Padres seguros, Hijos felices

En cada era en la historia de la humanidad la paternidad ha tenido sus propios desafíos, y hoy estamos en un momento único en ese sentido. Los medios digitales han modificado nuestra relación con el mundo y las esferas de influencias en nuestras familias. El gran avance en la conciencia de los derechos del niño ha dejado a muchos padres en una situación de incertidumbre porque no saben cómo educar de otra manera. Pienso que vivimos bajo el influjo tres ilusiones.

1. La ilusión del perfeccionismo. 

Estamos en una sociedad de la exigencia en la cual, muchas veces, el afán por coleccionar logros han minimizado la importancia de los procesos. Sobre adultos y niños pesan enormes expectativas en cuanto a su rendimiento. Hoy vemos más padres que HACEN muchas cosas, pero pocos padres que tienen tiempo para SER lo que tienen que ser. La comparación social es común y buscamos sobresalir. Los hijos, en algunos casos, se transforman en trofeos para exhibir. Sólo el logro de cosas extraordinarias es sinónimo de éxito en un mundo competitivo y globalizado. Cada vez las cosas tienen que ser mejores, espectaculares para sentirnos bien con nosotros mismos.

 2. La ilusión de que podemos tenerlo todo.

También la sociedad del consumo masivo nos lleva a un estado de insatisfacción generalizada. Pareciera que no podemos elegir y sentirnos totalmente satisfechos con nuestras decisiones. Me compro un celular nuevo y a los pocos meses aparece un modelo que promete ser mucho mejor, para peor, mi amigo se lo compra. Son tantas las opciones que tenemos que cada vez que elegimos sentimos que estamos perdiendo algo. Esto se observa en los adolescentes con los carretes. Tienen que ir a todo. Nos cuesta también distinguir lo que es una necesidad de un deseo.

3. La ilusión del control.

Otro gran tema es el miedo con que vivimos. Muchas veces es el motivador de nuestras decisiones. Creemos que nunca en la historia ha habido más violencia y crímenes, sin embargo hay estudios que muestran todo lo contrario. Cuidamos a nuestros hijos como esferas de cristal para protegerlos de todos los peligros y frustraciones posibles, incluso patologizando conductas que son incómodas pero perfectamente normales y parte de la experiencia de ser humano.  Contaba un psiquiatra que hay madres que piden hora cuando el hijo se saca mala nota, o cuando termina un pololeo, para ayudarlo a manejar su tristeza o frustración. ¡Es tarea de los padres consolar y tolerar los sentimientos negativos!

¿Cómo aprenderán a protegerse por sí mismos? ¿Quieres que las decisones de tus hijos estén basadas en el miedo o desde la convicción?

Todo esto suena agotador, y efectivamente somos padres cansados. Hay que hacer un esfuerzo por recuperar el control de la propia vida y en consecuencia de las propias decisiones.

Para tomar decisiones coherentes con quiénes somos hay que desarrollar un barómetro interior que te vaya indicando cuándo estás alineado y cuándo no. Pero antes debemos hacernos algunas preguntas relevantes. ¿Cuál es mi aspiración como madre o padre? ¿Qué valores son los más importantes para inculcar en mi familia? ¿Qué quiero modelar como educador?

Los beneficios de aumentar nuestra confianza como padres son una mayor satisfacción personal, ser modelos de una vida auténtica, más autoridad, creatividad y energía. Es tiempo de recuperar nuestra identidad parental.

Una clara identidad parental se desarrolla en el encuentro con uno mismo y la reflexión pausada. Hay que darse tiempo y espacio para hacer ésto.

Tres cualidades de una identidad parental clara:

1. Constancia y determinación

Nos permite aceptar en nuestra vida todo aquello que nos apoya en nuestros valores y aspiraciones y a aprender a decir no libremente a todo aquello que no ayuda. Al ser consistentes con nuestros valores empezamos  a pasar más tiempo haciendo las cosas que nos agradan y nutren, eliminamos aquello que nos quita energía y por ende, crece nuestra satisfacción con la familia que tenemos, eliminando la sensación de que nunca alcanzamos lo que queremos.

Hay que tener claro que no hay una sola forma de ser un buen padre o madre y que los hijos no necesitan que seamos perfectos o que les demos todo. Los niños necesitan padres suficientes, que logran satisfacer sus necesidades.

¿Qué necesitan los niños?

2. Padres predecibles. Piensa que te tienes que ir a vivir a otro país, con otro clima, otro idioma y donde no conoces a nadie. ¿Cómo te sentirías? ¿Quisieras contar con algún amigo que te guíe por la ciudad y sus costumbres? ¿Qué aumentaría tu confianza en esa situación? Los niños, desde que nacen, viven fuertes cambios constantemente. Salen del vientre materno, dejan de mamar y pasan a comer comida sólida, dejan la mamadera, aprenden a gatear, a caminar, a hablar, pasan a la sala cuna, luego al jardín, al colegio, entran en la adolescencia con todos los cambios que ellos significa, etc.  En realidad la vida siempre implica cambios, pero necesitamos una cierta estructura u organización que nos permita una estabilidad de base, que facilita el cambio y la flexibilidad.

Cómo adultos tenemos la capacidad de imaginar y planificar, los niños pequeños no. Por eso a ellos les pueden afectar enormemente los cambios, que para nosotros son nada. El que nosotros seamos capaces de organizar su ambiente de forma predecible (pero no inflexible), les ayuda a transitar en todos sus cambios sobre una base sólida. Las rutinas diarias de comida, baño, sueño, son una forma de dar estructura, pero también nuestra forma de interactuar frente a distintas situaciones, la disponibilidad y la coherencia en nuestro actuar le dan estructura a los adolescentes. Cuando los padres se enojan mucho porque llegó tarde, y al día siguiente le da lo mismo. O cuando lo castigo porque se hizo pipí, pero después le doy premios si no se hace, etc.

Así mostramos inseguridad y eso se traspasa. El niño está en un estado de alerta constante porque no sabe cómo van a reaccionar sus cuidadores y empieza a sentir que no es capaz de interactuar adecuadamente con quienes le rodean. Ellos no pueden pensar, “probablemente hoy no ha sido un buen día para mi papá”, ni pueden hacerse cargo de forma 100% autónoma de satisfacer sus necesidades básicas de alimentación o higiene. Los adolescentes quedan a la deriva y a merced de las influencias de  externas sin un guía que los ayude a transitar hacia la adultez.

Esto no significa que tengamos que ser inflexibles, Cuando hay ciertos patrones de respuesta más predecibles van haciendo asociaciones que después podrán reflexionar como causa efecto. Para los más grandes nos volvemos personas confiables y referentes.

3. Padres que permiten las equivocaciones. El crecimiento y el desarrollo, no sólo de cada persona, sino de nuestra especie humana, se basa fuertemente en el ensayo y el error. Cuántos modelos de ruedas tuvieron que hacerse y probarse antes de llegar a la que conocemos hoy, piensa en todo el trabajo y todos los intentos fracasados qué hay detrás de cada éxito, logro, avance o descubrimiento. Nuestros hijos, tienen que aprender y lograr muchas cosas a lo largo de su desarrollo.

Las guaguas nacen sin temor a equivocarse. Al observarlas notamos como una guagua intenta una y otra vez de encajar una pieza en su lugar, agarrar un juguete, darse vuelta, etc. A medida que van creciendo, por diferentes razones, los adultos vamos limitando este espacio de exploración, y nos hacemos menos tolerantes a los errores. En ocasiones podemos ser hasta implacables con equivocaciones que hasta nosotros como adultos cometemos. Si es primera vez que tu hijo está intentando ponerse su ropa, no podemos enojarnos si se la pone al revés. O si recién empieza a tomar en vaso, es probable que derrame, que se le caiga. Si aún no aprende a organizarse con sus tareas, habrá que ayudarlo y enseñarle más que criticar. Si pierde el celular, si se olvida de las tareas, etc.

Los padres confiados no tienen miedo al error y a la equivocación, porque saben que es lo natural para el aprendizaje, es más, valoran la falla, porque es la oportunidad de aprender a hacerlo mejor la próxima vez.

La confianza que da tener una sólida estructura con espacio para el error, permite ser flexible. Normalmente padres muy autoritarios e inflexibles, demuestran mucha inseguridad, porque significa que no saben manejar lo inesperado. Todos sabemos lo incierta que puede ser la vida. Hoy hubo más tráfico de lo habitual, llegamos más tarde y en realidad estás exhausta, podemos dejar el baño por hoy y no pasa nada. O tu hijo amaneció con fiebre, bueno a lo mejor lo puedo dejar que no coma los vegetales. Estamos viendo una película y disfrutando juntos, puede acostarse media hora más tarde. Ejemplos hay miles, la flexibilidad muestra la compasión con los hijos y con uno mismo también.

 Esto disminuye progresivamente la resistencia de los niños a cooperar, por eso ganamos autoridad. También la consistencia de nuestro actuar y decisiones les da una clara señal de que sabemos lo que queremos, que lo que les pedimos es razonable y hay algún fundamento detrás.

Pero no se trata de no tener dudas también. Todos hemos experimentado la inseguridad en nosotros mismos. Especialmente cuando nuestro instinto no calza con las expectativas de los padres perfectos.. No podemos esconder nuestras dudas de los niños, si podemos mostrar que la incertidumbre es parte de la vida y cómo salir de ese sentimiento incómodo a través de la reflexión.

Lo importante es mantener la coherencia e integridad con aquellos valores más importantes y que queremos enseñar.

¿Hay alguien que admires por su integridad? ¿Has tomado alguna vez una decisión difícil para defender tus valores? ¿Cómo te sentiste después?

Ante las miles de decisiones que tenemos que tomar cada día, no caer en la tentación de tener respuestas inmediatas, tienes derecho a tomarte tu tiempo para decidir. Esta es una forma de sentirse más satisfecho con las opciones que tomamos. Tomarnos el tiempo de hablar con los hijos de por qué se toman las decisiones es parte del desarrollo del pensamiento crítico.

¿Qué beneficios nos da la confianza?

  1. Menos estrés. Cuando educamos con confianza y seguridad estamos enfocados en lo que para nosotros es más importante, y esto puede ser diferente en cada familia. Cuando estamos enfocados en nuestros propios valores, creencias y objetivos tratamos de ser auténticos, dejamos de lado la presión por ser padres perfectos

  2. Hijos con coraje. Cuando los niños sienten esa seguridad, saben lo que va a ocurrir, sienten que equivocarse es parte normal de la vida lo que aumenta su creatividad y si cuentan con padres presentes, colaboran más. La confianza que les damos les permite contribuir sin temor a ser criticados.

  3. Disfrutas más tu paternidad. A veces la crianza se transforma en una carga muy pesada, porque implica taaaaantas exigencias y expectativas, que supera la capacidad de cualquier ser humano. Cuando con confianza te enfocas en tus prioridades y las necesidades de TUS hijos, te liberas de muchas cosas que no necesitas y empiezas a vivir tu paternidad o maternidad con más alegría. Además, los padres seguros tienen la mirada puesta en el largo plazo, no se angustian con los traspiés o las dificultades presentes, confían en el proceso de sus hijos, y por eso tienen menos emociones negativas.

¿Qué factores disminuyen nuestra confianza?

1. Altas exigencias. El temor a los juicios de los demás es un fuerte inhibidor de la confianza, porque al empezar a tomar decisiones para satisfacer a otros dejamos de escuchar nuestras propias voces interiores. Ya no miro la necesidad de mis hijos y las mías, sino que hago lo que otros me dicen. Dejo de lado mis prioridades. Esto no significa no oír consejos ni desatender a lo que me puedan decir en el colegio, pero para tomar bien los consejos y orientaciones, tengo que tener claro qué quiero yo como mamá o papá. Hoy en día por ejemplo, la lactancia materna, para muchas mujeres es terrible, porque por todas partes se fomenta y se mira mal a la mujer que le cuesta, que no puede o que por sus circunstancias ha decidido no amamantar. Obviamente es muy recomendable hacerlo, pero puede haber circunstancias en que es legítimo tomar otros decisión. A los padres se les pide mucho y se les culpa de todo, pero reciben muy poca ayuda

2. Demasiada información. Está bien informarse, por supuesto, pero hay que saber elegir. Desde el consultorio, en internet, en el matinal, en el diario, la radio, se habla de cómo educar, cómo comer, cómo enseñar, cómo esto y lo otro. Un día te dicen la leche hace mal, al día siguiente otro gurú dice que hace bien. ¿Cómo distinguir qué es lo que me puede ayudar a mí? Eso requiere conectarse con uno mismo y con las necesidades de tus hijos.

3. Falta de autocuidado. ¿Cuánto tiempo te dedicas a tí mismo? ¿Cómo está el sueño y la alimentación? ¿Tienes algún tipo de práctica espiritual que te ayude? Nadie nos va a poner en primer lugar, eso es algo que cada uno tiene que hacer. Es difícil, pareciera que no hay tiempo pero el autocuidado pasa por analizar qué cosas me hacen daño y tomar la decisión de dejar de hacerlas. A su vez aumentar lo que me hace bien. Poco a poco, ayuda a estar menos estresado y más tranquilo y por eso tomamos mejores decisiones. Educar requiere mucha energía.

Ideas para desarrollar una clara identidad parental:

  1. Habla sobre este tema periódicamente, con la pareja, con amigos.

  2. Cultiva la gratitud por todo lo que tienes, y especialmente por las fortalezas de tus hijos y tu familia.

  3. Toma tiempo para retirarte y reflexionar

  4. Toma conciencia de las exigencias que te agobian y que te desenfocan de tus prioridades.

  5. Observa cómo vas recuperando tu confianza y celebra, prémiate para seguir adelante.

Alejandra Ibieta I, 

de AMA Consultora Parental

Articulo extraido de www.talleresama.cl

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Cómo evitar que el perfeccionismo y la necesidad de reconocimiento externo te mantengan bloqueada

He hablado varias veces con clientes de mi programa PQH sobre la necesidad que a veces tenemos de reconocimiento externo y cómo muchas veces nos afecta más de lo que queremos.

Quizá te haya pasado a ti también.

Esa necesidad de que los demás reconfirmen que lo has hecho bien, que parece que si no hay un reconocimiento externo lo que has hecho no vale tanto para ti.

Que si no te felicitan o de dan un premio o te nombran, es como si no hubieras hecho nada.

¿Te suena?

Ese estar preguntándote si de verdad lo has hecho bien, la necesidad de que alguien te de una palmadita en la espalda. Cuando lo ideal sería que no lo necesitaras.

Que sí que está bien que te reconozcan los méritos, pero no que te sientas insegura o que dudes interminablemente si no te lo han confirmado varias veces, o varias personas, o varias veces varias personas.

Y, ¿qué puedes hacer al respecto, entonces?

 

Hoy quiero compartir contigo algo que a mi me ayuda mucho y que, poco a poco, podrá hacer que no dependas tanto de ese reconocimiento externo.

Porque muchas veces lo que opina la gente te detiene a la hora de cambiar de profesión, por ejemplo.

Especialmente si estás pensando en un cambio radical a otro campo que quizá no sea tan reconocido o no tenga tanto prestigio.

Entonces…

Cada vez que hagas algo importante para ti, en vez de preguntarte si lo has hecho bien (y mirar alrededor para ver la cara que ponen los demás), pregúntate en su lugar:

 

¿Ha sido importante para mí?

¿Me ha hecho feliz?

¿Ha supuesto un desafío para mí?

 

Porque eso es lo verdaderamente importante. Y si vas cambiando las preguntas que te haces interiormente, podrás cambiar tu actitud y tus actos.

Si eso no fuera suficiente y te dijeras, por ejemplo: “Sí, para mí sí pero, ¿de verdad, lo habré hecho bien?”

Piensa entonces:

 

¿Qué pensaría si no necesitara que alguien me lo confirmara?

¿Y qué haría?

 

Y lo haces.

 

Por ejemplo:

¿Qué pensaría si no necesitara que alguien me confirmara que he dado bien esta charla?  Pensaría que lo he hecho estupendamente y que me merezco celebrarlo.

¿Y qué haría? Ir a celebrarlo, sonreír de oreja a oreja y estar muy feliz.

Pues eso es lo que tienes que hacer. Así evitas que las dudas te paren y actúas como si no estuvieran ahí.

Y ahí está el quid de la cuestión, que lo haces igual, no te quedas bloqueada o te vas a casa desanimada.

 

A mí esa pregunta “de ¿qué haría si no… o si ya tuviera X?” me ayuda muchísimo a cambiar mi actitud y centrarme.

Si la usas, poco a poco te irás dando cuenta de que ya no necesitas ni preguntártelo porque te empezará a salir de forma natural.

Y eso es justo lo que queremos.

No que no necesites el reconocimiento externo (eso probablemente requerirá más trabajo o la ayuda de un psicólogo), sino que no te afecte, no te entristezca, no te agobie o te paralice. O al menos no demasiado.

 

Así que la próxima vez que te sientas así recuerda estas preguntas:

1 – ¿Ha sido importante para mi? ¿Me ha hecho feliz? ¿Ha supuesto un desafío para mí?

2 – ¿Qué sentiría si no necesitara que alguien me lo confirmara? ¿Qué pensaría? ¿Y qué haría?

 

Y lo mismo para el perfeccionismo.

Teniendo en cuenta que si eres perfeccionista lo que a ti te parece normal estará muy bien hecho, cuando veas que no eres capaz de lanzarte porque el perfeccionismo te para, pregúntate exactamente eso “¿Si no fuera perfeccionista que pensaría de esto? ¿Que haría?”

Y el 99,9% de las veces (por no decir el 100%) tú misma te dirás que la respuesta es “pensaría que está bastante bien/muy bien” y “lo haría ya mismo”.

Así que pruébalo y me dices si ves alguna diferencia. Recuerda que lleva un tiempo, es cuestión de usarlas y de ser constante.

Y, por supuesto, si tú ves que te afecta muchísimo no dudes en consultar con un psicólogo que es quién más te podrá ayudar en estos casos.

Yo solo comparto las preguntas que yo uso y me funcionan a mí esperando que te sean útiles a ti también : )

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Libérate del perfeccionismo

Si crees que no eres perfeccionista, porque te consideras un desastre, que no te resultan las cosas como quieres o te sientes frustrada cuando miras para el lado,  sigue leyendo. Puede que te sientas así precisamente porque estás atrapada en la trampa del perfeccionismo.

Me encanta la canción de Bruno Mars “Just the way you are” (Tal como eres), especialmente la estrofa que dice: “Tu sabes que nunca te pediría que cambies. Si estás buscando la perfección, entonces quédate cómo estás.” Hoy la tengo como ring tone en mi teléfono porque me recuerda, por una parte que soy suficiente, y por otra, que mis hijos, mi marido y todas las personas a las que amo, también lo son.

Tengo más de alguna historia con el perfeccionismo. La maternidad es una de ellas. Siendo Coach y Educadora Parental al mismo tiempo que madre de siete hijos, es difícil sacarse la etiqueta de madre perfecta, o “seca”, como muchas clientas me dicen. Y yo sé, por dentro, que estoy lejos de las expectativas de la gente. Todos los días podría hacer una larga lista de errores y de inconsecuencias en la relación con mis hijos. Muchas veces, en Coaching o haciendo algún taller, me maravillo de las capacidades y habilidades de madres estupendas, y al mismo tiempo dudo de mí y me digo “iCómo yo puedo estar enseñándoles algo que no soy capaz de hacer consistentemente en mi propia vida!” Esa es la voz de mi crítico más feroz: yo misma. Pero ahora tengo otra voz dentro mío, que me dice: “no te preocupes, sigue adelante, lo que haces ayuda a muchas personas y como mamá estás genial, estás dando tu mejor esfuerzo”.

El perfeccionismo tiene que ver, ante todo, con cuánto nos valoramos y nos queremos incondicionalmente. Por eso, normalmente, nuestras historias de perfeccionismo tienen origen en experiencias tempranas. Nuestro anhelo más profundo como seres humanos es ser aceptados incondicionalmente, pertenecer y sabernos valiosos. El perfeccionismo es la falsa “… creencia de que si nuestra vida es perfecta, si parecemos perfectos y si actuamos perfectamente, podemos minimizar o evitar el dolor, los reproches, la crítica y la vergüenza…es un escudo de veinte toneladas que acarreamos creyendo que nos protegerá, cuando en realidad, es LO que está, de hecho, previniendo una vida auténtica. (Bréne Brown, Los Dones de la Imperfección)

Por eso, lo opuesto del perfeccionismo no es la imperfección, el error, la falta de responsabilidad, el desorden, etc. Lo opuesto a perfeccionismo es la autenticidad, la capacidad de mostrarnos tal cual somos, nuestra originalidad, desde una posición: soy suficiente, soy digno de ser amado y me puedo equivocar mil veces, pero eso no cambia cuánto valgo. Por este motivo, para liberarnos del perfeccionismo y vivir una vida más auténtica necesitamos de los demás.

Más que relacionarse con cuán bien hacemos las cosas, se refiere a las intenciones con que las hacemos o porque las hacemos. La intención del perfeccionismo es cumplir las expectativas de otros por el miedo al rechazo. Aquí está la trampa: nuestro mayor deseo como seres humanos es ser aceptados y pertenecer, por temor a no alcanzarlo aparentamos cosas que no somos, al tratar de encajar de esa manera nunca nos sentimos realmente satisfechos porque, obviamnete, la aprobación externa es aparente. “No saben quien soy en realidad.”

¿Qué gatilla en nosotros el perfeccionismo?

Como causas ambientales o externas podemos señalar tres ilusiones de la cultura occidental contemporánea:

1. Creemos que podemos TENER todo.

En el mundo occidental la libertad es un valor fundamental, y el ejercicio de la libertad se realiza en nuestra capacidad de decidir. En una sociedad de consumo pensamos que mientras más opciones tengamos mejores serán nuestras decisiones y mayor es nuestra libertad.

¿Conocen personas que no son capaces decidir sin antes ver toooooodas las opciones?

Al parecer hay un punto en que tantas opciones nos paralizan y algo aún peor, cuando elegimos, al poco tiempo nos sentimos insatisfechos por haber dejado de lado cientos de alternativas. Hay personas que se compran el iphone 10 y cuando a los dos meses sale el 11, sienten que el suyo ya está obsoleto. Conozco a una persona que cuando se compra una blusa o zapatos o cualquier cosa, se lleva uno de cada color, porque no puede decidir sin sentir que su elección no es la mejor.

“Saber cuando algo es suficientemente bueno requiere conocerse a uno mismo y tener claro lo que es realmente importante.” (Barry Schwartz, La Paradoja de la Decisión)

¿Cómo lograr la satisfacción con las propias decisiones?

¿Cuándo algo es suficiente?

2. Creemos que podemos HACER todo. 

Para las mujeres se hace aún más difícil por los estereotipos que nos rodean. Tenemos que ser buenas madres, hijas, esposas, dueñas de casa, profesionales, mantenernos bien físicamente, y nunca mostrar nuestro cansancio. Esto lleva, a veces, a un desquiciamiento total, que nos hace correr todo el día sin parar, pasándonos a llevar. Somos el último lugar en nuestra lista de prioridades y dejamos de lado nuestro autocuidado.

El perfeccionismo nos lleva a perder los límites entre lo que somos y las expectativas de otros. Un requisito fundamental para liberarse de esta trampa es aprender a poner límites.Hasta aquí llego. Nosotras no tenemos la obligación de resolverle los problemas a otros, ni asumir responsabilidades ajenas, ni anticipar los deseos de otros. Y si alguien se enoja con nuestras decisiones, está bien. Es imposible complacer a todo el mundo.

Es imprescindible reconectarnos con nuestros sentimientos y deseos para decir que no.

Un buen paso para empezar es analizar cuánto tiempo le dedicamos a cada cosa que hacemos, y revisar qué es lo más importante En nuestra vida. Luego contrarrestar: ¿cuánto tiempo le dedico a mis verdaderas prioridades? ¿Estoy malgastando mi energía en cosas que en realidad no son las que más me motivan?

3. Creemos que podemos CONTROLAR todo.

No toleramos la incertidumbre. Existen estudios acerca de esto. En nuestra mente creemos que manejamos muchas más variables de lo que en realidad podemos, y los cambios o resultados inesperados nos generan una inmensa frustración e insatisfacción con la propia vida. Aceptar la incertidumbre es muestra de sabiduría, a veces, nos damos cuenta de ello muy tarde en la vida.

Gilda Radner, actriz, escribió antes de morir cáncer: “ Quería el final perfecto. Ahora lo he aprendido, de la manera más dura, que algunos poemas no riman y algunas historias no tienen  un claro comienzo, intermedio ni final. La vida se trata de no saber, aprovechar los momentos y hacerlo lo mejor posible, sin saber lo que pasará después. Deliciosa ambigüedad.” 

Otros gatillantes del perfeccionismo son internos, y normalmente tienen su origen en la infancia o la adolescencia gracias a experiencias dolorosas con el amor que nos hacen dudar de nuestra capacidad de ser amados. Una de las razones es que tradicionalmente se ha entendido la educación como corrección, y el método de la corrección es la crítica. La crítica permanente nos lleva a tener una visión negativa de nosotros mismos. No nos damos cuenta que poco a poco empezamos a sentir vergüenza de lo que somos.

Es algo que todos experimentamos alguna vez. A veces pensamos que la vergüenza es algo que sucede a personas que han sufrido traumas, la verdad es que todas esas historias de dolor en la niñez o adolescencia o en la adultez son pequeños traumas.

Imagina una situación de mucha vergüenza que hayas vivido alguna vez.

¿Qué sentiste y cómo se manifestó en tu cuerpo?

¿Cómo actuaste?

La vergüenza es un sentimiento de la familia del miedo y se manifiesta con síntomas de dolor. Produce el mismo estrés, hormonas y respuestas fisiológicas que cuando sentimos un dolor físico. Frecuentemente las personas responden a la vergüenza arrancando o escondiéndose, complaciendo al crítico o atacando y avergonzando a otro.

Todas estas acciones exacerban la vergüenza porque son movimientos que buscan evitar sentir y la fuerza de la vergüenza descansa en el secreto y en la negación. Creemos que haciendo todo lo posible para que aquello que nos da vergüenza no se sepa, estaremos bien, sin embargo, queda dentro el dolor y sobre todo la sensación de soledad porque pensamos que nadie soportaría nuestros secretos.

¿Cómo romper el círculo?

Primero: reconocer los síntomas físicos y el dolor emocional. Así cuando tengas un ataque de vergüenza lo primero es decir “Sí, siento vergüenza”. Reconocer los mensajes y expectativas que provocaron en ti la vergüenza. Tu hijo te dijo que te odiaba y que eras una amargada. Enfrenta tu dolor. Te duele porque te recuerda que estás repitiendo un patrón de comunicación que quieres evitar.

Segundo: pensar en forma crítica. Somete estos pensamientos a una evaluación de contraste con la realidad. Soy un desastre, me olvidé completamente de la reunión del colegio. ¿Soy realmente un desastre? ¿Voy a dejar que esto me defina como mamá? ¿Soy la única persona en el mundo que ha olvidado una reunión alguna vez?

Tercero: encontrar a alguien con quien hablar de tu vergüenza, alguien que tenga el derecho a escuchar tu historia. No necesitamos el amor incondicional ni la aceptación de todo el mundo, sólo de aquellos que son nuestros más cercanos. Contar tu historia permitirá que te hagas dueña de ella y no que la vergüenza te domine a ti.

Las comparaciones también son una fuente de nuestro perfeccionismo.

La razón de por qué el perfeccionismo no tiene nada que ver con la superación personal es porque normalmente nos comparamos con iguales. De ahí el dicho el pasto del vecino siempre es más verde. Nuestro objetivo es destacar, pero no desencajar del grupo. Se castiga la originalidad y esto paraliza nuestra creatividad. Y qué tenemos a nuestro alrededor: uniformidad, casas todas iguales, hijos que estudian todos lo mismo, veraneamos en los mismos balnearios, vamos a los mismos restaurantes, etc.

Las comparaciones llevan a la competencia y la competencia nos hace esforzarnos lo necesario para ganar una carrera, nada más.

En cambio cuando ponemos nuestra mirada en personas que no son nuestros vecino, que inspiran, nos conectamos con nuestros ideales. Al inspirarnos somos más creativos, vamos buscando las formas de expresarnos de manera original. Otra forma de inspirarse es pensar en tus sueños de infancia o de adolescencia, ¿dónde quedaron?, ¿cómo se han ido cumpliendo o quedando en el camino?

Las comparaciones son fuente de amargura, la inspiración es fuente  de gozo y gratitud

Al hacernos más resilientes a la vergüenza y dejar de darle tanto valor a lo que piensan los demás y a las comparaciones nos volvemos personas más auténticas. Pero no se trata de que no nos importe nada ni de andar diciendo todo lo que pensamos, aunque a otros les duela. porque para ser auténticos necesitamos establecer vínculos afectivos sanos y satisfactorios. Para tener el valor de mostrarnos imperfectas, establecer límites y permitirnos ser vulnerables, debemos experimentar la aceptación y amor incondicional. No es fácil entregarse al amor sin resguardos, mostrando nuestro ser vulnerable, pero es la única manera de creer que somos suficientes.

La neurociencia está comprobando que estamos hechos para conectar. Nuestro cerebro está lleno de neuronas espejo que de forma innata nos permiten entender el estado mental de otras personas. A, su vez, esto permite algo que se llama la resonancia límbica. Se produce entre la madre y su guagua que sincronizan en armonía sus latidos, su angustia, su paz. Este tipo de conexión profunda, satisfactoria y de bienestar, no es posible cuando somos perfeccionistas. Encajar no es lo mismo que conectar. Cuando conectamos con otro, sentimos que pertenecemos. Cuando encajamos sentimos que no pertenecemos y estamos fingiendo que sí.

No necesitamos a muchas personas para experimentar la aceptación. A veces nos pasamos tratando de agradar a todo el mundo, menos a las personas que realmente importan.

¿Quiénes son esas personas para tí?

Muchos estudios vinculan el perfeccionismo con trastornos del sueño y alimentación, depresión, estrés, ansiedad, colon irritable, insuficiencia cardíaca, muerte precoz. La autenticidad no sólo nos hace más felices, es un factor protector para nuestra salud.

La autenticidad es el mejor regalo que podemos dar a las personas que amamos, eso es lo que importa.

Cuando estés en un dilema de autenticidad:

Usa un mantra que te ayude a mantener tu intención. (Just the way you are)

Inspírate, mira a los valientes.

Sigue, puede que tus sentimientos salgan heridos, pero nunca te avergonzarás de ser auténtica. Que tu objetivo sea ser auténtica no obtener aprobación.

El perfeccionismo no te afecta solo a tí. Arrastra a todos a tu alrededor, tus hijos, en el trabajo en las relaciones con los amigos.

EDUCAR PARA LA AUTENTICIDAD

Los hijos son en parte una proyección nuestra y son un ámbito en el cual nos cuesta un mundo aceptar la incertidumbre. Nada asegura que los hijos tendrán la vida que soñamos, pero lo único sobre lo que podemos tener control es en desarrollar un buen vínculo. No es posible si queremos hijos perfectos. ¿Son tus hijos suficientemente buenos a tus ojos?  ¿Puedes decirle quédate tal como eres? ¿Qué cualidades aprecias? ?¿Cómo podrías demostrarle tu amor incondicional y aceptación?

Evita las etiquetas, las comparaciones. Ya vimos lo que provocan.

Más interacciones positivas. Hablamos de la correlación que existe entre la crítica y el perfeccionismo. Cuando nuestros mensajes son siempre negativos los niños crecen con la sensación de estar fallados, de que son ellos un problema, de no ser aceptados. Si la mayoría de las veces, en cambio, reciben feedback positivo, un cariño, amabilidad, compasión de parte nuestra, se sentirán amados y suficientes. Valiosos.

Registra hoy en la noche cómo estuvieron las interacciones durante el día. Podrán notar si hay una tendencia hacia lo negativo o lo positivo.

Usar más tu intuición. Según algunos estudios, pareciera ser que ante un problema o dilema el cerebro toma pedazos de información que ha recibido previamente que generan esta sensación o impulso a hacer algo o a detenerse. Funciona en ambos sentidos y lo que se ha visto es que siempre es un movimiento hacia algo positivo, beneficioso o para cuidar un bien. No significa que sólo tengamos que seguir nuestra intuición, pero puede ayudar cuando recibimos infinitas cantidades de información. Nuestra necesidad de certezas y controlar todo nos lleva a desoír la intuición.

En mayo comenzaremos el taller El Poder de tu Vulnerabilidad y los Vínculos donde profundizaremos en estos temas y entregaremos herramientas concretas que te ayudarán a conectarte con tu ser más auténtico.Si estás interesada haz click.

Alejandra Ibieta I, 

de AMA Consultora Parental

Articulo extraido de www.talleresama.cl

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