Ley del Equilibrio

Los vínculos se crean entre lo que uno toma y lo que uno da. Entre las ganancias y las pérdidas. 

En lo profundo del alma existe la necesidad de equilibrio. Quien recibe algo siente la necesidad de compensarlo, dando también él. Este impulso desempeña una importante función social, permitiendo el intercambio y la cohesión. Un grupo se mantiene unido por el hecho de que cada uno de sus miembros dé y tome, y que este intercambio sea equilibrado. Donde no es posible compensar el desequilibrio en una relación entre iguales, no puede darse ninguna unión duradera.

Entre padres e hijos no hay ese equilibrio. Entre maestros y alumnos el desnivel también es insalvable. Una generación da y la siguiente toma, y lo que se recibe pasa a la siguiente generación. El equilibrio no es posible entre padres e hijos porque lo más grande que recibimos de los padres es la propia vida, y eso es imposible de devolver. Esta deuda se alivia a través de lo que damos a nuestros propios hijos, o si no se tienen, lo que aportamos a la comunidad, a la sociedad o al resto de sistemas a los que pertenecemos. También los padres fueron hijos en su momento y los maestros alumnos. Ahora ellos logran llegar a la compensación traspasando a la siguiente generación aquello que ellos mismos recibieron de la anterior.

Los Órdenes del Amor entre padres e hijos comprenden que los padres den y los hijos tomen. Los padres dan a sus hijos aquello que antes tomaron de sus propios padres y aquello que, como pareja, toman el uno del otro. Los hijos, en primer lugar toman a sus padres como padres, y en segundo lugar, todo aquello que los padres les den de más. A cambio, los hijos, más tarde, pasan a otros aquello que de sus padres recibieron, sobre todo a sus propios hijos. Quien da puede dar porque antes tomó, y quien toma puede tomar porque más tarde también dará. Quien estuvo antes tiene que dar más, porque ya ha tomado más, y quien llega más tarde aún tiene que tomar más. Este orden también es válido para el dar y tomar entre hermanos: quien estuvo primero tiene que dar al posterior, y quien llega más tarde, tiene que tomar del anterior. A cambio, el hijo menor suele cuidar a los padres cuando éstos llegan a la vejez.

Hay un matiz importante entre tomar y aceptar:  Tomar es recibirlo con gratitud, tal cual es, sin poner ni quitar nada. Aceptar supone recibirlo por obligación y a regañadientes, por que no queda otro remedio.

El dar y el tomar entre padres e hijos es diferente a la relación de pareja. La pareja es una relación entre iguales. Si se mantiene el equilibrio la relación funciona, pero si uno da mucho y el otro da poco, o si uno da y se niega a tomar, el equilibrio se rompe y pone en peligro la continuidad de la relación. Hay que dar en la medida en que el otro pueda tomar, y viceversa.

 Ver Las influencias de tus antepasados en tu vida 

La igualdad en la relación de pareja, que de manera fundamental se expresa en la consumación del amor, se extiende también a otros ámbitos vitales. La relación de pareja se logra a través de una compensación continua entre dar y tomar, unida al amor. 

Ejemplo:

– Un hombre le hace un regalo a su mujer porque la quiere. Nada más entregarle el regalo, él se encuentra en una posición superior. Él da, la mujer toma. Ahora bien, ya que ella tomó, también siente una obligación hacia su marido, está en deuda con él. Así intenta equilibrar el desnivel dándole algo a su vez, y dado que ella también lo ama, por precaución le dará un poco más de lo que él le dio. En consecuencia, es el marido quien siente la presión de la obligación e intenta compensar lo recibido, y dado que ama a su mujer, también él le da algo más de lo que recibió.

Así, a través de la necesidad de equilibrio unida al amor, se da un intercambio siempre creciente, un gran movimiento entre dar y tomar. Este hecho vincula a la pareja de manera aún más entrañable, por lo que entre ellos va creciendo la felicidad. Este intercambio positivo es uno de los pilares de una buena relación de pareja.

Ahora bien, en muchas parejas, también hay situaciones en las que uno de los miembros hiere al otro con su comportamiento. También aquí, la persona que sufrió la injusticia siente la necesidad de compensarla, la necesidad de vengarse. Así, este compañero también atenta contra el otro, pero muchas veces, porque se siente en su derecho, le devuelve algo más de lo negativo. De esta manera, también el primero tiene de nuevo el derecho de hacerle daño al otro, y también él, por un sentimiento de derecho, comete algo un poco más grave, y así lo negativo aumenta. Se desarrolla un intercambio intenso, pero en el lado negativo. También este intercambio vincula a la pareja, pero en detrimento de su felicidad.

Sin embargo, hay una regla muy simple para salir de este círculo vicioso: de la misma manera que en el intercambio positivo, por amor se le da al compañero algo más de lo bueno; así, en el intercambio negativo, por amor se le hace un poco menos de daño al otro. El uno siente que se ha vengado, y el otro siente que ha saldado la deuda sin sentirse agredido. De esta forma, el intercambio positivo puede reanudarse.

Tal vez podamos sentir que somos muy generosos con otras personas, y que el otro se comporta de manera egoísta y no nos da lo mismo que le damos. Si miramos bien, con tanto dar lo que hacemos es crear una deuda tan alta que el otro no puede saldar y lo más probable es que se distancie. Si seguimos mirando, también es posible que aquéllos que damos mucho, tengamos dificultad en tomar de los demás, en especial, de los padres.

También, hay quien sólo quiere tomar y nunca se siente en deuda. En ambos casos, suelen ser personas que se sienten víctimas rabiosas por algún suceso de su infancia.

En el dar por parte de los padres y en el tomar por parte de los hijos no se trata de un dar o un tomar cualquiera, sino de dar y tomar la vida. Al darles la vida a los hijos, los padres no les dan nada que a ellos les pertenezca. Junto con la vida, los padres mismos se dan a los hijos, tal como son, sin añadir ni restar nada. Y de la misma manera, los hijos, al recibir la vida de los padres, no pueden ni añadir, ni suprimir, ni rechazar nada. Los padres no sólo nos dan la vida: también nos alimentan, nos educan, nos protegen, nos cuidan, nos dan un hogar. Por tanto corresponde que lo tomemos todo, tal como lo recibimos de los padres. 

Son muchas las personas que caen en la trampa de culpar a sus padres de todos sus infortunios. El principal obstáculo para que podamos tener una vida feliz es el de negarnos a aceptar lo que es. Construimos historias que se convierten en hechos verídicos para nosotros, y son estos “hechos” los que se convierten en el guión con el cual esculpimos nuestra vida.

Cuando rechazamos lo que es, nos rechazamos a nosotros mismos; cuando rechazamos lo que fue, rechazamos la vida misma. Cuando alguien se queja de que la vida no le trata bien, podemos preguntar: ¿a cuál de tus padres no respetas? La vida nos ha sido transmitida a través de nuestros padres; por tanto, todo lo que somos y esperamos ser se lo debemos a ellos, es a ellos a quienes se lo debemos todo, y cuando les negamos el lugar que les corresponde por derecho, y nos negamos el lugar que nos corresponde a nosotros como receptores de tales dones, negamos la vida, la fuente de toda vida y ese universo mágico.

 

Cuando rechazamos a nuestros padres, o nos sentimos superiores a ellos de algún modo, le decimos “no” literalmente a la vida que se nos ha dado y desafiamos al destino y al orden de las cosas. Hay que tomar a los padres y a la vida tal y como es. Los padres se hacen grandes cuando sus hijos les reconocen y les honran. La capacidad de recibir amplifica la grandeza y el deseo de dar. 

Cuando los excluidos son integrados y reconocidos de nuevo se convierten en una fuerza protectora. Cuando aprendemos a tomar en la justa medida nos sentimos en paz en nuestras relaciones con los demás.

Recuerda, la máxima de esta ley:

“Hay que tomar a cada cual como es; y hay que dar en la medida en que el otro pueda tomar”.

Texto: Curso Constelaciones Familiares

Redacción Instituto Draco

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El arte del buen amor en las familias. Las Constelaciones Familiares (V Parte)

Los Órdenes del Amor
El primer orden del amor nos dice que, en esta red de vínculos, todos sin excepción, con independencia de si se les juzga positiva o negativamente, tienen el mismo derecho a pertenecer y a ser incluidos y dignificados, permitiendo y exigiendo que asuman su destino y sus culpas y las consecuencias de las mismas, cuando así fuera el caso. En la práctica ocurre que los sistemas familiares excluyen o apartan a algunos de sus miembros porque condenan su comportamiento, o porque su recuerdo es demasiado hiriente, vergonzoso o doloroso. A veces, hay personas que murieron pronto, o personas que se suicidaron, y esto ocasiona dolor o vergüenza en los descendientes, o bien incluso padres a los que se juzga por no haber hecho lo adecuado o por irresponsables, malos, maltratadores, abandonadores, alcohólicos, etc. En realidad, excluir es un movimiento de la mente personal que trata de protegerse de lo que le genera dolor. Pero la Mente Colectiva, el Alma común, no entiende el lenguaje de la exclusión y sigue un principio existencial que reza que “todo lo que es tiene derecho a ser tal como ha sido, y a ser reconocido de esta manera”. Cuando este principio es respetado, como fruto de cavar en el propio proceso emocional y asentir a los asuntos familiares, el pasado queda liberado y el futuro puede ser fuerte y real. Cuando hay exclusiones, la Mente Colectiva impone la consecuencia inevitable de que lo excluido será encarnado de nuevo por personas posteriores, que no tienen nada que ver con el asunto, y que muchas veces inconscientemente, sin saberlo, siguen el destino del excluido. Es el efecto de las habitaciones prohibidas que atraen inevitablemente a algunos en un intento fallido de elaborar y cerrar capítulos dolorosos de los sistemas. ¿Cuántos se hacen alcohólicos siguiendo a un padre despreciado por su alcoholismo? ¿Cuántos padecen un apego frágil a la vida cuando en el corazón de la familia se les vive como miembros que reemplazaron a alguien perdido por muerte temprana, por ejemplo, o se sienten atados a la persona que falleció, y con dificultades para tomar la vida en plenitud? ¿Cuántos sienten impulsos suicidas cuando otros, anteriores, también se quitaron la vida o bien se hicieron culpables de la muerte o la desgracia de otras personas?

El segundo orden del amor es de una simplicidad extraordinaria: las personas están mejor cuando ocupan el lugar que les corresponde y no otro, lo que, traducido a los sistemas familiares, significa que los hijos sean hijos y los padres sean padres, y que en la pareja ambos sean adultos, iguales en rango, y caminen lado a lado. Si enunciarlo es fácil, que se cumpla no lo es tanto. ¿Cuántos hijos no se ven llevados a tomar la posición invisible de padres de sus padres, especialmente cuando éstos los perdieron pronto o los rechazaron (y entonces, sin darse cuenta, buscan en los hijos lo que les falto de sus padres), y los hijos lo asumen por amor, al precio a veces de llevar mochilas y fardos que dificultan su propia vida y expansión? ¿Cuántos hijos se encuentran implicados con uno de sus padres en contra del otro, o se sienten la pareja invisible de uno de ellos, o están demasiado cerca de uno de sus progenitores y en contra del otro, o hacen malabarismos emocionales y enferman en un intento heroico de preservar un buen lugar a sus padres en su corazón? No debemos olvidar que el anhelo genuino de los hijos es aunar a ambos padres en su interior, con independencia de lo que pase o haya pasado entre ellos. Demasiados padres se comportan como pequeños y demasiados hijos se comportan como grandes y especiales, transgrediendo la regla del bienestar en las familias: cada quien en el lugar que le corresponde. Y esto significa también que los posteriores se apoyan en los anteriores y orientan su mirada hacia el futuro. Es lo que en sociedades más tribales se vive como apoyo en los ancestros, a los cuales se honra y venera.

El tercer orden del amor refiere reglas de intercambio entre el dar y el recibir, lo cual riega y sostiene la vida de todos. En lo que respecta al vínculo con los padres, por ejemplo, no podemos devolver lo mucho recibido y lo compensamos y equilibramos dando a nuestros hijos o sirviendo y cuidando a la vida con nuestros dones. El mandamiento bíblico reza: “honrarás a tu padre y a tu madre y de este modo tendrás una larga y buena vida sobre la tierra”, lo cual significa que hacemos justicia a lo recibido logrando una vida buena y, a ser posible, larga. También compensamos cuidándolos dentro de nuestras posibilidades cuando lo necesitan en el declive de su vida.

Al trabajar con los problemas de las personas, encontramos que muchas no están asentadas en lo que viene de los padres (que simbolizan la vida) y más bien se niegan a tomar lo que recibieron, para preservarse de lo negativo. Sin embargo, de este modo raramente se ponen en paz con ellos mismos y con la vida, entregándole lo que tienen para darle. Más bien se empobrecen y se escatiman, posicionándose en el victimismo o el resentimiento u otros lugares de sufrimiento. Tomar lo que viene de los padres, aunque incluya heridas dolorosas, y trabajar emocionalmente en ello parece ser una suerte de salvoconducto para el buen amor y un antídoto contra muchos males, que nos induce a tomar responsabilidad por la propia vida y la renuncia a jugar juegos psicológicos invalidantes, llenos de sufrimiento, por ejemplo con la pareja o con los hijos o en entornos profesionales.

Respecto a los iguales, la regla del intercambio es mantenerlo equilibrado, para asegurar la paridad y la igualdad de rango. Damos, tomamos, compensamos, equilibramos, y estamos libres, y si seguimos juntos es usando nuestra libertad, no por sentido de deuda o de ser acreedores. Es un clásico en conflictos de pareja que suela haber desequilibrios en este intercambio de manera tal que uno se siente deudor y acreedor y ya no son capaces de mirarse a los ojos con confianza y apertura de corazón.

En resumen, ayuda en mucho a las personas y las familias que haya un orden, ordenar el amor, plasmarlo en una buena geometría de las relaciones humanas, en la que estén todos sin excepciones e igualmente dignos de respeto y de consideración, cada uno en el lugar exacto que le corresponde y nutriéndose los unos a los otros de manera tal que logren crecer en lugar de padecer. He aquí, pues, el buen amor.

Quién mejor que un poeta podría explicar ideas tan evasivas para la mente y tan certeras para el corazón. Miguel Hernández, en un fragmento del poema “Hijo de la luz y de la sombra”, escribió:
No te quiero en ti sola, te quiero en tu ascendencia
Y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia,
La familia del hijo será la especie humana.
Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
Seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo, se besan nuestros muertos,
Se besan los primeros pobladores del mundo.

Joan Garriga
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Extraido de www.joangarriga.com

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El arte del buen amor en las familias. Las Constelaciones Familiares (IV Parte)

El Alma Familiar. Sexualidad y Muerte.
Esta Alma o Mente común es, según Hellinger, una fuerza que une y dirige a quienes le pertenecen, y lo hace siguiendo ciertas leyes a las que llamó Órdenes del Amor (una expresión original de San Agustín), que explicaremos a continuación, cuyo respeto y cumplimiento favorece que el nexo y el amor, generalmente presente entre los miembros del grupo o familia, fermente en su bienestar y dicha, y cuya transgresión suele acarrear sufrimientos y sacrificios que muchas veces parecen ilógicos, a juzgar por el amor que sienten los unos por los otros. Esta Alma colectiva a la que pertenecemos ha sido impactada por dones y por heridas, por vida y por muerte, por risas y por lágrimas, por avances y retrocesos. El colectivo como tal es retado a asumir e integrar todos los hechos que la existencia, regida por los dos grandes poderes del vivir que son la sexualidad y la muerte, les regala. La Sexualidad abre las puertas de la vida y la hace avanzar y prosperar, teniendo como aliados al amor, la alegría de vivir, la fortaleza, y la esperanza. Por el contrario, la Muerte cierra las puertas de la vida y nos obliga a crecer a través del dolor, que nos traen sus poderosos aliados como la enfermedad, los abortos, la autodestrucción, la violencia, las adversidades accidentales, etc. En los sistemas familiares hay hechos que duelen, debilitan, avergüenzan o lastiman, y el sistema trata de protegerse de ellos a veces con el silencio, encerrándolos en el olvido, sin advertir que los silencios son sonoros y tienen consecuencias, e impiden la fortaleza y la salud del grupo, y a menudo conllevan implicaciones y sacrificios. Se requiere integrar lo que dolió o devasto para que pierda su poder y quede como pasado. Como reza un pequeño fragmento de Yerma, de García Lorca: “Algunas cosas no cambian. Hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las oye”.

Por tanto, vivimos no sólo en nuestra mente individual sino perteneciendo a redes de vínculos, almas colectivas, cada una con su propia mente arcaica e imperiosa, que nos influyen e incluso gobiernan, aunque no las comprendamos (especialmente la familiar). En estas redes, el amor no es suficiente para asegurar el bienestar; requiere de un orden. A algunas personas les parece ilógico el sufrimiento si el amor está presente. Sin embargo, la evidencia muestra que muchas personas sufren a pesar de la presencia del amor. El amor no basta, pues se requiere Buen amor o Amor ordenado. El buen amor se reconoce porque nos conduce hacia el bienestar, la vida, el provecho y la realización. El buen amor supone que hemos avanzado emocionalmente para respetar y asentir al pasado y a los dones y las heridas de nuestros anteriores, en lugar de involucrarnos en éstas, repitiéndolas, o mostrándoles una fidelidad mal entendida a nuestros anteriores con nuestra infelicidad. Así, el buen amor logra que vayamos un poco más allá en más vida, tanto en bienestar como en felicidad.

Guiándonos por la intensidad de los vínculos como destino común y por su capacidad para plasmar grandes dones o graves implicaciones, pertenecen a esta red, en la que muchos estamos en resonancia con muchos, los siguientes: El hijo, con sus hermanos, incluyendo los que no llegaron a nacer o murieron pronto; los padres y sus hermanos, incluyendo también los que no llegaron a nacer o murieron pronto; los abuelos y sus hermanos, también los bisabuelos y aun otros anteriores si tuvieron destinos muy marcados; también pertenecen aquellos que hicieron espacio para otros, por ejemplo, parejas anteriores por cuya desaparición las posteriores obtuvieron el lugar, y también aquellos que tuvieron pérdidas a costa de que otros tuvieron ganancias (como víctimas de guerra o de asesinatos), o al revés, algunos que tuvieron ganancias o hicieron daño a costa de la pérdida de otros (asesinos, dañadores, estafadores), etc.

Joan Garriga
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Somos padres: ¿qué podemos ofrecer?

Columna: NO A LAS RECETAS sin espejo – Angelina Bacigalupo

Socialmente, y generalizando, cuando se habla de los hijos, las conversaciones suelen orientarse al comportamiento, al aprendizaje, a temas cotidianos. Con bastante menos frecuencia y la gran mayoría de las veces sólo en estrechos círculos de confianza, se habla de lo que ocurre en uno, adulto, en la relación con ellos. La infancia de nuestros hijos es una de las etapas de la vida que nos invita a mirarnos, a descubrir cuál es esa “filosofía” de parentalidad que queremos forjar día a día a través de nuestras prácticas de crianza e integran nuestra manera de acompañar, proteger y educar.

Los niños necesitan de adultos protectores que los acompañen de cerca en su desarrollo, que les ayuden a regular los estados emocionales prestándoles estrategias de regulación interna mientras desarrollan las propias, que los orienten en satisfacer sus necesidades dentro de los límites que permite el respeto a los demás.

Si pudiéramos convertirnos en observadores expertos, atentos, cercanos, pacientes, entonces podríamos descubrir quién ES nuestro hijo y permitirle ser él mismo y emprender el camino en búsqueda de su lugar en el mundo y su felicidad. Necesitamos el espejo para explorar nuestro mundo interno e identificar lo que NOS ocurre y diferenciarlo de lo que le ocurre a nuestro hijo, saber quiénes somos, lo que motiva nuestras decisiones y comportamientos, cómo nos sentimos, cómo reaccionamos frente a las situaciones que vivimos, considerando la relación con nuestros niños y la conexión con nuestro niño/a interno/a.

Tomemos nuestro espejo. Profundicemos en el conocimiento de nosotros mismos, hagámonos cargo de nuestro actuar y estaremos dando espacio para que surja un conocimiento más pleno también de nuestros hijos, ya que podremos reconocer qué es de ellos y qué es nuestro. De esta manera tendremos la oportunidad de responder sensible y atingentemente a sus necesidades emocionales, pilar fundamental en el desarrollo de un niño sano.

En los momentos de alta demanda emocional, cuando la tensión se ha hecho presente y nubla nuestra capacidad de pensar, cuando la emoción “nos ha tomado”, resulta fundamental calmarse, tomar distancia, mirarse, reflexionar, poner las responsabilidades donde van y volver a decidir con valentía qué tipo de padres queremos ser. El niño necesita de sus padres, necesita de la seguridad, cuidados y conexión que puedan ofrecerle para el buen desarrollo de su salud mental.

¿Qué relación tiene esto con la crianza?, ¿por qué es importante que nos detengamos a mirarnos en situaciones cotidianas de alimentación, sueño, manejo de situaciones conflictivas, celos y rivalidades entre hermanos, despedida al momento de llegar al jardín/colegio, tareas escolares, ordenar juguetes y un gran número de otras situaciones que se viven a diario en la relación papá/mamá-hijo/a? Porque es en los detalles donde se juega la relación. No es azar, no es casualidad, no es sólo el ambiente… el vínculo que tenemos con nuestros hijos, con cada uno en particular, ha ido siendo construido desde antes de su nacimiento y seguimos desarrollando día a día ese tipo de relación que nos habla de bienestar o de sufrimiento. Y la calidad del vínculo no se construye solamente por las características personales de uno u otro, sino por el encuentro de ambos en un contexto determinado, con una historia particular, con toda la riqueza y las debilidades personales. Las relaciones entre padres e hijos serán las más influyentes en la vida del niño, ahí se sientan las bases para las interpretaciones emocionales y cognitivas de las experiencias sociales y no sociales, para adquirir el sentido de uno mismo y de los demás, así como la construcción del andamiaje valórico que regirá sus vidas.

Los problemas simples de crianza pueden conducir a problemas graves en las relaciones interpersonales en situaciones de intimidad en el futuro de ese niño. Por eso, el espejo.

Si acompañamos a nuestros niños en esta gran tarea de construirse a sí mismos, respetamos su camino, permitimos sus caídas, comprendemos que darán un paso a la vez, ponemos el acento en sus necesidades emocionales y no en las nuestras, si identificamos nuestras dificultades en la crianza y movilizamos nuestros recursos personales para responder asertivamente a sus requerimientos, si buscamos ayuda cuando el camino se pone difícil y no sabemos cómo o no nos resulta, si nos tomamos en serio nuestro desarrollo personal… entonces estaremos siendo padres sensibles que permiten el desarrollo epigenético óptimo de los hijos. Nos habremos dado cuenta de que nuestro papel en su vida es acompañar y orientar su proceso de autorrealización, inspirar su mejor versión y celebrar la oportunidad que nos brindan de convertirnos en mejores personas.

Si no sabemos cómo hacerlo mejor, estamos en el mejor momento histórico para convertirnos en los padres que nuestros hijos necesitan. Disponemos de cuantiosa evidencia, años de investigación y elaboración teórica que nos orientan en la senda de la crianza con respeto y nos brinda criterios claros para promover relaciones saludables y emocionalmente nutritivas con nuestros niños. No pierda su espejo!!

 

Psi. Angelina Bacigalupo O. 

                                                                                    Psicóloga Clínica Acreditada por la CONAPC

Especialista en Psicoterapia Infanto Juvenil

 

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La importancia de los Primos

Siempre se han reído de la enorme cantidad de primos que aparecen en mi vida. ¿Cómo puedes tener tantos primos Florencia? Y claro que tengo muchos, tengo primos hermanos, primos segundo grado, tercer grado, todos se suman a mi lista de primos interminables!! Y la relación que tenemos es especial sólo por el hecho de ser familia. Con algunos más cercana con otros más lejana pero cariño por todos. ¿Ahora como se cuida y se mantiene esta relación con tantas generaciones? Cómo todo en la vida, promoviendo las relaciones cercanas, juntándose periódicamente, teniendo conversaciones, generando encuentros y fomentando el compartir. 

Los primos tienen la gracia de ser de diferentes edades de diferentes comunidades escolares o de otras ciudades, lo que aporta apertura y nuevas visiones del mundo. La mayor gracia de los primos es que nos une algo mayor, La Familia, por ende la tolerancia, la integración y la aceptación se dan de manera más fácil.

La invitación es que todos los padres dediquemos tiempo en fomentar las relaciones entre primos, promoviendo juntas periódicas o reuniones familiares con primos de todas las edades.

Un especial saludo a todos mis primos y gracias a los papás que promovieron conocernos!!!!

 

 

florencia_vargasFlorencia Vargas Schmauk

Conoce más de Florencia AQUI

Psicóloga U Andes

 

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Pediatras relevan la importancia de la familia para evitar el consumo de alcohol y drogas

Bajo el eslogan “La Prevención La Hacemos Todos”, la Sociedad Chilena de Pediatría (Sochipe), en conjunto con las principales sociedades científicas del país, el gobierno y diversas autoridades, hacen un llamado para crear un consenso nacional con el fin de disminuir el consumo de alcohol y drogas en niños, niñas y adolescentes.

Se trata de una serie de trabajos que se han estado realizando en el marco del Día Internacional de la Prevención y que buscan abordar de manera integral, la prevención del consumo de sustancias peligrosas entre los menores. Así, este sábado se realizó una Jornada de Reflexión a nivel nacional, en más de 22º colegios, donde se plantearon distintas maneras de protegerlos. El objetivo es que todos se comprometan con el bienestar de los niños, niñas y adolescentes, incluyendo a las familias, el profesorado y todos los adultos responsables de su cuidado.

El presidente de la Sociedad Chilena de Pediatría (Sochipe), Dr. Humberto Soriano, enfatiza que “se necesita que todos los actores se comprometan con las futuras generaciones y juntos trabajemos a favor de una niñez y adolescencia libre de sustancias peligrosas. Es urgente que exista un consenso social y así lograr tener un entorno más sano”.

Para ello, es fundamental cuidar a nuestros niños, saber lo que están haciendo. “Hay que tener tiempo de calidad con los hijos,por lo menos una hora diaria,compartir experiencias e incentivarlos a realizar deportes u otras actividades artísticas o deportivas, tres veces a la semana, para crear un buen ambiente sano y que retrase hasta después de los 18 años el consumo de estas sustancias peligrosas”, agrega el especialista.

Consenso Social

Los adolescentes que están en un ambiente protegido no sienten la necesidad de probar o experimentar con alcohol o drogas, sostuvo el presidente de la Sochipe, quien plantea que la responsabilidad de tener jóvenes sanos es de todos. “En ese sentido debemos ver lo que realizó Islandia, quienes gracias al compromiso de las familias, los colegios y gobiernos locales, lograron disminuir drásticamente los índices. En 20 años, la embriaguez en adolescentes se redujo de un 42% a un 5%, mientras que el uso de cannabis disminuyó de un 17% a un 3%. Eso es lo que necesitamos en Chile, un consenso social de todos los actores que nos permita crear ambientes más sanos”, afirma el pediatra.

En ese mismo sentido, Selva Careaga, jefa Nacional del Área de Prevención de Senda, refuerza la idea de la responsabilidad compartida entre todos quienes cuidan y están a cargo en distintas instancias de las futuras generaciones. “Proteger la salud de niños, niñas y adolescentes, manteniéndolos alejados del consumo de drogas y alcohol, es una de las prioridades del Gobierno de Sebastián Piñera.  En el desafío por proteger del consumo de drogas a nuestros menores, nadie sobra, todos somos responsables. El apoyo de la familia, los colegios y la comunidad es fundamental”, sostiene Careaga.

Con este objetivo, el pasado sábado tanto Senda como las autoridades científicas organizaron una Jornada Nacional de Reflexión, donde hubo más de ocho mil participantes a lo largo de todo Chile, donde se discutió sobre el rol parental en torno a la prevención del consumo de alcohol y drogas en menores. Además las conclusiones de esta jornada se usarán como insumo para crear la Estrategia Nacional de Drogas y Alcohol, que definirá los lineamientos del país en materia de prevención, tratamiento e integración social para los próximos años, y que el Senda construirá durante el segundo semestre.

 

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Órdenes del Amor

Tres son los preceptos del amor: vínculo, orden y equilibrio

 

“Sabiduría”                                                                                                                               

El sabio asiente al mundo tal cual es sin temor ni intenciones. Se ha reconciliado con lo efímero y no busca llegar más allá de aquello que perece con la muerte. Su mirada abarca el todo porque está en sintonía y únicamente interviene donde la corriente de la vida lo exige. Sabe distinguir: ¿esto va o esto no va? Porque no tiene un propósito. La sabiduría es fruto de una larga disciplina y del ejercicio, pero quien la tiene, la tiene sin esfuerzo. La sabiduría está siempre en camino y no llega a su meta por ir buscando. Ella crece.”

Bert Hellinger 

El río de la Vida 

La vida me llega desde lejos. De generación en generación ella viene sin juzgar, como el río no juzga su cauce. Él sólo fluye a través de…. Sin embargo dicho cauce le ha dado al río las características que le hacen único hasta llegar al mar.

El cauce tampoco juzga al río, lo toma tal como viene. Es consciente del poder y grandeza de sus aguas. El cauce sabe que puede ser destruido por esa fuerza de vida si se interpone en su camino. Por eso lo contiene más no lo retiene, abriéndole camino para que llegue al mar en toda su plenitud.

Él sabe que su única misión, es darle un orden al flujo del río, dejándose animar por él y permitiendo que transporte más allá aquello que recoge.

En este dar y tomar la mirada abarca también lo posterior. En este tipo de colaboración, lo donado se expande. El cauce se ve transportado e integrado en algo más amplio, más rico y más duradero.

De igual manera, mis antepasados le dieron los matices que requería hasta llegar a mí. Gracias a ese legado, la Vida la recibo justo como la necesito. Nada que poner, nada que quitar.

Si ellos no hubieran sido quienes fueron, yo no podría ser quien soy. Los antecesores conformaron el cauce para que el río de la Vida llegase hasta mí tal como yo la necesitaba: en el momento adecuado, en el lugar adecuado y con el legado correspondiente.

Mi deber pues es tomarla tal cual me llegó y dar las gracias por ella. Convirtiéndome así en parte del cauce; permitiendo que continúe fluyendo a mis hijos y a los hijos de mis hijos.

Sin embargo, tomarla conlleva sentir el deber de recompensar por lo recibido. Supone, además, sentirme agradecido y mantenerme en silencio, en quietud.

Nada que hacer, nada que cambiar. 

Me lleva a respetar que primero es la Vida, que ella es la más grande y yo sólo el pequeño, que ella me lo da todo y yo lo recibo todo de ella (a través de papá y mamá) y que puedo disfrutarla, sin quejas.

En definitiva, que los padres son grandes, superiores y ricos y los hijos son pequeños, necesitados y pobres.

Eso me lleva a ser más humano y más humilde. Algo que me incomoda pues me siento vulnerable. Mas sé que ahora puedo continuar dando la Vida, plena, completa, tal como la recibí, a mis hijos y estos a los suyos.

Ahora, ya no necesito correr en pos de algo que parecía no tener: seguridad, paz, salud, amor, riqueza, alegría, felicidad.

En cambio, si juzgo la Vida, la tengo pero no la tomo. Me erijo cual presa que detiene al río, controlando y filtrando su flujo sólo en la cantidad que soy capaz de sentir.

Entonces me vuelvo voraz, mantengo una lucha contra eso más grande, me olvido que primero es la Vida y luego puedo ser yo. Me olvido de que el vínculo que me une a ella nunca lo podré borrar. Y me olvido de que primero necesito recibir para luego poder dar.

En esa desorientación, en ese desorden, me dedico a apresar, a coger, a tener … pues eso me hace libre por un instante. Independiente. Ahora soy yo y no debo nada a nadie. No estoy obligado a servir al que tengo a mi lado. No tengo que entregarme a esa cadena de transmisión. No tengo que devolver nada pues no lo he tomado, lo he conquistado, se lo he arrebatado al río, pudiendo hacer entonces a mi antojo.

Ahora creo ser YO el más grande, el primero y me vuelvo arrogante. Ahora puedo juzgar, criticar, atacar, luchar y defenderme, puedo coger lo que me gusta y rechazar lo que no me gusta, puedo decirle al otro qué es lo mejor para él y qué es lo que más le conviene, por que YO sé. YO tengo razón, YO digo como la vida es y como la tienes que vivir. Sin importarme los resultados, aunque éstos sean mortales. Estoy vivo y tengo lo que tengo por que YO lo he conquistado.

A hora he sobrevivido y no dependo de nadie. Y, por supuesto, no necesito dar nada a cambio, ni siquiera las gracias.

Aunque me doy cuenta que en el fondo no estoy en paz. Siempre quiero más. Nuevas conquistas, nuevas batallas, más pertenencias. Me siento vacío, sólo, insatisfecho… ¿será que lo he conquistado todo, menos a mí mismo?

Rindiéndome a eso más grande ya no necesito conquistar, poseer o tener. Puedo disfrutar, amar y compartir lo que he recibido. No me hace libre pues reconozco que dependo del vínculo con el otro y con la vida, más si me hace FELIZ.

Ahora puedo servir. He reconocido el vínculo y el orden y puedo mantener el equilibrio entre el dar y el tomar. Fortaleciendo el cauce para que el río se expanda y fluya pleno. Permitiendo que llegue a los otros, a través de mi, en todo su esplendor.

 

Fernando García 

Facilitador Constelaciones Familiares.

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Extraido de Instituto Draco

 

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Hijos que desaparecen voluntariamente de la vida de sus padres…

Siempre se lee y habla del sufrimiento y de las consecuencias que podría traer consigo en los hijos,  la ruptura de relaciones o de comunicación con sus padres, o bien la indiferencia como un alejamiento silencioso. Sin embargo, prácticamente nadie habla de las consecuencias para los padres, cuando los hijos desaparecen voluntariamente de las vidas de sus progenitores. El silencio es el enemigo principal en este tipo de situaciones.

El silencio es el castigo que dedica una hija o un hijo, desapareciendo de la vida de sus padres, a veces incluso de hermanas y hermanos, sin dar ninguna explicación. Más allá de las razones u otras relaciones sentimentales que pueda tener esa hija o hijo, la reacción más común al decidir realizar ese abandono es la soledad, la culpa, la rabia, el dolor generalizado. En la mayoría de los casos el abandono es progresivo y no brusco.

Cuando esta situación se extiende voluntaria y prematuramente por parte de la hija o hijo, donde en un inicio muchas veces los padres intentan comunicación con cierto grado de sensatez, en los padres comienza a producirse un duelo duro y puro, que no es del mismo tipo que el de la muerte de un hijo, pero duelo de pérdida a fin de cuentas. Esa es la mayor consecuencia para los padres, un duelo en vida.

La realidad en todas partes es, que los padres comienzan a enfrentarse a mayores problemas de salud, al envejecimiento, mientras los hijos comienzan a darse cuenta que los padres ya no pueden ayudarlos como antes y quizás, en algún momento, estos necesitarán apoyo de sus hijos en una u otra tarea, según como venga la mano…. Pero en simultáneo, en la mayoría de los casos se produce la situación, donde los hijos adultos se deben dedicar más intensamente a sus trabajos, así como a la crianza y educación de sus propios hijos. El tiempo se torna más escaso, por lo cual la calidad del tiempo que dediquen hijos a padres y viceversa, se tornan cada vez más importante.

¿Pero qué es calidad en este caso? Muchos artículos hablarán de la comunicación respetuosa y fluida, de la comprensión al ponerse en la situación del otro, la demostración de afecto, la ayuda en momentos complejos… Todo lo anterior es cierto, pero no sirve de mucho, cuando no hay honestidad en la relación, cuando hay mentiras por omisión o concretas. Es cierto, cada cual posee la libertad de tener sus espacios y no necesariamente debe compartirlos todos con el otro, pero distinta es la mentira. Busqué y encontré, que es más frecuente que haya hijos adultos que faltan a la verdad con sus padres que al revés.. Eso finalmente deteriora la comunicación, el afecto, la comprensión y la confianza. Las consecuencias son múltiples, según sea la profundidad del problema de distanciamiento.

¿Es nuevamente tarea de los padres restablecer la comunicación, romper el silencio, es decir deshacer el duelo que estén viviendo o ya concluyeron?

Lo habitual sería escuchar que si, que debido a su sabiduría, a su experiencia y al amor incondicional de padre/madre, debieran ser ellos quienes debieran dar ese paso. Yo pienso lo contrario. Los hijos, aunque sean adultos, también deben saber enfrentar este tipo de situaciones con sus padres y no esconderse en el silencio y/o desaparecer. Si “mami y papi” vuelven a dar ese paso por la hija o hijo, será difícil que se produzca el aprendizaje y superación del frágil equilibrio emotivo que lo llevó a la ruptura, más allá de las razones que pudiesen estar detrás de ello. Más complejo es aún, cundo la hija o hijo, además de lo anterior, debe intentar volver a ganarse la confianza de sus padres.

¿Qué opinan Ustedes?

Ricardo Gevert – Adm. Industrial

articulo extraído de www.gevert.com

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“LOS PADRES IMPERFECTOS”

Incluso los mejores padres, los más amorosos, son personas reales y, por tanto, imperfectas (afortunadamente), y es bueno que encuentren conformidad y paz con lo que pudieron hacer y con lo que no, incluyendo el pellizco de sus culpas y molestias por aquello que, en su momento, pudo herir a sus hijos.

Es importante que estén conformes con sus culpas y que se anclen más en el amor y el cuidado que dieron que en aquello que en algún momento pudo herir o fallar.

La mejor manera de llevar culpas, cuando son reales, es asumiéndolas y compensándolas, es decir, haciendo algo bueno siempre que sea posible (algo que equilibre y aporte algo a los dañados, en este caso, los hijos), y no expiándolas —dañándose a uno mismo— o sacrificándose.

Es muy común que muchos padres experimenten la sensación, pasado el tiempo, de que les hubiera gustado hacer o vivir algo distinto con sus hijos, pero es mejor no poner demasiada energía en los lamentos (aunque, cuando se trata de heridas graves, puede ser necesario hablar y decir, por ejemplo, «lo siento» o «lamento que tuvieras que vivir esto o aquello» o «qué pena por esto o aquello»), y sí, en cambio, en lo que todavía es posible.

Muchos hijos se alegran y reconfortan cuando los padres, ya más mayores, se transforman y en su declinar se suavizan, resquebrajando sus torreones de pétreas creencias y abriéndose a un encuentro más límpido, real y sereno.

Joan Garriga
Del libro “La llave de la buena vida”

www.joangarriga.com/

www.facebook.com/joangarrigabacardi

 

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“ENTREGAR A LOS HIJOS A SU PROPIA VIDA”

Entregar a los hijos a su propia vida, algo que resultaba y resulta del todo natural en sociedades más tradicionales, es un reto difícil para muchas familias en las generaciones presentes debido a múltiples razones.

Algunas son de orden socioeconómico, puesto que para muchos jóvenes no es sencillo obtener autonomía económica y laboral en esta sociedad supuestamente del bienestar.

Otras son de orden afectivo y emocional: son numerosos los hijos que atienden las necesidades y huecos afectivos inconscientes de sus padres, permaneciendo mucho tiempo a su lado y postergando su propia vida, o satisfaciendo el anhelo de los padres de persistir en su rol protector —lo cual puede debilitar a sus hijos— o de permanecer en un excesivo nexo afectivo en lo cotidiano con ellos.

Esto se conoce como el «síndrome del nido vacío», lo experimentan los padres y la pareja de los padres cuando los hijos emprenden su propio vuelo. Sin embargo, pocas cosas hacen sentir tan bien y tan honrados a los padres como el hecho de que su hijo se oriente a su propio camino, su propia grandeza, su propia obra y su propia felicidad. Los desarrollos de los hijos engrandecen a los padres.

Joan Garriga
Del libro “La llave de la buena vida”

www.joangarriga.com/

www.facebook.com/joangarrigabacardi

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