Los afectos son la manera de ubicar lo que nos afecta

Ayer mantuve una entretenida conversación con un amigo que imparte clases en primaria. En un determinado momento me confesó con cierto tono apesadumbrado algo que activó mis sensores: «Por lo que estoy viendo en los lugares por los que me muevo, creo que la pandemia no va a cambiar a muchas personas». Como un resorte salté y le respondí: «La pandemia no va a cambiar a nadie. Ni la pandemia ni la pospandemia. Nada nos cambia. Nos cambiamos nosotros. Sólo hay movilización en aquellos que utilizan lo que ocurre y lo que les ocurre como instrumento de análisis y palanca de transformación. Da igual la magnitud o la irradiación de las circunstancias que suceden en derredor, si uno prescinde de incorporarlas a su reflexividad primero y a su campo valorativo después». Mi amigo asintió, y aproveché para lanzar un interrogante: «¿Por qué te crees que hay tantas personas que se mueren a los 27 años, pero no las entierran hasta pasados los 72?». Al soltar esta invectiva pensé en la afectabilidad humana. Conviene recordar que todos tenemos afectabilidad como especie, pero la afectividad como entramado, además de depender de causas multifactoriales ajenas al sujeto, también está atravesada de criterios personales. La afectabilidad es la capacidad de que nos afecten las intervenciones del mundo en nuestro mundo. La afectividad es la forma de ubicar sentimentalmente en la particularidad de nuestro mundo lo que nos afecta de nuestro trato con el mundo.

La afectabilidad faculta que el mundo nos afecte en tanto que somos la compaginación rotatoria de relaciones tanto electivas como no escogidas con las que nuestra biografía no ceja de jalonarse. Esa recepción y afectación se traduce en afectividad. No es extraño que Hume denomine afecciones a los sentimientos. En Ciudad princesa leo a Marina Garcés que «los afectos no son solamente los sentimientos de estima que tenemos hacia las personas o las cosas que nos rodean, sino que tienen que ver con lo que somos y con nuestra potencia de hacer y de vivir las cosas que nos pasan, las ideas que pensamos y las situaciones que vivimos». Algo se presenta ante nuestra atención, interfiere en la inercia en la que solemos armonizarnos, nos zarandea, lo pensamos y lo alojamos en el juego de preferencias y contrapreferencias con el que establecemos las valoraciones afectivas de lo que nos sucede y de lo que hace que estemos sucediendo. De repente, brota un afecto que nos acomoda en una manera concreta de apostarnos en el mundo. En la conversación entre yo y yo acaba de implosionar una mutación destituyente y constituyente a la vez. No necesariamente ha de ser un acontecimiento aparatoso y catedralicio que percute con sus turbulencias en las narraciones de todas nosotras simultáneamente, o en el entramado afectivo de cualquiera de nosotros. Lo sabemos de sobra aunque somos renuentes a aprenderlo: la vida suele estar agazapada en los detalles que nos hacen sentir vivos.

Un afecto puede impugnar o recalcar la cosmovisión que tenemos de nosotros mismos. Puede alcanzar la inauguración de un yo que inopinadamente se lee inédito y renovado. La presencia hipnótica de un tú puede lograr metamorfosis en otro tú, que unas palabras entrelazadas con silencios y otras palabras tanto proferidas como escuchadas nos hagan menos borrosos o incluso mucho más nítidos. Todo esto es posible gracias a la afectabilidad con la que se imprimen nuestros afectos en una gigantesca trama de evaluaciones en la que intervienen la memoria (como llave de acceso al pasado), las expectativas (como herramientas para dar forma al futuro), los relatos sobre la definición de lo posible (como material para construir presente). A pesar de que secularmente se ha segregado el mundo de los afectos del mundo de la racionalidad, los afectos no son inmunes a los argumentos. La argamasa discursiva tiene capacidad transformadora sobre los sentimientos, y a la inversa, en una deriva de retroalimentación en la que no existe un antes y un después, sino simultaneidad. Aquí radica la relevancia de abrir espacios para confrontar narrativas disonantes y tomar el riesgo de ser afectado por ellas. En mis conversaciones más confidentes repito mucho que todo de lo que se da uno cuenta después está sucediendo ahora. A la incesante valoración de ese ahora en continuo curso sobre sí mismo la llamamos sentimientos, es decir, lo que recogemos de afuera para ordenarlo de nuestra piel para dentro. Al afectarnos nos muta y al mutarnos nos afecta. Bienvenidas y bienvenidos a la circularidad sin fin en la que habitamos mientras no dejamos de estar sucediendo.

José Miguel Valle.  Escritor y filósofo

Imagen portada : Obra de Petra Kaindel

 

  

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La Confianza

Sentirnos confiados es una necesidad básica que nos acompaña durante toda nuestra vida.

En psicología del desarrollo, la primera etapa descrita en la Teoría Psicosocial de Erikson se conoce como Confianza-Desconfianza. Esta se da desde el nacimiento hasta aproximadamente los 2 años de edad. La confianza básica comienza en el minuto que nacemos y como fuerza fundamental de esta etapa, nace la certeza interior y la sensación de bienestar en lo físico y psíquico (ser acogido, recibido y amado). La desconfianza básica se desarrolla en la medida en que no encuentra respuestas a las anteriores necesidades, dándole una sensación de abandono, aislamiento, separación y confusión existencial sobre si, sobre los otros y sobre el significado de la vida. Cierta desconfianza es sana y significativa ya que nos permite desarrollar la prudencia y la actitud crítica. La resolución positiva de esta etapa permite que aparezca la esperanza, que da sentido y significado para la continuidad de la vida.

La confianza una vez superada la primera etapa, podemos entenderla como la esperanza firme que una persona tiene en que algo suceda, sea o funcione de una forma determinada, o en que otra persona actúe como ella desea. También se puede entender como la seguridad, especialmente al emprender una acción difícil o comprometida.

La confianza en otros se construye o destruye a partir de una serie de juicios que tenemos respecto de una persona u organización, de acuerdo a lo que hace o deja de hacer.

Para poder profundizar aún mejor en la Confianza podríamos decir que existen 4 niveles de confianza que valen la pena distinguir:

1) Confianza basada en la buena intención de otro. Es decir confío en su integridad y sé que intentará obrar bien.

2) Confianza basada en las competencias con las que cuenta la persona. Acá se confía en las capacidades y en la       preparación técnica que tenga la persona u organización para realizar determinada tarea.

3) Confianza basada en la historia de hechos que demuestran ser confiables. Una y otra vez me ha demostrado con acciones concretas que puedo confiar en él o ella.

4) Cuán involucrado está con lo que hace una persona. Una persona que se ve se entrega 100% a cumplir con la tarea, invierte tiempo, ganas y entusiasmo por que así sea, esa actitud comprometida genera confianza.

Generar confianzas nos toma una vida y perderla puede ser extremadamente fácil por ende son nuestros hábitos y nuestras virtudes los mayores protectores de esto. En la actualidad creo que hay razones de sobra para transformarnos cada día más en personas desconfiadas y me resisto a vivir en un mundo con esa mirada. Cuándo desconfío de todo, sólo me preocupo de mi  bienestar, no velo por el bien común, dejo de ser yo mismo por temor a las consecuencias y estoy sobrepasando reglas valóricas centrales de la convivencia humana.

Vivir entre personas en las que confiamos cambia nuestra experiencia de vida, corporalmente se siente una energía expandida, relajada, mentalmente saca nuestro mayor potencial, permite que nos desafiemos, que aprendamos de manera continua,  socialmente permite que cuidemos a los demás porque sabemos lo que se siente ser cuidado, se practica la lealtad y se promueve la comunicación franca y honesta que nos hace crecer y mejorar día a día. La confianza nos permite mirarnos y mejorar siempre.

¿Cuánto crees que confías en la gente?

¿Qué acciones crees que demuestran tu confianza en los demás?

¿Cómo supero mis temores para volver a confiar?

¿Cómo promover espacios de confianza en el trabajo, la familia u otra agrupación de personas?

 

 

florencia_vargasFlorencia Vargas Schmauk

Conoce más de Florencia AQUI

Psicóloga U Andes

 

 

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