¿Cómo acompañar al que sufre?

Artículo publicado originalmente en El Definido

¿Qué hacer con el amigo bajoneado? Mane Cárcamo nos ofrece su visión personal respecto a un incómodo pero necesario momento que ocurre en toda relación de amistad.

Nadie está libre. Alguna vez nos tocará pasarlo mal, sufrir y tener una pena. A algunos unas muy grandes, a otros en cambio la vida se les hará más fácil. Pero el dolor es algo de lo que probablemente nadie puede escapar. Y por eso es, bajo mi punto de vista, tan importante no sólo estar preparado para experimentarlo en carne propia, sino también para acompañar al que lo está pasando mal. Todo lo que escribiré acá es como siempre mi propia visión, la de una mujer totalmente común y corriente, para nada una experta, que solo le ha dado vueltas al tema un buen rato.

Hacer un Chino Ríos invertido: “estar ahí”

El acompañar a alguien que sufre es un tema delicado, porque no es fácil equilibrar el estar ahí sin invadir, con la ausencia o la aparente despreocupación. Cuando uno está complicado con cómo actuar cuando aquel que queremos está pasando una temporada en el infierno, considero que el mejor consejo es pensar en cómo nos gustaría que nos acompañaran a nosotros… lo que básicamente se reduce en ponernos en el lugar del otro. Personalmente creo que hay que aparecer y que el otro sepa que estamos ahí. Tal vez es una llamada que el otro no quiso contestar, pero que quedó registrada y que para el que lo está pasando mal es un gesto de cariño. Puede ser un audio o simplemente un emoticón con un beso que le haga saber que también abrazamos su dolor. Estar de las maneras más diversas posibles, pero jamás desaparecer por timidez, miedo o pudor.

Otras veces solo hay que ser una oreja con RUT y AFP. Nada más que una simple oreja. Sentarnos a escuchar, sin dar el más mínimo consejo y dejar que la persona querida vomite todo aquello que la tiene tan angustiada. Hay una gran tentación por caer en los clichés de “todo pasa por algo”, “Dios le manda las cosas a quien puede soportarlas” o lo que a veces es peor, pautear al otro en cómo tiene que vivir su dolor “lo que tú tienes que hace es bla bla bla”. Todas tentaciones que surgen del más infinito amor, pero que a veces en vez de ayudar provocan absolutamente todo lo contrario. Hay momentos en los que uno simplemente quiere hablar, desahogarse y por último llorar con esa amiga que su único aporte va a ser pagarte el café (gran aporte en todo caso). A veces lo único que se necesita es una oreja, para seguir adelante y pelearla.

En otras ocasiones la ayuda puede ser simplemente a través del “ejecutar”. No son necesarios ni los audios, ni los emoticones, ni los cafés y menos los consejos. A veces la ayuda más valiosa es hacerle la compra del supermercado a esa amiga que tiene al hijo enfermo, pagarle las cuentas a esa mamá que está con un bajón importante, reemplazar en el turno a esa compañera de trabajo que está en shock por que el marido se fue de la casa o pedirle la hora a ese primo que necesita ver urgente al psicólogo. Hay veces que, en silencio, solo hay que gestionar una ayuda real y dejar los mensajes Village para otro día.

La comida, las películas y los panoramas superficiales muchas veces también son una buena opción. O una buena pichanga, tal vez salir a correr como si nos estuvieran persiguiendo “Los Vengadores” (guglear la noticia) o un asado en donde el único objetivo sea reírse hasta terminar con calambres. También funciona juntarnos con amigas a pasar un momento difícil viendo por novena vez “La boda de mi mejor amigo” acompañadas de un pote de helado y eligiendo el color con el que nos pintaremos las uñas. Todo muy light. Porque algunas veces esa distracción banal es una buena aliada para pasar un momento amargo. Al menos por un rato.

Y aquí me mandaré mi opinión más personal. Algunos le dicen pensar, mandar energías o buenas vibras, yo lo llamo rezar por el otro. Creo que es una manera súper valida y reconfortante para acompañar a los que queremos en sus momentos más oscuros. La fe es un gran bálsamo para cuando de verdad queremos cerrar por fuera. Y el saber que otro reza por mí y mis preocupaciones a mí me ha ayudado mucho en la vida. Y me he sentido más acompañada que nunca.

Y tú ¿cómo acompañas a quien está pasando por un mal momento?

Magdalena Cárcamo – Periodista

Fuente: www.eldefinido.cl

 

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El regalo de la Vida

La semana pasada asistí al lanzamiento de un libro acá  en Viña del Mar. Se trataba de la novela Hermano, no tardes en salir del abogado y premio Nacional de ciencias y Humanidades, Agustín Squella. Leí el libro completo apenas llegué a mi casa. Confieso que el interesante diálogo que se produjo entre el autor y su editor durante la presentación me motivó  a hacerlo. Y a pesar de lo cansada que estaba ese viernes en la noche,  el recuerdo de la intensidad de esa conversación pudo más que mi sueño y lo acabé de un tirón. Lo he vuelto a leer durante la semana y he repasado algunos pasajes que me gustaron especialmente, reviviendo el placer y emoción que me produjo su lectura.

Básicamente el libro enlaza la historia de una amistad hípica con la muerte a causa de  un suicido,  de un hermano del autor. La historia me conmovió, por la sinceridad con que está escrita,   por la claridad de su escritura y muy especialmente por la profundidad de su mensaje. Porque en el fondo, el libro trata de  la belleza de la vida y aunque relata  lo dura y dolorosa que puede ser para los que quedan,  la muerte inesperada de una persona joven y que parecía disfrutar tanto de la existencia, el relato se centra  primordialmente  en el privilegio que implica para los seres humanos el simple hecho de estar vivo. Esa pérdida inesperada,  brutal,  dolorosa y tal vez en momentos incomprensible,  no disminuye para nada el valor que tiene  una vida bien vivida,  disfrutada y compartida y que sigue luego de 40 años en el recuerdo de los que lo amaron

Porque es cierto que la vida puede ser mirada como una sucesión continua de pequeñas y grandes pérdidas que  todos experimentamos. Pero también puede ser considerada como un gran regalo que se nos ofrece gratuitamente y sin darnos tregua para que la vivamos a plenitud,  la aprovechemos en su totalidad y  la gocemos y suframos con pasión

El hermoso mensaje que deja este  libro es que tanto la   fragilidad,  que  forma parte esencial de  nuestra condición humana como  el carácter efímero y temporal de nuestra existencia,   lejos de entristecernos y atemorizarnos,  nos debe hacer gozar del don  de la vida en todo momento,  para disfrutarla  en toda su inmediatez, incertidumbre  e intensidad.

 

Macarena Urenda Salamanca

 

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