El otro, mi espejo!

Siempre cuestioné mi relación con los espejos. Creo que los uso desde chica, y hoy reflexionando, entiendo que siempre estuvieron allí, sigilosos, escuchando. De manera asimétrica, yo entiendo que les hablaba, los adulaba, a veces los escondía, y hasta enojo de por medio, los rompía. Asimétrica digo, porque yo nunca me detuve a escucharlos.

Y tal vez eso sucedió, justamente, porque nunca me detuve. Hasta que lo esperes o no, lo creas o no, algo sucede para que necesaria o compulsivamente, debas frenar.

De un tiempo a esta parte, el hacer y frenar se convirtieron en ritmos acompasados de mi presente. Y sólo a partir de allí, mi relación con los espejos cambió.

Lo primero de todo, es que “espejo” ya no significa solamente esa superficie que refleja. Espejo es hoy, para mí, todos y cada uno de nosotros, que, sin saberlo, actuamos de manera casi sincronizada en esta vida. Y entonces mi espejo pasó a ser mi maestro, que no hace otra cosa que mostrarme y preguntarme a diario, aspirando a que con ello mi Ser crezca. Y entonces “espejo” pasaron a ser mis pares, mis amigos, mis colegas, mi pareja, mi familia y cada una de las personas con quienes me cruzara.

Y ahora entonces, eran cada vez más los espejos que yo tenía que escuchar…

¿Para qué haces lo que haces?, me preguntó hace unos meses. ¿Por qué te empecinas en no mostrarte frágil?, continuó, y siguió. ¿A qué le temes hoy? ¿Cómo le haces la vida más fácil a quienes te rodean? ¿Qué abrazo te falta? ¿Qué te duele? ¿Qué te inspira?

Esas preguntas se reflejaban en cada persona que aparecía, en las circunstancias que suceden, en las emociones y experiencias que se me aparecen y que vienen a mostrarme nuevas posibilidades.

Y por eso, de un breve tiempo a esta parte, entendiendo, repito, a todos y cada uno como un espejo nuestro, aprendí, entre otras cosas, a no bajar los brazos, aunque no tuviera más fuerza. Aprendí a abrazar más seguido, sin etiquetas. Aprendí a agradecer, cuando lo único que hubiera querido era enojarme y alejarme. Aprendí a mirar a la cara, a no ocultar mis lágrimas, a regalar más sonrisas.

Aprendí a escucharlos, a intentar al menos por un rato, ponerme en sus zapatos.

Vaya desafío entonces de convivir con tantos reflejos, con tantos espejos…

Y por eso ya me di cuenta, principalmente, que espejo somos todos y cada uno de nosotros mismos, que actuamos reflejándonos en otros, para expandirnos, luego de haber aprendido, con destino al infinito. Porque la vida es más que eso que te trae tu espejo. Es mucho, mucho más grande que eso.

 

tatiana_Bregi2Tatiana Bregi – Coach ontológico certificada

 

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Suelta, Salta…

“Suelta y avanza” te aconsejan por allí, cual receta mágica, fácil y poderosa. Claro que hacerlo sana, empodera y aliviana. El cómo llegar a esa posibilidad, entiendo, es el desafío.

¿Cómo darse cuenta hasta cuándo tolerar? ¿Qué datos necesito para juzgar hasta dónde insistir para alcanzar esa meta? ¿Qué debería sentir para decirle basta a una relación? ¿Qué me dará claridad para decidir?

La lista de interrogantes continúa, a diario, y mientras tanto, e incluso sin darnos cuenta, decidimos y elegimos desde la resignación, desde donde sólo vemos no-posibilidades.

Irónicamente, y a mi juicio, soy de las que creen que hemos venido a florecer, y no sólo a sobrevivir. Personalmente, me mueve inspirar a ello, y ése es hoy mi propósito de vida. Irónicamente digo, porque tuve que experimentar todas estas sensaciones que te traigo para recién después poder compartirlas.

Me vengo preguntando lo suficiente como para haberme dado cuenta qué me anclaba, qué era eso que me tenía atada. Y en ese aprendizaje, mi desafío fue cuestionar. El amor fue la emoción que elegí predomine, aunque confieso, el dolor, enojo, angustia, miedo y frustración estuvieron de cerca acechando.

Observarme y detenerme fueron, y son hoy, mis dos grandes herramientas. Y tan es así, que lo convertí en hábito. Si tu agenda está completa de actividades y no “tienes” tiempo, déjame decirte que es una señal de alarma. Hacer para no ver lo que hay que ver, es una trampa. Detenerse y a modo de “zoom” y con otros ojos observarte, es el gran desafío. El tiempo se hace, no se tiene. Frenar sana y empodera, y no debería generarte culpa.

Hacer sin sentido agota, y estanca. Frenar sin sentido entristece y agobia. Ambos extremos, desaniman. Y sentirse estancado, sin visión o des-animado, es sobrevivir sin-alma.

Tal vez aún no reconozcas tu ancla (eso que te impide avanzar, y que se repite en el tiempo), quizá no sepas cómo seguir ni adónde vas. A lo mejor esa relación ya no te aporta valor. Tal vez sepas todo esto, y el miedo te gane la pulseada.

Y es ahí, en esa instancia, cuando tienes el desafío de reconocer tu poder: enfrentarlo, atravesarlo, aclararte y decidir, sin querer controlar la consecuencia. Porque de eso se trata la vida. De avanzar, experiencia tras experiencia, como protagonista. Sólo desde allí hay crecimiento. La paz, la felicidad, el amor, el desapego, el optimismo y todas esas aspiraciones no están allí afuera. Tú eres eso, sólo que en algún momento lo olvidaste. Es hora de volver. Es hora de SOLTAR. Confía y equivócate si hace falta. El mundo te espera con los brazos abiertos. De nuevo, confía. Sin duda, ya estás preparad@ para SALTAR.

 

tatiana_Bregi2Tatiana Bregi – Coach ontológico certificada

 

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Mi vida como proceso, y un sentido para mi vida…

Cuando se dio cuenta de su rol como creadora de su mundo, ya no había vuelta atrás. Hasta no hace mucho tiempo, se veía (y sentía) la dueña de la verdad. Para todo tenía respuesta, frente a todo sentía sus fuerzas, nada ni nadie podía cuestionar su control sobre aquello que quisiera tener o hacer en la vida. Hacedora y líder, enfrentaba día a día los desafíos que se le presentaran. Hacedora, porque se enorgullecía de no hacerse un tiempo libre, no se permitía frenar y su agenda debía, día a día, estar colmada de actividades. Líder (o eso creía), pero dueña de un estilo autoritario, donde el otro sólo recibe órdenes, donde no hay espacios para interrogantes ni cuestionamientos, sólo búsqueda de resultados.

Así sus días, buscando hacer y tener. Necesitando reconocimiento en el afuera. Comparando, juzgando, dando, y de nuevo haciendo.

Así sus días, hasta que habló la vida.

Si ya el afuera y sus demandas no tenían sentido, ¿qué era necesario empezar a observar? ¿Qué significaría mirar hacia adentro suyo? ¿Cómo asumir el coraje de SER? ¿Cómo se iniciaría la búsqueda consciente del cambio?

Las preguntas se volvieron entonces sus guías, su rutina, sus criterios de decisión, su invitación a la inestabilidad, sus excusas para frenar. Una por día, muchas por día, infinitas, todos los días.

Aprender a convivir con la culpa fue otra gran tarea. Esta emoción aparece siempre que creemos que estamos o estaremos en falta con alguien o algo. Aparece nuestra conciencia para juzgar si hemos o no traspasado las “fronteras morales o sociales”, si actuamos o somos frente a lo que se espera de nosotros, y desde las etiquetas que nos auto-imponemos.

Esta convivencia (porque aún, cada cierto tiempo, vuelve a aparecer) la logró con el remedio de la autenticidad. Sincerarse con ella fue revelador. Cuestionarse y desaprender se volvió un hábito. Lo establecido, lo socialmente aceptado, las expectativas: el filtro de las preguntas invitaba a nuevas respuestas, a desconocidas posibilidades. Alivio y libertad, la consecuencia.

Cambió entonces el control por el fluir, la ansiedad por el futuro que nunca llegaba, ahora era la antesala de su presente cambiante. Eligió sentir, y experimentar, intentando no pensar. Aprendió sobre las ventajas de la paciencia, pero también de las sorpresas que te traen elegir a veces hacer desde el impulso. Se acercó más amigablemente a su cuerpo, eligiendo cuidarlo, en lugar de obligarse a hacerlo. Abrió espacios de conversación, y eso trajo nuevas amistades, grandes maestros, y mejoras en sus antiguas relaciones. Agradeció cada aprendizaje, y hoy abraza el error como posibilidad. Tiene una lista de actividades para experimentar por primera vez, y se siente libre cada vez que lo hace. Hoy juega más, pese a que hace rato que físicamente dejó de ser una niña. Respira y es consciente de ello, agradecida de poder hacerlo todos los días.

La vida es un proceso, sostiene y coincide ahora, y a ella se la diseña día a día. La vida, entonces, debería ser esa burbuja que nos aísla de los juicios de no posibilidad, ese espacio neutro, donde tu encuentro contigo te da todas las respuestas, esa tranquilidad que nos invita a soñar con lo imposible, y sabernos poderosos y capaces de todo lo que nos propongamos.

La vida, insiste, es un proceso. Y en ese proceso, ella aprendió a redefinir su liderazgo, que no es otra cosa que escucharse y conocerse, para desde allí transitar su misión de vida. Es ese, y no otro, el sentido de su SER.

En tu caso, ¿qué le da sentido a tu vida?

tatiana_Bregi2Tatiana Bregi – Coach ontológico certificada

 

 

 

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