Pediatras relevan la importancia de la familia para evitar el consumo de alcohol y drogas

Bajo el eslogan “La Prevención La Hacemos Todos”, la Sociedad Chilena de Pediatría (Sochipe), en conjunto con las principales sociedades científicas del país, el gobierno y diversas autoridades, hacen un llamado para crear un consenso nacional con el fin de disminuir el consumo de alcohol y drogas en niños, niñas y adolescentes.

Se trata de una serie de trabajos que se han estado realizando en el marco del Día Internacional de la Prevención y que buscan abordar de manera integral, la prevención del consumo de sustancias peligrosas entre los menores. Así, este sábado se realizó una Jornada de Reflexión a nivel nacional, en más de 22º colegios, donde se plantearon distintas maneras de protegerlos. El objetivo es que todos se comprometan con el bienestar de los niños, niñas y adolescentes, incluyendo a las familias, el profesorado y todos los adultos responsables de su cuidado.

El presidente de la Sociedad Chilena de Pediatría (Sochipe), Dr. Humberto Soriano, enfatiza que “se necesita que todos los actores se comprometan con las futuras generaciones y juntos trabajemos a favor de una niñez y adolescencia libre de sustancias peligrosas. Es urgente que exista un consenso social y así lograr tener un entorno más sano”.

Para ello, es fundamental cuidar a nuestros niños, saber lo que están haciendo. “Hay que tener tiempo de calidad con los hijos,por lo menos una hora diaria,compartir experiencias e incentivarlos a realizar deportes u otras actividades artísticas o deportivas, tres veces a la semana, para crear un buen ambiente sano y que retrase hasta después de los 18 años el consumo de estas sustancias peligrosas”, agrega el especialista.

Consenso Social

Los adolescentes que están en un ambiente protegido no sienten la necesidad de probar o experimentar con alcohol o drogas, sostuvo el presidente de la Sochipe, quien plantea que la responsabilidad de tener jóvenes sanos es de todos. “En ese sentido debemos ver lo que realizó Islandia, quienes gracias al compromiso de las familias, los colegios y gobiernos locales, lograron disminuir drásticamente los índices. En 20 años, la embriaguez en adolescentes se redujo de un 42% a un 5%, mientras que el uso de cannabis disminuyó de un 17% a un 3%. Eso es lo que necesitamos en Chile, un consenso social de todos los actores que nos permita crear ambientes más sanos”, afirma el pediatra.

En ese mismo sentido, Selva Careaga, jefa Nacional del Área de Prevención de Senda, refuerza la idea de la responsabilidad compartida entre todos quienes cuidan y están a cargo en distintas instancias de las futuras generaciones. “Proteger la salud de niños, niñas y adolescentes, manteniéndolos alejados del consumo de drogas y alcohol, es una de las prioridades del Gobierno de Sebastián Piñera.  En el desafío por proteger del consumo de drogas a nuestros menores, nadie sobra, todos somos responsables. El apoyo de la familia, los colegios y la comunidad es fundamental”, sostiene Careaga.

Con este objetivo, el pasado sábado tanto Senda como las autoridades científicas organizaron una Jornada Nacional de Reflexión, donde hubo más de ocho mil participantes a lo largo de todo Chile, donde se discutió sobre el rol parental en torno a la prevención del consumo de alcohol y drogas en menores. Además las conclusiones de esta jornada se usarán como insumo para crear la Estrategia Nacional de Drogas y Alcohol, que definirá los lineamientos del país en materia de prevención, tratamiento e integración social para los próximos años, y que el Senda construirá durante el segundo semestre.

 

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Órdenes del Amor

Tres son los preceptos del amor: vínculo, orden y equilibrio

 

“Sabiduría”                                                                                                                               

El sabio asiente al mundo tal cual es sin temor ni intenciones. Se ha reconciliado con lo efímero y no busca llegar más allá de aquello que perece con la muerte. Su mirada abarca el todo porque está en sintonía y únicamente interviene donde la corriente de la vida lo exige. Sabe distinguir: ¿esto va o esto no va? Porque no tiene un propósito. La sabiduría es fruto de una larga disciplina y del ejercicio, pero quien la tiene, la tiene sin esfuerzo. La sabiduría está siempre en camino y no llega a su meta por ir buscando. Ella crece.”

Bert Hellinger 

El río de la Vida 

La vida me llega desde lejos. De generación en generación ella viene sin juzgar, como el río no juzga su cauce. Él sólo fluye a través de…. Sin embargo dicho cauce le ha dado al río las características que le hacen único hasta llegar al mar.

El cauce tampoco juzga al río, lo toma tal como viene. Es consciente del poder y grandeza de sus aguas. El cauce sabe que puede ser destruido por esa fuerza de vida si se interpone en su camino. Por eso lo contiene más no lo retiene, abriéndole camino para que llegue al mar en toda su plenitud.

Él sabe que su única misión, es darle un orden al flujo del río, dejándose animar por él y permitiendo que transporte más allá aquello que recoge.

En este dar y tomar la mirada abarca también lo posterior. En este tipo de colaboración, lo donado se expande. El cauce se ve transportado e integrado en algo más amplio, más rico y más duradero.

De igual manera, mis antepasados le dieron los matices que requería hasta llegar a mí. Gracias a ese legado, la Vida la recibo justo como la necesito. Nada que poner, nada que quitar.

Si ellos no hubieran sido quienes fueron, yo no podría ser quien soy. Los antecesores conformaron el cauce para que el río de la Vida llegase hasta mí tal como yo la necesitaba: en el momento adecuado, en el lugar adecuado y con el legado correspondiente.

Mi deber pues es tomarla tal cual me llegó y dar las gracias por ella. Convirtiéndome así en parte del cauce; permitiendo que continúe fluyendo a mis hijos y a los hijos de mis hijos.

Sin embargo, tomarla conlleva sentir el deber de recompensar por lo recibido. Supone, además, sentirme agradecido y mantenerme en silencio, en quietud.

Nada que hacer, nada que cambiar. 

Me lleva a respetar que primero es la Vida, que ella es la más grande y yo sólo el pequeño, que ella me lo da todo y yo lo recibo todo de ella (a través de papá y mamá) y que puedo disfrutarla, sin quejas.

En definitiva, que los padres son grandes, superiores y ricos y los hijos son pequeños, necesitados y pobres.

Eso me lleva a ser más humano y más humilde. Algo que me incomoda pues me siento vulnerable. Mas sé que ahora puedo continuar dando la Vida, plena, completa, tal como la recibí, a mis hijos y estos a los suyos.

Ahora, ya no necesito correr en pos de algo que parecía no tener: seguridad, paz, salud, amor, riqueza, alegría, felicidad.

En cambio, si juzgo la Vida, la tengo pero no la tomo. Me erijo cual presa que detiene al río, controlando y filtrando su flujo sólo en la cantidad que soy capaz de sentir.

Entonces me vuelvo voraz, mantengo una lucha contra eso más grande, me olvido que primero es la Vida y luego puedo ser yo. Me olvido de que el vínculo que me une a ella nunca lo podré borrar. Y me olvido de que primero necesito recibir para luego poder dar.

En esa desorientación, en ese desorden, me dedico a apresar, a coger, a tener … pues eso me hace libre por un instante. Independiente. Ahora soy yo y no debo nada a nadie. No estoy obligado a servir al que tengo a mi lado. No tengo que entregarme a esa cadena de transmisión. No tengo que devolver nada pues no lo he tomado, lo he conquistado, se lo he arrebatado al río, pudiendo hacer entonces a mi antojo.

Ahora creo ser YO el más grande, el primero y me vuelvo arrogante. Ahora puedo juzgar, criticar, atacar, luchar y defenderme, puedo coger lo que me gusta y rechazar lo que no me gusta, puedo decirle al otro qué es lo mejor para él y qué es lo que más le conviene, por que YO sé. YO tengo razón, YO digo como la vida es y como la tienes que vivir. Sin importarme los resultados, aunque éstos sean mortales. Estoy vivo y tengo lo que tengo por que YO lo he conquistado.

A hora he sobrevivido y no dependo de nadie. Y, por supuesto, no necesito dar nada a cambio, ni siquiera las gracias.

Aunque me doy cuenta que en el fondo no estoy en paz. Siempre quiero más. Nuevas conquistas, nuevas batallas, más pertenencias. Me siento vacío, sólo, insatisfecho… ¿será que lo he conquistado todo, menos a mí mismo?

Rindiéndome a eso más grande ya no necesito conquistar, poseer o tener. Puedo disfrutar, amar y compartir lo que he recibido. No me hace libre pues reconozco que dependo del vínculo con el otro y con la vida, más si me hace FELIZ.

Ahora puedo servir. He reconocido el vínculo y el orden y puedo mantener el equilibrio entre el dar y el tomar. Fortaleciendo el cauce para que el río se expanda y fluya pleno. Permitiendo que llegue a los otros, a través de mi, en todo su esplendor.

 

Fernando García 

Facilitador Constelaciones Familiares.

www.ferransalud.com

https://www.facebook.com/institutodraco

Extraido de Instituto Draco

 

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Hijos que desaparecen voluntariamente de la vida de sus padres…

Siempre se lee y habla del sufrimiento y de las consecuencias que podría traer consigo en los hijos,  la ruptura de relaciones o de comunicación con sus padres, o bien la indiferencia como un alejamiento silencioso. Sin embargo, prácticamente nadie habla de las consecuencias para los padres, cuando los hijos desaparecen voluntariamente de las vidas de sus progenitores. El silencio es el enemigo principal en este tipo de situaciones.

El silencio es el castigo que dedica una hija o un hijo, desapareciendo de la vida de sus padres, a veces incluso de hermanas y hermanos, sin dar ninguna explicación. Más allá de las razones u otras relaciones sentimentales que pueda tener esa hija o hijo, la reacción más común al decidir realizar ese abandono es la soledad, la culpa, la rabia, el dolor generalizado. En la mayoría de los casos el abandono es progresivo y no brusco.

Cuando esta situación se extiende voluntaria y prematuramente por parte de la hija o hijo, donde en un inicio muchas veces los padres intentan comunicación con cierto grado de sensatez, en los padres comienza a producirse un duelo duro y puro, que no es del mismo tipo que el de la muerte de un hijo, pero duelo de pérdida a fin de cuentas. Esa es la mayor consecuencia para los padres, un duelo en vida.

La realidad en todas partes es, que los padres comienzan a enfrentarse a mayores problemas de salud, al envejecimiento, mientras los hijos comienzan a darse cuenta que los padres ya no pueden ayudarlos como antes y quizás, en algún momento, estos necesitarán apoyo de sus hijos en una u otra tarea, según como venga la mano…. Pero en simultáneo, en la mayoría de los casos se produce la situación, donde los hijos adultos se deben dedicar más intensamente a sus trabajos, así como a la crianza y educación de sus propios hijos. El tiempo se torna más escaso, por lo cual la calidad del tiempo que dediquen hijos a padres y viceversa, se tornan cada vez más importante.

¿Pero qué es calidad en este caso? Muchos artículos hablarán de la comunicación respetuosa y fluida, de la comprensión al ponerse en la situación del otro, la demostración de afecto, la ayuda en momentos complejos… Todo lo anterior es cierto, pero no sirve de mucho, cuando no hay honestidad en la relación, cuando hay mentiras por omisión o concretas. Es cierto, cada cual posee la libertad de tener sus espacios y no necesariamente debe compartirlos todos con el otro, pero distinta es la mentira. Busqué y encontré, que es más frecuente que haya hijos adultos que faltan a la verdad con sus padres que al revés.. Eso finalmente deteriora la comunicación, el afecto, la comprensión y la confianza. Las consecuencias son múltiples, según sea la profundidad del problema de distanciamiento.

¿Es nuevamente tarea de los padres restablecer la comunicación, romper el silencio, es decir deshacer el duelo que estén viviendo o ya concluyeron?

Lo habitual sería escuchar que si, que debido a su sabiduría, a su experiencia y al amor incondicional de padre/madre, debieran ser ellos quienes debieran dar ese paso. Yo pienso lo contrario. Los hijos, aunque sean adultos, también deben saber enfrentar este tipo de situaciones con sus padres y no esconderse en el silencio y/o desaparecer. Si “mami y papi” vuelven a dar ese paso por la hija o hijo, será difícil que se produzca el aprendizaje y superación del frágil equilibrio emotivo que lo llevó a la ruptura, más allá de las razones que pudiesen estar detrás de ello. Más complejo es aún, cundo la hija o hijo, además de lo anterior, debe intentar volver a ganarse la confianza de sus padres.

¿Qué opinan Ustedes?

Ricardo Gevert – Adm. Industrial

articulo extraído de www.gevert.com

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“LOS PADRES IMPERFECTOS”

Incluso los mejores padres, los más amorosos, son personas reales y, por tanto, imperfectas (afortunadamente), y es bueno que encuentren conformidad y paz con lo que pudieron hacer y con lo que no, incluyendo el pellizco de sus culpas y molestias por aquello que, en su momento, pudo herir a sus hijos.

Es importante que estén conformes con sus culpas y que se anclen más en el amor y el cuidado que dieron que en aquello que en algún momento pudo herir o fallar.

La mejor manera de llevar culpas, cuando son reales, es asumiéndolas y compensándolas, es decir, haciendo algo bueno siempre que sea posible (algo que equilibre y aporte algo a los dañados, en este caso, los hijos), y no expiándolas —dañándose a uno mismo— o sacrificándose.

Es muy común que muchos padres experimenten la sensación, pasado el tiempo, de que les hubiera gustado hacer o vivir algo distinto con sus hijos, pero es mejor no poner demasiada energía en los lamentos (aunque, cuando se trata de heridas graves, puede ser necesario hablar y decir, por ejemplo, «lo siento» o «lamento que tuvieras que vivir esto o aquello» o «qué pena por esto o aquello»), y sí, en cambio, en lo que todavía es posible.

Muchos hijos se alegran y reconfortan cuando los padres, ya más mayores, se transforman y en su declinar se suavizan, resquebrajando sus torreones de pétreas creencias y abriéndose a un encuentro más límpido, real y sereno.

Joan Garriga
Del libro “La llave de la buena vida”

www.joangarriga.com/

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“ENTREGAR A LOS HIJOS A SU PROPIA VIDA”

Entregar a los hijos a su propia vida, algo que resultaba y resulta del todo natural en sociedades más tradicionales, es un reto difícil para muchas familias en las generaciones presentes debido a múltiples razones.

Algunas son de orden socioeconómico, puesto que para muchos jóvenes no es sencillo obtener autonomía económica y laboral en esta sociedad supuestamente del bienestar.

Otras son de orden afectivo y emocional: son numerosos los hijos que atienden las necesidades y huecos afectivos inconscientes de sus padres, permaneciendo mucho tiempo a su lado y postergando su propia vida, o satisfaciendo el anhelo de los padres de persistir en su rol protector —lo cual puede debilitar a sus hijos— o de permanecer en un excesivo nexo afectivo en lo cotidiano con ellos.

Esto se conoce como el «síndrome del nido vacío», lo experimentan los padres y la pareja de los padres cuando los hijos emprenden su propio vuelo. Sin embargo, pocas cosas hacen sentir tan bien y tan honrados a los padres como el hecho de que su hijo se oriente a su propio camino, su propia grandeza, su propia obra y su propia felicidad. Los desarrollos de los hijos engrandecen a los padres.

Joan Garriga
Del libro “La llave de la buena vida”

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LOS PADRES NO SE SEPARAN

Para los hijos, sus padres siguen siempre juntos como padres. Se separan como pareja, a veces incluso mientras viven bajo el mismo techo, pero no se separan como padres. Por eso, cuando hay hijos, es especialmente importante cerrar con atención y cuidado las relaciones anteriores.

Uno de los grandes anhelos de los hijos es tener a ambos padres juntos en su corazón, no importa lo que hicieran o lo que pasara, sin tener que tomar partido por uno de los dos o alinearse con uno en contra del otro (como por desgracia ocurre frecuentemente, con penosas consecuencias).

Hay frases o mensajes de los padres, explícitos o implícitos, que dañan terriblemente a sus vástagos: «hijo/a, no quieras a tu padre/madre, desprécialo/a como yo y, sobre todo, no seas como él/ella»; o «hijo/a, no logro entender cómo pude querer a tu padre/madre, tú eres mejor que él/ella». Aunque no se verbalicen, estos y otros pensamientos parecidos a veces son verdades interiores para los padres y nutren la atmósfera familiar de dinámicas fatales para la tríada relacional más importante de nuestra vida, la tríada padre-madre-hijo.

Hay que evitar herir al otro progenitor delante de nuestros hijos, eso es obvio, por muy enojados o cargados de razones que estemos, pero el gran reto va más allá: consiste en trabajar en uno mismo para restaurar el amor y el respeto, y darle al otro progenitor el mejor lugar frente a nuestros hijos, incluso cuando se trata de una pareja infeliz o de una separación dolorosa y turbulenta.

Recordemos que los hijos no atienden tanto a lo que los padres dicen, sino a lo que los padres sienten y hacen. La verdad de nuestros sentimientos puede ser negada o camuflada, pero no puede ser eliminada, y por tanto actúa y se manifiesta en nuestro cuerpo. Es importante que trabajemos con nuestra verdad y, si genera sufrimiento en nosotros o en nuestros hijos, que tratemos de transformarla. Para el futuro de los hijos, es clave que estén bien insertados en el amor de sus padres y que éstos logren amarse, al menos como padres de sus hijos. No es algo tan raro si pensamos que, en la mayoría de los casos, un día se eligieron y se quisieron como pareja, y los hijos llegaron como fruto y consecuencia de esa elección y ese amor.

Joan Garriga
Del libro “El buen amor en la pareja”

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Relaciones de Pareja – Segundas relaciones (5ta parte)

Rendirse a lo que separa

Para lograr el bienestar y la estabilidad en la pareja no basta con el amor. En casi todas las parejas podemos rastrear la presencia del amor en alguna o todas sus manifestaciones: pasión, ternura, amistad, decisión, compromiso, etc. Sin embargo puede no ser suficiente y, a pesar del amor, algunas parejas no logran superar los grandes temas que los acechan y deben rendirse a la tenaza de las dificultades o buscar soluciones para ellas.

Apreciar nuestros orígenes y tomar a nuestros padres, allana el camino de la pareja.

Una persona soñó una noche que se acercaban sus padres y depositaban unas monedas en sus manos, no sabemos si muchas o pocas, si de oro, de plata o de hierro. La persona durmió feliz el resto de la noche y al día siguiente fue a la casa de los padres y les dijo: – he soñado que me entregabais unas cuantas monedas y he venido a agradeceros y deciros que las tomo con gusto. Los padres que, como todos los padres, encuentran su grandeza en el reconocimiento y capacidad de recibirlos de los hijos contestaron: – como eres tan buen hijo, puedes quedarte con todas las monedas, y puedes gastarlas como quieras y no es necesario que las devuelvas. El hijo se fue de la casa de los padres y para siempre se sintió pleno y enraizado y el día que encontró una pareja podía sentir en su interior “tengo padre y madre así que me bastara con que él o ella sea mi compañero y yo el suyo”.

Esta historia ilustra en el lado inverso el hecho de que a veces algunos hijos no toman sus monedas que representan la herencia de nuestros padres porque entre ellas también están envueltos las heridas y los sucesos dolorosos y prefieren decir: “no me sirven o no son suficientes o son demasiadas, etc.” y entonces, en algún nivel, caminan huérfanos sosteniéndose en los falsos poderes del resentimiento, el victimismo, la enfermedad, la iracundia, etc. en lugar del verdadero poder de tomar a los padres y su historia y su realidad. Entonces, cuando no toman a sus padres, se acercan a su pareja e incluso a sus hijos con la idea de que la pareja o sus pequeños tendrán las buenas monedas que no recibieron de sus padres, lo cual trastorna el orden entre el dar y el tomar.

La pareja no es una relación materno filial sino una relación entre adultos y aunque la pareja tome el lugar materno o filial en ciertos momentos y aunque con suerte algunas parejas logran balsamizar y reparar viejas heridas con los padres, en general cuando esperamos de la pareja lo que no pudimos tomar de los padres y éste se convierte en el patrón de trasfondo de la relación es demasiado y la pareja fracasa en medio de grandes dolores y desgarros emocionales. Al contrario de lo que es usual en las canciones románticas podríamos decir que funcionamos mejor en la pareja cuando somos más autónomos y reconocemos que sin él o ella también estaríamos bien, que también seríamos capaces de vivir.

JOAN GARRIGA

Extraído de www.joangarriga.com/

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Padres que quieren a sus hijos

“Hijo, tú eres mucho más importante para mí que tu papá”. “Hija, tú eres mucho más valiosa en mi corazón que tu mamá”. “Hijo/a no quieras a tu padre, desprécialo como yo y sobre todo no seas como él”. “Hijo/a, no logro entender cómo pude querer a tu madre, pero sin duda tú me importas mucho, tú eres mejor que ella”. Aunque no se digan abiertamente en las familias, estas y otras frases parecidas a veces son verdades interiores para los padres y nutren la atmósfera familiar de dinámicas fatales en la tríada relacional más importante que vivimos a lo largo de la vida: la tríada padre, madre e hijo.

Conviene tener presente, en primer lugar, que los hijos no atienden tanto a lo que los padres dicen sino a lo que los padres sienten y hacen: los hijos se hacen sensibles a su verdad. Entre otras cosas, porque la verdad de nuestros sentimientos puede ser negada o camuflada pero no puede ser eliminada, y por tanto actúa y se manifiesta en nuestro cuerpo. Nos constituye.

Importa, por tanto, que trabajemos con nuestra verdad y la transformemos si es menester y genera sufrimiento en nosotros o en nuestros hijos. Es obvio que ayuda el abstenerse de expresiones hirientes para con el otro progenitor delante de nuestros hijos, por muy enojados o cargados de razones que estemos. No obstante es un logro todavía mayor el trabajar en uno mismo para restaurar el amor y el respeto, y darle el mejor lugar al otro progenitor frente a nuestros hijos, incluso cuando se trata de una pareja infeliz o de una separación dolorosa y turbulenta. Recordemos que los hijos no se separan de los padres. Para ellos, los padres siguen juntos como padres. Los padres se separan como pareja (vivan juntos o no), pero no es posible separarse como padres. En segundo lugar, conviene tener conciencia de que las vivencias y posiciones que tomamos en esta tríada fundacional con nuestros padres determinarán grandes consecuencias, favorables o desfavorables, en nuestra vida y en que vislumbremos unos horizontes afectivos felices o desdichados. Es clave para el futuro de los hijos que estén bien insertados en el amor de sus padres y que éstos logren amarse, al menos como padres de sus hijos, ya que en la mayoría de casos algún día del pasado se eligieron y se quisieron como pareja. Y los hijos llegaron después como fruto y consecuencia de esa elección.

Quizás no esté diciendo nada que no se sepa y, sin embargo, estas ideas que son de sentido común sorprenden por lo poco comunes que resultan en la realidad. De hecho, escribo sobre el amor entre padres e hijos después de regresar muy conmovido de mi último taller de constelaciones familiares. Siempre es impactante para mí observar los devastadores efectos emocionales que causa la inobservancia de una regla fundamental: los padres están primero frente a los hijos, y son más importantes que ellos. Además, tiene una gran importancia amar en el hijo al otro progenitor.

Me sorprendo una y otra vez al ver como los padres se dirigen y se orientan a los hijos por encima del otro padre. Y esta actitud, que puede parecer razonable en ocasiones –la desdicha suele llegar vestida con ropajes argumentales impecables pero exentos de amor-, no ayuda al hijo. Ellos no necesitan ser los más importantes; al contrario, necesitan sentir que la pareja del padre o la madre es más importante, y que los padres están juntos como pareja dándose una recíproca primacía frente a los hijos. Cuando un hijo es más importante que nadie para uno de los padres, no se le hace un regalo, sino que se le da una carga y sacrificio; no es abono, sino sequedad disfrazada de encantamiento. Los hijos no necesitan sentirse especiales ni tienen que ser el todo para los padres. Eso es demasiado.

Es frecuente que aquello que a un padre le falta de su pareja, o de sus propios padres, o aquello que le faltó en su familia de origen, o aquel sueño que no pudo cumplir, lo lleve a su hijo. Y que éste, por amor, acepte el reto. Al precio, claro está, de su libertad y de la plena fuerza para seguir su propio camino a su propia manera. Los hijos necesitan sentirse libres para cumplir su cometido en la vida. Y les va mejor cuando tienen el apoyo de sus padres y sus anteriores, y cuando se encuentran en orden con ellos. En cambio, sufren cuando uno de los padres desprecia al otro o ambos se desprecian mutuamente. Si los padres se desprecian, el hijo encuentra dificultades para no despreciarse a sí mismo y no parecerse a la peor versión diseñada por el padre o la madre sobre el otro progenitor.

Pensemos en hijos que casi tuvieron la función de pareja invisible de uno de los padres, o que significaron el todo para la madre o el padre, o que sintieron la prohibición de amar a un padre que cometió algún tipo de violencia o traición con la madre o viceversa… Tristemente, en constelaciones familiares es habitual identificar dinámicas y resultados fatales como enfermedades, delincuencia, violencia, pasotismo, dificultades en la pareja y mucho sufrimiento emocional. Pues, en lo profundo, un hijo no puede prescindir de amar a ambos padres y no deja de hacer acrobacias emocionales para ser leal a ambos, incluso imitando su mal comportamiento, o su alcoholismo, o sus fracasos y desatinos, etc.

“Hijo, en ti sigo queriendo a tu padre/madre, en ti sigo viéndolo y respetándolo a él”. “Hija tú eres el fruto de mi amor y mi historia con tu padre/madre y lo vivo como regalo y bendición”. “Hijo, respeto lo que vives y como es con tu otro padre/madre”. “Hija, yo solo soy el padre/madre, más es demasiado”. Estas son frases que apuntan al bienestar y el regocijo en los hijos. ¿Qué ayuda, pues? Que los hijos reciban uno de los mayores regalos posibles en su corazón: ser queridos tal como son y muy especialmente que en ellos se quiera a su otro progenitor, porque así se sienten completamente amados, ya que en fondo el hijo no deja de sentir que de alguna forma también es sus padres.

Ambos.

JOAN GARRIGA

Extraído de www.joangarriga.com/

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Foto Portada: Designed by Freepik

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No soy Angelina, pero también he estado ahí

Cuando llega nuestro primer hijo todo nuestro mundo cambia. Y cuando digo todo, me refiero absolutamente a todo, y esto, necesariamente, también nos incluye a nosotras mismas y a nuestros – hasta ese entonces- compañeros de ruta.

Entonces, ¿por qué nos llama tanto la atención que Angelina Joe Lee chutée a Brad Pitt argumentando diferencias irreconciliables? Esto nos hace recordar que los cuentos de hadas no existen y que realmente es complejo llevar a cabo un proyecto familiar (aunque seas rico, inteligente, famoso y muy guapo)

Y es que uno realmente NO SABE cómo va a ser de mamá y papá hasta que está ahí.

Los más enchapados a la antigua podrán decir que “esas cosas se conversan antes del matrimonio” pero resulta que no tenemos una visión adelantada de las cosas, ni de los hechos, ni menos de los sentimientos que afloran luego de la llegada de un hijo.

Y si bien, hace rato que las mujeres dejamos de creer en cuentos de hadas, lo que respecta a la maternidad sigue idealizado en muchos aspectos y este es uno de ellos: tu marido no es el padre que te imaginaste que sería. Y tú, te descubres cada día siendo una mamá que tampoco sabías que serías. La Ma-Paternidad nos cambia y nadie nos lo dice antes de casarnos ni cuando esperamos una guagua.

No nos preparan para ser padres. Pero peor aún, no nos preparan porque es una receta tan única, exótica y original que es imposible de escribir o diseñar con antelación. Es tan sutil como la fecha en que debes cosechar la vid para hacer un buen vino. Depende de cada sepa, cada terroir, calidad de suelo, lluvias caídas durante el año, heladas, poda, inclinación de las laderas y días de sol. Y eso cambia todos los años, así tal cual, nosotras cambiamos con la maternidad y lo hacemos luego con cada hijo que llega.

Y, por su puesto, a los hombres les pasa exactamente igual.

La verdadera meta de los primeros años de crianza no es tener niños sanos, estimulados, que coman sano y se duerman temprano. La meta de los primeros años cuando se tiene hijos es no separarse del marido. Es reconocer al nuevo ser humano que también nació de la mano de esa guagua. Esa persona que cría junto a ti, pero que también enfrenta los vacíos que trae desde su propia infancia y que entrega amor, juegos y rutinas que le parecen las únicas, más adecuadas y “obvias”.

Y es que son esas obviedades– cada uno trae consigo y que supone como paradigmas de que son la única-mejor manera de hacer las cosas- las que entran en disputa. Pues es casi imposible que en TODO tengamos los dos la misma forma.

Pueden ser cosas simples como si nos gusta tener a los niños con doble calcetín y bototo o descalzos mientras están dentro de la casa. Puede ser si consideras que es mejor bañarlos en la mañana para partir el día despejado o en la noche para que duerman más relajados. Puede ser si consideras que tomarlos en brazos en exceso hace mal o crees que “portearlos” y llevarlos la mayor parte del día en upa es lo mejor para su desarrollo neurológico. Puede ser si crees que es mejor llevarlos a su habitación apenas cumplan los dos meses o dejarlos en tu cama hasta que se vayan solos. Puede ser el preferir llevarlos a la sala cuna o dejarlos en casa con una persona de tu confianza (podríamos seguir hasta al infinito)

Básicamente, puede ser cualquier cosa que para ti o tu partner de crianza se considere como un “intransable”.

Lo más duro es ver y darte cuenta de golpe, que aunque te hayas tomado las cosas con calma, aunque hayas pololeado varios años antes de casarte, aunque hayas esperado otro par de años antes de “ponerte en campaña”… Ni todos los café, bailes, viajes y paseos… NADA te permite conocer por adelantado a ese “padre” en el que se convertirá tu pareja y con ello en esa nueva persona.

Y como dice nuestro filósofo nacional Humberto Maturana “cambiar de opinión es un derecho humano” lo que sucede es que la llegada de los hijos nos cambia a nosotras y a nuestras parejas y el desafío está en el darnos cuenta, el ver en qué nos hemos transformado nosotras y ellos y el volver a elegirnos. Volver a escoger.

No todos lo logran y son varios los que optan o terminan escogiendo tomar caminos separados, así como el matrimonio más hermoso y estable de Hollywood de los últimos 10 años.

Daniela Parra

@daniparraperiodista en Facebook

www.themommy.cl

 

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Somos padres: recuperemos la confianza en nuestros recursos.

Columna: NO A LAS RECETAS sin espejo

Los niños necesitan de adultos que los acompañen de cerca en su desarrollo, que los cuiden, que les ayuden a manejar el estrés, que descifren sus conductas, traduzcan los estados emocionales que le subyacen y les presten estrategias de regulación interna mientras desarrollan las propias. El espejo es necesario para mirar nuestro mundo interno e identificar lo que nos ocurre cuando nuestro hijo nos exige atención de maneras poco claras desde el punto de vista adulto (pataletas, gritos, travesuras, etc.) y que muchas veces juzgamos de innecesarias, inapropiadas y/o desproporcionadas. Estas formas de expresión muchas veces nos desorientan, no comprendemos qué necesitan, por qué se comportan del modo en que lo hacen y no sabemos cómo responder. Nos urge tener claridad sobre lo que les está pasando y sobre cómo abordar la situación. Más aún cuando tenemos un sistema escolar que muchas veces nos presiona y demanda una solución.

 

En este contexto, surge con fuerza la pregunta del cómo hacerlo, cómo resolvemos concretamente los conflictos que se presentan en el día a día con nuestros niños manteniendo una postura de empatía y respeto. Si bien en este tiempo existe una proliferación importante de información, movimientos de crianza y acompañamiento a padres, es frecuente escuchar sobre la queja parental acerca de sentirse juzgados, solos y desorientados. ¿Será que estamos buscando en el lugar equivocado?, ¿o sobrevalorando la opinión  de otros por sobre nuestra intuición, nuestra experiencia, lo que nos muestra nuestro espejo? Este “otro” puede tomar diferentes formas, puede ser alguna amiga, el libro de crianza, la abuela, el padre del niño, la última publicación científica acerca del tema, el grupo de amigos, el psicólogo del blog. Este mirar “afuera”, ha traído consigo una sensación de incompetencia y frustración en muchos padres que buscan seguridad, alivio y conocimiento en lo que muchas veces parece más un merchandising de la crianza que  recursos o apoyos secundarios a la experiencia y reflexión de los propios padres. Cuando ese “otro” pasa a tener un lugar principal en nuestras decisiones y dejamos de usar el espejo y de escuchar nuestra intuición y sentido común, todo aquello que pudiera tener un impacto positivo al ser un apoyo (lecturas, reflexiones de expertos, evidencia científica, grupos de apoyo y un gran etc.) podría convertirse en una amenaza para nuestro quehacer como padres. Todo está en la relación que establecemos con los recursos disponibles; qué lugar van a ocupar en nuestra forma de ser padres, cómo organizamos la información que nos brinda la evidencia científica y sustenta los principios de la crianza con apego seguro para que nos ayude y no se nos convierta en modelos ideales e imposible de padres perfectos, que no fallan, sin dificultades.

 

Esta ilusión de “padres perfectos” acompaña a un gran número de personas que quiere ser la mejor versión de padres que puedan ser. Muchos de ellos refieren inseguridad, sentimientos de incompetencia y mucha frustración. Es cada vez más habitual encontrarse con espacios depositarios incluso de una rabia desmedida de personas que critican la crianza respetuosa, comentarios poco ajustados cargados de prejuicios, descalificaciones y discusiones entre grupos de madres surgidos desde la frustración y la desorientación y que nada aportan. Se pierde el rumbo, el equilibrio, el fin último que sostenía nuestra búsqueda: ser buenos padres, unos suficientemente buenos.

Mi intención es plantear la necesidad de devolver a los padres la capacidad de pensar y encontrar sus propias soluciones, considerando lo que ven en el espejo, lo que les aporta la experiencia, lo que nos aporta la ciencia, lo que cuentan las abuelas. Las decisiones que se toman integrando quiénes somos y qué queremos para nuestros niños, en un marco de respeto a la individualidad y mirada consciente acerca de nosotros mismos ilumina la ruta.

La maternidad y paternidad es un desafío constante, nos enfrentamos a escenarios cambiantes con sentimientos y emociones que a veces son gratificantes y otras dolorosos y frustrantes. La intensidad y velocidad de las experiencias hace que sea fundamental tomarnos un tiempo para pensar, cuestionar, re-pensar, integrar y reconstruir nuestros modos de llevar a la práctica nuestra parentalidad. Este proceso psíquico que va evolucionando con nuestras experiencias de ser padres requiere de decisión y del espejo que nos permite mirar nuestro mundo interno e identificar lo que nos ocurre cuando nuestro hijo nos exige atención o contención de maneras que requieren de una lectura más allá del comportamiento (pataletas, gritos, travesuras, etc.), así como también de buscar recursos para responder sensiblemente a su necesidad, haciéndonos cargo de nuestras limitaciones sin perder la confianza en nuestro sabio interior.

 

 

Psi. Angelina Bacigalupo O.

Psicóloga Clínica Acreditada por la CONAPC

Especialista en Psicoterapia Infanto Juvenil

 

 

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