¿Cómo acompañar al que sufre?

Artículo publicado originalmente en El Definido

¿Qué hacer con el amigo bajoneado? Mane Cárcamo nos ofrece su visión personal respecto a un incómodo pero necesario momento que ocurre en toda relación de amistad.

Nadie está libre. Alguna vez nos tocará pasarlo mal, sufrir y tener una pena. A algunos unas muy grandes, a otros en cambio la vida se les hará más fácil. Pero el dolor es algo de lo que probablemente nadie puede escapar. Y por eso es, bajo mi punto de vista, tan importante no sólo estar preparado para experimentarlo en carne propia, sino también para acompañar al que lo está pasando mal. Todo lo que escribiré acá es como siempre mi propia visión, la de una mujer totalmente común y corriente, para nada una experta, que solo le ha dado vueltas al tema un buen rato.

Hacer un Chino Ríos invertido: “estar ahí”

El acompañar a alguien que sufre es un tema delicado, porque no es fácil equilibrar el estar ahí sin invadir, con la ausencia o la aparente despreocupación. Cuando uno está complicado con cómo actuar cuando aquel que queremos está pasando una temporada en el infierno, considero que el mejor consejo es pensar en cómo nos gustaría que nos acompañaran a nosotros… lo que básicamente se reduce en ponernos en el lugar del otro. Personalmente creo que hay que aparecer y que el otro sepa que estamos ahí. Tal vez es una llamada que el otro no quiso contestar, pero que quedó registrada y que para el que lo está pasando mal es un gesto de cariño. Puede ser un audio o simplemente un emoticón con un beso que le haga saber que también abrazamos su dolor. Estar de las maneras más diversas posibles, pero jamás desaparecer por timidez, miedo o pudor.

Otras veces solo hay que ser una oreja con RUT y AFP. Nada más que una simple oreja. Sentarnos a escuchar, sin dar el más mínimo consejo y dejar que la persona querida vomite todo aquello que la tiene tan angustiada. Hay una gran tentación por caer en los clichés de “todo pasa por algo”, “Dios le manda las cosas a quien puede soportarlas” o lo que a veces es peor, pautear al otro en cómo tiene que vivir su dolor “lo que tú tienes que hace es bla bla bla”. Todas tentaciones que surgen del más infinito amor, pero que a veces en vez de ayudar provocan absolutamente todo lo contrario. Hay momentos en los que uno simplemente quiere hablar, desahogarse y por último llorar con esa amiga que su único aporte va a ser pagarte el café (gran aporte en todo caso). A veces lo único que se necesita es una oreja, para seguir adelante y pelearla.

En otras ocasiones la ayuda puede ser simplemente a través del “ejecutar”. No son necesarios ni los audios, ni los emoticones, ni los cafés y menos los consejos. A veces la ayuda más valiosa es hacerle la compra del supermercado a esa amiga que tiene al hijo enfermo, pagarle las cuentas a esa mamá que está con un bajón importante, reemplazar en el turno a esa compañera de trabajo que está en shock por que el marido se fue de la casa o pedirle la hora a ese primo que necesita ver urgente al psicólogo. Hay veces que, en silencio, solo hay que gestionar una ayuda real y dejar los mensajes Village para otro día.

La comida, las películas y los panoramas superficiales muchas veces también son una buena opción. O una buena pichanga, tal vez salir a correr como si nos estuvieran persiguiendo “Los Vengadores” (guglear la noticia) o un asado en donde el único objetivo sea reírse hasta terminar con calambres. También funciona juntarnos con amigas a pasar un momento difícil viendo por novena vez “La boda de mi mejor amigo” acompañadas de un pote de helado y eligiendo el color con el que nos pintaremos las uñas. Todo muy light. Porque algunas veces esa distracción banal es una buena aliada para pasar un momento amargo. Al menos por un rato.

Y aquí me mandaré mi opinión más personal. Algunos le dicen pensar, mandar energías o buenas vibras, yo lo llamo rezar por el otro. Creo que es una manera súper valida y reconfortante para acompañar a los que queremos en sus momentos más oscuros. La fe es un gran bálsamo para cuando de verdad queremos cerrar por fuera. Y el saber que otro reza por mí y mis preocupaciones a mí me ha ayudado mucho en la vida. Y me he sentido más acompañada que nunca.

Y tú ¿cómo acompañas a quien está pasando por un mal momento?

Magdalena Cárcamo – Periodista

Fuente: www.eldefinido.cl

 

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Esas nuevas modas que admiramos (pero que pocos somos capaces de seguir)

Artículo publicado originalmente en El Definido

Mane Cárcamo realmente celebra a todos los hombres y mujeres que siguen estas positivas tendencias. Pero unirse, ufff, es ya otro tema.

En las redes sociales, en la vida cotidiana, en el aire se respiran nuevos hábitos que se han convertido en modas, estilos de vida y que me encantaría poder seguir. Son nuevas tendencias innovadoras y positivas que la están rompiendo y que cuando me veo enfrentada a ellas pongo la misma cara del burro de Shrek porque sé con casi (el casi es para no perder la esperanza) total certeza que son modas que JAMÁS podré seguir. Porque no me sale, porque soy fatigada, ñurda y/o inconstante. Pero bueno, eso no impide que manifieste mi pública admiración por varias de ellas y que los invite a ustedes a compartir esas modas y estilos de vida que la están llevando y que a ustedes también les gustaría seguir.

Los runners

Mi corazón envidioso me hace pensar que nadie puede ser tan feliz corriendo. Mi corazón real se asombra con lo que ha despertado esta “nueva“ práctica. Verdaderos club de amigos, que vibran con sus tiempos alcanzados, los nuevos desafíos, juntan la misma plata que juntaría yo para ir a echarme como una orca a la playa, pero ellos lo hacen para pasar la meta de una nueva maratón. Se ven espléndidas en las fotos (yo estaría perfecta para rostro de la Unidad Coronaria Móvil) y se nota que el afán no es tener un cuerpo perfecto ni una cintura de avispa. Los mueve superarse a sí mismos y se les nota la alegría que da cumplir un objetivo después de haber trabajado con perseverancia y rigor, venciendo las ganas. Mi total admiración para ellos y ellas. A los que me han invitado alguna vez, sigan haciéndolo. Capaz que se produzca el milagro. El mismo día que Luis Miguel se vea pálido, Donald Trump obtenga el Nobel de la Paz y Piñera tenga que pedir un crédito de consumo.

Las mamá multimujer

Probablemente la figura icono en esta tendencia es Virginia Demaría. Es capaz de hacer un desayuno perfecto con panqueques caseros, hacerle una trenza francesa a su hija, ir a dejar a sus niños en bicicleta al colegio, llegar a la casa pintar tres cuadros, bordar nueve manteles y tejerse un cintillo de lana para después irse a clases de tenis, tomarse un café con la amigas, invitar a su familia a almorzar con candelabros y velas, después hacer las tareas con los niños, pintar una pared de la casa, asistir a un evento de alguna marca y jugar a la pinta con los vecinos. Todo esto obviamente vestida de Rapsodia y SIEMPRE feliz. Lo escribo y me tengo que tomar un armonyl. En cambio una, quema los panes al desayuno, pelea con la cabra chica para que se peine, se sube al auto gritando para llegar a la hora al colegio, se pinta en el semáforo, corre al supermercado a comprar pan porque obviamente se acabó, tiene la bicicleta estática como un adorno en la casa, pega el botón del delantal con cero talento, almuerza sentada en el escritorio de la oficina un atún con lechuga, corre para llegar a la psicopedagoga, mientras pasa a pagar las cuentas y con suerte vitrinear ropa en el supermercado porque obviamente tuvimos que volver a comprar ese cartón piedra que olvidamos. ¿Lo impactante? Es que verdaderamente existen muchas mujeres tipo Virginia Demaría. Que en verdad les resulta cocinar en familia, cantando por las praderas cual Novicia Rebelde y son secas en todos los ámbitos de sus vidas. Las envidio/admiro/amo/odio al mismo tiempo. Porque a esa repartición de talentos claramente NO llegué.

Los saludables

Esta nueva moda la aplaudo y celebro de pie (siempre destacando que escribo esto con una bolsa de Cheetos al lado). Pero me ha maravillado como la tendencia de la comida saludable se ha ido tomando las plataformas, los medios de comunicación, las nuevas formas de disfrutar y las conversas. La Connie Achurra es una buena exponente de lo que hablo. Se nota que goza con lo que hace, más que una moda propone un cambio de vida y sus recetas se ven apetecibles. Porque seamos sinceros, si me dan a elegir entre un queso crema con tocino y un budín de puerros tengo muy, pero muy clara mi elección. Pero hoy me he dado cuenta que la cocina saludable no tiene porqué ser sinónimo de fomedad y una vida al vapor. Aparentemente se puede elegir vivir sano sin tener que ceder en sabor. Como dije, lo celebro y aplaudo más que fanática de Maluma, pero creo que jamás podría lograrlo. Si se me quema hasta el agua… ¿cómo seré capaz de hacer una “galette” de manzanas y berries?

Bonus track

Esto no es un estilo de vida ni un hábito. Es solo una prenda de vestir que volvió a la palestra 25 años después de alguna vez haber tenido la osadía de tener uno. El body. Con asombro he visto que han vuelto y espero que no para quedarse. Porque seamos sinceras… ¿a quien le queda bien un body? Con suerte al 2% de la población femenina. La famosa Kendall Jenner no nos representa ni lo hará. Amigas, sean autocríticas, no sean víctimas de la moda. Si con tal de usar un body parecerán un calefón humano caminando por la calles y tendrán que llamar a los bomberos para volver a abrochárselo después de hacer pipí, más vale que te digan anticuada. Dignidad ante todo chiquillas.

¿Qué otras modas agregarías a la lista?

Magdalena Cárcamo – Periodista

Fuente: www.eldefinido.cl

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4 frases que usas a menudo y deberías eliminar para siempre

Artículo publicado originalmente en El Definido

Las repetimos en muchas situaciones de nuestra vida, pero sin darnos cuenta están influyendo nuestra manera de ver las cosas para mal. ¿Cuáles son? Aquí el ranking de Mane Cárcamo.

Ese cliché que dice que los hombres somos animales de costumbre tiene mucho de cierto. Nos acostumbramos a casi todo y podemos perder la capacidad de asombro y análisis sin mucho esfuerzo. Por lo mismo, creo que debemos ser lateros y cada cierto tiempo mirarnos con autocrítica y revisar cómo vivimos y qué decimos.

Porque hay frases que están tan instaladas que ya no nos hacen ni cosquillas, pero que poco a poco van haciendo daño y normalizando visiones de vida que no nos hacen para nada mejores como sociedad. Las repetimos como loros, las integramos en nuestras conversas y así sutilmente las vamos transformando en realidades.

Aquí algunas que humildemente considero que deberíamos revisar:

No es mamá, por lo tanto no puede opinar

Como varios han leído, tengo 4 hijos y no comparto para nada esta frase que deja fuera a toda mujer que no sea mamá de hablar libremente de lo que se le cante. ¡Viva la posibilidad de opinar sobre todo! La frase anterior es solo un ejemplo que se aplica para muchos temas de conversación y/o reflexión. ¿Solo se puede opinar de algo que hemos vivido? ¿Para hablar de lo devastadora de la guerra tengo que haber pasado una temporada en Siria? ¿Para criticar una dictadura tengo que haberla sufrido en carne propia? Personalmente pienso que no. Creo que todos podemos opinar de todo mientras tengamos argumentos serios y fundados para hacerlo.

No hay nada que me enerve más, que una chiquilla no pueda opinar de temas de maternidad porque no tienen que sonar mocos, pagar matriculas o llevar a alguien al pediatra. Es más, creo que su visión con cierta distancia puede enriquecer mucho el debate y la mirada de las cosas. O lo mismo en el tema del aborto, ¿por qué un hombre no puede levantar la voz? ¿Quiénes somos nosotros para autorizar quién sí o quién no puede dar su punto de vista? Hay que dominar el pequeño censor autoritario que llevamos dentro y darnos cuenta que invalidar sin anestesia la opinión de otro/a, es la manera más básica de terminar con ese fascinante acto que nos enaltece y nos abre la mente: la posibilidad de dialogar de verdad.

Soy así y no voy a cambiar

Esta frase es LA definición de soberbia. Onda me tienen que aguantar así y punto. Está bien que nos aceptemos con nuestros defectos y virtudes, pero otra cosa muy distinta es creer que somos el último durazno del tarro y que el resto nos tiene que padecer sin chistar. Creo firmemente que todos podemos cambiar, es más creo que tenemos la obligación de hacerlo.

Asumir que el resto tiene que acostumbrarse a mi mala onda en la mañana, obligar a mis vecinos a experimentar mis arranques de ira en el chat del barrio, torturar a tu pareja con el desorden personal y no pretender hacer nada a cambio, está tan pasado de moda como el ICQ y los mensajes de texto juntos.

¿Pagan?

Aquí seré cuidadosa para no morir a trolleos y ser acusada de explotadora o winner. Entiéndanme bien, claro que considero que hay muchas pegas que uno hace y que deben ser pagadas con un monto digno y justo. Pero también me parece que hoy, cada gesto que realizamos por el otro se ha transformado en una transacción y se espera que siempre recibamos algo a cambio.

Los niños quieren que les paguemos cuando les pedimos que ordenen su pieza, los voluntariados son cada días más escasos y si alguien pide un simple favor la pregunta refleja es “¿pagan?”. “¿Me ayudas a cambiarme de casa? = ¿pagan?”, “¿Me revisas un texto? = ¿pagan?”, “¿Me puedes traer los jueves a Juanito? = ¿pagan?” Son lógicas cada vez más frecuentes entre AMIGOS. Esto no quiere decir que pretendamos que las personas con las que tenemos lazos de afecto no nos cobren por su trabajo, pero querer recibir lucas por todo me parece mucho y desolador. Hay acciones que se hacen por simple cariño. Punto final.

No es mi problema

Está quedando la hecatombe en la casa colindante, echaron a tu partner de la pega por una injusticia, al compañero de tu hijo no lo invitan a ningún cumpleaños, fuiste testigo de un acto deshonesto en tu grupo de amigos y la tendencia natural es pensar “para que me voy a meter si no es mi problema”, y rápidamente correr hasta Tierra del Fuego sin siquiera parar a hacer pipí.

Eso es lo que nos nace de la guata, el primer instinto. Pero, ¿qué pasaría si todos los seres humanos pensaran así? Claramente habría que cerrar por fuera y decir “hasta la vista baby”. Pero como soy una convencida que siempre hay más gente buena que mala, y que los pequeños gestos que cambian la vida de los otros se hacen de manera piola y sin fuegos artificiales, tengo mucha fe. Fe en que hay más que quieren asumir el problema de otro como propio, empatizar con lo que sufre el que está sentado a 30 centímetros mío y levantar la mano para decir que lo que está sucediendo no es correcto. Hay mucha gente dispuesta a meterse en problemas (en el buen sentido de la palabra, no a lo Pablo Escobar), a salir de su acogedor y cómodo metro cuadrado, a jugársela por lo que cree y piensa. Y te aseguro que si piensas en la gente que te ha marcado en la vida te darás cuenta que pertenecen a ese grupo de valientes que son capaces con pequeños actos hacer de este mundo un lugar mejor.

¿Estás de acuerdo? ¿Qué frases te gustaría que se dejaran de usar?

Magdalena Cárcamo – Periodista

Fuente: www.eldefinido.cl

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Temas complicados con tus hijos: mejor sí hablar de ciertas cosas

Artículo publicado originalmente en El Definido

Hay situaciones incómodas de la vida que nos toca enfrentar de cara a nuestros hijos. ¿Qué hacer en esos casos? ¿Ocultar las dificultades o hablar “al pan pan y al vino vino”? Mane Cárcamo propone una salida.

Hay temas que no sabemos ni queremos hablar en familia. Que el solo hecho de pronunciar la letra inicial de la palabra nos da urticaria y que esas “cuestiones difíciles” las evadimos más que Penta y sus impuestos.

Al estar recién criando (hace 11 años en verdad), me he planteado el cómo abordar algunos temas que me parecen relevantes. No tengo las respuestas. Sólo sé que quiero y debo buscar la manera de enfrentarlos, sin miedo y con naturalidad. Porque soy una convencida que no hay mejor fórmula que aquella donde los padres nos adelantemos a las dudas de nuestros cabros y les entreguemos nuestra visión de mundo. Ya llegará un minuto en que con libertad ellos podrán abrazar lo que les inculcamos o no. Mientras, bajo mi punto de vista, los niños valoran que los padres les entreguen certezas. Que sientan confianza en que los papás saben para donde va la micro y eso implica que antes, paremos la locura de la cotidianidad y nos sentemos a pensar “¿Cómo trataremos esto?”

La muerte

Es muy loco que lo único seguro que sabemos, que nos vamos a morir, sea un tema tan temido. Vivimos en una cultura anti muerte. Negadora, en la que nos enojamos cuando ocurre algo que es inminente y obligatorio… MORIR. Entonces ¿por qué al menos no tratamos de amigarnos con la idea?

Nunca olvidaré que cuando chica, si se llegaba a poner el tema de alguna enfermedad grave, un tío se incomodaba tanto y decía al segundo “Ay, no hablemos de eso por favor”. Entonces mis fantasías terroríficas frente a la muerte crecieron aún más, porque siendo una niñita que no alcanzaba los dos dígitos, el sólo hecho que se evitara hablar del tema, lo envolvía en un halo prohibido y misterioso que le daba rienda suelta a mis miedos más oscuros.

Nos vamos a morir. Todos y debemos enfrentarlo. No es un castigo de Dios, ni por “acumular odio” como dijo alguien con ideas muy desafortunadas por ahí. Nuestro cuerpo tiene un tiempo finito y es así. Por lo mismo hablarles a los niños antes de que suceda la muerte de alguien querido, puede ser una buena manera de amortiguar el innegable sentimiento de miedo y dolor que vendrá. No mentir nunca también me parece una regla de oro en este tema. A la pregunta tan natural y obvia de “¿Mamá te vas a morir?” debemos responder con la verdad. A los que tenemos fe, la respuesta va acompañada de la esperanza e ilusión de ir a un lugar bacán, en donde nos encontraremos con Dios y nuestros seres queridos. Y los que no, buscarán otras respuestas que sean coherentes con el estilo de cada familia. Pero alguna tenemos que dar, porque la pregunta en algún minuto del camino vendrá sí o sí.

En este link, un artículo muy claro respecto al tema y que puede ayudar.

Los despidos

Como dice mi mamá, a cualquier persona común y corriente la despedirán alguna vez en la vida. Y no siempre por flojera o hacer mal la pega, puede ser por reducción de costos, una injusticia, el cierre de una empresa, caerle mal a una jefa insoportable y muchas razones justificadas, que no por eso hacen menos doloroso el proceso.

En mi casa nos han echado a los dos. Y en vez de andar cantando como Barney por el living de la casa, nuestra postura ha sido el contar la verdad de la milanesa a los niños. También ha sido una oportunidad para enseñarles que fracasar es un proceso necesario (e incluso si se mira con sentido… positivo) para convertirnos en personas que saben capear la adversidad con fortaleza y alegría. Otra ventaja es que se puede inculcar el valor de la autocrítica y promover los beneficios de mirar con sinceridad nuestro actuar y revisar qué podríamos haber hecho distinto o mejor.

La primera reacción de los niños es decir “¡Qué malo es tu jefe!” y uno para sus adentros no piensa de manera tan protocolar, el traductor interno dice “Mi EX JEFE no es malo, es un &#@@@##”. Entonces hay dos opciones; enseñarles a los niños a culpar al resto y a andar de víctima por la vida o conversar con altura de miras acerca de la situación y buscarle el lado amable al que tengamos que subir con urgencia nuestro CV a Laborum (u otras tantas webs). Porque si algo me ha enseñado la cesantía, es que de ese momento angustioso han aparecido oportunidades increíbles y grandes aprendizajes (y deudas también, para que voy a decir que no, si sí).

Las peleas familiares o con amigos

Otro ítem doloroso y con muchas posibilidades que suceda alguna vez en nuestras vidas. ¿Cómo se le explica a un niño que ese amigo que siempre estaba en nuestras casas de un día para otro desapareció del mapa? ¿Por qué esos primos con los que nos íbamos de vacaciones, celebrábamos Navidad, compartíamos asados domingueros y de los cuales heredábamos los uniformes, ahora no los vemos ni para los temblores?

Perdonen lo reiterativa, pero la verdad (aunque suene cursi y predicador) libera. Los seres humanos somos complejos y también eso hay que explicárselo a los niños. Que los desencuentros existen, que nos peleamos con pasión italiana, que ocurren actos decepcionantes, que a veces no nos podemos reconciliar y que los distanciamientos, aunque sean tristes, muchas veces son necesarios.

Lo mismo frente a matrimonios que se rompieron… el hecho de que haya sucedido no se contrapone a animarlos a buscar el anhelo de construir la vida con alguien para toda la vida. El que una amiga nos haya traicionado, no implica que ya no se pueda volver a confiar en nadie nunca más.

Ojo, que también puede ocurrir algo impensado en estas conversas. Que los niños, con su mentalidad sana y poco rencorosa, nos planteen olvidar nuestros orgullos y reconstruir los vínculos. Ellos muchas veces sin saberlo nos exigen ser mejores personas. Y eso aunque cueste, aunque nos haga mover esa reversa que no queremos, sirve y enriquece.

¿Te ha tocado enfrentar temas complicados con tus hijos? ¿Qué recomendarías?

Magdalena Cárcamo – Periodista

Fuente: www.eldefinido.cl

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¿De qué depende la calidad de vida? Una propuesta diferente

Artículo publicado originalmente en El Definido

Mane Cárcamo reflexiona acerca de nuestra felicidad y las metas que nos ponemos hoy en día los chilenos. ¿Qué estamos anhelando? ¿De qué depende, a fin de cuentas, la calidad de vida?

Hace pocos días se reveló el resultado de un estudio que ubica a nuestro país como uno de los 20 más felices del mundo. Mi reacción fue la misma de ustedes… un gran y sorpresivo ¿WHATTT?, pero tras leer un poco más me di cuenta que, no es que seamos la familia Von Trapp del barrio y andemos cantando por las colinas, lo que pasa es que nuestros vecinos no lo están pasando nada de bien y eso explicaría nuestro sorprendente lugar en el ranking.

¿Ustedes consideran que viven en un país feliz? Es una pregunta interesante para reflexionar.

El concepto de “calidad de vida” lo escuchamos como el correr diario (espero) de la ducha. No nos llama la atención esa frase, pero sí nos inquieta poder alcanzarla en nuestra cotidianidad y, queramos o no, está relacionada con la felicidad. ¿Será normal vivir enrejados, sin tiempo para ver a los amigos, con la línea de crédito más exigida que asesora comunicacional de la Presidenta? ¿Nos tenemos que acostumbrar a que el auto sea nuestro segundo hogar, a descargar nuestras penas y frustraciones en Facebook, a considerar el silencio como un lujo inaccesible?

Según la OMS, la calidad de vida se trata de la “percepción del individuo de su posición en la vida en el contexto de la cultura y sistema de valores en los que vive y en relación con sus objetivos, expectativas, estándares y preocupaciones” (1994, hace tiempo ya).

Esta definición me invita a pensar acerca de lo que se instala en nuestros círculos como el “deber ser” (maternal, amoroso, laboral, etc.) que muchas veces nos sitúa en una posición que nos obliga a mostrarnos como “superhéroes”, pero no como personas plenas.

En nuestra sociedad, es bien visto decir que estamos colapsados, con mucha pega, agotados y con mil actividades que no nos dejan ni un minuto para nada más que no sea el trabajo, las infinitas actividades extraprogramáticas de los niños y las horas de gimnasio para alcanzar un cuerpo “perfecto”. Se desconfía del que tiene tiempo libre y vive más despacio. En serio pienso…Dios me libre.

Para mí, la calidad de vida es poder trabajar en lo que me apasiona y aprender a cerrar el computador cuando la hora lo indica. Sin que nadie te mire feo, porque tus jefes lo hicieron a la misma hora que tú.

Para mí, la calidad de vida es incluir el silencio dentro de mi horario y no ansiarlo como el cartón premiado del Kino. Todos tenemos el derecho (y ante todo la necesidad) de tener un momento a solas. Sin niños, sin marido, sin Waze. Silencio gratuito y de calidad.

Para mí, calidad de vida es poder tocar la puerta de la oficina de mis jefes y hablar con ellos sin tener que agendar como si lo hiciera con alguien de la realeza. Tener autoridades a las que se les ve con la misma periodicidad que el cometa Halley es más frustrante que la multa al Costanera Norte por el desborde del Mapocho.

Para mí, la calidad de vida es estar lo suficiente con mis hijos no sólo para abrazarlos, sino que también para retarlos cuando sea necesario, conversar acerca de su día y también mirar juntos como Peppa Pig salta los charcos de lodo.

Para mí, calidad de vida es conocer a mis vecinos, saber que me pueden salvar cuando me da miedo un temblor, me falta un huevo o necesito 5 lucas para pagar una deuda (las pago, ellos lo saben). Porque, ¿de qué me sirve vivir en una casa más grande que la de la Anita Alvarado si conozco más de la vida de Maluma que la de la familia con la que comparto la vereda? Personalmente creo que esa es la definición de soledad.

Para mí, calidad de vida es poder invitar a amigos sin tener que llamar a Tomás Cox para que produzca el evento, y no tener pudor en hacer un malón en donde lo importante sea juntarse, tener largas sobremesas y ser capaces de gozar con un hotdog sin palta (está impagable).

Para mí, calidad de vida es saber decir que no, sin remordimientos ni quiebres. Y que el otro acepte que la libertad pasa por priorizar los tiempos, valores y miradas de mundo que cada uno en libertad eligió.

Para mí, calidad de vida es vivir en una sociedad colaborativa, en donde ayudemos al otro sin sacar beneficio político de las carencias de Estado y nos preocupemos genuinamente de tenderle la mano al que lo necesita. La Teletón es un ejemplo maravilloso de eso.

Para mí, la calidad de vida es tener alguien a quien escuchar y que me escuche. Que ambos nos interesemos por las alegrías y los dolores del otro, y que no tengamos que recurrir a un posteo de facebook para poder desahogarnos o contar lo que nos aflige. Las redes sociales nunca podrán reemplazar a esa amiga que, sin nada a cambio, se interesa por ese pésimo día que acabas de tener.

Hay sin duda alguna muchos factores externos que determinan el estilo de vida que llevamos. Si alguien está en la extrema pobreza, todo lo que acabo de describir es realmente inútil, y es por eso que quien gobierne durante los próximos años, debe de corazón tratar de revertir la profunda desigualdad en la que viven muchos chilenos. Pero para los que afortunadamente hemos tenido más oportunidades,la calidad de vida también es una opción que depende de nosotros… de liberarnos de vivir para afuera, y de estar cumpliendo estándares que lo único que nos hacen es ser esclavos de la tiranía del consumo y la opinión ajena.

¿Qué es calidad de vida para ustedes?

Magdalena Cárcamo – Periodista

Fuente: www.eldefinido.cl

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5 frases que nunca deberíamos decirle a nuestros hijos

Artículo publicado originalmente en El Definido

Estamos acostumbrados a ciertas frases y conceptos, que si pensamos más de una vez, son bastante incoherentes con el mundo que queremos, o que al menos predicamos. ¿Cuáles son? Mane Cárcamo nos presenta su selección.

Educar sin embarrarla no es una tarea fácil. Más aún cuando el vertiginoso mundo en el que vivimos, entre tacos, colegios, pega, redes sociales, exigencias económicas y mil pendientes, nos lleva muchas veces a decir cosas sin pensar, como si fueran leyes o decretos establecidos. Muchas veces hay frases en el ambiente que ya son parte de nuestra cultura popular y que se han transformado en un hábito al que no le metemos mucha cabeza. Un mal hábito.

No soy sicóloga ni experta en educación. Solo me baso en mi instinto maternal y en el modo que quiero (junto a mi marido) que mis niños perciban el mundo. Acá solo plantearé bajo mi total subjetividad algunas frases que considero desafortunadas cuando nos vinculamos con nuestros hijos. Detractores, los invito a plantear todos su puntos de vista con total libertad. Y a los que les haga sentido esta columna, también los invito a aportar.

“Los tontos se aburren”

Me acuso públicamente de haberlo dicho. Y hace un tiempo me pareció que era una frase muy poco empática. Uno, ¿no podemos darles el espacio a los niños para que se aburran? ¿Tienen que siempre estar en una montaña rusa de emociones? Del aburrimiento han nacido grandes genialidades, pensamientos y obras de arte. Tal vez deberíamos liderar una campaña pro respeto del aburrimiento y en vez de promover escaparnos de él, deberíamos hacernos cargo, abrazarlo y esperar que pase… como una ola. Además eso de los tontos me hace ruido. ¿O deberíamos pensar que Einstein, Mozart, Bill Gates y los más grande genios de la historia nunca se aburrieron?

Soy una convencida que esos estados, como la pena o el aburrimiento, no deben desesperar a nuestros niños. Ni deben sentirse alérgicos a ellos. Para mi es parte de la vida humana y por ende debemos aprender a convivir en armonía con aprender a mirar el techo… en un perfecto estado de aburrimiento.

“Cuélate en la fila”

Alguna vez escribí acerca de la cultura “winner” y como esos pequeños gestos son la primera semilla de la corrupción. Más de alguna vez vi a un adulto usando a un niño para saltarse la fila del supermercado y ahorrar tiempo. U otro papá quebrándose delante de sus hijos, porque están colgados al cable del vecino o celebrando porque alguien olvido cobrarles una cuota. Ya es muy detestable que nuestros niños nos vean “winneando”, muchísimo peor es que los incitemos a ellos a hacerlo por el beneficio propio. Dudo que alguien acá piense distinto. O eso espero.

“No prestes la peineta”

Esto probablemente se reduce al mundo femenino. Como ustedes saben, tengo un TOC con los piojos porque en algún minuto me faltó meterlos en mi plan de isapre e incluirlos en la libreta de familia. Pero aun así creo que la generosidad está por sobre el contagio de esos bicharracos. Cuando era chica a varias amigas mías les tenían prohibido prestar la peineta por miedo a pegarse los piojos. Yo, aunque he sufrido ese flagelo multiplicado por cuatro cabros, defiendo a morir la solidaridad entre los amigos. Dar hasta que duela… en este caso hasta que pique. Porque si los amigos no estamos para prestarnos las cosas, ¿quiénes estarán para eso entonces?

“No seas niñita”

Cuando un niño llora, manifiesta sus sentimientos, penas o temores la manera de abordar esa situación puede ser muy variada. En mi inconsciente está la imagen de un papá (o incluso mamá) diciéndole a su hijo “ayyy relájate, no seas niñita”. Y aunque me acusen de exagerada encuentro que es bien fuerte. Primero, porque se asocia los sentimientos con algo netamente femenino y que además tiene un carácter negativo.

En definitiva le estamos diciendo a los niños que mostrar sus sentimientos “es de niñita” y por ende se está comportando como un “afeminado”, como débil, y por eso carece de respeto o es un exagerado. Como si sentirse poco querido, considerado o nostálgico fuese solo permitido para nosotras. Ridiculizar las emociones de los hijos es tal vez una de esas actitudes que pueden marcar tristemente para toda la vida a una persona. Eso de “el lenguaje construye realidades “es una verdad tan cierta como seria.

“Si te pega, pégale de vuelta”

Cuando uno de nuestros cabros se transforma en el pushing ball de otro, la ira de nosotros, los padres, comienza a surgir como una lava explosiva que sería capaz de arrasar con todo. Más de alguna vez me he visto en una plaza, picada al nivel de un preescolar con un cabro que se pasea con un tuto y chupete, porque ha sido matón con algunos de mis cachorros. Ese sentimiento nadie lo puede negar. Pero el tan utilizado “si te pega, pégale de vuelta” me parece poco coherente con un mundo en el que los padres supuestamente no debemos promover la violencia.

Le decimos a los niños que la guerra no es buena, que no debe jugar juegos violentos, que el diálogo todo lo puede, hasta que… se llegan a meter con uno de los nuestros. Porque ahí aparece el Terminator que llevamos dentro y los lindos discursos que dijimos solo están para decorar nuestro muro de Facebook. Soy una convencida que se puede recorrer un camino más largo, en donde se promueva la conversa, el pedir ayuda a los adultos y el poder ganarse el respeto sin tener que mandar un combo. Es ahí justamente donde podemos comenzar a cambiar el mundo. Aunque parezca inocente y mínimo, lo creo de verdad.

Pero si todos nos alineáramos por cambiar el discurso del ojo por ojo, estoy segura que podríamos construir una sociedad más conciliadora y amorosa.

¿Están de acuerdo? ¿Qué otras frases agregarían?

Magdalena Cárcamo – Periodista

Fuente: www.eldefinido.cl

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7 recuerdos imborrables que todos tenemos o tendremos alguna vez

Hay cosas que pasan en la vida que por muy mala memoria que tengamos, quedarán para siempre en nuestras mentes. ¿Cuáles son? Acá la selección de Mane Cárcamo.

¿Ustedes tienen buena memoria? Yo sí. Me acuerdo de lo mal que me veía para mi primera fiesta de 15, del cumpleaños de la mamá de mi mejor amiga y de la dirección de la casa en la que vivía cuando estaba en primero básico. Aunque en los últimos días me he dado cuenta que me cuesta recordar algunos nombres, marcas o canciones… se nota la cercanía a los 40.

De todos modos, pensé que hay cosas que, independiente de lo buena o mala memoria que tengamos, nunca olvidaremos. Que se imprimen en nuestra historia aunque tengamos 105 años y que siempre la llevaremos con nosotros. Aquí una pequeña lista y como siempre están totalmente invitadísimos a engrosarla con sus aportes.

1. El primer beso

Es difícil olvidarlo, porque cuando va a suceder uno están más nerviosa/o que el humorista que viene después de Maluma en la Quinta. Y en general nunca resulta bien, todo es medio descoordinado y ñoño, muy bajo las expectativas, pero el primer beso es un hito fundacional en nuestras vidas para el que uno se estuvo preparando (lavado de dientes cada 15 minutos y ensayo frente al espejo del baño) casi toda la pubertad. El que lo niegue y dice haberlo olvidado, simplemente miente.

2. La primera pega y el primer despido

El primer trabajo es como el primer amor. No se olvida y uno la enfrentó con tanta ilusión que aunque haya sido extremadamente fome se la recuerda con cariño. En la primera pega uno era un pollo mojado en el que la voluntad de oro es el lema. Somos tan buena onda que estamos dispuestos a responder mails a las 4 de la mañana, entregar informes el 1 de enero, animarle el cumpleaños al hijo del jefe y si se pudiera, tatuarnos el logo de la empresa. No es que se sea una persona disponible, uno ES la disponibilidad misma con RUT.

¿Y el primer despido? CÓMO OLVIDARLO. Ese día en que la autoestima cae más que la credibilidad de Garay, lloras por las esquinas después de haber enfrentado el sobre azul con dignidad (espero) y guardas un rencor profundo, hasta que como en el amor, inicias otra relación laboral. El primer “NEXT” profesional es fuerte, traumático y por lo mismo INOLVIDABLE.

3. El instante exacto del terremoto

Este es un clásico que no falla. Es incluso un tema HIT de carretes recordar en qué estaba cada uno para el gran terremoto que según la edad en la que nos haya tocado vivir: el del 60, del 85, el 27F. Hay tantas historias que el tema es inagotable. La que estaba bailando lento en la discoteque (¿se baila aún lento?), el que estaba pasando piola mientras llegaba tarde a la casa, la primeriza que justo estaba mudando a la guagua o el que tuvo salir cuál Adán corriendo por las calles, porque justo se estaba duchando cuando la tierra comenzó a moverse. Los terremotos son y serán de esos momentos que quedan grabados a fuego en nuestra historia personal. Es así.

4. El parto

¡Uuuuultra cliché! Pero totalmente real. Cada parto queda registrado en la memoria, ya sea por lo lindo del momento, el susto que uno sintió, el dolor que podemos haber experimentado, lo mala o buena onda de la matrona y los mil detalles que suceden en uno de los días más cinematográficos de la vida. Las mujeres somos capaces de recordar cómo íbamos vestidas a tener la guagua, quien llegó (y NO llegó a la clínica), el desayuno de ese día, e incluso quién era nuestra vecina de pieza. Todo queda impreso como una gran foto mental en nuestra maleta de imborrables. Y da lo mismo la cantidad de hijos… el recuerdo de cada uno siempre está ahí. Se los dice una que tiene cuatro.

5. El día que viste a tu papá llorar

Aquí no me acusen de machista PORFA. De hecho en mi casa, mi marido es más sensible que yo y es una característica que aplaudo, porque revela una profunda empatía con los otros. Pero en general convengamos que ver a tu papá llorar es poco frecuente. Entonces si eres niño (o no tanto) y eres testigo de ese momento, te impacta, te asusta un poco, e incluso y te desmorona internamente. También es bonito, porque cuando se está en la infancia descubres que tu papá no tiene por qué ser una especie de Terminator invencible, que a veces los papeles se cambian y que el consuelo es responsabilidad propia… que basta con un abrazo silencioso para que él sepa que uno está ahí, ayudándolo a cargar con su pena.

6. El winner que no hizo regalo de matrimonio

Acá ni perdón ni olvido. Personalmente no estoy ni ahí con mi cumpleaños u otras celebraciones en las que uno recibe regalos, pero el ítem “obsequios” cobra total protagonismo cuando uno va compartir la isapre, el crédito hipotecario y la vida con alguien. Tenemos una planilla Excel mental guardada en nuestro disco duro que identifica al que te hizo un regalo bacán con mucho esfuerzo, a esas 9 amigas se juntaron para comprarte un cuchillo eléctrico y al que olímpicamente NUNCA te llevó nada y se tomó hasta el agua del florero, hizo trencito con tu suegra e incluso se coló en algunas fotos familiares. Es un hecho…JAMÁS se olvida.

7. Ese mensaje o llamado en un momento difícil

Esto es muy marcador. Cuando un ser querido nos dejó, en la enfermedad de un hijo o frente a un problema familiar potente, esa persona que genuinamente te mandó un wasap piola o que te llamó para saber cómo estabas, nunca se olvida y se guarda para siempre. A veces nos sorprendemos de gente con la que no teníamos ninguna expectativa y que terminó arreglándonos un día difícil con una muestra de cariño. Por eso aquí, postulo que el pudor o la timidez no pueden vencer y que cuando uno sabe que alguien a quien le tenemos cariño (o por último nos cae bien) lo está pasando mal, hay que ganarle a esos sentimientos, dar un paso adelante y hacer un gesto. Porque de verdad nunca se olvida y se agradece hasta la eternidad.

¿Y tú? ¿Qué otros recuerdos consideras que son imborrables para el ser humano?

Magdalena Cárcamo – Periodista

Fuente: www.eldefinido.cl

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Vacaciones con amigos: guía práctica para no terminar odiándose

Desde su experiencia personal, Mane Cárcamo saca lecciones cuando se trata de pasar las preciadas y escasas vacaciones con tus personas más queridas. ¿Qué hacer y qué no?

Se acerca un momento muy triste y desolador… ya se termina el verano, que personalmente se me hizo más corto que la carrera de político de DJ Méndez. Y muchos de ustedes, al igual que yo, se deben haber ido de vacaciones con amigos. Una experiencia que vengo repitiendo hace cuatro años y de la que era bastante reacia por los posibles conflictos, prejuicios a veces con razón, y un espíritu independentista que se negaba a sumarse a las normas de un grupo establecido.

Porque mal que mal, las vacaciones son días muy importantes para estar con atados y porque son demasiadas las cuotas que están en juego para más encima pasarlo mal. Entonces, ¿por qué vencí mi temor y después de 4 años sigo repitiendo la experiencia? Porque al igual que casi todo en la vida, una buena elección, consiente, informada y con una comunicación previa y honesta, minimiza el riesgo de fracasar en el descanso y acabar saliéndose en mala de un grupo de wasap.

Aquí algunos de mis consejos para que las vacaciones en grupo sean gloriosas.

Número acotado

Aquí tal vez la opinión (como toda) es muy personal, pero sugiero que el grupo no supere los seis miembros. A todo reventar ocho. Eso permite que las cosas no sean ni taaaan intensas, ni tan disgregadas que parezca viaje de estudio. Que en algún momento se puedan armar subgrupos para diversificar los panoramas, pero que todos quepamos en la mesa a la hora de arreglar el mundo con algún trago, tirar la talla o en el caso ñoño jugar mímica.

Cuando hablamos de parejas también hay que tener cuidado cuando se sale solo con una más. Típico que una de las parejas se pelea y ahí está uno con cara de Winona Ryder en los premios SAG o lo peor… uno también termina con una batalla campal porque tomamos partido y el caos es total. Todos peleados y drama real.

 

Presupuesto Monetario Similar (PMS)

Este es un punto FUNDAMENTAL, tanto que son una sigla inventada por mí. Viajar con alguien con votos de pobreza puede ser tan terrorífico como hacerlos con los hijos de Donald Trump. Entonces aquí cada uno debe ser cabeza fría y decidir muy bien con quien compartirá los 15 días dedicados al descanso. No es lo mismo pasarlo bien en un asado con una amiga que tiene los gustos de las Kardashian que irse al Sudeste Asiático con ella. Entonces la decisión se debe tomar con mucha inteligencia.

Hay algunos que no transan en el nivel del vino y otros que se gozan el que viene en caja con unos buenos duraznos, otras que somos felices con las nutellas marca supermercado y algunos que preferimos hacer una huelga de hambre antes de desayunar con mortadela. Hay muchos que quieren y pueden salir a comer todas las noches a finos restaurantes y otros que tienen que armarse un creativo menú casero varios días para no caer presos. Todos esos aparentes pequeños detalles a la hora de tomar decisiones en conjunto pueden terminar con unas vacaciones dramáticas y amistades de años. Así es que ojo. Con tus amigos… y tu cupo en la tarjeta.

LIBERTAD (la palabra más importante)

¡Otro ítem clave! No falta el que viaja con un grupo muy buena onda, pero que en el que uno de los amigos se cree monitor de resort, guía turístico y profesor jefe al mismo tiempo, y no hace más que dar órdenes u organizar actividades tipo gymkanas y alianzas escolares. POR FAVOR. ¡Amigo si usted es hiperactivo y quiere conocer hasta el RUT del alcalde de la ciudad, bien por usted, pero que cada uno sea libre de hacer lo que realmente quiera!

Evidentemente que aquí vuelvo a que si uno se va de viaje con Hermógenes Pérez de Arce no puede pretender ir a dar la vida a la discoteque hasta las 5 de la mañana o si armas un viaje con la Erika Olivera no te podrás instalar cual morsa en la reposera de por vida. Pero aún así es importante que cada uno de los amigos sepa respetar los ritmos, actividades y horas de sueño de los otros. Porque tampoco falta el latero/a que cuando estás carreteando y ya te dio sueño no te deja ir a dormir: ¿¿¿Cómo te vas a ir a dormir ahora??? ¡No seas anciana! ¡¡¡No puedes ser tan fome!!! Y ahí una, elaborando todo tipo de estrategias de bombas de humo para poder descansar en paz. ¿Lema de las vacaciones por siempre? LIBERTAD.

Bonus track para grupos con niños

Acá es muy importante que las familias compartan un nivel de relajo o TOC parecidos.

Porque si te vas con niños y a ti te da lo mismo que tus hijos coman salchichas por tres semanas seguidas, lo pasarás muy mal con la mamá que exige la betarraga de entrada y el brócoli semanal. O bien si son de esas familia flexibles en las que no les importa que los niños se acuesten más tarde, probablemente esa amiga sargento a la que SÍ le resultan los horarios, te mirará con rayos laser cuando tus cabros estén dando vuelta a las 11 de la noche por la cabaña.

Y otra cosa muyyyyyy importante es que cada  uno reta y educa a sus hijos. Porque no falta la que quiere “enderezar” o “chasconear” a los hijos ajenos y eso, créanme, puede terminar MUY MAL. Ya cuesta ponerse de acuerdo con el marido en las normas con los hijos, como para que venga una amiga a dirigir la orquesta y decidir qué puede comer o no mi manada. Los límites son fundamentales y el estilo de crianza a la hora de descansar, más aún.

Por suerte, con mis amigos todo está muy claro, y esa ha sido la clave para que queramos cada año seguir repitiendo la experiencia de manera muy feliz (Maca síguenos invitando a Curicó plis). Porque a estas alturas del partido, lo único que me parece interesante perder en la vida son kilos… para tener rollos y atados con amigos, está séptimo básico. Y ese curso hace rato que lo pasé.

¿Qué lecciones has sacado de tus vacaciones con amigos?

Magdalena Cárcamo – Periodista

Fuente: www.eldefinido.cl

 

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¡Mamá, ¿cuándo me van a poner frenillos?! Esos y tantos otros deseos que tu también tuviste

Mane Cárcamo presenta una lista de las extrañas cosas que anhelábamos cuando chicos más que cualquier otra cosa en el mundo. ¿Un yeso, anteojos, en serio?

Son divertidos los niños. Esos que todos fuimos. Soñábamos con cosas de las que hoy escaparíamos y odiábamos otras que actualmente añoramos con ansias.

Y los niños cambian, pero no tanto. Lo he visto en los míos. Me piden las mismas cosas que les rogaba yo a mis papás en 1987 y que me hace entre mirarlos con ternura e ira. Y acá van algunos de sus “deseos” que también tuve y que NO ENTIENDO POR QUÉ:

1. ¿Mamá cuando me van a poner frenillos?

Ese afán por tener una ferretería completa en la boca es algo que les fascina a los niños. Tengo una niñita de 8 años que cuenta los días para que le instalen esos aparatos que no te dejan comer choclo ni cilantro con paz en el alma. Uno los espera como la llegada del Viejo Pascuero hasta que te los ponen… y ahí el amor y la ilusión se acaban. Y más cuando los padres vemos el presupuesto de cuánto cuesta enderezarle la dentadura al cabrerío. Créditos de Consumo vengan a mí. Es así.

2. ¡Quiero anteojos!

Creo que aquí hay una diferencia con la época de los que crecimos en los 80. Usar anteojos hoy si tiene su lado cool y gracias a Dios los diseñadores han hecho un real esfuerzo y tener unos hoy dejó de ser sinónimo de la Gertrudis del curso. Usé anteojos entre octavo y segundo medio y de verdad agradezco a los que alguna vez me sacaron a bailar en una fiesta por ese gran acto de bondad. Merecen el Nobel de la Paz. Hoy los niños tienen muchas opciones y la industria óptica se ha apiadado de ellos. Así es que en este punto apaño las ansias hipsters de usarlos y las aplaudo.

3. El famoso yeso

Esta ilusión infantil nunca la cumplí. No sé si porque mis huesos son más fuertes que vaya enyesada o porque era más sedentaria que cobradora de peaje. Pero tener yeso era un sueño de la pubertad. ¿Qué es eso de querer quebrarse y andar inmovilizado? Mirábamos con envidia a la que caminaba por el recreo con su yeso cual modelo Elite. Pero asumamos que la mejor parte era el rayado con lápices chillones que te tenía que hacer todo el curso. Mucho corazón y palabras Village en la zona afectada. Chica popular garantizada.

4. Trencitas “caribeñas”

Este look femenino en verdad era para un sector más pudiente que podía viajar fuera del país y plagarse la cabeza de diminutas trenzas que las hacían durar ojalá hasta marzo para lucirlas lo más posible. Pero las que teníamos cero posibilidad de subirnos a un avión y con suerte hacíamos escalopa en el quinto sector de Reñaca, no estábamos perdidas y había esperanza para nosotras. Siempre había una prima buena onda que nos regalaba toda una tarde para hacernos las famosas trenzas y cerrarlas con lana. Todo muy a la moda como verán. Hoy veo a las niñitas con el mismo gusto, agregándole extensiones con colores y conchitas. Bo Derek aún vives en nosotras.

Y a continuación un par de “antideseos” de la infancia que hoy, como adultos, anhelamos más que nunca:

5. El no querer dormir siesta

Hoy cada día con mayor curiosidad me pregunto por qué odiábamos la siestaaaaaaaaa. Bueno esto es algo que no deseábamos, en realidad. Típico que nuestros papás nos mandaban a dormir un ratito y para nosotros era un castigo, un suplicio, un verdadero sacrificio del terror. Un clásico del 24 de diciembre “Juanita… ¿por qué no duermes un ratito para esperar las doce?” Y eso era LO peor que nos podían decir en la vida. Hoy pagaríamos por media hora de siesta diaria en silencio, aunque fuera sentados en el baño de la oficina, porque una siesta hoy en un lujo que pocos, verdaderamente muy pocos se pueden dar.

6.El odio por la higiene

Hacer que los niños se duchen es más difícil que lograr que los parlamentarios vayan a las sesiones del Congreso. Un amigo me comentó que cuando chico prendía la ducha, se quedaba sentado esperando que pasara un tiempo prudente, se mojaba los pies para simular humedad en el piso del baño y después salía muy campante del baño cual Míster Músssculo. Hoy eso no ha cambiado en los niños, pero los adultos medianamente normales le agradecemos al Creador poder bañarnos. Es más, para muchos si no nos lavamos el pelo diariamente es como si no nos hubiésemos levantado. En cambio la higiene y la niñez no se llevan bien. Eso es un hecho.

El mundo cambia, las tecnologías, los modos y las formas infantiles. Pero algunas cosas no cambiarán probablemente nunca. Y eso es bonito, porque aunque a veces nos sintamos a kilómetros de distancia de nuestros hijos, cuando pelean por ponerse “al medio” en nuestras camas todo vuelve a ordenarse y sabemos que iPhones más o iPhones menos, siempre reconoceremos parte de nuestra niñez ahí.

¿Y tú, qué otros deseos clásicos de la infancia recuerdas?

Magdalena Cárcamo – Periodista

Fuente: www.eldefinido.cl

 

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Porque no todos somos jefes: 6 claves para no ser un empleado pastel

Suelen destacarse las actitudes de un buen jefe, que lo hacen eficiente y amable a la vez. ¿Pero qué hay de los empleados? Mane Cárcamo hace un perfil con las características ideales para ser un buen trabajador, que todos debiésemos considerar.

Siempre hablamos acerca de las cualidades y virtudes que deben tener los buenos jefes. Les pedimos empatía, conocimiento de su equipo, talento, manejo de crisis y mil competencias más que hemos comentado en muchas ocasiones. Sin embargo hoy, yo que en los últimos 16 años he sido mayoría del tiempo una feliz y agradecida empleada, quiero poner en la discusión las características que tiene que tener un buen empleado y compañero de trabajo.

Porque aunque todos quieran emprender y ser independientes o ser jefes, hay que asumir que no todos tienen (o tenemos) las ganas o los talentos para hacerlo. Y también reconocer, que un empleado que trabaja con excelencia muchas veces es más productivo y necesario que un gerente con más cartones que kiosco de la lotería.

El buen empleado es proactivo

Pregunté a muchas personas sobre este tema y esta fue una de las características más nombradas. No es incompatible estar en la segunda línea y querer hacer cosas nuevas, proponer desafíos estimulantes y además resolver los problemas de manera autónoma. Es más, creo que esa actitud es la que permite que se pueda crecer al interior de un trabajo y asumir nuevas responsabilidades. El conformismo y la pasividad producen irritación. Y por favor amigo… no pregunte si es mejor llamar o mandarle un mail al cliente para confirmar la asistencia a la reunión. TOME DECISIONES Y EJECUTELAS SIN MIEDO.

El buen empleado es crítico con respeto y sabe administrar la queja

Tal vez una de las cosas más propias de nuestra cultura es ser adictos a la queja en grupo. Frases del tipo: “Acá el sueldo lo pagan con billetes del metrópoli”, “El almuerzo lo hizo el chef de Colina I”, “Es imposible trabajar con este calor”, “No sé cómo quieren que nos vaya bien si la gerencia comercial es más fome que acuario de almejas” y una larga lista de etcéteras que más que ayudar, solo contaminan el ambiente y al final no solucionan nada. El buen empleado es lo suficientemente correcto y choro como para ir directamente donde el jefe y plantear aquellas cosas que considera que se podrían hacer mejor. Y lo más importante, terminada esa conversa, el buen empleado no la anda publicando y comentando por cuanto pasillo hay en la oficina. Los códigos de privacidad y respeto son un dogma de fe para el buen empleado.

La palabra del buen empleado vale

Cuando dice que va a llegar a una hora lo hace, cuando se compromete a entregar un informe aunque haya un terremoto lo manda, cuando asume una responsabilidad lo hace con todo lo que aquello implica y no busca culpables para excusar sus faltas. Uno sabe que cuando esa persona dice algo se puede confiar a ojos cerrados. No se necesitan notarios como ministros de fe, ni mail con copias a toda la empresa, ni timbres de recepción, porque el buen empleado tiene grabado a fuego que la palabra compromiso se cumple pase lo que pase. Una cualidad en franca vía de extinción.

El buen empleado asume sus pastelazos sin rodeos y sabe pedir perdón

Que todos nos equivocamos y que lo seguiremos haciendo en una realidad indiscutible. ¿Habrá algo más enervante que esa persona que no asume, entrega respuestas más enredadas que cachipún de pulpo y siempre elude SU responsabilidad? Soy una convencida que el camino más corto para solucionar un condoro es: “Si, yo fui, mil perdones. Veré como solucionarlo”. Ese gesto se valora y además el buen empleado duerme tranquilo porque sabe que aunque se equivocó hizo lo correcto. Y la conciencia tranquila vale más que cualquier bono o premio. Bueno… no sé si tanto, pero en verdad vale mucho.

El buen empleado respeta el aire común

Me reí mucho cuando me comentaron este punto, pero más allá de bromas, la convivencia también afecta cuando se vulnera ciertos códigos de armonía. Si vas a llevar almuerzo, evita el jurel, la coliflor o el pescado frito. Te juro que esos menús NO hacen del mundo un lugar mejor. Y si fumas, ten misericordia con el que se sube a las 8 de la mañana al ascensor y se siente tirándose un piquero a un cenicero. Una buena pastilla de menta y una colonia portátil pueden ayudar a que te odien menos.

El buen empleado resguarda su privacidad

Cuando se trabaja en cubículos abiertos, la intimidad es un bien preciado y hay muchos que se echaron ese ramo en la Universidad. Pelear a todo volumen con el pololo con frases del tipo: “Eres un desgraciado, jamás les conté a tus amigos que te teñías las canas y tú a la primera publicas en tu Facebook que me voy a hacer una lipo” o poner en altavoz a la guagua y emitir todo tipo de ruidos mamones y preguntas como “¿hizo caquita? ¿Cómo está mi chanchito primoroso de mamá?”, son genuinas manifestaciones de amor, pero que pueden terminar con toda la planta peinando la muñeca y con severos deseos de homicidio. Trabajemos por un mundo en donde la privacidad se siga cuidando. POR FAVOR.

Ser un buen trabajador tiene un valor que muchas veces no consideramos. Esa persona que se preocupa de trabajar con excelencia, que le pone amor hasta al más mínimo detalle , que contagia buena onda, que es capaz de solucionar los conflictos con honestidad y respeto, que sabe poner los límites entre sus obligaciones laborales y su vida familiar es un talento que se debe cuidar y potenciar. Bacán el espíritu independentista y emprendedor, pero aplaudamos también a los que de manera magistral son felices trabajando para otros y haciendo de este mundo – aunque suene ultra cliché- un lugar mejor.

¿Qué otras características crees que debe tener un buen empleado?

Magdalena Cárcamo – Periodista

Fuente: www.eldefinido.cl

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