. Es puro activismo de la amistad. Existe un término muy bonito para definir esta práctica tan profundamente arraigada en el rebaño de hombres y mujeres. Cuando quedamos con alguien y nos encontramos y nos intervenimos recíprocamente sobre los afectos a través de tiempo y actividad compartidos, estamos experimentando la confraternidad. Festejamos mutuamente nuestra filiación humana, y al festejarla el individuo que somos (y somos individuo porque somos indivisibles) se va singularizando. La individuación, que no el individualismo,  solo es posible gracias a la interacción con el otro que facilita que el sujeto que somos se singularice. Los filósofos griegos vislumbraron esta interdependencia y entendieron pronto que para ser persona era indefectible ser antes ciudadano. La progresiva y escandalizable disipación de lo común en nuestros imaginarios hace que esta afirmación resulte cada vez más ininteligible. Es tremendamente paradójico que solo podamos subjetivarnos gracias a que no estamos solos. La presencia del otro me hace ser yo, la presencia del otro me impide ser nadie. Casi siempre se relee esta presencia en forma negativa. Ahí está el célebre apotegma de Sarte apuntando que el infierno son los otros. Es sencillo argüir que el infierno es una vida en la que no hay otros. Cito de memoria, y por tanto seré inexacto, pero recuerdo que Verdú definía la felicidad como esa sustancia que se cuela entre dos personas cuando interactúan afectuosamente entre ellas. La felicidad no es un estado, no crece en la yerma soledad, sino que brota en el dinamismo compartido.

Justo mientras bosquejo este texto escucho en la radio una entrevista a Laura Martínez Calderón. Después de recorrer junto a Aitor Eginitz durante diez años el planeta Tierra en bicicleta, ha literaturizado la experiencia de los tres primeros años, centrados en Asia, China, Asia Central, Irán y África, en un libro titulado El mundo es mi casa. La autora comenta que de su nomadismo planetario le han llamado la atención sobre todo dos cosas. La primera es la cantidad de gente buena que hay por todos lados. La segunda es advertir la ideas absolutamente absurdas y prejuiciosas que tenemos sobre las personas que habitan en lugares remotos y culturalmente disímiles (y el sinsentido y aversión que la expeditiva aporofobia acrecienta si además sus poblaciones son pobres, añado yo). No es peregrino recordar aquí que somos ocho mil millones de habitantes en el planeta Tierra y, a pesar de la hiperconexión que permite el mundo pantallizado, el número de vínculos sólidos que mantenemos con los demás por muy elevado que sea siempre rozará el patetismo en comparación con semejante y apabullante guarismo demográfico.

Recuerdo una exposición científica a la que acudí hace unos años. Uno de los espacios trataba de mostrar con clarividencia nuestra visión prejuiciada y estereotipada de los demás. Se habían colocado dos pantallas digitales frente a frente en mitad de un diáfano y angosto pasillo. En una de las pantallas se emitía la grabación en video de un chico madrileño vertiendo opiniones de Bogotá y sus habitantes. En la pantalla de en frente, un chico bogotano discurseaba sobre la idiosincrasia de Madrid y los madrileños. Lo estrecho del pasillo hacía que ambas imágenes y sus voces chocaran en el espacio de tránsito, pero simbolizaba perfectamente la estrechez de miras de los interlocutores. Todo lo que argumentaban ambos sujetos asomaba contaminado de tópicos y prejuicios sobreconstruidos a través de la mediación de un lenguaje nacido de la propaganda, la infobesidad, el monocultivo de clichés prefabricados, la anorexia discursiva y nominativa que supone el hablar por hablar, puro consumismo lingüístico que propende a la banalización y la fruslería.

La idea basal del experimento interpelaba a la autocrítica y al cuestionamiento de nuestra hermeneútica. Si alguien de otro lugar afirma semejantes frivolidades y superficialidades de nosotros, es más que probable que a nosotros nos ocurra lo mismo, que empleemos prácticas discursivas análogas cuando hablamos de lugares y personas de los que no tenemos conocimiento suficiente como para construir una opinión y menos aún para ponerla a circular por el espacio público. Nos relacionamos con la otredad tanto próxima como distal desde la abstracción que permite el lenguaje. Por eso es tan sustancial ser cuidadosos con lo que decimos, nos decimos, nos dicen y decimos que nos han dicho. Nos relacionamos con el otro a través de prácticas lingüísticas. Muchas de esas prácticas nos llegan mediadas políticamente por intereses velados y contrarreflexivos. Admitir la propia ignorancia, o la presencia antioxidante de la duda, es fundamental para que nadie nos la mezcle con miedo y logre que nuestros sentimientos destilen odio al que no conocemos de nada. Ayudamos al otro cuando nos cuestionamos y reflexionamos críticamente sobre el acto del lenguaje con el que lo construirmos y lo pensamos. Es una forma inteligente de autosalvaguardia. Instauramos una lógica para que ese otro se interpele cuando nos construya y nos piense a nosotros. Y hable o calle en función del resultado.

José Miguel Valle.  Escritor y filósofo

Foto portada: Fotografía de Serge Najjar

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4 frases que usas a menudo y deberías eliminar para siempre

Artículo publicado originalmente en El Definido

Las repetimos en muchas situaciones de nuestra vida, pero sin darnos cuenta están influyendo nuestra manera de ver las cosas para mal. ¿Cuáles son? Aquí el ranking de Mane Cárcamo.

Ese cliché que dice que los hombres somos animales de costumbre tiene mucho de cierto. Nos acostumbramos a casi todo y podemos perder la capacidad de asombro y análisis sin mucho esfuerzo. Por lo mismo, creo que debemos ser lateros y cada cierto tiempo mirarnos con autocrítica y revisar cómo vivimos y qué decimos.

Porque hay frases que están tan instaladas que ya no nos hacen ni cosquillas, pero que poco a poco van haciendo daño y normalizando visiones de vida que no nos hacen para nada mejores como sociedad. Las repetimos como loros, las integramos en nuestras conversas y así sutilmente las vamos transformando en realidades.

Aquí algunas que humildemente considero que deberíamos revisar:

No es mamá, por lo tanto no puede opinar

Como varios han leído, tengo 4 hijos y no comparto para nada esta frase que deja fuera a toda mujer que no sea mamá de hablar libremente de lo que se le cante. ¡Viva la posibilidad de opinar sobre todo! La frase anterior es solo un ejemplo que se aplica para muchos temas de conversación y/o reflexión. ¿Solo se puede opinar de algo que hemos vivido? ¿Para hablar de lo devastadora de la guerra tengo que haber pasado una temporada en Siria? ¿Para criticar una dictadura tengo que haberla sufrido en carne propia? Personalmente pienso que no. Creo que todos podemos opinar de todo mientras tengamos argumentos serios y fundados para hacerlo.

No hay nada que me enerve más, que una chiquilla no pueda opinar de temas de maternidad porque no tienen que sonar mocos, pagar matriculas o llevar a alguien al pediatra. Es más, creo que su visión con cierta distancia puede enriquecer mucho el debate y la mirada de las cosas. O lo mismo en el tema del aborto, ¿por qué un hombre no puede levantar la voz? ¿Quiénes somos nosotros para autorizar quién sí o quién no puede dar su punto de vista? Hay que dominar el pequeño censor autoritario que llevamos dentro y darnos cuenta que invalidar sin anestesia la opinión de otro/a, es la manera más básica de terminar con ese fascinante acto que nos enaltece y nos abre la mente: la posibilidad de dialogar de verdad.

Soy así y no voy a cambiar

Esta frase es LA definición de soberbia. Onda me tienen que aguantar así y punto. Está bien que nos aceptemos con nuestros defectos y virtudes, pero otra cosa muy distinta es creer que somos el último durazno del tarro y que el resto nos tiene que padecer sin chistar. Creo firmemente que todos podemos cambiar, es más creo que tenemos la obligación de hacerlo.

Asumir que el resto tiene que acostumbrarse a mi mala onda en la mañana, obligar a mis vecinos a experimentar mis arranques de ira en el chat del barrio, torturar a tu pareja con el desorden personal y no pretender hacer nada a cambio, está tan pasado de moda como el ICQ y los mensajes de texto juntos.

¿Pagan?

Aquí seré cuidadosa para no morir a trolleos y ser acusada de explotadora o winner. Entiéndanme bien, claro que considero que hay muchas pegas que uno hace y que deben ser pagadas con un monto digno y justo. Pero también me parece que hoy, cada gesto que realizamos por el otro se ha transformado en una transacción y se espera que siempre recibamos algo a cambio.

Los niños quieren que les paguemos cuando les pedimos que ordenen su pieza, los voluntariados son cada días más escasos y si alguien pide un simple favor la pregunta refleja es “¿pagan?”. “¿Me ayudas a cambiarme de casa? = ¿pagan?”, “¿Me revisas un texto? = ¿pagan?”, “¿Me puedes traer los jueves a Juanito? = ¿pagan?” Son lógicas cada vez más frecuentes entre AMIGOS. Esto no quiere decir que pretendamos que las personas con las que tenemos lazos de afecto no nos cobren por su trabajo, pero querer recibir lucas por todo me parece mucho y desolador. Hay acciones que se hacen por simple cariño. Punto final.

No es mi problema

Está quedando la hecatombe en la casa colindante, echaron a tu partner de la pega por una injusticia, al compañero de tu hijo no lo invitan a ningún cumpleaños, fuiste testigo de un acto deshonesto en tu grupo de amigos y la tendencia natural es pensar “para que me voy a meter si no es mi problema”, y rápidamente correr hasta Tierra del Fuego sin siquiera parar a hacer pipí.

Eso es lo que nos nace de la guata, el primer instinto. Pero, ¿qué pasaría si todos los seres humanos pensaran así? Claramente habría que cerrar por fuera y decir “hasta la vista baby”. Pero como soy una convencida que siempre hay más gente buena que mala, y que los pequeños gestos que cambian la vida de los otros se hacen de manera piola y sin fuegos artificiales, tengo mucha fe. Fe en que hay más que quieren asumir el problema de otro como propio, empatizar con lo que sufre el que está sentado a 30 centímetros mío y levantar la mano para decir que lo que está sucediendo no es correcto. Hay mucha gente dispuesta a meterse en problemas (en el buen sentido de la palabra, no a lo Pablo Escobar), a salir de su acogedor y cómodo metro cuadrado, a jugársela por lo que cree y piensa. Y te aseguro que si piensas en la gente que te ha marcado en la vida te darás cuenta que pertenecen a ese grupo de valientes que son capaces con pequeños actos hacer de este mundo un lugar mejor.

¿Estás de acuerdo? ¿Qué frases te gustaría que se dejaran de usar?

Magdalena Cárcamo – Periodista

Fuente: www.eldefinido.cl

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