Ayudar a los demás pensándolos bien

La escritora y pedagoga Nora Rodríguez recuerda en su ensayo Educar para la paz algo rotundamente medular en la experiencia humana. A pesar de su condición extraordinaria, rara vez es ensalzado como se merece: «Pocas veces o nunca se tiene en cuenta que, desde edades muy tempranas, a los seres humanos nos hace increíblemente felices ayudar a los otros».  No solo eso, encontramos mucha más delectación en dar ayuda que en recibirla, porque en el mundo de los afectos lo que se da no se pierde ni se desintegra en la nada, si no que retorna multiplicado mágicamente. No hay noticia más plausible y más enorgullecedora para cualquier persona que saber que los seres humanos encontramos profundas y voluminosas gratificaciones sentimentales inclinándonos a ayudar a los demás a construir bienestar en sus vidas. Es un hallazgo tan esencial que todos los días deberíamos repetírnoslo como un salmo. Por supuesto, después de enunciarlo con orgullo antropológico tendríamos que intentar practicarlo, interiorizarlo y domesticarlo en la sensibilidad y aprenderlo en la cognición. Es una obviedad aristotélica, pero aquello que consiste en hacer solo se aprende haciéndolo. La autora de Educar para la paz explica a lo largo de las páginas de la obra que el cerebro es un órgano que desarrolla sus estructuras a través de interacciones con las alteridades. Cita al neurocientífico Jonh Cacioppo para subrayar que «los seres humanos crecemos, aprendemos y nos desarrollamos en grupo». A Francisco Mora le he leído y escuchado insistir una y otra vez en que si queremos ser excelentes en una tarea, es nuclear que nos juntemos con aquellos que ya son excelentes en esa tarea. Aprendemos haciendo e imitando lo que hacen aquellos que son significativos para nosotros. Esta contaminación ambiental no solo es emancipadora, también puede tomar la dirección contraria y devenir en peligrosamente jibarizadora, posibilidad que debería animarnos al fomento de la reflexión y el discernimiento. A los padres que les preocupan las notas de sus hijos, José Antonio Marina les advierte que entonces se preocupen por las notas de los amigos de sus hijos. A pesar de que paradójicamente, como afirmaba el añorado Vicente Verdú, «el individualismo se ha convertido en un fenómeno de masas», el sentido de la experiencia humana se condensa y se experimenta en nuestra condición de existencias al unísono. No somos existencias insulares, tampoco colindantes, ni muchos menos adosadas. Somos existencias corales.

Es fácil sintetizar toda esta peculiaridad de la socialidad humana afirmando coloquial y aforísticamente que lo que más nos gusta a las personas es estar con personas. Las estadísticas sobre hábitos de ocio señalan reiteradamente que la actividad más apetecible para los entrevistados en su tiempo no retribuido es quedar con los amigos. Es puro activismo de la amistad. Existe un término muy bonito para definir esta práctica tan profundamente arraigada en el rebaño de hombres y mujeres. Cuando quedamos con alguien y nos encontramos y nos intervenimos recíprocamente sobre los afectos a través de tiempo y actividad compartidos, estamos experimentando la confraternidad. Festejamos mutuamente nuestra filiación humana, y al festejarla el individuo que somos (y somos individuo porque somos indivisibles) se va singularizando. La individuación, que no el individualismo,  solo es posible gracias a la interacción con el otro que facilita que el sujeto que somos se singularice. Los filósofos griegos vislumbraron esta interdependencia y entendieron pronto que para ser persona era indefectible ser antes ciudadano. La progresiva y escandalizable disipación de lo común en nuestros imaginarios hace que esta afirmación resulte cada vez más ininteligible. Es tremendamente paradójico que solo podamos subjetivarnos gracias a que no estamos solos. La presencia del otro me hace ser yo, la presencia del otro me impide ser nadie. Casi siempre se relee esta presencia en forma negativa. Ahí está el célebre apotegma de Sarte apuntando que el infierno son los otros. Es sencillo argüir que el infierno es una vida en la que no hay otros. Cito de memoria, y por tanto seré inexacto, pero recuerdo que Verdú definía la felicidad como esa sustancia que se cuela entre dos personas cuando interactúan afectuosamente entre ellas. La felicidad no es un estado, no crece en la yerma soledad, sino que brota en el dinamismo compartido.

Justo mientras bosquejo este texto escucho en la radio una entrevista a Laura Martínez Calderón. Después de recorrer junto a Aitor Eginitz durante diez años el planeta Tierra en bicicleta, ha literaturizado la experiencia de los tres primeros años, centrados en Asia, China, Asia Central, Irán y África, en un libro titulado El mundo es mi casa. La autora comenta que de su nomadismo planetario le han llamado la atención sobre todo dos cosas. La primera es la cantidad de gente buena que hay por todos lados. La segunda es advertir la ideas absolutamente absurdas y prejuiciosas que tenemos sobre las personas que habitan en lugares remotos y culturalmente disímiles (y el sinsentido y aversión que la expeditiva aporofobia acrecienta si además sus poblaciones son pobres, añado yo). No es peregrino recordar aquí que somos ocho mil millones de habitantes en el planeta Tierra y, a pesar de la hiperconexión que permite el mundo pantallizado, el número de vínculos sólidos que mantenemos con los demás por muy elevado que sea siempre rozará el patetismo en comparación con semejante y apabullante guarismo demográfico.

Recuerdo una exposición científica a la que acudí hace unos años. Uno de los espacios trataba de mostrar con clarividencia nuestra visión prejuiciada y estereotipada de los demás. Se habían colocado dos pantallas digitales frente a frente en mitad de un diáfano y angosto pasillo. En una de las pantallas se emitía la grabación en video de un chico madrileño vertiendo opiniones de Bogotá y sus habitantes. En la pantalla de en frente, un chico bogotano discurseaba sobre la idiosincrasia de Madrid y los madrileños. Lo estrecho del pasillo hacía que ambas imágenes y sus voces chocaran en el espacio de tránsito, pero simbolizaba perfectamente la estrechez de miras de los interlocutores. Todo lo que argumentaban ambos sujetos asomaba contaminado de tópicos y prejuicios sobreconstruidos a través de la mediación de un lenguaje nacido de la propaganda, la infobesidad, el monocultivo de clichés prefabricados, la anorexia discursiva y nominativa que supone el hablar por hablar, puro consumismo lingüístico que propende a la banalización y la fruslería.

La idea basal del experimento interpelaba a la autocrítica y al cuestionamiento de nuestra hermeneútica. Si alguien de otro lugar afirma semejantes frivolidades y superficialidades de nosotros, es más que probable que a nosotros nos ocurra lo mismo, que empleemos prácticas discursivas análogas cuando hablamos de lugares y personas de los que no tenemos conocimiento suficiente como para construir una opinión y menos aún para ponerla a circular por el espacio público. Nos relacionamos con la otredad tanto próxima como distal desde la abstracción que permite el lenguaje. Por eso es tan sustancial ser cuidadosos con lo que decimos, nos decimos, nos dicen y decimos que nos han dicho. Nos relacionamos con el otro a través de prácticas lingüísticas. Muchas de esas prácticas nos llegan mediadas políticamente por intereses velados y contrarreflexivos. Admitir la propia ignorancia, o la presencia antioxidante de la duda, es fundamental para que nadie nos la mezcle con miedo y logre que nuestros sentimientos destilen odio al que no conocemos de nada. Ayudamos al otro cuando nos cuestionamos y reflexionamos críticamente sobre el acto del lenguaje con el que lo construirmos y lo pensamos. Es una forma inteligente de autosalvaguardia. Instauramos una lógica para que ese otro se interpele cuando nos construya y nos piense a nosotros. Y hable o calle en función del resultado.

José Miguel Valle.  Escritor y filósofo

Foto portada: Fotografía de Serge Najjar

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Negociar es ordenar los desacuerdos

Negociar es el arte de ordenar la divergencia. Cuando dos o más actores negocian, no tratan de eliminar el disenso, sino de armonizarlo en una determinada ordenación para construir espacios más óptimos. Negociar es una actividad que se localiza en el instante en que se organizan los desacuerdos para dejar sitio a los acuerdos. En El triunfo de la inteligencia sobre la fuerza (ver) expliqué el dinanismo de toda negociación, que sustancialmente es el proceso que inaugura la civilización humana: utilizar una tecnología para que las partes se hagan visibles (el lenguaje), invocar una ecología de la palabra educada y respetuosa (diálogo) y urdir tácticas inteligentes para concordar la discrepancia (argumentación). Una de las primeras reglas axiomáticas en conflictología señala que los conflictos son consustanciales a la peripecia humana, y por lo tanto es una tarea estéril aspirar a su extinción. Pero otra de esas reglas afirma que no se trata de erradicar la existencia del conflicto, sino de solucionar bien su irreversible emergencia. Un conflicto solo se soluciona bien cuando las partes implicadas quedan contentas con la resolución acordada. En la jerigonza corporativa se emplea la expresión ganar-ganar para explicar en qué consiste un buen acuerdo bilateral, pero es un recurso dialéctico que a mí me desagrada porque esgrime la dualidad ganar-perder inserta en el folclore de la competición. Si utilizamos imaginarios competitivos inconscientemente inhibimos los cooperativos. Una negociación no estriba en ganar, sino en alcanzar la convicción mutua y recíproca de que las partes en liza han levantado el mejor de los escenarios posibles para ambas. Gracias a este convencimiento uno se puede sentir contento. Parece una trivialidad, pero es este impulso afectivo el que dona reciedumbre a cualquier proceso negociador. Y perennidad a lo acordado.

En una negociación no se trata solo de alcanzar un acuerdo, sino sobre todo de respetar el acuerdo alcanzado. Para lograr algo así es imperativo salvar permanentemente la cara al otro. Esta maravillosa expresión la acuñó Erving Goffman, el padre de la microsociología. Se trata de no acabar nunca un acuerdo con una de las partes dañada en su autoestima. Es difícil alcanzar una resolución cuando en el decurso de hallarla los actores se faltan al respeto, señalan aquello que degrada a la contraparte, son desconsiderados con cada propuesta, enarbolan un léxico y una adjetivación destinada a depreciar o directamente destituir la dignidad del otro. Hace unos días una buena amiga compartió en las redes un antiguo texto de este Espacio Suma NO Cero del que yo me había olvidado por completo. Para publicitarlo entresacó una frase que es la idea rectora de este artículo: «No podemos negociar con quien pone todo su empeño en deteriorar nuestra dignidad». Me corrijo a mí mismo y admito que sí se puede negociar con quien se empecina en devaluarnos, aunque convierta en inaccesible pactar algo que sea a la vez valioso y longevo. Cuando una parte libera oleadas de palabras con el fin de lacerar el buen concepto que el interlocutor tiene sobre sí mismo, se complica sobremanera que el damnificado luego coopere con él. Dirimir con agresiones verbales las divergencias suele ser el pretexto para que las partes se enconen, se enroquen en la degradación adversarial, rehúyan cualquier atisbo de acuerdo.

Es fácil colegir que nadie colabora con quien unos minutos antes ha intentado despedazar con saña su imagen, o se ha dedicado a la execración de su interlocutor en una práctica descarnada de violencia hermenéutica: la violencia que se desata cuando el otro es reducido a la interpretación malsana del punto de vista del uno mismo. El ensañamiento discursivo (yo inventé el término verbandalismo, una palabra en la que se yuxtapone lo verbal y lo vandálico, y que significa destrozar con palabras todo lo que uno se encuentra a su paso) volatiliza la posibilidad de crear lazos, de encontrar puntos comunes que se antepongan a los contrapuestos. Para evitar la inercia de los oprobios William Ury y Roger Fisher prescribieron la relevancia de separar a las personas del problema que tenemos con esas personas. Tácticas de despersonalización para disociar a los actores del problema que ahora han de resolver esos mismos actores. En este proceso es necesario poner esmero en el lenguaje desgranado porque es el armazón del propio proceso. Yo exhorto a ser cuidadosos con las palabras que decimos, nos decimos y nos dicen. La filósofa Marcia Tiburi eleva este cuidado a deber ético en sus Reflexiones sobre el autoritarismo cotidiano: «Es un deber ético prestar atención al modo en que nosotros mismos decimos lo que decimos». Esa atención se torna capital cuando se quiere alcanzar un acuerdo.

En el ensayo Las mejores palabras (actual Premio Anagrama de Ensayo), el profesor Daniel Gamper recuerda una evidencia que tiende a ser desdeñada por aquellos que ingresan en el dinamismo de una negociación: «Si de lo que se trata es de alcanzar acuerdos duraderos, entonces no conviene insistir en aquellos asuntos sobre los que sabemos que no podemos entendernos». Unas líneas después agrega que «los términos de la coexistencia no pueden ser alcanzados si todo el mundo insiste en imponer su cosmovisión a los otros». Justo aquí radica la dificultad de toda negociación, que a su vez destapa nuestra analfabetización en cohabitar amablemente con la disensión. Si negociamos con alguien y alguien negocia con nosotros, es porque entre ambos existe algún gradiente de interdependencia. La interdependencia sanciona que no podemos alcanzar de manera unilateral nuestros propósitos, y que pensarse en común es primordial para construir la intersección a la que obliga esa misma interdependencia. Este escenario obliga a ser lo suficientemente inteligente y bondadoso como para intentar satisfacer el interés propio, pero asimismo el de la contraparte, precisamente para que la contaparte, a la que necesitamos, haga lo propio con nosotros. Contravenir este precepto es ignorar en qué consiste la convivencia.

José Miguel Valle.  Escritor y filósofo

 

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Medicina lingüística: las palabras sanan

En un mundo que aconseja reiteradamente el cuidado de la imagen, yo abogo por el cuidado de las palabras en sus tres grandes disposiciones: las palabras que decimos, nos decimos y nos dicen. Deberíamos acentuar un escrúpulo más acendrado a la hora de decantarnos en la elección de palabras, puesto que literalmente nos va la vida en ello. Somos seres narrativos, nuestra biografía son eventos esparcidos por los días que hilvanamos a través de un relato que nos vamos contando a nosotros mismos para introducir sentido y memoria en esa amalgama de sucesos. A Ulrich Beck le leí que no siempre coincide la historia de nuestra vida, entendida como cadena de acontecimientos reales, con nuestra biografía, que es la forma narrativa con la que escribimos esos acontecimientos en nuestro entramado afectivo.  Me alío junto a Emilio Lledó cuando en Elogio de la infelicidad postula que «en el habla se coagula nuestra intimidad, la mismidad que buscamos». La trama literaria en la que nuestra historia muda a biografía y nos va configurando como una entidad empalabrada modula nuestro estilo cognitivo y afectivo, y ambos el repertorio de nuestras accciones y omisiones, que nos van esculpiendo una existencia con su buril invisible.  Somos una corporeidad amenizada de palabras.

En su libro, hasta hace unos meses inédito, Extravíos, el atribulado aunque cáustico Emil Cioran afirma en uno de sus brillantes aforismos que «en cada uno de nosotros yace un profeta. La obsesión del futuro, que nos lleva a intervenir en la realidad para alterarla, vierte un falso contenido en las sensaciones del presente». Opino más bien que en cada uno de nosotros habita un novelista con el cometido de anotar lo que nos acontece para que nuestro pasado, presente y futuro respiren al unísono. Nos pasamos la vida relatándonos a nosotros mismos, contándonos nuestras peripecias y otorgando un sentido al cúmulo de días en los que se aglutina la eventualidad de vivir. El doctor Oliver Sack, célebre por su libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, comentaba que cada persona se narra a sí misma la historia de su vida todo el tiempo. En Experimentos con la verdad, ese cazador de coincidencias que es el gran Paul Auster repasa su trayectoria y alude a sus primeros años de escritor recordando que en aquella época «me analizaba a mí mismo como si fuera un animal de laboratorio». Rimbaud resumió este malabarismo de recursividad mental con un tan contundente como enigmático «yo es otro». Dentro de nosotros se aloja un huésped con el que nos encanta hablar. En mis ensayos aparece repetida de forma totalmente deliberada mi definición acientífica de alma que conexa con esta imagen verborreica. «El alma es esa conversación que mantenemos con nosotros mismos a todas horas contándonos lo que nos ocurre a cada segundo». Lledó de nuevo susurra con su prosa envolvente que «en las palabras sabemos decirnos aquellos momentos en los que hemos sido algo más que el aire que se llevan los días». Las palabras dan vida a la vida vivida. En las palabras resucita el ayer digno de resurrección. La invención de la forma verbal del futuro logra que las palabras den ensoñadora morfología a lo que está por venir.

El lenguaje no solo describe el mundo, también lo crea. En la dilucidación y discriminación de la palabra que vamos a emplear y en cómo vamos a pronunciarla se encapsula el ser en cuya transitoriedad habitamos. Gozamos de plena soberanía para escoger qué palabras serán las que nos expliquen quiénes somos y en qué consiste nuestra instalación en el mundo. Se minusvalora la impregnación de nuestro lenguaje en la volatilidad anímica y afectiva, pero cada palabra que sale para afuera nos revela indicios de quién habita y cómo de la piel para dentro, y cada palabra que se adentra al interior desde fuera provoca mutaciones allí donde se aposenta. Es aquí donde el verbo alberga capacidad medicinal. El término medicina lingüística se lo leí hace tiempo a Dylan Evans en su obra Emoción. La ciencia del sentimiento.  «Hablar acerca de nuestros sentimientos funciona como una válvula de seguridad que permite la salida del vapor excedente de una tubería obstruida». Las palabras confieren efectos medicinales cuando son compartidas. Como apunta el propio Evans, «desahogarse significa hablar de emociones (sic) desagradables con el fin de hacerlas desaparecer». El lenguaje es una herramienta muy poderosa para inducir sentimientos, pero también lo es para contrarrestar aquellos que nos ulceran. El autosabotaje o la estabilidad de la autoestima se labran en el armamentario verbal con el que nos indagamos, nos retratamos y nos pronosticamos. Hay palabras hirientes, lesivas, vejatorias, lancinantes, jibarizadoras, pero asimismo las hay redentoras, lenitivas, analgésicas, energizantes, reparadoras, ansiolíticas. Podemos encontrar todo un repertorio lingüístico que correlaciona con la farmacopea destinada a la sanación del alma.

Siendo niño me llamaba mucho la atención el bálsamo bíblico en el que se demandaba la llegada del lenguaje porque «una palabra tuya bastará para sanarme». Entonces no lo entendía, pero ahora sé que la palabra permite la intersubjetividad, y es esa intersubjetividad la que acaricia y ayuda a sanar la subjetividad cuando está enferma o afligida. Los sentimientos fecundados por una situación adversa, una expectativa derrumbada, un momento de flaqueza en el que nos desencuadernamos, o la irrupción de un acontecimiento aciago (un acontecimiento es un suceso que interrumpe la cadencia de lo ordinario), pueden ser transformados o revertidos gracias al poder restaurador del lenguaje. Los sentimientos se elicitan pero también se derogan con la presencia de los argumentos. Aunque en el título de este artículo afirmo que las palabras sanan, no es exactamente así. No nos curan las palabras, sino los argumentos cuya argamasa está hecha de ellas. Los argumentos poseen capacidad sanadora, como si en su interior semántico llevaran un ungüento milagroso. Oyente y hablante se ensamblan curativamente a través de una siderurgia discursiva.  El ser que estamos siendo conecta con el otro, que es un ser que también está siendo, merced a la palabra, que es la síntesis en donde palpita la vida compartida. Sanan las palabras eslabonadas en el zigzagueo de los argumentos con los que acompañamos a nuestro interlocutor, o él nos acompaña a nosotros. A pesar de que llevo muchos años estudiando su mecanismo, me sigue maravillando la evidencia empírica de cómo la publicidad de la pena atenúa la pena. Es obvio que para publicitarla no nos queda más remedio que encajonarla en un léxico y en una sintaxis. De repente, el oyente deviene en una especie de curandero lingüístico. Cura la palabra expresada, pero sobre todo cuando es palabra escuchada. Hay algo rotundamente contradictorio en este apoteósico dinamismo. La pena al verbalizarse y compartirse se encoge, pero la alegría empalabrada y compartida se expande. Sentimentalmente, hablar siempre sale a cuenta.

Extraido de espaciosumanocero.blogspot.com

José Miguel Valle.  Escritor y filósofo

Foto portada: Obra de Alyssa Monks

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Los lenguajes del amor, ¿cuál es el de tu hij@?

  • “Maria está rara, la siento enojada y distante. Ella dice que no la queremos. No entiendo que le pasa porque le he comprado la muñeca que tanto quería y le digo que la amo todo el tiempo”.

Eso me dijo una mami que solicito una consulta conmigo hace unos meses. Luego de hablar con ella e indagar sobre posibles cambios de importancia en la dinámica familiar o si había sucedido algún acontecimiento que pudiera haber herido a Maria me di cuenta que el problema era que la mamá  había tomado un trabajo extra ese mes y por lo tanto en lugar de pasar las mañanas con Maria la llevaba a la casa de su abuela para que esta la cuidara. Lo que a la nena le pasaba era que extrañaba tiempo de calidad con su madre, esos momentos de juego y conexión que no necesariamente debían ser salidas costosas ni planes muy elaborados. Le expliqué a esta mami que según todo lo que me habia contado el lenguaje de amor principal de Maria era el tiempo de calidad, entonces aunque la llenara de juguetes y de “te quiero” Maria no se sentía amada.

Qué es esto de los lenguajes del amor?

El Dr. Gary Chapman ha escrito una serie de libros sobre los lenguajes del amor enfocados en primera instancia a mejorar y fortalecer las relaciones de pareja y hace muy poco publicó una versión adaptada para los niños. Los enlaces de los libros los encontraras al final del articulo.

Según Chapman, existirían 5 lenguajes del amor. Reconocer y tomar conciencia de cual es el predominante en nuestros hijos será de gran utilidad para mejorar y afianzar las relaciones con ellos, ya que según este autor cada persona tiende a expresar su amor y prefiere recibirlo de maneras concretas y diferentes.

Los cinco lenguajes de amor que existen según Chapman son:

1. Palabras

Cuando del amor se trata las palabras si que tienen gran poder para hacernos sentir amados. Aunque quizás seas de los que piensan que a las palabras se las lleva el viento y que las acciones son mas importante tienes que saber que para muchas personas recibir estas afirmaciones positivas es elemental para sentirse amados. Estas palabras o frases verbalizadas (“te quiero”, “eres importante para mi”, “tu opinión es valiosa”, “me encanta estar contigo”, “siempre te voy a amar”) nutren el sentido interno de valía y seguridad del niño y aunque sean fugaces, no se olvidan pronto y algunas nunca se olvidaran que los beneficios de las afirmaciones positivas en los niños pueden durar toda una vida.  El autor recomienda usar frases directas y simples pero que sean creíbles para la persona que lo recibe y para ello es indispensable sentirlo de verdad

2. Tiempo de Calidad

Vivimos a las apuradas, con mil pendientes y a veces llegamos tan agotados a casa que nos quedamos como zombies frente al móvil  y mientras los niños comparten sus ideas o inquietudes los miramos de reojo y contestamos con monosílabos. Esto muchas veces genera desconexiones y, como en el caso de Maria, sentirse poco querido. Es importante saber que si el lenguaje predominante de tu hijo o hija es este, el compartir tiempo de calidad no tiene que ver con grandes salidas o planes muy lujoso sino con el disfrute y la plena consciencia de compartir un espacio y un acontecimiento con nuestro retorno sin prisas ni apuros y escuchando con verdadera atención, sin distracciones. El tiempo de calidad es uno de los regalos mas valiosos que un padre puede darle a sus hijos.

3. Regalos

Hay regalos que expresan mucho amor, dedicación y cariño por ser creados a mano o comprado con esfuerzo, pero lamentablemente este simbolismo de expresar amor mediante un regalo se ha perdido en nuestra sociedad consumista. Por eso no debemos confundirnos aquí: un niño cuyo lenguaje de amor predominante es este no se sentirá amado si le compramos juguetes y regalos todo el tiempo porque estos regalos tienen que ver con la forma en la que ellos se sienten cuando uno les hace un obsequio y no con el regalo en si, por ejemplo: regalarles un collar que usamos mucho y a ellos también o regalarles una espada de pirata hecha a mano. Para muchos padres los dibujos de los hijos o las fotos son los regalos mas preciados, memorables y hermosos que podamos recibir y de eso se trata este lenguaje de amor.

4. Actos de servicio

El masajito que nos piden cuando están cansados, o acercarles el vasito de agua por la noche o que los ayudemos a arreglar algún playmobil son los actos de servicio que tendrán gran valor si tu hijo o hija presenta este lenguaje del amor como el mas sobresaliente. Ellos no están buscando que seamos sus sirvientas o hagamos sus tareas sino que es la forma en la que ellos piden reafirmar el amor. Si el lenguaje de amor principal de tu hij@ son actos de servicio, no quiere decir vivir esclava de sus peticiones sino el estar extremadamente atenta y sensible a esas solicitudes y para darnos cuenta cuando detrás de estas hay un pedido de cariño.

5. Contacto físico

La manera por excelencia de comunicar amor es por medio de abrazos, besos y caricias. Sobre todo en bebés y niños pequeños que se muestran especialmente abiertos a darlos y recibirlos. Si tu hijo presenta este lenguaje de amor como el más predominante, el contacto físico comunicará de manera  más profundamente el amor que sientes por ellos que las palabras, los regalos o el tiempo de calidad y aunque el amor se recibe de diferentes formas el medio que mas les llega son los abrazos, besos, mimos y otras formas de contacto más lúdicas que si faltan provocarán una bajada en el nivel de combustible de amor de estos pequeños.

Sin embargo hay muchos detalles que tenemos que tener en cuenta para poner en practica lo que Chapman nos enseña y que tienen que ver, por ejemplo, con la edad del niño y con aspectos como el tipo de palabras, regalos y actividades que deberíamos escoger. Por eso recomiendo ampliamente su libro del que les dejo un enlace a continuación. Honestamente para esta pieza literaria la relación precio/calidad es espectacular (esta en promoción a 3,60) y como saben nunca recomendaría algo que no he leído o que no considero que se enmarque dentro de la crianza respetuosa y consciente. A disfrutar esta lectura!

Accede al libro en Amazon haciendo click en la siguiente imagen:

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Si quieres afianzar los lazos con tu pareja en estos momentos en los que la maternidad y la paternidad pueden distanciarnos un poco te recomiendo su otro libro (haz click en la imagen a continuación):

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Ana Acosta Rodriguez, Mama Minimalista

Facebook: @mamaminimalista

Fuente: mamaminimalista.net

Ana_AcostaAna Acosta Rodriguez

Maestranda en Psicología Positiva Aplicada y experta en Mindfulness,  Inteligencia Emocional y Crianza con apego.

www.nutrimama.com

mamaminimalista.net/

Instagram: Nutri_mama

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EL COACHING ESTÁ ORIENTADO AL FUTURO Y LLEVA A LA ACCIÓN PARA CONSEGUIR EL CAMBIO

Entrevista a Elena Espinal, Master Coach

“Los seres humanos nos olvidamos de que somos seres de manada; el lenguaje inventó el yo, que quiere decir no tú”. La afirmación pertenece a la Dra. Elena Espinal pionera en el uso y la creación de la cultura del Coaching Ontológico en diversos países latinoamericanos, así como de la popularización de la implementación del mismo para procesos de cambio en grandes organizaciones. Durante su última visita a Chile, Mundo Mujer tuvo el privilegio de acceder a una entrevista con esta master coach, reconocida en el mundo entero.

Nuestra conversación se inicia, como es de suponer, con la visión de Elena acerca de las características y orígenes del coaching. En forma fascinante, la licenciada en Psicología con un MásterSalud y Servicios Humanos, de la Universidad John F. Kennedy de Argentina, nos pasea por filósofos como Decartes, Kierkegaard y el psicólogo Freud para llegar a Heidegger, quien en 1927 plantea que el hombre no es un ser fijo, que se va modificando de acuerdo con sus circunstancias y al tiempo que le toca vivir. ” El coaching aparece como una profesión dentro de ese modelo de flexibilidad, porque justamente asiste a otros para que puedan romper con sus creencias  limitantes, generando así acciones que les ayuden a lograr lo que quieren”, indica Elena. El coaching no es un modelo, éste es el existencialismo.

 

Elena y ¿Por qué el Coaching Ontológico?

-Bueno, primero John Austin y John Searle, y después Fernando Flores, plantearon que el Hombre es Hombre desde que tiene lenguaje. El lenguaje del ser humano le permite hablar de cosas abstractas, y generar todos los cuentos en los que hemos vivido. Estos cuentos como la democracia o el dinero, antes no existían y los humanos vivían perfectamente. En sí no son buenos, ni malos, lo importante es darnos cuenta de que vivimos dentro del cuento, que éstos nos organizan la vida y que podemos llegar a cambiarlos.

El Coaching Ontológico creó las bases para reconocer que vivimos en un modelo paradigmático, generado por el lenguaje, y que nos podemos salir de ahí.

 

¿Qué tienen en común el Coaching Ontológico con los otros tipos como el coaching PNL o sistémico, por ejemplo?

-Por comenzar, cualquier clase de coaching está orientado al futuro, no está focalizado a arreglar el pasado, también todos llevan a generar una acción que hasta ese momento no se había realizado, por lo cual hay que atravesar barreras para conseguir algo nuevo. El coaching lleva a que el coachee tome sus propias decisiones, el coach no da consejos.

 

¿Cuál es tu visión acerca del coaching grupal, al estilo del que se da en las comunidades de Mundo Mujer?

Es más fácil encarar el cambio cuando no estás solo, sino de la mano de otros y sientes que hay más personas que están con el mismo desafío. El apoyo de la manada es fuertísimo para lograr el cambio. El coaching grupal funciona bien porque los estados de ánimo son biológicos y contagiosos, estos te relacionan con el futuro, abriendo o cerrando un espacio. Cuando el grupo está en un estado de optimismo, de alegría, sus integrantes se lanzan con fuerza para lograr sus propósitos, lo que es distinto si hay un estado de resignación o de rabia.

Todo estado de ánimo es complejo en cuanto a sus emociones que lo componen y en grupo surge la gratitud, que es una de las emociones fundamentales en una relación. Esta no significa estar en deuda con alguien, sino que es el reconocimiento de lo que significa el otro y todo lo que él ha dado.

Nota realizada por Macarena Velasco – Periodista UC

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No destruyas con palabras lo que has construido con el corazón

Redacción Editorial Phrònesis – www.elartedesabervivir.com

Muchos psicólogos y expertos en el tema han optado por referirse abiertamente a los vínculos de pareja, ya sean noviazgos o matrimonios, como “viajes compartidos” en lugar de solo “relaciones”.

No se debe a que haya en este concepto mayor romanticismo u optimismo, sino a que hay en él más veracidad, puesto que una relación amorosa consiste en un lazo de intercambio constante, de consumación de lo mutuo, un esquema que puede ser mejor entendido cuando se piensa en él como en una travesía de cientos de kilómetros donde los vaivenes del día y la incertidumbre de la noche acosan, pero al mismo tiempo iluminan el amor cuando es sincero, auténtico y real.

No obstante, al igual que las grandes aventuras van de la mano de riesgos e imprevistos, también las relaciones de pareja han de hacer frente a cambios de marea bruscos, tempestades repentinas, sequías y silencios interminables. En la dificultad surge a menudo la tensión y, con ella, las palabras que cortan y los actos que hieren… que atraviesan algo más sensible y difícil de sanar que la piel.

Las acusaciones injustas son más frecuentes en las relaciones sentimentales de lo que deberían ser, y esto se debe a una carencia capaz de afectar gravemente los cimientos de cualquier pareja: el no saber cómo manifestar asertivamente lo que sentimos, pero insistir, desde luego, en hacerlo.

Tú, y Yo soy Yo

Las fallas de comunicación en una pareja son, más que las piedras que trae el río, el vaticinio de una avalancha.

Los psicólogos y expertos en relaciones de pareja depositan a menudo la responsabilidad de este hecho al olvido o total desconocimiento de un factor muy preciado para una comunicación efectiva: el uso de “Mensajes Yo” en lugar de “Mensajes Tú”, es decir: frases que inicien con el reconocimiento de las propias emociones y puntos de vista, y no con el reproche o reclamo por las emociones y puntos de vista ajenos.

De este modo, si las palabras o gestos del ser amado nos han hecho enfadar, lo correcto sería expresar: “Me hizo sentir enojo lo que dijiste o hiciste”, pero no: “Tú me hiciste enojar”.

Los errores más comunes a la hora de comunicarnos con nuestra pareja derivan de una externalización total de nuestros sentimientos, o en otras palabras: una urgencia por deshacernos de ellos para “dejar de sentirnos así”. Esto impide que seamos capaces internalizar (asimilar) nuestras experiencias afectivas — algo más que necesario para alcanzar un conocimiento pleno de quiénes somos — pero, además, nos conduce a sufrir e infligir heridas mucho más profundas de lo que pensamos.

“Entre lo que pienso, lo que quiero decir, lo que creo decir, lo que digo, lo que quieres oír, lo que crees oír, lo que oyes, lo que quieres entender, lo que crees entender y lo que entiendes, hay diez posibilidades de no entenderse”

(Bernard Werber)

 

5 claves para decir lo que sientes sin herir a quien amas

Para expresar nuestras emociones y pensamientos desde el “Mensaje Yo”, es preciso cuidar el seguimiento de una serie de principios básicos de comunicación que atienden no solo al contenido (qué se dice) sino también a la forma o paralenguaje (cómo se dice).

Estos atributos pueden resumirse en forma de consejos rápidos que indican situaciones a ser evitadas con el fin de comunicar a nuestra pareja lo que pensamos guardándonos de no herir sus sentimientos:

 No levantar la voz

Los gritos y las exclamaciones no hacen más que imprimir dramatismo y sugerir una falta de respeto absoluta hacia la postura del otro.

Una conversación que se conduce en un tono de voz calmado es clave para el intercambio de opiniones y la conciliación, además de ser una señal de madurez, confianza y seguridad.

No actuar como si lo supiéramos todo

“Cuando creíamos tener todas las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas”, escribió Mario Benedetti, y hay tanta certeza en esto como lo hay en el dicho de que nunca dejamos de aprender.

Dar inicio a una conversación auto proclamándonos dueños de la verdad absoluta es un acto de egocentrismo. Sea cual sea nuestro punto de vista, no debe ser una excusa para ignorar que nuestra pareja es un ser humano, un individuo con derecho a ver y palpar retazos blancos donde nosotros solo vemos retazos grises.

Pasar por encima de la perspectiva de los demás sólo pronostica mayor discordia.

No acudir al sarcasmo ni a la ironía

Aunque para muchas personas resulta más cómodo sacar a la luz una verdad disfrazándola de media verdad, este recurso no es necesariamente la mejor alternativa, ya que puede llegar a sembrar confusión y pérdida de la confianza.

Frases como “no lo decía en serio” rebuscadas velozmente luego de manifestar una verdad a medias son causa de malentendidos y desorientación, incluso de una angustia incómoda por no saber en qué grado era cierto o falso lo que se dijo. En cambio, desarrollar estrategias de comunicación claras y directas, sin que esto implique refugiarse en ráfagas de agresividad, es la mejor forma de expresarnos dejando sitio a la posibilidad de que seamos, además de escuchados, comprendidos a plenitud.

Respetar la voz de nuestra pareja como desearíamos que fuese respetada la nuestra

Implica no interrumpir ni comportarnos como si cada frase pronunciada diera cuerpo a un contraataque.

Respetar y escuchar la opinión de nuestra pareja refuerza un nexo mutuo de respeto a la opinión del otro. En palabras del escritor Alejandro Jodorowsky: “Lo que das, te lo das. Lo que no das, te lo quitas”.

No forzar una “respuesta urgente”

Es necesario entender que no todo silencio supone indiferencia. Que nuestra pareja no reaccione al instante de cara a la revelación que le hemos hecho no significa que no haya palpado su magnitud o que, llanamente, no le importe cómo nos sentimos.

Es preciso saber distinguir entre los silencios apáticos y los reflexivos, así como reconocer y respetar el hecho de que toda persona merece tiempo y espacio para procesar y asimilar, tanto como tiene derecho a responder en el momento en que se sienta capaz de hacerlo en buenos términos.

Recuerda: cuida lo que dices con el mismo empeño que depositas en cuidar en lo que haces, y no permitas que tus palabras destruyan lo que tanto has construido con el corazón.

 

Escrito por: Editorial Phronesis

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Referencias:

The “I Message” vs. the “You Message” – Steven J. Fogel (2013). Steven J. Fogel. Disponible en http://stevenjayfogel.com/the-i-message-vs-the-you-message/

4 Things You Can’t Do When You Argue With Your Partner (2015). Psychology Today. Disponible en https://www.psychologytoday.com/blog/between-you-and-me/201506/4-things-you-cant-do-when-you-argue-your-partner

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El Poder De Tus Palabras

Uno de los grandes descubrimientos de mi vida,  fue cuando conocí la “magia de las palabras”. Está demostrado que nuestras palabras están estrechamente relacionadas con nuestra actitud, y esta a su vez con nuestras creencias. La pregunta sería, ¿qué fue primero el huevo o la gallina? ¿es mi actitud la que da lugar a mis palabras o son mis palabras las que condicionan mi actitud?

El Poder de tus palabras Pon a trabajSinceramente, creo que la influencia se da en las dos direcciones. La manera en que nos expresamos y como nos comunicamos está afectando a nuestra actitud, de igual forma la actitud que tenemos ante algo origina nuestra manera particular de comunicarnos.

El cuidado en el uso de nuestro lenguaje es una herramienta poderosísima para condicionar nuestros resultados en la vida, de la misma manera que observar como habla una persona, nos está dando muchas pistas sobre su sistema de creencias, muchas veces asentado a nivel subconsciente.

El uso que hacemos de nuestro lenguaje es una herramienta poderosísima para crear nuestros resultados en la vida

Aquí y ahora, no voy a hablarte del poder de la comunicación, que es algo mucho más amplio. Saber comunicarse correctamente implica aspectos como, hacerse entender, entender a otros, comprender mejor lo que sucede, saber influenciar, crear conexión con tu interlocutor, fomentar el respeto, ganarse la confianza de los demás, etc.

Básicamente, el arte de la comunicación implica dominar tres aspectos: lo que decimos (palabras), como lo decimos (tono, etc.) y como actuamos (expresión corporal y facial). Hoy solo quiero centrarme en lo que decimos, en nuestras palabras, en como hablamos, en definitiva, en el uso que hacemos de nuestro lenguaje.

Lo primero que aprendí es que si quieres algo, debes pedirlo. ¿A que suena de evidente? Pues aunque te parezca extraño, muchas veces sucede todo lo contrario. Nos dedicamos a quejarnos y a decir lo que no queremos, y es entonces cuando nuestro cerebro se enfoca, precisamente en eso (en lo que NO queremos) y abandona cualquier opción de centrarse en lo que realmente deseamos, perdiendo así muchos de los recursos que tenemos y podríamos utilizar para alcanzar nuestros deseos. Así de simple.

Neurológicamente, nuestro cerebro tiene unos mecanismos de funcionamiento muy claros, por ejemplo, no entiende los mensajes en negativo.

¿Qué quiero decirte con esto?

Si yo te digo que pienses en una galleta de chocolate, inmediatamente tu cerebro acudirá a los archivos donde tiene guardada su representación de lo que es una galleta de chocolate y la visualizarás. Pero si te digo que no pienses en un pastel de nata, tu cerebro prescinde del no, y busca es su archivo la representación que tú tienes de lo que es un pastel de nata y eso es precisamente lo que visualizarás. Ha omitido el no completamente. Se hizo un estudio con niños en un colegio y se vio que sustituir los carteles que indicaban no grites, por otros que decían habla en voz baja, era mucho más efectivo.

Cuando nos expresamos tenemos que poner especial cuidado en hablar en positivo, manifestando lo que realmente queremos y salir de la “actitud de la queja”, si lo que deseamos es que nuestra vida empiece a manifestar unos resultados positivos …. Y tú, ¿cómo te expresas habitualmente? ¿sabes lo que, realmente, quieres para poder pedirlo?

Con cariño,

Firma Esther Aranda

Esther Aranda

The mind coach y facilitadora de Misión de Vida
**Creadora del Entrenamiento Intensivo Misión de Vida

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Acerca de la Autora:

Esther Aranda,  The mind coach & facilitadora de Misión de Vida. Fundadora de la plataforma www.ponatrabajartupasion.com.  Su misión: ayudar a otras personas a descubrir su misión de vida, y a que realicen el trabajo que aman, viviendo una vida con propósito y sentido para ellas, eliminando la desorientación y frustración vital.  Creadora del curso gratuito “Taller de Autoestima: Las 9 Claves del Éxito Profesional, puedes solicitarlo en www.ponatrabajartupasion.com.  “Cada uno de nosotros podemos vivir una vida plena y con sentido,  haciendo un trabajo que amemos y realizando nuestra misión de vida, lo que nos permitirá así cambiar el mundo desde nuestro lugar”.   Esther Aranda

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Herencia cultural y salud

Así como pensamos – así influenciamos nuestra salud. Las personas que pasan enojadas tienden a hacerse úlceras con más frecuencia que las normales, quienes depredan su vitalidad tienden a hacer un cáncer, quienes no saben relajarse tienden a provocar eventos cardio-vasculares, etc. Es un tema que la medicina alopática del día a día ha esquivado sistemáticamente escudándose en mil argumentos cada vez más ridículos y fuera de la realidad (según el refrán lo que no cabe en la caja de lo visible no puede ser verdad o serio). – Hay personas, por el otro lado, que le atribuyen al pensar capacidades sanadoras más allá de toda evidencia repetible en forma consistente.

Las cosas no son tan fáciles como querríamos que fuesen. Pero en algún lugar entre estos dos extremos (como pensamos no tiene nada que ver con la salud, el buen pensar cura cualquier enfermedad) hay mucha experiencia que nos hace ser optimistas en el tema. Es probable que continuando con un trabajo cuidadoso y sensible logremos acrecentar y desarrollar el potencial sanador guardado en la naturaleza de las personas.

Hace algunos años ya que estudio el lenguaje y la cultura de los indo-europeos, de esa gente que vivió entre 6000 y 5000 años atrás en las estepas del sur de Rusia, y que esparció su modo de vivir, trabajar, combatir, relacionarse, hablar, matar, robar, rezar, a una vasta área del mundo: Europa, Anatolia y el Cáucaso, China occidental, Irán, India.

Un ingenioso método de investigación se hizo cargo durante los últimos 150 años, más o menos, de reconstruir su mundo. Se inició con la sorpresa de ver que el sánscrito y el griego clásico compartían similitudes aquí y allá, en raíces, declinaciones, conjugaciones, pronombres, números. Con el tiempo y a partir del celta, latín, griego, germánico, hitita, iraní, sánscrito, tochario y otros, estos investigadores han reconstituido más de 2000 (!) palabras de lo que se llama el Indo-Europeo maduro (3000 a.C.). Se han restablecido fórmulas poéticas, rituales, creencias y costumbres. Lo que se sabe hoy de esta gente – que no conoció la escritura y por lo tanto no pudo dejar testimonio concreto de sí – es realmente extraordinario. ¿Qué cosa de su mundo es aún válida en nuestros días?

Para acercarme a una respuesta jugué con una oración inventada así a la pasada: la vaca que está junto al río muge endemoniadamente. ¿Qué palabras están relacionadas con raíces del indo-europeo y tienen sentido o función semejantes? La: hel, vaca: wak, que: kwi, está: sta, junto: yeug/yung, a: hed, el: hel, río: reu, en: en, de: dai, mon: mon, mente: men. Resultado: todas (!).

¡Vaya!, pensé, si esto ocurre al nivel simple de las palabras, ¿qué pasa con las creencias?

El prestigio personal (gloria imperecedera) era el valor supremo en esta cultura y lo ganaba el héroe, el que sabía conquistar y vencer sobre un enemigo considerado malo y perverso, personas, animales, una naturaleza indómita, en fin, lo oscuro desconocido que no estaba al servicio del héroe. Una escala de prioridades muy distinta a la que profesaban los taoístas al otro lado de Eurasia: respeto por los otros, por la naturaleza, sus ciclos y desarrollos, sensibilidad, humildad e inclusión. ¿En qué mundo quiero vivir, qué quiero hacer válido en mi vida? ¿En el carro de qué moda no quiero ir?

El saber de estas cosas con tanta claridad me facilita la toma de decisiones y colabora en la realización de acciones mías más autónomas y con más sentido personal, y como consecuencia, más sanas.

Jens Bücher – Ingeniero Comercial, Fellow, American Institute of Stress y miembro del Colegio de Ingenieros – Chile, dirige el Centro de Desarrollo de la Persona Bücher y Middleton Ltda.

www.persona.cl

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Aprovechemos el clima a nuestro favor

Es muy común que cada día al despertarnos revisemos el pronóstico metereológico o miremos por la ventana para ver cómo está el clima. En otoño e invierno solemos exclamar «qué feo está el día!», eso que es tan cotidiano nos afecta mucho a nuestra predisposición a cómo partimos y cómo viviremos las próximas horas. Aún más les afecta a nuestros niños porque, en un segundo y con sólo una frase, se imaginan que será un día aburrido, en el cuál estarán encerrados sin poder correr ni jugar al aire libre.
Cómo revertimos esto y le damos una oportunidad al cielo gris y a las bajas temperaturas?
  • Primero es importante no hacer un juicio, o sea, eliminemos el feo, fome, que lata de nuestro vocabulario y sólo lo definiremos tal y cómo está: ventoso, lluvioso, nublado e incluso, puede ser más positivo, qué rico como la lluvia limpia el aire, me encanta el sonido del viento y de las hojas, etc. Ya con eso, todos tenemos una sensación  más agradable de lo que estamos viendo y sintiendo.
  • Segundo, aprovechar el clima para cambiar el ritmo de nuestro hogar. Estar más juntos, reunidos haciendo algo, cocinando, acurrucados viendo algo entretenido, haciendo manualidades.  Sin duda, se pueden hacer actividades igual de entretenidas y que desarrollen más aún el vínculo y la creatividad. Y en el futuro, serán adultos que se acordarán con una nostalgia amorosa de esos días en los cuales se estaba en la casa, comiendo algo rico (ahí cada una elige qué hacer, hoy en internet se encuentran muchas recetas de opciones saludables y a la vez exquisitas, como sopaipillas al horno o queques integrales). Cuando yo era chica me acuerdo mucho del olor a eucaliptos que emanaba de la estufa a parafina, y pucha que es rico quedarse con esos olores y vivencias para siempre, que te llevan al recuerdo más profundo de amor y protección.
  • En tercer lugar las incentivo a hacer algo distinto. Atreverse a salir al patio y a la calle, con ropa adecuada, los beneficios en los niños de saltar sobre las hojas secas; chapotear en las pozas de agua; tocar la tierra húmeda; oler el pasto mojado son muchos más, que quedarse encerrados por el miedo a que se resfríen. Y a la vuelta, un rico baño de tina y el panorama fue perfecto.
Entonces la invitación queda hecha a vivir estas estaciones desde el agrado, la cercanía y los detalles que sin duda, marcarán los recuerdos de nuestros hijos para siempre y crecerán con la oportunidad de darse cuenta de que, sin importar las variables meteorológicas, cada día tiene su lado amable, y sólo depende de uno, sacarle el máximo de provecho a lo que hay.

Paula Eugenia Fischer Levancini

Coach en Programación Neurolingúística

 

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4 frases que usas a menudo y deberías eliminar para siempre

Artículo publicado originalmente en El Definido

Las repetimos en muchas situaciones de nuestra vida, pero sin darnos cuenta están influyendo nuestra manera de ver las cosas para mal. ¿Cuáles son? Aquí el ranking de Mane Cárcamo.

Ese cliché que dice que los hombres somos animales de costumbre tiene mucho de cierto. Nos acostumbramos a casi todo y podemos perder la capacidad de asombro y análisis sin mucho esfuerzo. Por lo mismo, creo que debemos ser lateros y cada cierto tiempo mirarnos con autocrítica y revisar cómo vivimos y qué decimos.

Porque hay frases que están tan instaladas que ya no nos hacen ni cosquillas, pero que poco a poco van haciendo daño y normalizando visiones de vida que no nos hacen para nada mejores como sociedad. Las repetimos como loros, las integramos en nuestras conversas y así sutilmente las vamos transformando en realidades.

Aquí algunas que humildemente considero que deberíamos revisar:

No es mamá, por lo tanto no puede opinar

Como varios han leído, tengo 4 hijos y no comparto para nada esta frase que deja fuera a toda mujer que no sea mamá de hablar libremente de lo que se le cante. ¡Viva la posibilidad de opinar sobre todo! La frase anterior es solo un ejemplo que se aplica para muchos temas de conversación y/o reflexión. ¿Solo se puede opinar de algo que hemos vivido? ¿Para hablar de lo devastadora de la guerra tengo que haber pasado una temporada en Siria? ¿Para criticar una dictadura tengo que haberla sufrido en carne propia? Personalmente pienso que no. Creo que todos podemos opinar de todo mientras tengamos argumentos serios y fundados para hacerlo.

No hay nada que me enerve más, que una chiquilla no pueda opinar de temas de maternidad porque no tienen que sonar mocos, pagar matriculas o llevar a alguien al pediatra. Es más, creo que su visión con cierta distancia puede enriquecer mucho el debate y la mirada de las cosas. O lo mismo en el tema del aborto, ¿por qué un hombre no puede levantar la voz? ¿Quiénes somos nosotros para autorizar quién sí o quién no puede dar su punto de vista? Hay que dominar el pequeño censor autoritario que llevamos dentro y darnos cuenta que invalidar sin anestesia la opinión de otro/a, es la manera más básica de terminar con ese fascinante acto que nos enaltece y nos abre la mente: la posibilidad de dialogar de verdad.

Soy así y no voy a cambiar

Esta frase es LA definición de soberbia. Onda me tienen que aguantar así y punto. Está bien que nos aceptemos con nuestros defectos y virtudes, pero otra cosa muy distinta es creer que somos el último durazno del tarro y que el resto nos tiene que padecer sin chistar. Creo firmemente que todos podemos cambiar, es más creo que tenemos la obligación de hacerlo.

Asumir que el resto tiene que acostumbrarse a mi mala onda en la mañana, obligar a mis vecinos a experimentar mis arranques de ira en el chat del barrio, torturar a tu pareja con el desorden personal y no pretender hacer nada a cambio, está tan pasado de moda como el ICQ y los mensajes de texto juntos.

¿Pagan?

Aquí seré cuidadosa para no morir a trolleos y ser acusada de explotadora o winner. Entiéndanme bien, claro que considero que hay muchas pegas que uno hace y que deben ser pagadas con un monto digno y justo. Pero también me parece que hoy, cada gesto que realizamos por el otro se ha transformado en una transacción y se espera que siempre recibamos algo a cambio.

Los niños quieren que les paguemos cuando les pedimos que ordenen su pieza, los voluntariados son cada días más escasos y si alguien pide un simple favor la pregunta refleja es “¿pagan?”. “¿Me ayudas a cambiarme de casa? = ¿pagan?”, “¿Me revisas un texto? = ¿pagan?”, “¿Me puedes traer los jueves a Juanito? = ¿pagan?” Son lógicas cada vez más frecuentes entre AMIGOS. Esto no quiere decir que pretendamos que las personas con las que tenemos lazos de afecto no nos cobren por su trabajo, pero querer recibir lucas por todo me parece mucho y desolador. Hay acciones que se hacen por simple cariño. Punto final.

No es mi problema

Está quedando la hecatombe en la casa colindante, echaron a tu partner de la pega por una injusticia, al compañero de tu hijo no lo invitan a ningún cumpleaños, fuiste testigo de un acto deshonesto en tu grupo de amigos y la tendencia natural es pensar “para que me voy a meter si no es mi problema”, y rápidamente correr hasta Tierra del Fuego sin siquiera parar a hacer pipí.

Eso es lo que nos nace de la guata, el primer instinto. Pero, ¿qué pasaría si todos los seres humanos pensaran así? Claramente habría que cerrar por fuera y decir “hasta la vista baby”. Pero como soy una convencida que siempre hay más gente buena que mala, y que los pequeños gestos que cambian la vida de los otros se hacen de manera piola y sin fuegos artificiales, tengo mucha fe. Fe en que hay más que quieren asumir el problema de otro como propio, empatizar con lo que sufre el que está sentado a 30 centímetros mío y levantar la mano para decir que lo que está sucediendo no es correcto. Hay mucha gente dispuesta a meterse en problemas (en el buen sentido de la palabra, no a lo Pablo Escobar), a salir de su acogedor y cómodo metro cuadrado, a jugársela por lo que cree y piensa. Y te aseguro que si piensas en la gente que te ha marcado en la vida te darás cuenta que pertenecen a ese grupo de valientes que son capaces con pequeños actos hacer de este mundo un lugar mejor.

¿Estás de acuerdo? ¿Qué frases te gustaría que se dejaran de usar?

Magdalena Cárcamo – Periodista

Fuente: www.eldefinido.cl

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