«Hay que asumir que la vida duele a veces, que no hay nada perfecto»

El concepto «constelaciones familiares» suena un poco extraño. «A estrellas, a universo, a ese tipo de cosas», dice Joan Garriga. Él, que es un experto en la materia, explica que todo viene de una mala traducción. «Yo habría elegido otra palabra. En vez de constelaciones, hablaría de confguraciones familiares», dice. Sea como fuere, Garriga está en Vilagarcía para impartir un seminario al que acuden tanto profesionales que quieren conocer más sobre una terapia «que forma parte de una tradición muy seria», como personas que buscan «revisar sus asuntos».

– ¿Qué son las constelaciones familiares? ¿Las tensiones más o menos invisibles que hay alrededor de una mesa durante la comida familiar del domingo?

-Esa escena de comida de domingo sería la superfcie de las cosas. Las constelaciones familiares van a la hondura para comprender la dinámica de cosas que a veces no son visibles. Una constelación es una representación de aquellos miembros de la familia o de aquellos vínculos que guardan una relación con un problema que uno tiene y con la solución que necesita. Desde esta perspectiva, lo más importante es qué hechos ha habido en el sistema familiar que no han sido aceptados, integrados, reconocidos, solucionados. Constelaciones es una herramienta que saca a la luz asuntos claves y permite abordarlos, comprenderlos, encararlos y solucionarlos, de manera que algunas dinámicas no tengan que repetirse. Trabaja mucho con los órdenes del amor.

-¿Los órdenes del amor?

-El amor se da, pero no siempre basta. Se necesita que vaya en la dirección del buen amor. Que en la familia no haya personas excluidas, un abuelo que se fue, alguien que mató a otra persona, un aborto… Hechos dolorosos que hacen que se excluya a una persona. Pero la realidad no puede ser burlada. Y los miembros que han sido excluidos, misteriosamente, vuelven, y su papel es representado por otras personas. Además de no excluir a nadie, en la familia es necesario que cada uno esté en el lugar que le corresponde. Que el hijo sea el hijo y el padre sea el padre. Que en la pareja estén el uno al lado del otro.

-¿Ante una situación traumática, qué hay que hacer?

-Hay que reconocer lo que ha pasado, llorar, hacer el proceso emocional necesario para al fnal poder aceptarla e integrarla. La clave de toda cura y de todo bienestar es la aceptación. Y la clave de todo malestar es el rechazo. Si aceptamos, estamos más libres. Si no, estamos atados y va a tener consecuencias: como una vez me ocurrió algo malo, voy a vivir siempre una vida de mierda. Hay demasiada gente atrapada en eso. El buen amor conduce a la vida, el mal amor mira al pasado y pivota sobre el pasado. Demasiados confictos no resueltos con los padres se llevan a la pareja, a los hijos.

-¿Una cosa pequeña enterrada sin haberla asumido bien puede acarrear problemas?

-Las cosas dependen de la actitud con la que se vivan. Una vez tuve una paciente que decía que cuando tenía 13 años le había pasado algo terrible. Al fnal era que había pasado un año en un internado. Tengo la sensación de que estaba promoviéndose como víctima, y que si no fuese el internado hubiese sido otra cosa. Hay heridas y heridas. He visto gente con heridas graves que salen bien y se desarrollan bien. Las cosas pequeñas… Creo que hay que retirar de los hijos la idea de que todo debería ser perfecto. Hay que asumir que la vida duele a veces, que nada es perfecto. A fn de cuentas, si dependiera de los padres, todos los hijos estaríamos muy bien.

-Pero a lo mejor no estamos dando a los niños los modelos que necesitan.

-Yo introduciría en el modelo educativo una educación para los afectos, para los sentimientos, para los vínculos. Sería algo más que educación emocional. Podemos decir que un niño tiene derecho a tener rabia, que es una emoción legítima. Y es verdad. Pero a lo mejor ese niño siente rabia porque sus padres no se sujetan bien en la vida. Y es más importante hacer que los padres se sujeten bien en la vida porque la rabia, si se cronifca, acaba siendo disfuncional. Sí que hay que permitir las emociones, pero hay que entender a dónde se dirigen. Y si se repiten mucho, hay que estar atentos, buscar cuál es su origen, cuál es su función, cuál es su sentido.

-Ahora está de moda el concepto «gente tóxica», pero más que la gente, lo tóxico serían algunas relaciones…

-Si nos ponemos a hablar en este lenguaje, que levante la mano quien no tenga toxicidad. Dicho esto, a mi no me gusta pensar en personas buenas y malas. Sí es cierto que hay personas más benefciosas y otras más problemáticas. Evitar a las personas tóxicas es un buen consejo, pero habría que preguntarse qué es lo que hace que a uno le atraigan este tipo de personas. Yendo más allá, las personas que tienen a generar relaciones turbulentas, seguramente son corazones heridos. No me parece interesante ir condenando a la gente. En un mundo que perpetúa la idea de buenos y malos, la sola idea ya es violencia. Yo no veo claro eso de decir este al cielo, este al inferno. Eso que lo haga Donald Trump, que lo hace muy bien. Este hombre vive con la idea de que hay enemigos, y si eso es así es porque la agresión está dentro de él. Habría que hacer un buen análisis psicológico de los políticos. Habría unos cuantos que saldrían muy bien parados, por su vocación de servicio, pero la política está sembrada de narcisistas y psicópatas.

 

Joan Garriga
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Extraido de www.joangarriga.com

Entrevista a Joan Garriga en la Voz de Galicia – por Rosa Estevez (2017).

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¿Qué son las constelaciones familiares?

Las constelaciones familiares son una de las más recientes y originales aportaciones al mundo de la ayuda y la terapia. Se enmarcan dentro del ámbito de las terapias sistémicas, humanistas y fenomenológicas. Trabajan con una metodología escénica a veces difícil de explicar y de comprender. Se escenifican familias y vínculos y se observa que las personas que representan a otras personas (padres, hijos, parejas, socios, colaboradores, etcétera, del cliente, que ha planteado su problema y busca soluciones) que no conocen, son capaces de acceder y captar, sentir y experimentar sus vivencias y sentimientos más profundos, con lo cual una constelación ayuda a revelar y comprender nítidamente las dinámicas afectivas, ya sean familiares o profesionales, que determinan los problemas, y reorientarlas hacia soluciones. La hipótesis de trabajo es que no estamos solos, que en cada persona viven muchos y que nuestra conexión y lugar con las personas que queremos y nos relacionamos, influye grandemente en como nos va y nuestros guiones de vida.

Una constelación es capaz también de generar movimientos emocionales, de reubicar personas en lugares distintos, de modo que podamos interiorizar una imagen o unos movimientos de solución que nos permitan caminar hacia el objetivo que tenemos o hacia lo que deseamos.

Se trata de una metodología muy visual, y ya que una imagen vale más que mis palabras, y se pueden trabajar temas muy complejos de una forma muy simple. Se accede de manera fácil a un campo inconsciente, donde se ponen en evidencia los movimientos ocultos más difíciles que existen en las vidas de las personas. Por ejemplo, cuando hay movimientos de vida o de muerte, o cuando hay sentimientos complicados y ocultos, o dinámicas de sacrificios o lealtades escondidas, potencialmente pueden salir a la luz para poderlos manejar con más conciencia y atención. Como decía Rilke, el desarrollo personal consiste en “aguzar el oído”, lo que en Terapia Gestalt llamamos el darse cuenta, tener una intuición o una comprensión clara de cómo son las cosas. Lo cual permite reorientar las cosas en la dirección de un mayor bienestar, y a menudo este bienestar se logra ordenando nuestros vínculos y asumiendo el lugar que nos corresponde en ellos.

¿Qué tipo de trastornos se trabajan?

Cualquier problemática se puede abordar a través de las Constelaciones Familiares. Por ejemplo, ahora estoy llegando de Valencia, donde he desarrollado de manera novedosa un taller de Constelaciones para temas de nuevas maternidades y paternidades y asuntos de reproducción asistida. Pero podríamos decir que en el trasfondo de los problemas casi siempre encontramos tres tipos de trastornos. Un porcentaje muy alto de trastornos son trastornos de lugar, es decir cuando no estamos en el lugar que nos corresponde, por ejemplo, cuando tú, siendo hijo te elevas por encima de tu madre, en un intento heroico de ayudarla porque por ejemplo perdió a su padre cuando era pequeña, entonces has perdido tu lugar de hijo. O cuando en la pareja uno toma el rol de padre o de madre, en lugar de compañero o compañera. O por ejemplo, cuando una madre está más en sintonía con la muerte porque perdió a una hermana en la infancia, y siente el movimiento profundo de ir con la hermana, y se desubica internamente respecto a su lugar de madre y está poco sujeta en la vida. O sea que muchos de los trastornos tienen que ver con no estar en el lugar que nos corresponde, y lo que hacen las constelaciones es detectar donde están estos trastornos y generar recursos para que cada persona asuma su lugar y rol, por ejemplo que esta madre pueda interiorizar a esta hermana que murió y resistir este movimiento sutil, a veces oculto e inconsciente, de ir con su hermana a la muerte. De este modo podrá encontrar su lugar de madre y podrá hacer que la hija o el hijo puedan experimentar: “hijos, yo estoy aquí en la vida con vosotros”, y también retomar su lugar claramente al lado del marido. Resumiendo: las constelaciones trabajan mucho con esta idea de los trastornos de lugar.

En segundo lugar encontramos los trastornos de sentido, lo cual viene a ser una desconexión del sentido vital, del principio creativo de la existencia. Sería como una especie de enfermedad espiritual en la que nos desconectamos de la fuente, y de una fuerza mayor que nos trasciende. En el plano humano esta fuente está simbolizada, plasmada y expresada por los padres. Los padres plasman el principio vital que actúo a través de ellos para dar vida y por tanto simbolizan la vida. Por eso es tan importante la conexión con los padres porque a través de los padres podemos sentir la conexión con la vida, la conexión con las raíces de la existencia, y de este modo sentir la conexión con la confianza en que la vida vale la pena y el principio vital y trascendente que la sostiene. Padecemos una cierta depresión espiritual, por la fragilidad actual de las raíces, la perdida del sentido de comunidad y la desconexión de la naturaleza.

Cuando estamos en sintonía con la madre y el padre y la fuerza creativa que los junto para darnos la vida, y lo sentimos en el cuerpo y está integrado, no hay trastornos del sentido, o los trastornos que hay son mucho más leves y poco duraderos.

Un trastorno de sentido sano también nos incentiva a una aspiración a buscar mas allá de lo humano, porque buscamos el principio vital del ser, la esencia o la conciencia. Y nos estimula a aceptar e integrar la muerte.

En tercer lugar encontramos los trastornos de la necesidad o del deseo. Esto se ve más en términos gestálticos, cuando por ejemplo nos mentimos a nosotros mismos, o cuando tenemos dificultades para generar la atención suficiente para reconocer aquello que necesitamos, o bien nos cuesta generar la energía necesaria para lograrlo.

En mi libro “La Llave de la buena vida. Saber ganar y saber perder”, explico que en la vida hay tres grandes errores de los que conviene no abusar. El primero es: no darle a la vida lo que tenemos. Cedemos a la cobardía y al miedo en lugar de desarrollar audacia para ser movidos por lo que nos mueve y somos y tenemos para entregar. ¿Podríamos imaginar a un Mozart que por miedo no hubiera compuesto su música? ¿Cuánto desperdicio de talentos y dones se habrá producido por cobardía? ¿Cuánto con potencial de ser se habrá quedado como potencialidad?.

El segundo es: pretender darle a la vida lo que no tenemos. Es un error de falsedad y pretensión, por estar identificados con un personaje idealizado, imaginando que a través de este personaje la vida nos irá mejor. Pero si vivimos demasiado tiempo alejados de nuestra verdad ya sea en nuestra pareja o en nuestro trabajo o en lo que sea, lo acabamos pagando, enfermando incluso. Necesitamos ser honestos y verdaderos. Atrevernos a ser lo que somos, a cada momento.

Y el tercer error es el de la falta de atención, la falta de darse cuenta, de no tomarse el trabajo de distinguir bien lo que sí tenemos de lo que no tenemos, lo que si somos de lo que no somos. Es decir, atención, atención, y atención. O si se prefiere, escucha interior atenta.

En definitiva las constelaciones familiares es una metodología escénica representacional, que permite en muy poco tiempo clarificar dinámicas complicadas que viven en nuestro corazón y en nuestros vínculos y reorientarlas en la dirección del bienestar y la vida y la audacia de vivir.

La parte creativa y al mismo tiempo, como decía, un tanto inexplicable por ahora, es: ¿qué hace que algunas personas que no conocen a otras, sean capaces de representarles y mostrar sus sentimientos?. Para esto yo no tengo respuesta clara. Nadie la tiene. Se aproxima la idea de los campos mórficos del biólogo inglés Rupert Sheldrake, el cual afirma que la memoria está en “campos de resonancia”. También está la idea de la física cuántica que determina un universo subatómico donde todo está conectado con todo en un campo energético, o la idea de los fractales, pero ninguna de estas ideas complace todavía lo que mi hijo menor, estudiante de Física, llamaría los fundamentos adecuadamente científicos del asunto.

Pero bueno, tampoco yo me vería capaz de explicarle a mi tatarabuelo, si fuera posible, que estoy hablando por Skype con alguien de Australia. Simplemente no lo entendería. Yo creo que el futuro nos va a brindar explicaciones de cómo la información está en el campo y salta a las personas, y esto tiene mucho que ver con lo que tratáis en este número que es la intuición, porque hay fenómenos perceptivos que son inexplicables si nos reducimos a la transmisión verbal y a nuestra percepción cognitiva. Dicho esto, la falta de explicación de porque algo ocurre no invalida que ocurra y, en este caso, pueda ser útil. Y las constelaciones suelen ayudar y mucho.

Volviendo al tema de la información me gusta decir que el gran tabú de nuestra sociedad y cultura, es el tabú perceptivo. Por ejemplo, un niño pequeño o bebé vive en un campo perceptivo que es energético, osmótico, corporal y emocional; no es un campo perceptivo reducido a los parámetros de los modelos mentales. Sin embargo, a medida que crecemos la percepción se va reduciendo para encajar en aquello que está permitido y consensuado percibir. La percepción tiene algo de social. No somos libres ni siquiera en aquello que podemos percibir. Sesgamos el conocimiento. En otro sentido, estrechar el campo perceptivo nos facilita la vida, porque si lo percibiéramos todo estaríamos abrumados y sufriríamos mucho más. Miraríamos a la señora que está ahí y veríamos mucho más de lo que la cultura nos aconseja ver, probablemente veríamos toda su historia, todo su sufrimiento, toda su alegría, dónde están sus frustraciones, lo que consiguió y lo que no consiguió, todo nos saltaría a la vista y sería abrumador, entraríamos en un mundo psicótico. No obstante, hay espacios donde esta percepción está permitida que son los espacios de ayuda y los espacios terapéuticos donde esta percepción se puede incentivar y ampliar o favorecer porque trata de buscar soluciones a través de una comprensión más amplia de lo que nos pasa y sus trasfondos. Las constelaciones tienen la ventaja de que el propio campo, el propio marco, sugiere una percepción mucho más amplia por parte del cliente, y esto propicia que algunos fenómenos salgan a la luz y puedan ser encarados y resueltos.

Mucha gente se pregunta ¿Y esto basta para resolver un problema?

Como también decía Rilke, además de “aguzar el oído” (darse cuenta, comprender) se necesita “darle al martillo noche y día”. Hay gente que tiene una idea un poco mágica sobre las constelaciones. Es decir: hago una constelación y mis males serán curados por arte de magia, pero en la práctica es más complejo. Se trata siempre de un proceso en el tiempo. Luego hay que picar piedra, estar atentos a lo cotidiano, seguir trabajando con ayuda terapéutica o sin ella. Tomar responsabilidad por los propios asuntos y despedirse del anhelo infantil de que alguien grande se hará cargo de nosotros. Tomar decisiones, asumir el dolor cuando nos visita, la culpa cuando la sentimos, asumir las frustraciones, abrirse a los sentimientos, es decir, un trabajo que es el trabajo real de la vida y que consiste en acompañarse a uno mismo en todo lo que la vida nos trae, tenga el color y la forma que tenga. Aunque a veces el color y la forma de lo que nos trae la vida tiene poco que ver con el color y la forma que nos gustaría que tuviera.

En el trasfondo filosófico del trabajo de constelaciones hay unas cuantas dialécticas, la dialéctica más importante es la dialéctica entre el yo personal y la vida. Siempre estamos dialogando con la Vida. A veces la vida complace al yo personal y le da lo que quiere, pero otras veces nos despedaza sin que logramos entender porqué, como por ejemplo con una muerte inesperada.

El gran proceso que está en el trabajo terapéutico en general y en las constelaciones, es como logramos con el tiempo asentir y sintonizarnos con aquello que la vida quiso, aunque fuera diferente de lo que nosotros hubiéramos querido. Ahí aparecen dos grandes tareas, que el yo se lance con todas sus fuerzas a la vida en la dirección de lo que quiere y que se arriesgue y no se reserve, y la otra gran tarea es saber sintonizarse para sentir e integrar aquello que la vida quiere aunque sea distinto de aquello que nosotros queremos. Porque siempre es lo mismo: detrás de todo problema (y este es el trasfondo filosófico del trabajo terapéutico de las constelaciones, tal como explico en mi libro “Vivir en el Alma”), siempre hay algún lugar donde la persona o la familia dijo: esto no debería de haber sucedido, este hijo no debería haber muerto, este hombre no debería haberme dejado, mi madre debería haber sido mas amorosa, y mil etcéteras. Todos los problemas toman la forma del debería haber sido, que es una oposición a lo que ha sido y es. Y todas las soluciones pasan por hacer el proceso de decir ¿y porqué no?, de abrir el corazón a lo que fue aunque fuera difícil, de abrir el corazón al sufrimiento, no porque el sufrimiento en sí mismo sea sanador, sino porque abrir el corazón si lo es. Se trata de integrar aquellas cosas que no fueron resueltas, y que encontramos en las constelaciones, como que una criatura abortada no fue mirada, o que un padre mujeriego no fue amado, o que la madre no se siente con fuerza en la vida porque ocultamente sigue el destino de un hermano que murió y hay que aceptar este hecho y darle un lugar.

Existe otro principio importante en las constelaciones que es el de la inclusión y el derecho a la pertenencia. El alma colectivo anhela estar completa y tolera mal las exclusiones. Se evitan mejor los trastornos del lugar, cuando todos los que forman parte tienen derecho a formar parte y están reconocidos y dignificados. Bajo un principio existencial básico: la vida, y las personas (también las cercanas y queridas especialmente) tienen derecho a ser tal y como son, y no tal y como nosotros queremos que sean. Siempre hay esta dialéctica: la mente dice mi padre no tiene derecho a mi amor porque me abandonó, o porque trataba mal a mi madre, así que lo aparto de mi corazón, pero ese apartar del corazón es un movimiento de la mente no es un movimiento de la realidad. La realidad está fabricada de la manera exacta en la que está fabricada y no puede ser burlada con las maniobras de la mente. La realidad es inclusiva y se acepta a sí misma. La realidad no dice a este no lo quiero y a este lo quiero. La vida nos acoge a todos de la manera exacta en la que somos, y un sistema familiar saludable invita a las personas a ponerse en alianza con la realidad y a retirarse de estos movimientos rechazantes de la mente, de manera tal que incluso aquellos que hicieron cosas feas o difíciles tengan un buen lugar en el corazón de las familias. Ya que, como decía, el alma familiar anhela estar completa y colmada, y cuando todos pueden tener un buen lugar entonces nos experimentamos crecidos, expansivos, fuertes y liberados. Entonces no ocurre que otros tienen que representar a los excluidos a través de sacrificios y trastornos del lugar. Cuando hay excluidos alguien se sintoniza con el excluido repitiendo su patrón de vida y su destino. Estas son cosas muy misteriosas pero suceden, y que salen a la luz en las constelaciones.

Las constelaciones nos permiten solucionar problemas que a veces nos han creado sufrimiento durante décadas.

Joan Garriga
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Extraido de www.joangarriga.com

Entrevista a Joan Garriga  publicada en la Revista Kundalini (2016).

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Constelaciones Familiares y los órdenes del amor

El primer orden del amor nos dice que, en la red de vínculos, todos sin excepción, con independencia de si se les juzga positiva o negativamente, tienen el mismo derecho a pertenecer y a ser incluidos y dignificados, permitiendo y exigiendo que asuman su destino y sus culpas y las consecuencias de las mismas, cuando así fuera el caso.

En la práctica ocurre que los sistemas familiares excluyen o apartan a algunos de sus miembros porque condenan su comportamiento, o porque su recuerdo es demasiado hiriente, vergonzoso o doloroso. A veces, hay personas que murieron pronto, o personas que se suicidaron, y esto ocasiona dolor o vergüenza en los descendientes, o bien incluso padres a los que se juzga por no haber hecho lo adecuado o por irresponsables, malos, maltratadores, abandonadores, alcohólicos, etcétera.

En realidad, excluir es un movimiento de la mente personal que trata de protegerse de lo que le genera dolor. Pero la Mente Colectiva, el Alma común, no entiende el lenguaje de la exclusión y sigue un principio existencial que reza que “todo lo que es tiene derecho a ser tal como ha sido, y a ser reconocido de esta manera”. Cuando este principio es respetado, como fruto de cavar en el propio proceso emocional y asentir a los asuntos familiares, el pasado queda liberado y el futuro puede ser fuerte y real.

Cuando hay exclusiones, la Mente Colectiva impone la consecuencia inevitable de que lo excluido será encarnado de nuevo por personas posteriores, que no tienen nada que ver con el asunto, y que muchas veces inconscientemente, sin saberlo, siguen el destino del excluido. Es el efecto de las habitaciones prohibidas que atraen inevitablemente a algunos en un intento fallido de elaborar y cerrar capítulos dolorosos de los sistemas. ¿Cuántos se hacen alcohólicos siguiendo a un padre despreciado por su alcoholismo? ¿Cuántos padecen un apego frágil a la vida cuando en el corazón de la familia se les vive como miembros que reemplazaron a alguien perdido por muerte temprana, por ejemplo, o se sienten atados a la persona que falleció, y con dificultades para tomar la vida en plenitud? ¿Cuántos sienten impulsos suicidas cuando otros, anteriores, también se quitaron la vida o bien se hicieron culpables de la muerte o la desgracia de otras personas?

Joan Garriga
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“LOS PADRES IMPERFECTOS”

Incluso los mejores padres, los más amorosos, son personas reales y, por tanto, imperfectas (afortunadamente), y es bueno que encuentren conformidad y paz con lo que pudieron hacer y con lo que no, incluyendo el pellizco de sus culpas y molestias por aquello que, en su momento, pudo herir a sus hijos.

Es importante que estén conformes con sus culpas y que se anclen más en el amor y el cuidado que dieron que en aquello que en algún momento pudo herir o fallar.

La mejor manera de llevar culpas, cuando son reales, es asumiéndolas y compensándolas, es decir, haciendo algo bueno siempre que sea posible (algo que equilibre y aporte algo a los dañados, en este caso, los hijos), y no expiándolas —dañándose a uno mismo— o sacrificándose.

Es muy común que muchos padres experimenten la sensación, pasado el tiempo, de que les hubiera gustado hacer o vivir algo distinto con sus hijos, pero es mejor no poner demasiada energía en los lamentos (aunque, cuando se trata de heridas graves, puede ser necesario hablar y decir, por ejemplo, «lo siento» o «lamento que tuvieras que vivir esto o aquello» o «qué pena por esto o aquello»), y sí, en cambio, en lo que todavía es posible.

Muchos hijos se alegran y reconfortan cuando los padres, ya más mayores, se transforman y en su declinar se suavizan, resquebrajando sus torreones de pétreas creencias y abriéndose a un encuentro más límpido, real y sereno.

Joan Garriga
Del libro “La llave de la buena vida”

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“ENTREGAR A LOS HIJOS A SU PROPIA VIDA”

Entregar a los hijos a su propia vida, algo que resultaba y resulta del todo natural en sociedades más tradicionales, es un reto difícil para muchas familias en las generaciones presentes debido a múltiples razones.

Algunas son de orden socioeconómico, puesto que para muchos jóvenes no es sencillo obtener autonomía económica y laboral en esta sociedad supuestamente del bienestar.

Otras son de orden afectivo y emocional: son numerosos los hijos que atienden las necesidades y huecos afectivos inconscientes de sus padres, permaneciendo mucho tiempo a su lado y postergando su propia vida, o satisfaciendo el anhelo de los padres de persistir en su rol protector —lo cual puede debilitar a sus hijos— o de permanecer en un excesivo nexo afectivo en lo cotidiano con ellos.

Esto se conoce como el «síndrome del nido vacío», lo experimentan los padres y la pareja de los padres cuando los hijos emprenden su propio vuelo. Sin embargo, pocas cosas hacen sentir tan bien y tan honrados a los padres como el hecho de que su hijo se oriente a su propio camino, su propia grandeza, su propia obra y su propia felicidad. Los desarrollos de los hijos engrandecen a los padres.

Joan Garriga
Del libro “La llave de la buena vida”

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LOS PADRES NO SE SEPARAN

Para los hijos, sus padres siguen siempre juntos como padres. Se separan como pareja, a veces incluso mientras viven bajo el mismo techo, pero no se separan como padres. Por eso, cuando hay hijos, es especialmente importante cerrar con atención y cuidado las relaciones anteriores.

Uno de los grandes anhelos de los hijos es tener a ambos padres juntos en su corazón, no importa lo que hicieran o lo que pasara, sin tener que tomar partido por uno de los dos o alinearse con uno en contra del otro (como por desgracia ocurre frecuentemente, con penosas consecuencias).

Hay frases o mensajes de los padres, explícitos o implícitos, que dañan terriblemente a sus vástagos: «hijo/a, no quieras a tu padre/madre, desprécialo/a como yo y, sobre todo, no seas como él/ella»; o «hijo/a, no logro entender cómo pude querer a tu padre/madre, tú eres mejor que él/ella». Aunque no se verbalicen, estos y otros pensamientos parecidos a veces son verdades interiores para los padres y nutren la atmósfera familiar de dinámicas fatales para la tríada relacional más importante de nuestra vida, la tríada padre-madre-hijo.

Hay que evitar herir al otro progenitor delante de nuestros hijos, eso es obvio, por muy enojados o cargados de razones que estemos, pero el gran reto va más allá: consiste en trabajar en uno mismo para restaurar el amor y el respeto, y darle al otro progenitor el mejor lugar frente a nuestros hijos, incluso cuando se trata de una pareja infeliz o de una separación dolorosa y turbulenta.

Recordemos que los hijos no atienden tanto a lo que los padres dicen, sino a lo que los padres sienten y hacen. La verdad de nuestros sentimientos puede ser negada o camuflada, pero no puede ser eliminada, y por tanto actúa y se manifiesta en nuestro cuerpo. Es importante que trabajemos con nuestra verdad y, si genera sufrimiento en nosotros o en nuestros hijos, que tratemos de transformarla. Para el futuro de los hijos, es clave que estén bien insertados en el amor de sus padres y que éstos logren amarse, al menos como padres de sus hijos. No es algo tan raro si pensamos que, en la mayoría de los casos, un día se eligieron y se quisieron como pareja, y los hijos llegaron como fruto y consecuencia de esa elección y ese amor.

Joan Garriga
Del libro “El buen amor en la pareja”

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Saber perder – Segundas relaciones (última parte)

El indicador de que una separación ha concluido en un sentido interior viene dado por el hecho de que, en las profundidades, logramos aceptar todo lo que ha pasado, tal como ha pasado y nos entregamos a la vivencia de la pérdida y a las punzadas de dolor que progresivamente se vuelve más sereno. Por fin podemos rendirnos a la realidad de lo vivido y lo perdido y tomarlo tal cual. Para eso abandonamos las culpas y los reproches por las heridas y las frustraciones, tanto los que dirigimos hacia nosotros mismos como hacia la ex pareja. También dejamos atrás los intentos de explicar y entender que nos han servido como consuelo y asidero para sostener las tormentas emocionales y renunciamos a la explicación correcta y soltamos. Liberamos la necesidad de tener razón y todos los argumentos que la sostienen al igual que dejamos de prestar oídos a los argumentos de nuestra ex pareja. Lo habitual es que mientras le inventamos porqués a la realidad nos negamos a rendirnos a ella y ser sus humildes discípulos. A veces ni siquiera hay porqués claros… sólo la vida generando formas cambiantes. Saber perder requiere en un última estancia la capacidad de entregarse al dolor de la pérdida sin camuflarla con otras emociones parásitas como la rabia, la lastima, la culpa, etc. Por fin, y esto es lo más importante, una separación ha concluido cuando nos retiramos de tratar de encontrar buenos y malos y dejamos que cada uno asuma su responsabilidad. Pasase lo que pasase, y sean las que sean las medidas y los límites necesarios para encauzar la relación posterior –especialmente si hay hijos- salimos íntegros si aquellos a los que amamos en su día conservan un lugar digno e íntegro en nuestro corazón; con más motivo cuando se tienen hijos en común. Es bueno para los hijos percibir que, en ellos, los padres se siguen queriendo, por la simple razón de que los hicieron en común como fruto del amor que se tuvieron en su momento. Es necesario al final que cada uno retome en sus manos el impulso de la vida y la propia responsabilidad por la vida que sigue sin el otro.

Ana está con su nueva pareja desde hace diez años. Sufre intensamente por el hecho de que, aún queriéndolo, no logra sentirse comprometida y profundamente vinculada. Más bien se siente aún vinculada con su pareja anterior con la que vivió hechos cruciales y de la que se separo sintiéndose ahogada pero de la que no logra desprenderse en un sentido interior. Los hechos cruciales consisten en que ella atravesó un peligroso cáncer durante dos años que la tuvo muy enferma y al borde de la muerte y él la cuido con total abnegación. Cuando ella superó su enfermedad una fuerza incomprensible la llevó a separarse como si tratará de escapar de una cárcel. Lo que a nivel racional es incomprensible se entiende muy bien mirando detenidamente la dinámica y los equilibrios en el intercambio en la pareja. Ella recibió tanto durante estos dos años de enfermedad que se sintió con una gran deuda y ante lo insoportable de no poder zanjarla abandonó la relación. Una deuda puede compensarse de muchas maneras pero también con la gratitud y la humildad de saber recibir algo bueno y, a veces, la compensación ya se encuentra en la capacidad y belleza de saber recibir. Pero esto requiere humildad. Sea como sea lo importante es cuidar el equilibrio en el balance de cuentas. Una separación se logra cuando el saldo se acerca a cero y no hay más deudas ni obligaciones.

 

Volver a empezar

Como dice el protagonista de una historia que cuenta Jorge Bucay, “fui a comprar un final feliz, y busqué y busqué, pero no lo pude encontrar, y viendo que no lo podía encontrar preferí invertir en un nuevo comienzo”. Cuando un amor se va, hace espacio para otro nuevo y muchas personas que quedaron heridas y vulnerables renuevan su esperanza en un camino de amor y se invierte en un nuevo comienzo, el cual aunque no se logre un final anterior feliz –y un final es más a menudo traumático, doloroso y frustrante- puede edificarse sobre el respeto y la gratitud a lo anterior, la integración de las heridas, los límites necesarios para canalizar los desacuerdos, especialmente cuando hay hijos, y la despedida en el dolor y el amor. Lo nuevo se construye sobre lo viejo cuando lo viejo no son ruinas y cadáveres, sino buenos cimientos de amor, respeto y gratitud. Por tanto, una relación concluye sanamente cuando, con el tiempo necesario, el amor en un sentido interior puede volver a fluir y los límites en un sentido exterior.

JOAN GARRIGA

Extraído de www.joangarriga.com/

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Estilos afectivos en colisión – Segundas relaciones (6ta parte)

Todos hemos crecido en un escenario familiar con reglas y modos afectivos propios. Como niños nos insertamos inocentes a la familia a la que pertenecemos y ahí hacemos los aprendizajes principales sobre los vínculos y las relaciones. En particular nuestra exposición al dolor y el intento de apartarnos de el va conformando un estilo afectivo que nos guiará en nuestras elecciones y relaciones afectivas adultas. Podríamos decir que es universal una cierta desconfianza hacia el amor ya que aquellos que amamos nos han herido y los hemos herido y como marionetas gobernadas por el dolor tratamos de protegernos tomando posiciones. Así una vez adultos se juntan Don no valgo para nada con Doña segura, o Don delicado con Doña cuidadora, o Don optimista con Doña abandonada, o Don me peleo con todo con Doña yo tengo razón, o Don agresivo con Doña resignada, y mil etcéteras. Sin duda una pareja es una segunda oportunidad para reaprender, para arriesgarse de nuevo a confiar en el amor. A veces los estilo afectivos aprendidos se complementan y la pareja avanza. Otras veces los estilos colisionan con tanta vehemencia que no es posible un mínimo de bienestar. A pesar del amor la pareja tiene entonces que enfilar caminos divergentes. Como señala Boris Cyrulnik con su teoría de la resiliencia, cada nueva pareja es otra oportunidad para rehacer un vínculo seguro e íntegro. Después de una separación el trabajo consiste en hacer una inmersión en el estilo afectivo que no resulto funcional y equiparse para realizar cambios.

 

Implicaciones en las familias de origen

A veces él no consigue dejar de ser el hijo de sus padres para ser el marido de su mujer, a veces ella sigue tan ocupada con el destino de un hermano que no concede la prioridad al marido y la nueva familia formada. Únicamente son ejemplos pero cuando dos personas forman una pareja y se unen, en realidad, se unen dos familias con su historia particular cimentada en hechos y vicisitudes particulares, y cada uno en la pareja conserva sus lealtades más o menos camufladas a sus orígenes. La pareja se vuelve consistente cuando, con el tiempo, logra afianzarse y sentir que como pareja y como nueva familia son fuertes y tienen prioridad a los vínculos anteriores y esto se consigue lentamente, madurando a fuego lento. Hay sagas familiares donde planean creencias que arrastran a todos sus miembros como por ejemplo “ninguna mujer será nunca feliz con un hombre” o “no se puede confiar”, etc. Beneficia preguntarse sobre estas creencias, ver como actúan como frenos, desafiarlas si es preciso. Ayuda plantearse las ataduras de amor con nuestros orígenes que nos dificultan  el tránsito a la madurez y a la posibilidad de tomar el lugar al lado de un compañero.

JOAN GARRIGA

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Relaciones de Pareja – Segundas relaciones (5ta parte)

Rendirse a lo que separa

Para lograr el bienestar y la estabilidad en la pareja no basta con el amor. En casi todas las parejas podemos rastrear la presencia del amor en alguna o todas sus manifestaciones: pasión, ternura, amistad, decisión, compromiso, etc. Sin embargo puede no ser suficiente y, a pesar del amor, algunas parejas no logran superar los grandes temas que los acechan y deben rendirse a la tenaza de las dificultades o buscar soluciones para ellas.

Apreciar nuestros orígenes y tomar a nuestros padres, allana el camino de la pareja.

Una persona soñó una noche que se acercaban sus padres y depositaban unas monedas en sus manos, no sabemos si muchas o pocas, si de oro, de plata o de hierro. La persona durmió feliz el resto de la noche y al día siguiente fue a la casa de los padres y les dijo: – he soñado que me entregabais unas cuantas monedas y he venido a agradeceros y deciros que las tomo con gusto. Los padres que, como todos los padres, encuentran su grandeza en el reconocimiento y capacidad de recibirlos de los hijos contestaron: – como eres tan buen hijo, puedes quedarte con todas las monedas, y puedes gastarlas como quieras y no es necesario que las devuelvas. El hijo se fue de la casa de los padres y para siempre se sintió pleno y enraizado y el día que encontró una pareja podía sentir en su interior “tengo padre y madre así que me bastara con que él o ella sea mi compañero y yo el suyo”.

Esta historia ilustra en el lado inverso el hecho de que a veces algunos hijos no toman sus monedas que representan la herencia de nuestros padres porque entre ellas también están envueltos las heridas y los sucesos dolorosos y prefieren decir: “no me sirven o no son suficientes o son demasiadas, etc.” y entonces, en algún nivel, caminan huérfanos sosteniéndose en los falsos poderes del resentimiento, el victimismo, la enfermedad, la iracundia, etc. en lugar del verdadero poder de tomar a los padres y su historia y su realidad. Entonces, cuando no toman a sus padres, se acercan a su pareja e incluso a sus hijos con la idea de que la pareja o sus pequeños tendrán las buenas monedas que no recibieron de sus padres, lo cual trastorna el orden entre el dar y el tomar.

La pareja no es una relación materno filial sino una relación entre adultos y aunque la pareja tome el lugar materno o filial en ciertos momentos y aunque con suerte algunas parejas logran balsamizar y reparar viejas heridas con los padres, en general cuando esperamos de la pareja lo que no pudimos tomar de los padres y éste se convierte en el patrón de trasfondo de la relación es demasiado y la pareja fracasa en medio de grandes dolores y desgarros emocionales. Al contrario de lo que es usual en las canciones románticas podríamos decir que funcionamos mejor en la pareja cuando somos más autónomos y reconocemos que sin él o ella también estaríamos bien, que también seríamos capaces de vivir.

JOAN GARRIGA

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Segundas relaciones (4ta parte)

Tú eres tú y yo soy yo, o tú eres yo y yo soy tú.

Cuenta una vieja historia de Oriente que cuando Dios creo al hombre y a la mujer les dio un solo cuerpo, de manera que desconocían el sentimiento de soledad y de carencia. Estaban juntos, completos, eran felices. Pero pronto surgieron dificultades, a veces el hombre quería caminar hacia el este y la mujer hacia el oeste, o uno quería tumbarse y reposar mientras el otro deseaba seguir recolectando frutos. Se dieron cuenta de que no eran libres y que el precio de estar tan juntos –de ser uno en dos o dos en uno- suponía grandes renuncias a impulsos y deseos estrictamente personales. Tanto anhelaron ser libres que solicitaron una reunión con Dios, le explicaron sus problemas y le pidieron que tuviera a bien concederles dos cuerpos. Dios, amable y generoso, no tuvo inconveniente y les concedió dos cuerpos, a él cuerpo de hombre y a ella cuerpo de mujer. Al principio rebosaban de contento, cada uno podía caminar y hacer lo que quería a cada momento con independencia del otro. El podía caminar hacia el este y ella hacia el oeste, no obstante en seguida experimentaron que si se alejaban demasiado en direcciones contrarias notaban un desagradable y angustioso sentimiento hecho de punzadas de soledad y el deseo de reencontrarse.

Tratando de resolver el exceso de unión para encontrar el camino personal se encontraron con la independencia que ponía en riesgo su unión. Se dice que desde entonces las personas han tratado de vincularse sin conseguir resolver completamente este conflicto entre unión e identidad. Todas las personas experimentan ambas necesidades pero en grados y maneras diferentes. Así encontramos personas altamente orientadas a la fusión con el otro y otras a la autonomía. Cada pareja negocia la manera en que ambas necesidades se pueden satisfacer en ambos miembros respetando sus tendencias y estilos personales.

Es posible que un fracaso en la pareja se deba a una mala conjugación de estas necesidades y ayuda cuando nos dirigimos a una nueva pareja tener una mayor claridad de las propias necesidades y tendencias que nos permitan encontrar la persona con la que podamos sintonizar y calzar sin graves conflictos. Es obvio que los extremos de la cuerda generan dificultades especiales y hay personas que se pierden a sí mismas en la fusión, temiendo encontrarse a sí mismas, y otras que se pierden a sí mismas en el exceso de independencia temiendo diluirse en el otro.

Entonces conviene que trabajen terapéuticamente para flexibilizar sus posiciones rígidas. Para que la frase ritual “una sola alma, una sola carne” tenga sentido primero es necesario un dibujo nítido de las identidades individuales.

Enamorarse y amar

Enamorarse significa: “me mueves mucho pero te veo poco” y con esta ceguera y pasión inicial muchas parejas inician su caminar. Efectivamente el otro que vemos cuando nos enamoramos no es más que el otro que imaginamos y necesitamos en nuestras fantasías y le hacemos depositario de nuestros anhelos. Se convierte en el blanco de nuestras proyecciones. Cuando la pareja se empeña y se arriesga a seguir la relación y el camino común se inicia el amor, eso es: “ahora ya voy viendo mejor quién eres pero ya no me mueves tanto, sin embargo me mueves y me tocas lo suficiente para aprender a querer y respetar quién eres, incluso lo que me resulta difícil o no me gusta y me quedo a tu lado y me comprometo en un camino común en lo alegre y en lo triste, en la salud y en la enfermedad” como a veces reza el texto ritual del matrimonio.

En esta fase algunas expectativas ya han sido frustradas. Podríamos decir que el amor empieza cuando el enamoramiento remite. Paradójicamente algunas personas lo interpretan al revés. Piensan que se pierde el amor cuando el enamoramiento se desvanece, rompiendo la relación.

Para las personas que inician segundas o terceras relaciones es una oportunidad para combinar enamoramiento ciego con la clara percepción de quién y cómo es el otro. Hombres y mujeres, chamuscados por relaciones que prometían la maravilla y acabaron de manera infernal, acaban por orientarse de una forma analítica según el sentido de lo conveniente, y a veces no está mal que hagan como si estuvieran un poco ciegos para activar la pasión que surge cuando inventamos al otro a la medida de nuestros anhelos más ocultos. De igual manera los que ciegamente tropiezan una y otra vez con la misma piedra, con el mismo estilo de relación fallido y trágico, en verdad, no quieren algo mejor sino seguir tropezando en su emocionada y esperanzada ceguera y les conviene abrir los ojos y ver.

continuará….

JOAN GARRIGA

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