Constelaciones Familiares y los órdenes del amor

El primer orden del amor nos dice que, en la red de vínculos, todos sin excepción, con independencia de si se les juzga positiva o negativamente, tienen el mismo derecho a pertenecer y a ser incluidos y dignificados, permitiendo y exigiendo que asuman su destino y sus culpas y las consecuencias de las mismas, cuando así fuera el caso.

En la práctica ocurre que los sistemas familiares excluyen o apartan a algunos de sus miembros porque condenan su comportamiento, o porque su recuerdo es demasiado hiriente, vergonzoso o doloroso. A veces, hay personas que murieron pronto, o personas que se suicidaron, y esto ocasiona dolor o vergüenza en los descendientes, o bien incluso padres a los que se juzga por no haber hecho lo adecuado o por irresponsables, malos, maltratadores, abandonadores, alcohólicos, etcétera.

En realidad, excluir es un movimiento de la mente personal que trata de protegerse de lo que le genera dolor. Pero la Mente Colectiva, el Alma común, no entiende el lenguaje de la exclusión y sigue un principio existencial que reza que “todo lo que es tiene derecho a ser tal como ha sido, y a ser reconocido de esta manera”. Cuando este principio es respetado, como fruto de cavar en el propio proceso emocional y asentir a los asuntos familiares, el pasado queda liberado y el futuro puede ser fuerte y real.

Cuando hay exclusiones, la Mente Colectiva impone la consecuencia inevitable de que lo excluido será encarnado de nuevo por personas posteriores, que no tienen nada que ver con el asunto, y que muchas veces inconscientemente, sin saberlo, siguen el destino del excluido. Es el efecto de las habitaciones prohibidas que atraen inevitablemente a algunos en un intento fallido de elaborar y cerrar capítulos dolorosos de los sistemas. ¿Cuántos se hacen alcohólicos siguiendo a un padre despreciado por su alcoholismo? ¿Cuántos padecen un apego frágil a la vida cuando en el corazón de la familia se les vive como miembros que reemplazaron a alguien perdido por muerte temprana, por ejemplo, o se sienten atados a la persona que falleció, y con dificultades para tomar la vida en plenitud? ¿Cuántos sienten impulsos suicidas cuando otros, anteriores, también se quitaron la vida o bien se hicieron culpables de la muerte o la desgracia de otras personas?

Joan Garriga
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“LOS PADRES IMPERFECTOS”

Incluso los mejores padres, los más amorosos, son personas reales y, por tanto, imperfectas (afortunadamente), y es bueno que encuentren conformidad y paz con lo que pudieron hacer y con lo que no, incluyendo el pellizco de sus culpas y molestias por aquello que, en su momento, pudo herir a sus hijos.

Es importante que estén conformes con sus culpas y que se anclen más en el amor y el cuidado que dieron que en aquello que en algún momento pudo herir o fallar.

La mejor manera de llevar culpas, cuando son reales, es asumiéndolas y compensándolas, es decir, haciendo algo bueno siempre que sea posible (algo que equilibre y aporte algo a los dañados, en este caso, los hijos), y no expiándolas —dañándose a uno mismo— o sacrificándose.

Es muy común que muchos padres experimenten la sensación, pasado el tiempo, de que les hubiera gustado hacer o vivir algo distinto con sus hijos, pero es mejor no poner demasiada energía en los lamentos (aunque, cuando se trata de heridas graves, puede ser necesario hablar y decir, por ejemplo, «lo siento» o «lamento que tuvieras que vivir esto o aquello» o «qué pena por esto o aquello»), y sí, en cambio, en lo que todavía es posible.

Muchos hijos se alegran y reconfortan cuando los padres, ya más mayores, se transforman y en su declinar se suavizan, resquebrajando sus torreones de pétreas creencias y abriéndose a un encuentro más límpido, real y sereno.

Joan Garriga
Del libro “La llave de la buena vida”

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“ENTREGAR A LOS HIJOS A SU PROPIA VIDA”

Entregar a los hijos a su propia vida, algo que resultaba y resulta del todo natural en sociedades más tradicionales, es un reto difícil para muchas familias en las generaciones presentes debido a múltiples razones.

Algunas son de orden socioeconómico, puesto que para muchos jóvenes no es sencillo obtener autonomía económica y laboral en esta sociedad supuestamente del bienestar.

Otras son de orden afectivo y emocional: son numerosos los hijos que atienden las necesidades y huecos afectivos inconscientes de sus padres, permaneciendo mucho tiempo a su lado y postergando su propia vida, o satisfaciendo el anhelo de los padres de persistir en su rol protector —lo cual puede debilitar a sus hijos— o de permanecer en un excesivo nexo afectivo en lo cotidiano con ellos.

Esto se conoce como el «síndrome del nido vacío», lo experimentan los padres y la pareja de los padres cuando los hijos emprenden su propio vuelo. Sin embargo, pocas cosas hacen sentir tan bien y tan honrados a los padres como el hecho de que su hijo se oriente a su propio camino, su propia grandeza, su propia obra y su propia felicidad. Los desarrollos de los hijos engrandecen a los padres.

Joan Garriga
Del libro “La llave de la buena vida”

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LOS PADRES NO SE SEPARAN

Para los hijos, sus padres siguen siempre juntos como padres. Se separan como pareja, a veces incluso mientras viven bajo el mismo techo, pero no se separan como padres. Por eso, cuando hay hijos, es especialmente importante cerrar con atención y cuidado las relaciones anteriores.

Uno de los grandes anhelos de los hijos es tener a ambos padres juntos en su corazón, no importa lo que hicieran o lo que pasara, sin tener que tomar partido por uno de los dos o alinearse con uno en contra del otro (como por desgracia ocurre frecuentemente, con penosas consecuencias).

Hay frases o mensajes de los padres, explícitos o implícitos, que dañan terriblemente a sus vástagos: «hijo/a, no quieras a tu padre/madre, desprécialo/a como yo y, sobre todo, no seas como él/ella»; o «hijo/a, no logro entender cómo pude querer a tu padre/madre, tú eres mejor que él/ella». Aunque no se verbalicen, estos y otros pensamientos parecidos a veces son verdades interiores para los padres y nutren la atmósfera familiar de dinámicas fatales para la tríada relacional más importante de nuestra vida, la tríada padre-madre-hijo.

Hay que evitar herir al otro progenitor delante de nuestros hijos, eso es obvio, por muy enojados o cargados de razones que estemos, pero el gran reto va más allá: consiste en trabajar en uno mismo para restaurar el amor y el respeto, y darle al otro progenitor el mejor lugar frente a nuestros hijos, incluso cuando se trata de una pareja infeliz o de una separación dolorosa y turbulenta.

Recordemos que los hijos no atienden tanto a lo que los padres dicen, sino a lo que los padres sienten y hacen. La verdad de nuestros sentimientos puede ser negada o camuflada, pero no puede ser eliminada, y por tanto actúa y se manifiesta en nuestro cuerpo. Es importante que trabajemos con nuestra verdad y, si genera sufrimiento en nosotros o en nuestros hijos, que tratemos de transformarla. Para el futuro de los hijos, es clave que estén bien insertados en el amor de sus padres y que éstos logren amarse, al menos como padres de sus hijos. No es algo tan raro si pensamos que, en la mayoría de los casos, un día se eligieron y se quisieron como pareja, y los hijos llegaron como fruto y consecuencia de esa elección y ese amor.

Joan Garriga
Del libro “El buen amor en la pareja”

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Saber perder – Segundas relaciones (última parte)

El indicador de que una separación ha concluido en un sentido interior viene dado por el hecho de que, en las profundidades, logramos aceptar todo lo que ha pasado, tal como ha pasado y nos entregamos a la vivencia de la pérdida y a las punzadas de dolor que progresivamente se vuelve más sereno. Por fin podemos rendirnos a la realidad de lo vivido y lo perdido y tomarlo tal cual. Para eso abandonamos las culpas y los reproches por las heridas y las frustraciones, tanto los que dirigimos hacia nosotros mismos como hacia la ex pareja. También dejamos atrás los intentos de explicar y entender que nos han servido como consuelo y asidero para sostener las tormentas emocionales y renunciamos a la explicación correcta y soltamos. Liberamos la necesidad de tener razón y todos los argumentos que la sostienen al igual que dejamos de prestar oídos a los argumentos de nuestra ex pareja. Lo habitual es que mientras le inventamos porqués a la realidad nos negamos a rendirnos a ella y ser sus humildes discípulos. A veces ni siquiera hay porqués claros… sólo la vida generando formas cambiantes. Saber perder requiere en un última estancia la capacidad de entregarse al dolor de la pérdida sin camuflarla con otras emociones parásitas como la rabia, la lastima, la culpa, etc. Por fin, y esto es lo más importante, una separación ha concluido cuando nos retiramos de tratar de encontrar buenos y malos y dejamos que cada uno asuma su responsabilidad. Pasase lo que pasase, y sean las que sean las medidas y los límites necesarios para encauzar la relación posterior –especialmente si hay hijos- salimos íntegros si aquellos a los que amamos en su día conservan un lugar digno e íntegro en nuestro corazón; con más motivo cuando se tienen hijos en común. Es bueno para los hijos percibir que, en ellos, los padres se siguen queriendo, por la simple razón de que los hicieron en común como fruto del amor que se tuvieron en su momento. Es necesario al final que cada uno retome en sus manos el impulso de la vida y la propia responsabilidad por la vida que sigue sin el otro.

Ana está con su nueva pareja desde hace diez años. Sufre intensamente por el hecho de que, aún queriéndolo, no logra sentirse comprometida y profundamente vinculada. Más bien se siente aún vinculada con su pareja anterior con la que vivió hechos cruciales y de la que se separo sintiéndose ahogada pero de la que no logra desprenderse en un sentido interior. Los hechos cruciales consisten en que ella atravesó un peligroso cáncer durante dos años que la tuvo muy enferma y al borde de la muerte y él la cuido con total abnegación. Cuando ella superó su enfermedad una fuerza incomprensible la llevó a separarse como si tratará de escapar de una cárcel. Lo que a nivel racional es incomprensible se entiende muy bien mirando detenidamente la dinámica y los equilibrios en el intercambio en la pareja. Ella recibió tanto durante estos dos años de enfermedad que se sintió con una gran deuda y ante lo insoportable de no poder zanjarla abandonó la relación. Una deuda puede compensarse de muchas maneras pero también con la gratitud y la humildad de saber recibir algo bueno y, a veces, la compensación ya se encuentra en la capacidad y belleza de saber recibir. Pero esto requiere humildad. Sea como sea lo importante es cuidar el equilibrio en el balance de cuentas. Una separación se logra cuando el saldo se acerca a cero y no hay más deudas ni obligaciones.

 

Volver a empezar

Como dice el protagonista de una historia que cuenta Jorge Bucay, “fui a comprar un final feliz, y busqué y busqué, pero no lo pude encontrar, y viendo que no lo podía encontrar preferí invertir en un nuevo comienzo”. Cuando un amor se va, hace espacio para otro nuevo y muchas personas que quedaron heridas y vulnerables renuevan su esperanza en un camino de amor y se invierte en un nuevo comienzo, el cual aunque no se logre un final anterior feliz –y un final es más a menudo traumático, doloroso y frustrante- puede edificarse sobre el respeto y la gratitud a lo anterior, la integración de las heridas, los límites necesarios para canalizar los desacuerdos, especialmente cuando hay hijos, y la despedida en el dolor y el amor. Lo nuevo se construye sobre lo viejo cuando lo viejo no son ruinas y cadáveres, sino buenos cimientos de amor, respeto y gratitud. Por tanto, una relación concluye sanamente cuando, con el tiempo necesario, el amor en un sentido interior puede volver a fluir y los límites en un sentido exterior.

JOAN GARRIGA

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Estilos afectivos en colisión – Segundas relaciones (6ta parte)

Todos hemos crecido en un escenario familiar con reglas y modos afectivos propios. Como niños nos insertamos inocentes a la familia a la que pertenecemos y ahí hacemos los aprendizajes principales sobre los vínculos y las relaciones. En particular nuestra exposición al dolor y el intento de apartarnos de el va conformando un estilo afectivo que nos guiará en nuestras elecciones y relaciones afectivas adultas. Podríamos decir que es universal una cierta desconfianza hacia el amor ya que aquellos que amamos nos han herido y los hemos herido y como marionetas gobernadas por el dolor tratamos de protegernos tomando posiciones. Así una vez adultos se juntan Don no valgo para nada con Doña segura, o Don delicado con Doña cuidadora, o Don optimista con Doña abandonada, o Don me peleo con todo con Doña yo tengo razón, o Don agresivo con Doña resignada, y mil etcéteras. Sin duda una pareja es una segunda oportunidad para reaprender, para arriesgarse de nuevo a confiar en el amor. A veces los estilo afectivos aprendidos se complementan y la pareja avanza. Otras veces los estilos colisionan con tanta vehemencia que no es posible un mínimo de bienestar. A pesar del amor la pareja tiene entonces que enfilar caminos divergentes. Como señala Boris Cyrulnik con su teoría de la resiliencia, cada nueva pareja es otra oportunidad para rehacer un vínculo seguro e íntegro. Después de una separación el trabajo consiste en hacer una inmersión en el estilo afectivo que no resulto funcional y equiparse para realizar cambios.

 

Implicaciones en las familias de origen

A veces él no consigue dejar de ser el hijo de sus padres para ser el marido de su mujer, a veces ella sigue tan ocupada con el destino de un hermano que no concede la prioridad al marido y la nueva familia formada. Únicamente son ejemplos pero cuando dos personas forman una pareja y se unen, en realidad, se unen dos familias con su historia particular cimentada en hechos y vicisitudes particulares, y cada uno en la pareja conserva sus lealtades más o menos camufladas a sus orígenes. La pareja se vuelve consistente cuando, con el tiempo, logra afianzarse y sentir que como pareja y como nueva familia son fuertes y tienen prioridad a los vínculos anteriores y esto se consigue lentamente, madurando a fuego lento. Hay sagas familiares donde planean creencias que arrastran a todos sus miembros como por ejemplo “ninguna mujer será nunca feliz con un hombre” o “no se puede confiar”, etc. Beneficia preguntarse sobre estas creencias, ver como actúan como frenos, desafiarlas si es preciso. Ayuda plantearse las ataduras de amor con nuestros orígenes que nos dificultan  el tránsito a la madurez y a la posibilidad de tomar el lugar al lado de un compañero.

JOAN GARRIGA

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Relaciones de Pareja – Segundas relaciones (5ta parte)

Rendirse a lo que separa

Para lograr el bienestar y la estabilidad en la pareja no basta con el amor. En casi todas las parejas podemos rastrear la presencia del amor en alguna o todas sus manifestaciones: pasión, ternura, amistad, decisión, compromiso, etc. Sin embargo puede no ser suficiente y, a pesar del amor, algunas parejas no logran superar los grandes temas que los acechan y deben rendirse a la tenaza de las dificultades o buscar soluciones para ellas.

Apreciar nuestros orígenes y tomar a nuestros padres, allana el camino de la pareja.

Una persona soñó una noche que se acercaban sus padres y depositaban unas monedas en sus manos, no sabemos si muchas o pocas, si de oro, de plata o de hierro. La persona durmió feliz el resto de la noche y al día siguiente fue a la casa de los padres y les dijo: – he soñado que me entregabais unas cuantas monedas y he venido a agradeceros y deciros que las tomo con gusto. Los padres que, como todos los padres, encuentran su grandeza en el reconocimiento y capacidad de recibirlos de los hijos contestaron: – como eres tan buen hijo, puedes quedarte con todas las monedas, y puedes gastarlas como quieras y no es necesario que las devuelvas. El hijo se fue de la casa de los padres y para siempre se sintió pleno y enraizado y el día que encontró una pareja podía sentir en su interior “tengo padre y madre así que me bastara con que él o ella sea mi compañero y yo el suyo”.

Esta historia ilustra en el lado inverso el hecho de que a veces algunos hijos no toman sus monedas que representan la herencia de nuestros padres porque entre ellas también están envueltos las heridas y los sucesos dolorosos y prefieren decir: “no me sirven o no son suficientes o son demasiadas, etc.” y entonces, en algún nivel, caminan huérfanos sosteniéndose en los falsos poderes del resentimiento, el victimismo, la enfermedad, la iracundia, etc. en lugar del verdadero poder de tomar a los padres y su historia y su realidad. Entonces, cuando no toman a sus padres, se acercan a su pareja e incluso a sus hijos con la idea de que la pareja o sus pequeños tendrán las buenas monedas que no recibieron de sus padres, lo cual trastorna el orden entre el dar y el tomar.

La pareja no es una relación materno filial sino una relación entre adultos y aunque la pareja tome el lugar materno o filial en ciertos momentos y aunque con suerte algunas parejas logran balsamizar y reparar viejas heridas con los padres, en general cuando esperamos de la pareja lo que no pudimos tomar de los padres y éste se convierte en el patrón de trasfondo de la relación es demasiado y la pareja fracasa en medio de grandes dolores y desgarros emocionales. Al contrario de lo que es usual en las canciones románticas podríamos decir que funcionamos mejor en la pareja cuando somos más autónomos y reconocemos que sin él o ella también estaríamos bien, que también seríamos capaces de vivir.

JOAN GARRIGA

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Segundas relaciones (4ta parte)

Tú eres tú y yo soy yo, o tú eres yo y yo soy tú.

Cuenta una vieja historia de Oriente que cuando Dios creo al hombre y a la mujer les dio un solo cuerpo, de manera que desconocían el sentimiento de soledad y de carencia. Estaban juntos, completos, eran felices. Pero pronto surgieron dificultades, a veces el hombre quería caminar hacia el este y la mujer hacia el oeste, o uno quería tumbarse y reposar mientras el otro deseaba seguir recolectando frutos. Se dieron cuenta de que no eran libres y que el precio de estar tan juntos –de ser uno en dos o dos en uno- suponía grandes renuncias a impulsos y deseos estrictamente personales. Tanto anhelaron ser libres que solicitaron una reunión con Dios, le explicaron sus problemas y le pidieron que tuviera a bien concederles dos cuerpos. Dios, amable y generoso, no tuvo inconveniente y les concedió dos cuerpos, a él cuerpo de hombre y a ella cuerpo de mujer. Al principio rebosaban de contento, cada uno podía caminar y hacer lo que quería a cada momento con independencia del otro. El podía caminar hacia el este y ella hacia el oeste, no obstante en seguida experimentaron que si se alejaban demasiado en direcciones contrarias notaban un desagradable y angustioso sentimiento hecho de punzadas de soledad y el deseo de reencontrarse.

Tratando de resolver el exceso de unión para encontrar el camino personal se encontraron con la independencia que ponía en riesgo su unión. Se dice que desde entonces las personas han tratado de vincularse sin conseguir resolver completamente este conflicto entre unión e identidad. Todas las personas experimentan ambas necesidades pero en grados y maneras diferentes. Así encontramos personas altamente orientadas a la fusión con el otro y otras a la autonomía. Cada pareja negocia la manera en que ambas necesidades se pueden satisfacer en ambos miembros respetando sus tendencias y estilos personales.

Es posible que un fracaso en la pareja se deba a una mala conjugación de estas necesidades y ayuda cuando nos dirigimos a una nueva pareja tener una mayor claridad de las propias necesidades y tendencias que nos permitan encontrar la persona con la que podamos sintonizar y calzar sin graves conflictos. Es obvio que los extremos de la cuerda generan dificultades especiales y hay personas que se pierden a sí mismas en la fusión, temiendo encontrarse a sí mismas, y otras que se pierden a sí mismas en el exceso de independencia temiendo diluirse en el otro.

Entonces conviene que trabajen terapéuticamente para flexibilizar sus posiciones rígidas. Para que la frase ritual “una sola alma, una sola carne” tenga sentido primero es necesario un dibujo nítido de las identidades individuales.

Enamorarse y amar

Enamorarse significa: “me mueves mucho pero te veo poco” y con esta ceguera y pasión inicial muchas parejas inician su caminar. Efectivamente el otro que vemos cuando nos enamoramos no es más que el otro que imaginamos y necesitamos en nuestras fantasías y le hacemos depositario de nuestros anhelos. Se convierte en el blanco de nuestras proyecciones. Cuando la pareja se empeña y se arriesga a seguir la relación y el camino común se inicia el amor, eso es: “ahora ya voy viendo mejor quién eres pero ya no me mueves tanto, sin embargo me mueves y me tocas lo suficiente para aprender a querer y respetar quién eres, incluso lo que me resulta difícil o no me gusta y me quedo a tu lado y me comprometo en un camino común en lo alegre y en lo triste, en la salud y en la enfermedad” como a veces reza el texto ritual del matrimonio.

En esta fase algunas expectativas ya han sido frustradas. Podríamos decir que el amor empieza cuando el enamoramiento remite. Paradójicamente algunas personas lo interpretan al revés. Piensan que se pierde el amor cuando el enamoramiento se desvanece, rompiendo la relación.

Para las personas que inician segundas o terceras relaciones es una oportunidad para combinar enamoramiento ciego con la clara percepción de quién y cómo es el otro. Hombres y mujeres, chamuscados por relaciones que prometían la maravilla y acabaron de manera infernal, acaban por orientarse de una forma analítica según el sentido de lo conveniente, y a veces no está mal que hagan como si estuvieran un poco ciegos para activar la pasión que surge cuando inventamos al otro a la medida de nuestros anhelos más ocultos. De igual manera los que ciegamente tropiezan una y otra vez con la misma piedra, con el mismo estilo de relación fallido y trágico, en verdad, no quieren algo mejor sino seguir tropezando en su emocionada y esperanzada ceguera y les conviene abrir los ojos y ver.

continuará….

JOAN GARRIGA

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Segundas relaciones (3ra parte)

Tolerar el bienestar y el dolor

Lo que nos lleva a la pareja y le otorga su importancia es el reconocimiento de que estamos incompletos, de que algo falta, de que sentirnos solos y únicos lastima el puzzle interior del Alma que todos necesitamos redondear. El otro, por tanto, completa nuestra sed de totalidad. El vehículo que nos lleva al otro es la sexualidad en primer lugar, junto con la ternura, el cuidado y la seguridad en segundo lugar, y la compañía y el camino común en tercer lugar.

Cuando una pareja persiste en su camino común y en el intercambio y crece a través de los hijos, los proyectos compartidos, los retos y vaivenes asumidos, etc. se profundiza el vínculo de una manera necesaria y grata para el alma pero con grandes consecuencias: por un lado aumenta el bienestar de manera tal que algunas personas no lo pueden soportar y por otro lado nos hacemos candidatos al dolor ya que la traición o la pérdida de la persona amada desgarrará nuestro cuerpo, nuestro corazón y nuestra alma.

Una nueva relación debe incluir la pregunta sobre cuánto bienestar seré capaz de buscar y tolerar y también de qué manera estoy listo para ser de nuevo candidato al dolor y asumirlo si es preciso. Para muchos quizá resulte incomprensible la idea de tolerar el bienestar pero mi experiencia como terapeuta me ha enseñado que muchas personas empiezan a boicotear sus relaciones amorosas “justo cuando todo va bien” lo cual me ha hecho pensar a menudo en una especie de tabú cultural sobre el bienestar, lo cual se explica por una feroz lealtad a los modelos familiares en los que crecimos cuando fueron desdichados. Ningún hijo tolera bien un cociente de bienestar mayor del que conoció en su escenario familiar primero.

El reto consiste en permitirlo y transformar lealtades desdichadas en regalos de bienestar para nuestros orígenes.

continuará….

JOAN GARRIGA

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Segundas relaciones (2da parte)

Buscar la felicidad en el lugar equivocado

Es dudoso que el sentido de la pareja sea proveer de felicidad a sus miembros pero es común soñar que la felicidad llegará con la unión perfecta con el otro, como si ésta se tratara del calmante de todos los males, una suerte de elixir que nos hace invulnerables y realiza la esperanza de reposar confiados en el añorado seno materno.

Que la pareja nos dará la felicidad es una creencia tan extendida que si uno la cuestiona se arriesga a hacerse enemigo de los ilusionados. Sin embargo, si preguntamos a parejas consolidadas suelen contestar que la pareja no les ha dado estrictamente felicidad tal como la esperaban, sino una ardua, agria y dulce tarea interior y de crecimiento, y la compensación es más bien un sentimiento de dulzura, alegría, unión y compromiso en el camino común. Proporciona con suerte la alegría y la dulzura de saberse juntos y confiables en un camino común.

Sabiendo que la progresión de la pareja exige un buen número de penosos ajustes en el ego personal resulta un tanto infantil mantener intacta la creencia de que debe proporcionar la felicidad. Según palabras de San Agustín la felicidad consiste en tomar con alegría lo que la vida nos trae y en soltar con la misma alegría lo que la vida nos quita. Seguramente la felicidad tiene más que ver con una actitud ante la realidad que vivimos que con la realidad misma. Somos felices cuando conseguimos apreciar y fluir con lo que nos toca vivir en lugar de hacerlo depender del estricto cumplimiento de nuestros deseos y nuestros cambiantes pensamientos y sentimientos.

Sería un gran paso liberar a nuestras parejas del peso de tener que hacernos felices y liberarnos a nosotros mismos del peso de hacerlas felices para que paradójicamente la felicidad pueda ser mayor. Sería más prudente y sabio tener simplemente la expectativa y el ofrecimiento de un cierto bienestar y realización en el intercambio y en la relación.

Una buena orientación para abordar una nueva relación es liberarla de la expectativa de que nos haga felices asumiendo la tan proclamada idea llena de sentido común de que nada ajeno nos hará felices. Que la felicidad empieza en uno mismo y entonces, como el aceite, se extiende hacia los demás.

continuará….

JOAN GARRIGA

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