Dices que sí, aunque prefieres decir que no…

Un buen conocido que es psicólogo y orientador profesional, me habló de uno de sus clientes en coaching de carrera profesional, y de su problema. Fue como un déjà-vu: ¡Sí, algo conozco del tema! !

Su cliente es un líder de equipo en una gran empresa. Un tipo que se involucra, que siempre está ahí para su gente, que siempre está atento a los deseos de sus clientes… Un ejecutivo, como muchos sólo pueden desear. Con cada fibra proyecta y muestra que quiere progresar, aspira conseguir los proyectos interesantes, es consciente de que tiene que mostrar compromiso (o “engagement” como les gusta llamarlo a algunos hoy en día) y lo hace.

Pero sigue insatisfecho. Por eso que contrata a mi amigo como coach para su carrera profesional: pero no progresa. Su jefe siempre le da los proyectos interesantes a otros. Colegas son ascendidos y él marca el paso. Lo considera extremadamente injusto y no puede explicarse a sí mismo por qué es así.

Nuestro amigo, el psicólogo, finalmente trata de dilucidar otra arista: “¿Alguna vez le has preguntado a tu jefe sobre ésto? ¿No? ¡Entonces hazlo, por favor!”

Una semana después habló con su jefe y le respondió: “Ya veo que te involucras, te esfuerzas y siempre estás ahí para todos. Realmente, también aprecio eso de ti. Pero los que progresan aquí, no son aquellos que siempre dicen que sí a casi todo, sino los que trazan límites y pueden decir que no, aunque sea desagradable, incluso si termina en fuertes diferencias o conflictos.

Desafortunadamente, muchas personas no son muy buenos para decir que no. Pienso, que ello no sólo es válido en el trabajo, sino también con respecto a la vida privada.

Un supuesto pequeño favor de un vecino, pero que lleva mucho más inversión de tiempo si se examina más de cerca; una solicitud de último minuto del jefe poco antes de la finalización del horario de trabajo; un deseo especial de un hijo, que debería hacerse realidad de inmediato, etc.  Hay miles de momentos en los que uno dice que sí, aunque uno hubiera preferido decir que no.

Y exactamente sucede lo siguiente: decir sí, pero querer decir no, es la causa de frustración y estrés. Y cuanto más sucede, más aumentan los niveles de estrés y la insatisfacción con uno mismo. Porque básicamente todo el mundo lo sabe: hubiese sido mucho mejor trazar un límite claro y manifestar respetuosa pero firmemente el propio punto de vista.

En el entorno profesional, pero también en la vida en general, sólo se puede asegurar que no se corre en la dirección equivocada, o que no se carga con demasiadas cosas propias y de otros, si se establecen límites y se dice que no de forma consciente y decisiva. Sólo así es posible concentrarse en las cosas que son realmente importantes. Es por eso, que algunas de las personas felices con su vida y que poseen una inteligencia especial, manifiestan que en buena medida es el resultado de lo que NO han hecho, porque han dicho que no.

¿Pero qué pasa si te resulta terriblemente difícil? Tal vez lograste construir una carrera laboral y una vida familiar, donde al decir sí a casi todo, luego de alguna manera las cosas se arreglan medianamente bien. Pero quizás de vez en cuando se te pasa por la mente, de que sería mucho mejor establecer límites más consistentes.¡Es decir, cómo pasar de un frecuente “sí” a un no-consciente!

Decir no, sin justificación:  exactamente. Te sugiero que digas que no a algo y que lo dejes como está. ¡Porque está bien decir que no! No tienes que irte y decir “déjame pensarlo” o dar razones fingidas. Porque puedes expresar tu determinación sin necesidad de justificar tu “no”. Eso se puede vestir educadamente, si a pesar de todo sigues siendo coherente y sin justificaciones. Es decir, algo así como: “no, lo siento, pero no estaré allí para la cena.” Punto. Sin “Porque yo…” o “No puedo, porque…”

Así es que: “No, no puedo hacer este trabajo ahora.

“No, no llamaré allí en tu nombre”

“No, gracias. No quiero eso.”

Sí, es así de simple.

Simplemente aguanta el “chaparrón” y admite ante tu contraparte, que acepte tu no en esta franqueza. Por favor, no pienses en cómo puedes complacer al otro de alguna manera por la puerta trasera. No necesita largas explicaciones. ¡Eso no es necesario!

Por ejemplo, si – por cualquier razón – no tiene sentido responder a la petición de un cliente, la respuesta debería ser: “No. He decidido no hacerlo.

Eso es todo. ¿Por qué dar siempre largas explicaciones? Esto sólo abre la puerta a las renegociaciones: “Si no es ahora, ¿qué tal el mes que viene? ¿Y el año que viene? ¿Qué tal si lo piensas de nuevo?

Sólo di “no” sin razón: “He decidido no hacerlo”.

Pero también puedes decir “no”, con una justificación después de un cambio de perspectiva.

En el momento en que se establecen límites claros y se dice que no, siempre hay una tensión entre el poder y la relación. Con el “no” tomas una posición y te pones en un alto estatus. Sí, esto a veces es a expensas de la relación. Siempre es bueno para la relación si dices que sí: “sí, con mucho gusto, por supuesto, no hay ningún problema”. Eso significa: si siempre dices que sí, todo el mundo te quiere mucho. Pero honestamente, tampoco no te toman muy en serio cuando se trata de temas complejos. Así que siempre existe la tensión entre el ejercicio del poder y el cultivo de las relaciones.

Por eso es prudente buscar maneras de hacerle saber a la otra persona, que si nos preocupamos por ella, aunque le digamos que no.

¿Cómo puedes hacer eso si te niegas a un trabajo? – Por ejemplo, proponiendo a alguien que pueda aceptar el trabajo u ofrecer alguna otra forma de apoyo. Asegúrate, sin embargo, de que lo que ofreces sea fácil de realizar. De lo contrario, es mejor que aceptes la solicitud original.

Pero aquellos que no pueden o no quieren ofrecer ayuda alternativa, deben tratar de formular la respuesta de tal manera que el rechazo sea en el propio interés de la otra persona. Para hacer esto, necesitas hacer un cambio de perspectiva y no dar la razón por la que es bueno que te niegues, sino la razón por la que es bueno para el otro. Esta es una forma muy elegante de negarse.

Por ejemplo: Se le pedirá que participes en un panel de discusión en un evento que te parezca poco interesante y que simplemente te tomaría demasiado tiempo, la respuesta podría ser: “Lo siento, estoy muy ocupado profesionalmente en este momento, pero puedo sugerirte a XYZ que hará justicia al nivel de discusión que buscas”.

O la negativa a escribir un prólogo para un libro: “Siento no poder escribir el prólogo de tu libro. No soy lo suficientemente competente en el campo para hacerlo correctamente.”

Así que intentas formularlo en el mejor interés del otro.

Para ambos tipos de “no” – los que no tienen justificación y los que la tienen después de un cambio de perspectiva – vale la pena practicarlo. Porque de esta manera se puede desarrollar un “desafío a la mente, la capacidad de decir no en el momento oportuno”.

El resultado: más autoestima y una vida con menor estrés. ¡Sólo inténtalo!

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EL INMENSO VALOR DE ESPERAR MENOS Y PEDIR MÁS

¿Cuántas veces nos vemos enfrentados a la frustración o decepción de que nuestra amiga, pareja o hijo no hizo lo que yo esperaba? Vivimos esperando que los otros cumplan con aquello que imaginamos o con lo que necesitamos, pero que poco nos dedicamos a pedir eso que queremos, esperamos o soñamos. Es como que si por pedirlo y hacerlo explícito, el acto perdiera todo tipo de valor cuando el otro finalmente se decide a hacerlo.

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Innumerables son las veces que he visto a mis adolescentes en la consulta, a sus padres o parejas, pasar una y otra vez por la decepción de que el otro no hace lo que espero. Frases como: “…pero si ellas saben que tienen que preguntarme cómo estoy si me ven mal… ¿no es obvio?“, “…pero si él sabe que tiene que portarse bien en el colegio y hacer sus tareas…”, “… sabe que necesito ayuda en la casa…no necesito decírselo“, y así podría continuar eternamente. Nos vamos transformando en seres decepcionados de las relaciones que tenemos, desilusionados de aquellos que en teoría nos quieren y enrabiados de sentir que esos que más me aman no me entregan lo que yo espero, lo que necesito, lo que “ellos saben”. pero en realidad NO lo saben. Nos vamos sumergiendo en un círculo vicioso, que nos aísla, entrampa  e incomunica: con nuestra pareja, hijos o amigas. Empezamos a sentirnos poco queridos, menos entendidos, y muy solos en este mundo, en el cual sentimos que damos el máximo por el otro, pero ellos apenas  dan su mínimo por mí.

¿Será realmente tan así? ¿O será que ese mínimo para mí, es el máximo del otro? ¿Quizás el otro debe poseer poderes mágicos que lo hagan adivinar lo que necesito? ¿Será realmente que no me quieren, no me ven y no me valoran? ¿Cuántas veces hacemos explícitas nuestras necesidades? Mi experiencia en la consulta, y al escuchar a la gente que quiero y me rodea, en la mayoría de los casos me encuentro con personas que no piden, no dicen y no muestran lo que necesitan, eso que las hace felices o tristes o  lo que las hace sentirse queridas. Es en ese momento cuando se produce un entrampe y quiebre comunicacional que solo complejiza las relaciones, les quita profundidad y nos distancian del otro.

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¿Por qué dejamos de valorar eso que el otro hace, si se lo pido explícitamente? ¿Por qué carece de valor si lo hizo, después de que ya se lo pedí? Cada vez que pedimos y recibimos es exactamente el mismo regalo que cuando no lo decimos. Quizás cuando nos sorprenden, esa acción inesperada pasa a tener una mayor carga de emoción y felicidad, pero no por eso, recibir pidiendo carece de valor. Cuando demando y soy escuchada, ya es un regalo, cuando pido y soy explícita con lo que necesito, también  es un regalo para el otro, que puede conocerme y leerme en eso que me hace falta. ¿Por qué no regalarnos más transparencia en las relaciones? ¿Por qué no hacernos el regalo de pedir y ser escuchado? Cuando el otro escucha y decide darme eso que pido, es tanto o más valorado, que cuando no lo he pedido, porque esa persona se detuvo, conectó conmigo, me escuchó activamente, me entendió y me dió eso que tanto necesitaba.

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No entrampemos nuestras relaciones con expectativas irreales.  En esperar que el otro dé solo porque yo doy, en que dé lo mismo que yo estoy dando. La realidad es que todos somos distintos y eso que yo doy no siempre es lo que recibo, y eso que yo espero no es lo mismo que el otro puede darme. ¿Qué pasaría si aprendiéramos a ser más explícitos con nuestras necesidades? Estoy segura que desde el cariño incondicional que hay puesta en cada una de nuestras relaciones, eso que espero y pido finalmente se haría realidad.

Aprendamos a sentirnos queridos por todos esos gestos que hace el otro: mirarme, escucharme, detenerse, conectar, regalar, darme espacio y también cuando me da eso que pido. Dejemos de quejarnos por eso que el otro no hace porque no adivina y comencemos a pedir, abiertos a que el otro pueda darnos o no, eso que necesitamos…. y si decide darlo…no olvidemos que eso también posee un tremendo valor.

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Solo si logramos ser más explícitos, y dispuestos a recibir pidiendo, conseguiremos sentirnos queridos y acompañados en esta vida. Seamos menos exigentes con el resto y con nosotros mismos. Si necesito que mi hijo adolescente me salude cuando llega a la casa, que mi marido me ayude más en las tareas diarias, que nuestra señora nos dé tiempo solos, o simplemente si queremos que nuestros papás nos escuchen y acepten como somos… ¡PIDAMÓSLO! abiertamente y de corazón, explicándole al otro por qué es tan importante para mí. Y si eso llega… por favor no le quitemos el mérito! Valorémoslo aún más!

Me gustaría que nos pusiéramos el desafío de empezar a esperar menos y pedir más….¿Cuánto eso nos acercaría al otro?….no somos adivinos, lo que necesitas tu es distinto de lo que necesito yo… pide más…espera menos.

María José Lacámara – Conoce más AQUI

joselacamara@gmail.com

Instagram: @joselacamarapsicologa

 

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Aprendiendo a quererse a uno mismo

“Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados.

Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos sin límite.
Es nuestra luz, no la oscuridad lo que más nos asusta.
Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso?
En realidad, ¿quién eres tú para no serlo?
Eres hijo del universo.
El hecho de jugar a ser pequeño no sirve al mundo.
No hay nada iluminador en encogerte para que otras personas cerca de ti no se sientan inseguras.
Nacemos para hacer manifiesto la gloria del universo que está dentro de nosotros.
No solamente algunos de nosotros: Está dentro de todos y cada uno.
Y mientras dejamos lucir nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo.
Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás”.

Palabras recogidas en el Discurso de Nelson Mandela como Presidente Electo de Sudáfrica (1994) 

La baja autoestima y el no quererse a uno mismo es un problema de carácter global que cada día va en aumento. El hombre, por su naturaleza, se autoflagela con desprecios y críticas destructivas, se culpa de todo cuanto ocurre a su alrededor, dudando siempre de sus propias capacidades e infravalorándose hasta límites insospechados, quejándose y lamentándose continuamente de la vida que ha tocado vivir. Seguramente haya contribuido en todo esto, el haber recibido consciente o inconscientemente abusos en nuestra autoestima, sobre todo en uno de los periodo más críticos y vulnerables de la vida, como lo es la infancia. Frases que se repetían una y otra vez como “menudo burro que eres”, “imbécil”, “inútil”, “no sirves para nada”, “todo lo haces mal”, “eres un fracaso”, “para que lo vas a intentar si ya sabes cómo acabará”, “eres demasiado torpe”, etc.  y la percepción con la que experimentábamos tales sucesos en el momento de producirse, nos acompañará hoy en día en nuestras reacciones, y habrá forjado nuestro carácter (con sus consiguientes creencias limitantes) de adulto. Por lo general, nos tratamos a nosotros mismos como en el pasado nuestros padres lo hicieran con nosotros, de tal forma que si por ejemplo fuimos educados como no merecedores de su amor, en el presente no nos sentiremos dignos de su amor.

Es por ello, que es fundamental aprender a querernos y valorarnos más de lo que solemos hacerlo, si bien es cierto que será una ardua tarea, debido a las múltiples maneras en las que hemos aprendido a no querernos con el paso del tiempo, está claro que aún tenemos una tarea pendiente y mucho trabajo por hacer. Tendremos que aprender a querernos en todos los aspectos posibles, en nuestras relaciones interpersonales, en nuestro entorno (familia y amigos), a la hora de elegir una profesión o realizar nuestro trabajo cotidiano, a aceptar nuestro cuerpo físico, nuestras emociones y manera de ser, incluso en la forma de cómo nos percibimos a nosotros mismos.

Aquí te proponemos unos tips para que empieces a cambiar ese estado y empieces a quererte y valorarte más cada día:

 

Carlos Sastre

Acupuntor y facilitador EFT

www.acupunturademascotas.com

 

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