Contribuyendo con el telecolegio de nuestros hijos

Es sabido que para poder recordar algo se debe generar algún grado de emoción.
Segun mi experiencia como especialista en aprendizaje aprender es: entender y memorizarlo que entiendo hoy debo ser capaz de memorizarlo “mañana” para aplicarlo, de lo contrario no se habrá producido el aprendizaje. No hay aprendezaje si no logro aplicar ese conocimiento en el futuro cuando lo necesite. Por lo tanto si necesito de la memoria para aprender, es imprescindible que esa informacion o contenido pase por la emoción.
Pero ¿cómo hacer que algo nos emocione? Lo que primero necesitamos hacer es ver cómo nos sentimos, para eso existen listados o ruedas con una larga lista de emociones divididas en 6 grandes grupos de emociones: sorpresa, felicidad, tristeza, disgusto, ira y miedo. Ahora como padres-profesores tenemos que ayudar a nuesros hijos a expresar y comunicar constantmente cómo se van sintiendo con este encierro, distanciamiento de amigos y falta de independencia debido a esta inesperada pandemia. Una vez que logramos hacer que definan cómo se sienten, y cual es la emocion, podremos trabajar en ella. (como expliqué en una columna anterior)
 
 
Las emociones que rondan en los niños y niñas por estos dias me atreveria a decir que son la ansiedad, la tristeza, la desesepracion, la soledad, confusion y abandono, lo que seguramente los podria estar llevando a una actitud de inatencion, impulsividad y hasta molestia frente al colegio y proceso de aprender.
La ansiedad (del grupo de la tristeza) en los niños se traduce en conductas impulsivas, a presentar un mal humor, se ven problemas para concicliar el sueño, insomnio a mitad de la noche, inapetencia, dolor de cabeza, entre otras.
Entonces, ya definida la emocion (la mas comun tristeza y ansiedad) es ayudarles a gestionarla. La ansiedad se puede trabajar con el manejo de certezas. Si nosotros como padres-profesores, les explicamos de manera clara y precisa lo que esperamos de ellos en términos de aprendizaje, si les definimos bien sus horarios para estudiar, horarios para ver tv o jugar, si les describimos la recompensa, si practicamos un refuerzo positivo lo mas inmediato posible al logro por muy pequeño que sea, los niños-estudiantes tendrán mas certezas y seguridades, lo que les ayudará a disminuir si ansiedad.
Lo veo con mis alumnos e hijos, las reglas en casa son claras y raramente se modifican (sólo si hubo una conducta destacada en algun ámbito o circunstancia que ameritara). Se estudia todas las mañanas, la television sólo se prende desde las 3 pm hasta las 6 pm. Les pido que estén en conctacto con el aire libre todos los dias*, idealmente en las mañanas en espacios libres. Se hacen 2 tareas a diario. Se trabaja en silencio, bien sentados, buena iluminacion y presentacion. Todo eso trae consecuencias positivas, refuerzos y certezas. Los esfuerzos son reconocidos y premiados. Es una enseñanza para la vida todo este sistema de orden, no se visualiza de inmediato pero en unas semanas ya es posible visualizar que se han incorporados nuevos habitos, los niños se adaptan rapidisimo a los cambios. Como asi mismo los pequeños tienen escasa conciencia de cantidad y tiempo por lo que señalarles desde la fecha en que estamos cada dia, hasta las horas con un reloj o temporizador de cuánto estarán frente a la tv les ayuda infinidad.
 
Eso por el lado de las emociones y su relacion con una mejor disposicion para aprender, pero eso no es suficiente, otro aspecto importante que contribuye con tener una mente abierta para aprender es el movimiento, el juego y la creatividad*. De lo cual les comentaré en la próxima columna.

 

Claudia Pastene – Psicopedagoga – Conoce más de Claudia aqui

Imagen de portada : Foto de August de Richelieu en Pexels

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En vez de volver a la normalidad, construir otra mejor

Hace dos días me escribió una lectora preguntándome algo que me sorprendió. En un mensaje privado me confesaba que estaba muy cansada del aislamiento social y me interpelaba con la siguiente pregunta: «¿Tú crees que aprenderemos algo?». No pude por menos de contestarle con un timbre de sorpresa en mi voz hecha escritura: «¡¿Cómo que si aprenderemos algo?! La pregunta formulada en futuro cancela el aprendizaje, que siempre se da en presente continuo. En una pandemia como la del coronavirus estamos aprendiendo a cada instante porque la situación es tan inédita, tan global y tan voluble que no ceja en enseñarnos novedades que nos obligan a instruirnos en ejercicios valorativos permanentes». Al enviar la contestación caí en la cuenta de forma súbita de que hace justo un mes escribí y publiqué aquí un artículo con el mismo título que la pregunta que me acababa de punzar. El viernes 27 de marzo compartí en este Espacio Suma NO Cero el texto ¿Aprenderemos algo de todo esto? (ver). Quizá un mes más de confinamiento me ha hecho tomar sencilla conciencia de que hablar en futuro del aprendizaje de esta crisis sanitaria y su adosada crisis económica sea tener una muy mala consideración de nosotros mismos. Para evitar equívocos a mí me gusta recalcar la diferencia entre enseñar y aprender. Enseñar es brindar información útil con el propósito de entregar herramientas para que la persona que la recibe perfeccione su autonomía y su emancipación. Aprender es la acción personal con la que alguien adquiere esa información, la metaboliza y la convierte en conducta, luego en memoria, más tarde en hábito y finalmente en disposición afectiva para utilizarla de una u otra manera según la enorme variabilidad de las situaciones con las que el hecho de existir le confrontará. Con cada nuevo amanecer la vida reparte infinitas enseñanzas, pero aprender pertenece en exclusividad a cada uno de nosotros.

Las primeras semanas de la cuarentena se podía escuchar el suspiro de muchos confinados anhelando volver pronto a la normalidad. Aquellos ingenuos y ya lejanos días se viralizó una máxima que desde una mirada alternativa cuestionaba ese deseo: «No queremos volver a la misma normalidad que nos ha traído hasta aquí». Dicho de otro modo, pero en la misma dirección: «No queremos volver al mismo sitio como si no hubiésemos aprendido nada de todo lo que acerca de nosotros mismos nos está enseñando la pandemia». La normalidad no debería ser el regreso a un sistema productivo que ha ensamblado vida con empleo (cada vez más escaso y cada vez más precario), y que para sobrevivir necesita gente insatisfecha que consuma bulímicamente mercancías con las que contrarrestar esa insatisfacción y mantener intacta la pervivencia del propio sistema productivo, que además tiene el deber capitalistamente genético de incrementar los márgenes de beneficio con cada nuevo ejercicio. En La sociedad de la decepción, Gilles Lipovetsky explica muy bien esta lógica. Entenderla es comprender el papel del miedo y la frustración en los imaginarios sociales. La producción y la financiación como ejes de la vida humana necesitan sobreexcitar el deseo permanentemente, vincular ideas de bienestar a ideas de consumo, embeber la identidad del sujeto con la dimensión laboral, concatenar la felicidad con la acumulación de bienes y capital. Es un círculo que no se puede detener y que con cada nueva rotación se ve obligado a aumentar el frenesí del deseo y sus daños indisolubles para la extracción de plusvalía: la explotación, la deshumanización, el deterioro de los tiempos afectivos, la depredación del planeta y de todo de tipo de vida alojada en él, la decepción crónica de las personas. La enfermedad del covid-19 y su epidemiológica capacidad de contagio nos ha obligado a confinarnos y a detener esta rotación. No hacerse o no estar haciéndose preguntas nucleares durante este largo confinamiento es mucho más grave que no aprender algo. Es estar críticamente muerto.

Ayer leí el opúsculo En tiempos de contagio, de Paolo Giordano, el escritor que alcanzó notoriedad con su libro La soledad de los números primos. Debe de ser de las primeras publicaciones serias en torno a la enfermedad del covid-19. Frente a la exhortación de querer volver a la normalidad, Paolo Giordano sugiere en su ensayo todo lo contrario: «aprender a habitar la anomalía». Este aprendizaje supone aceptar varias cosas. El autor cita el salmo 90 para resumirlas: «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría». Nada más leer esta petición me acordé del lamento de Baltasar Gracián cuando en El arte de la prudencia se preguntaba de qué sirve que el entendimiento avance si el corazón se queda atrás.  En las reflexiones azuzadas por la pandemia hay varias formas de traer sabiduría al corazón. Aquí van unas cuantas: Pensarnos como comunidad. Repensarnos como sujetos interdependientes. Releernos bajo fines de vida nuevos. No olvidarnos nunca del por qué y para qué como preguntas insorteables para la construcción del sentido de lo humano. Sabernos tan vulnerables que es apremiante cuidar y ser cuidados. Aprovisionarnos de bondad para coordinar los gigantescos bucles de dependencia mutua que forman el espacio político en el que se despliega la convivencia. Sentimentalizarnos para que el otro me concierna y su sufrimiento me haga sufrir. Quizá la más importante de todas las medidas para acercar un poco de sabiduría a nuestro corazón es con la que Paolo Giordano concluye el opúsculo, que compendia todas las que he enumerado aquí: «No permitir tanto sufrimiento en vano». Volver a lo que el discurso hegemónico ha bautizado como normalidad sería contravenir por completo esta sensata invitación.

José Miguel Valle.  Escritor y filósofo

Imagen portada : Obra de Ohgigue

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MI PAPÁ ME ENSEÑÓ…

Hay días que me pregunto ¿por qué el rol de los padres siempre queda relegado a segundo plano?. Es como si las mujeres nos adueñáramos de la crianza y educación de nuestros hijos e inconscientemente, los fuéramos dejando cada día más de lado y a ratos nos jactáramos de todo lo que sí hacemos. Encontramos a veces las “razones” para alejarlos: o porque vemos que están menos en el día a día o porque creemos que no se involucran “lo suficiente”. ¿Cuánto necesitamos que estén ahí? Y más importante aún ¿en qué necesitamos que verdaderamente estén? ¿Queremos que sean iguales a nosotros? ¿Cómo abrimos la puerta para que ellos sean parte de manera distinta a la nuestra?. Quizás podríamos empezar por mirar y valorar lo que sí hacen, lo que aportan en la crianza y lo mucho que enseñan con su mirada de la vida… diferente a la nuestra.

Si pienso en mi papá no puedo dejar de mirar todo eso que me aportó en la vida. Me entregó la contención y tranquilidad en momentos de duda. Me enseñó la importancia de mantener el equilibrio, y dentro de su simpleza, siempre me ayudó a no angustiarme antes de que los problemas pudieran ocurrir. Siempre lo escuché decir “no intentes solucionar problemas que no existen” (frase que uso con casi todos mis pacientes). Con esas quizás, simples palabras, me entregó la certeza de que siempre tuve y tendré las herramientas de enfrentar lo que venga. Si la vida se pone cuesta arriba, no necesito tener todo bajo control antes de que eso ocurra, porque eso es enredado y básicamente imposible. Me enseñó a ser simple, y confiar en mí y en mis recursos por sobre todas las cosas. Nunca dejó ni una mínima ventanita de duda, de que yo era capaz de hacer y enfrentar lo que me trajera y propusiera en la vida.

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Mi papá me enseñó el valor de la austeridad y la humildad, que no necesitamos adornarnos de cosas materiales para hacernos valer, ni para valorarnos a nosotros mismos. Tengo grabado a fuego que podemos ser felices con tan poco y que no necesitamos “tener” para buscar la alegría. Porque la felicidad se encuentra en los lazos de amor, en los vínculos y en cómo ponemos al otro como una pieza fundamental en nuestras vidas.

Con su pragmatismo me ayudó a ser realista cuando yo quizás solo quería soñar, me ayudó a buscar objetivos claros y alcanzables, siempre confiando en que yo lograría todo aquello que me propusiera con trabajo y empeño. Me enseñó de la perseverancia y de como con responsabilidad, compromiso y trabajo duro se logra todo aquello que te propongas… aunque en el proceso cueste y te caigas mil veces. Mi papá me enseñó que existe espacio para el error y que de ellos aprendemos, que de las crisis salimos fortalecidos y que es ahí cuando podemos encontrarnos con nuestras sombras, abrazarlas y quererlas.

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Mi papá me enseñó la cautela, pensar bien las cosas antes de actuar, tener un plan y alternativas. Su racionalidad me permitió mirar que en el universo existen miles y miles de alternativas y es uno la que elige cual tomar. Siempre dejaremos una por otra y entonces tenemos que asumir lo que eso conlleva. Me enseñó a crecer y a volar, siempre con la cautela de no estrellarme. Me enseñó a cuidarme, quererme y respetarme, y en mi adolescencia pude cuidarme desde el cuidado incanzable de él, que nunca bajó los brazos. Mi papá me enseñó el respeto, el respeto profundo por el ser humano, el nunca pasar a llevar al otro y siempre poder mostrar tu punto de vista pero sin críticas o juicios. Logré aprender de la tolerancia y mucho me enseñó en aceptar y valorar la individualidad y diversidad.

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Hoy veo al papá de mis hijos y se también cuánto les está enseñando: simpleza, autonomía, respeto, perseverancia, compromiso, el valor del deporte y el juego, la empatía, el regalo del tiempo y el respeto por el ser humano. Mi papá y mi marido no se diferencian en casi nada. Quizás solo que mi papá es más “machista” y nunca se metió en las labores del día a día de la crianza, por otro lado mi marido cumple el mismo rol que yo. Existe un equilibrio pleno entre lo que yo hago y lo que el va asumiendo en la crianza. Y entonces creo que al final, si bien ha sumado infinitas enseñanzas para mis hijos tener un papá más inmerso en las labores domésticas, creo que lo más importante, verdadero y profundo es todos aquellos valores que nos entrega la figura de nuestros padres. Finalmente su amor incondicional, su alegría, su respeto, su cariño y su conexión emocional es lo que vienen a regalarnos en nuestra vida. Todos necesitamos mamá y papá, ambos nos entregan distintas enseñanzas, valores y maneras de ver la realidad.

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Dejemos de relegar el rol del hombre al trabajo y sostén económico, ellos son muchísimo más importantes. Son fundamentales en los lazos de amor que van construyendo con nuestros hijos. Hoy solo puedo agradecer: agradecer al papá que tengo y me enseñó tanto, agradecer al papá de mis niños que me sigue enseñando día a día, agradecer que somos dos en esta tarea de hacer familia y que nos equilibramos en nuestras miradas, formas, valores y maneras de hacer familia.

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El desafío está en dejar espacio para que cada uno, en su rol e individualidad, aporte desde ahí a nuestros hijos. Ninguno es más importante que otro, ninguno hace más que el otro. Somos distintos y en esa diversidad crecemos como personas y hacemos crecer a nuestros hijos en su mirada al mundo. Y a ti, ¿qué te enseño tu papá? ¿qué quieres que tus hijos aprendan de su papá?. Y tu papá, ¿Qué quieres dejar marcado a fuego en tus hijos?…..solo les digo: ¡que nada los detenga!.

¡Feliz día a todos los padres! (SOBRETODO AL MÍO)

María José Lacámara – Conoce más AQUI

joselacamara@gmail.com

Instagram: @joselacamarapsicologa

 

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El premio al esfuerzo

Finalizando este año académico quisiera compartirles una reflexión a propósito de los enormes logros que pude percibir en los alumnos que me rodearon este 2018 que ya nos deja.

Creo que el «premio al esfuerzo» ha sido subvalorado estas últimas décadas restándole la importancia que merece por el siempre bien ponderado «premio a la excelencia académica» o alumno con el perfil idóneo que mejor calce con ese colegio. Apreciar este rasgo tan fundamental en un alumno me parece vital y movilizador para esta sociedad que valora el fin o producto más que el proceso, no obstante poseer esta cualidad puede llevar a alguien a la luna…literalmente, puede hacer que las personas se sientan mejor, sean más cariñosas, comunicativas, y en consecuencia empoderadas.

Creer que se puede, es creer en uno mismo y en la posibilidad de crear la forma más astuta e imaginativa para lograr las metas. Con esta cualidad se desarrolla la creatividad, la autoestima y también la inteligencia emocional. Ninguna meta cae lista del cielo, hay que pasar por obstáculos, decepciones y montones de inconvenientes, para luego comenzar a percibir progresos y satisfacciones que estimulan hasta alcanzar lo propuesto. Es por eso que acompañar, retroalimentar y reconocer a alguien en este proceso de superación es fundamental, ahí el buen ojo del profesor y la conexión con el hijo o hija.

En mi labor profesional la gran mayoría de las veces he debido reacomodar planificaciones para dirigir actividades que potencien la confianza en uno mismo. Los alumnos luego de trabajos, tareas y largas jornadas escolares, más toda la gama de relaciones que se viven dentro de un establecimiento educacional, hace que fácilmente caigan en un modo de monotonía, negatividad y desaliento cuando se sienten desmotivados por no comprender ya sea un contenido o una metodología de enseñanza, por lo que debo como educadora volver a señalarles la parte lúdica que también tiene cada actividad o aprendizaje para atraerlos y cambiar su estado de desaliento..Y es ahí donde algunos deciden no poder lograrlo u otros que por el arte de la nivelación comienzan a ver logros, y eso da inicio a un círculo virtuoso donde no hay límites.

He sido testigo de logros titánicos, emocionantes y otros lentos pero seguros y cada uno de esos logros ha dejado en mis alumnos como mayor enseñanza que: cuando se quiere se puede, al menos en el plano académico (y seguramente también en el laboral). Y es ese rasgo el que se debe premiar y reconocer por el colegio, profesores y padres.

Está bien ser el mejor, sin embargo es aún más bueno ser mejor que yo mism@.

 

claudiapaseteneClaudia Pastene Gorigoitía

Mamá de tres hijos.

Psicopedagoga, Profesora Básica y Terapeuta Floral

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Contar Historias

La vida está compuesta por las historias que nos contamos a nosotros mismos o por las historias que otros se encargan de contarnos. Contar historias es algo que nos ha acompañado desde nuestros orígenes ya que en nuestros comienzos esa era la forma utilizada para transmitir enseñanzas y traspasar conocimiento a las nuevas generaciones.

Creo que en la actualidad hemos perdido la capacidad de escuchar historias y de darnos el tiempo de escuchar a los sabios que las relatan.

Todas las memorias que guardamos a lo largo de nuestra vida están íntima y absolutamente ligadas a los sentimientos. Recordamos vagamente lo que se habla o lo que vemos cuando recordamos algo, pero no se nos olvida la emoción que dominó nuestro ser en ese minuto.

Algo memorable comienza en el corazón, no en el cerebro.

Los cuentos tienen la capacidad de hacernos reflexionar, imaginar, elaborar y ponernos en situaciones que no conocemos o que nos llevan a fijar actitudes y valores que son necesarios para enfrentar la vida. A continuación les dejo uno de mi favoritos, pero  existen innumerables cuentos cortos que fomentan valores y enseñanzas, la invitación es a compartirlos en familia. Puede ser un ejercicio invaluable para las futuras generaciones.

 

Las Estrellas de Mar:

 

Había una vez un escritor que vivía a orillas del mar; en una enorme playa, donde tenía una casita y pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para su libro. Era un hombre inteligente y culto y con sensibilidad acerca de las cosas importantes de la vida.

Una mañana mientras paseaba a orillas del océano vio a lo lejos una figura que se movía de manera extraña como si estuviera bailando. Al acercarse vio que era un muchacho que se dedicaba a recoger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar.

El hombre le preguntó al joven que estaba haciendo. Este le contestó:

 

– Recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y muchas morirán.

Dijo entonces el escritor:

– Pero esto que haces no tiene sentido, primero es su destino, morirán y serán alimento para otros animales y además hay miles de estrellas en esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas.

El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó:

Para ésta… sí tiene sentido.

El escritor se marchó un tanto desconcertado, no podía explicarse una conducta así. Esa tarde no tuvo inspiración para escribir y en la noche no durmió bien, soñaba con el joven y las estrellas de mar por encima de las olas.

A la mañana siguiente corrió a la playa, buscó al joven y le ayudó a salvar estrellas.

 

 

 

florencia_vargasFlorencia Vargas Schmauk

Conoce más de Florencia AQUI

Psicóloga U Andes

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Adiós castigos: ¿Por qué los castigos están en vía de extinción?

Columna: NO A LAS RECETAS sin espejo – Angelina Bacigalupo

A pesar de que hoy existe mayor conciencia de que los niños son personas con derechos y merecen respeto, aún persiste en nuestra cultura la idea de que los castigos son legítimos como formas de educar y necesarios para mantener la autoridad.

Aún cuando disponemos de gran cantidad de evidencia desde la teoría y desde la investigación neurocientífica, aún se practican métodos punitivos anacrónicos como intento de imponer autoridad a través del miedo y que pasan a ser parte de una cultura en la que se cree que el adulto es superior y el castigo una forma de controlar la conducta de los niños, invisibilizando sus procesos internos y sus consecuencias. Estas creencias erróneas, reflejo de una sociedad adultocéntrica y desinformada, no sólo genera niños sumisos o rebeldes, sino además los ubica en una posición de soledad y desamparo, sin brindar las orientaciones y herramientas necesarias para gestionar de otro modo el conflicto o el comportamiento que ha motivado el castigo. ¿Confiarías en aquél que tiene autoridad porque genera temor? La diferencia entre el miedo que deriva del autoritarismo y la autoridad que deviene del respeto aquí se vuelve un tema fundamental. Es completamente incongruente exigirle a los niños que respeten a otros si no se han sentido respetados por nosotros y/o ven que no respetamos a otros. El respeto se modela, se construye y asienta por el ejemplo congruente, el respeto se gana, no se impone.

Cuando se impone la disciplina a través de amenazas, explícita (palabras) o implícitamente (“miradas que matan”, tono de voz o postura corporal), el niño activa sus circuitos cerebrales de defensa, intensificando sus emociones y las del adulto, en la mayoría de los casos. Cuando esto ocurre, la situación se ha salido de control para el niño y el adulto se enfrenta al más difícil desafío: mostrar la madurez que lo diferencia del niño, siendo ese otro calmado y contenedor que el niño necesita para autorregularse. El escenario es bastante difícil si pensamos que el adulto ya tomó una primera postura errada frente al conflicto: la amenaza como intento de controlar la conducta del niño. Cuando esto no traiga el término del conflicto que el adulto espera y el niño esté emocionalmente aún más descontrolado, las exigencias emocionales hacia el adulto para revertir el desborde del niño se vuelven aún mayores. En definitiva, los comportamientos punitivos o autoritarios de los padres ante los malos comportamientos resultan contraproducentes por las características del funcionamiento de nuestro cerebro. Cuando el niño detecta una amenaza, se activarán en él los circuitos neurales del cerebro evolutivamente más primitivo que le permitirán la sobrevivencia: luchar, huir, quedarse quieto o desmayarse.

Por otra parte, en cuanto a los consejos acerca de ignorar al niño (“no lo mires”, “no le hables ni le des atención hasta que te lo pida de buena manera”) en el entendido que ello evitaría reforzar la conducta, hoy existe evidencia de que no educa, sólo lastima y deja al niño en el desamparo con su frustración y enojo. Es una de las formas más directas de sepultar su autoestima y la confianza en los adultos… ¿confiarías en alguien que te ignora cuando más lo necesitas?

El castigo no educa, sí cambia la conducta, pero la modificación que observamos estará ligada al miedo de ser nuevamente castigado y no se mantendrá a largo plazo. En este sentido, el cambio logrado será por una motivación externa al sujeto (para evitar el castigo o la desaprobación del otro) y no por una motivación interna (porque se quiere hacer las cosas de manera correcta, porque el nuevo comportamiento tiene un valor en sí mismo que ha sido internalizado). Todos conocemos la diferencia entre hacer lo correcto porque nos están mirando o por el temor de ser castigados, o porque existe algo interno que valoramos y nos inspira a comportarnos de esa manera.

Asimismo, está demostrado que el castigo genera muchos efectos negativos en el desarrollo emocional del niño, por ejemplo, debilita su autoestima, produce miedo, ansiedad y desconfianza, genera resentimiento y comportamientos evitativos o rebeldes, deteriorando también el vínculo entre el adulto y el niño.

Si nuestro objetivo es que nuestros niños aprendan a gestionar los conflictos de manera asertiva, que sean personas respetuosas y capaces de ponerse en el lugar del otro, que desarrollen criterio y valores que les permitan hacerse respetar respetando a los demás, es importante que nos preguntemos con honestidad si nosotros hemos conquistado ese aprendizaje. En muchos casos, los adultos no mostramos nuestra madurez, sino sólo una acumulación de años, que es muy distinto. Nadie puede dar lo que no tiene. ¿Ya tiene su espejo?

 

Psi. Angelina Bacigalupo O.

Psicóloga Clínica Acreditada por la CONAPC

Especialista en Psicoterapia Infanto Juvenil

 

 

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