EL INMENSO VALOR DE ESPERAR MENOS Y PEDIR MÁS

¿Cuántas veces nos vemos enfrentados a la frustración o decepción de que nuestra amiga, pareja o hijo no hizo lo que yo esperaba? Vivimos esperando que los otros cumplan con aquello que imaginamos o con lo que necesitamos, pero que poco nos dedicamos a pedir eso que queremos, esperamos o soñamos. Es como que si por pedirlo y hacerlo explícito, el acto perdiera todo tipo de valor cuando el otro finalmente se decide a hacerlo.

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Innumerables son las veces que he visto a mis adolescentes en la consulta, a sus padres o parejas, pasar una y otra vez por la decepción de que el otro no hace lo que espero. Frases como: “…pero si ellas saben que tienen que preguntarme cómo estoy si me ven mal… ¿no es obvio?“, “…pero si él sabe que tiene que portarse bien en el colegio y hacer sus tareas…”, “… sabe que necesito ayuda en la casa…no necesito decírselo“, y así podría continuar eternamente. Nos vamos transformando en seres decepcionados de las relaciones que tenemos, desilusionados de aquellos que en teoría nos quieren y enrabiados de sentir que esos que más me aman no me entregan lo que yo espero, lo que necesito, lo que “ellos saben”. pero en realidad NO lo saben. Nos vamos sumergiendo en un círculo vicioso, que nos aísla, entrampa  e incomunica: con nuestra pareja, hijos o amigas. Empezamos a sentirnos poco queridos, menos entendidos, y muy solos en este mundo, en el cual sentimos que damos el máximo por el otro, pero ellos apenas  dan su mínimo por mí.

¿Será realmente tan así? ¿O será que ese mínimo para mí, es el máximo del otro? ¿Quizás el otro debe poseer poderes mágicos que lo hagan adivinar lo que necesito? ¿Será realmente que no me quieren, no me ven y no me valoran? ¿Cuántas veces hacemos explícitas nuestras necesidades? Mi experiencia en la consulta, y al escuchar a la gente que quiero y me rodea, en la mayoría de los casos me encuentro con personas que no piden, no dicen y no muestran lo que necesitan, eso que las hace felices o tristes o  lo que las hace sentirse queridas. Es en ese momento cuando se produce un entrampe y quiebre comunicacional que solo complejiza las relaciones, les quita profundidad y nos distancian del otro.

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¿Por qué dejamos de valorar eso que el otro hace, si se lo pido explícitamente? ¿Por qué carece de valor si lo hizo, después de que ya se lo pedí? Cada vez que pedimos y recibimos es exactamente el mismo regalo que cuando no lo decimos. Quizás cuando nos sorprenden, esa acción inesperada pasa a tener una mayor carga de emoción y felicidad, pero no por eso, recibir pidiendo carece de valor. Cuando demando y soy escuchada, ya es un regalo, cuando pido y soy explícita con lo que necesito, también  es un regalo para el otro, que puede conocerme y leerme en eso que me hace falta. ¿Por qué no regalarnos más transparencia en las relaciones? ¿Por qué no hacernos el regalo de pedir y ser escuchado? Cuando el otro escucha y decide darme eso que pido, es tanto o más valorado, que cuando no lo he pedido, porque esa persona se detuvo, conectó conmigo, me escuchó activamente, me entendió y me dió eso que tanto necesitaba.

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No entrampemos nuestras relaciones con expectativas irreales.  En esperar que el otro dé solo porque yo doy, en que dé lo mismo que yo estoy dando. La realidad es que todos somos distintos y eso que yo doy no siempre es lo que recibo, y eso que yo espero no es lo mismo que el otro puede darme. ¿Qué pasaría si aprendiéramos a ser más explícitos con nuestras necesidades? Estoy segura que desde el cariño incondicional que hay puesta en cada una de nuestras relaciones, eso que espero y pido finalmente se haría realidad.

Aprendamos a sentirnos queridos por todos esos gestos que hace el otro: mirarme, escucharme, detenerse, conectar, regalar, darme espacio y también cuando me da eso que pido. Dejemos de quejarnos por eso que el otro no hace porque no adivina y comencemos a pedir, abiertos a que el otro pueda darnos o no, eso que necesitamos…. y si decide darlo…no olvidemos que eso también posee un tremendo valor.

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Solo si logramos ser más explícitos, y dispuestos a recibir pidiendo, conseguiremos sentirnos queridos y acompañados en esta vida. Seamos menos exigentes con el resto y con nosotros mismos. Si necesito que mi hijo adolescente me salude cuando llega a la casa, que mi marido me ayude más en las tareas diarias, que nuestra señora nos dé tiempo solos, o simplemente si queremos que nuestros papás nos escuchen y acepten como somos… ¡PIDAMÓSLO! abiertamente y de corazón, explicándole al otro por qué es tan importante para mí. Y si eso llega… por favor no le quitemos el mérito! Valorémoslo aún más!

Me gustaría que nos pusiéramos el desafío de empezar a esperar menos y pedir más….¿Cuánto eso nos acercaría al otro?….no somos adivinos, lo que necesitas tu es distinto de lo que necesito yo… pide más…espera menos.

María José Lacámara – Conoce más AQUI

joselacamara@gmail.com

Instagram: @joselacamarapsicologa

 

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Aprendiendo a quererse a uno mismo

“Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados.

Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos sin límite.
Es nuestra luz, no la oscuridad lo que más nos asusta.
Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso?
En realidad, ¿quién eres tú para no serlo?
Eres hijo del universo.
El hecho de jugar a ser pequeño no sirve al mundo.
No hay nada iluminador en encogerte para que otras personas cerca de ti no se sientan inseguras.
Nacemos para hacer manifiesto la gloria del universo que está dentro de nosotros.
No solamente algunos de nosotros: Está dentro de todos y cada uno.
Y mientras dejamos lucir nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo.
Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás”.

Palabras recogidas en el Discurso de Nelson Mandela como Presidente Electo de Sudáfrica (1994) 

La baja autoestima y el no quererse a uno mismo es un problema de carácter global que cada día va en aumento. El hombre, por su naturaleza, se autoflagela con desprecios y críticas destructivas, se culpa de todo cuanto ocurre a su alrededor, dudando siempre de sus propias capacidades e infravalorándose hasta límites insospechados, quejándose y lamentándose continuamente de la vida que ha tocado vivir. Seguramente haya contribuido en todo esto, el haber recibido consciente o inconscientemente abusos en nuestra autoestima, sobre todo en uno de los periodo más críticos y vulnerables de la vida, como lo es la infancia. Frases que se repetían una y otra vez como “menudo burro que eres”, “imbécil”, “inútil”, “no sirves para nada”, “todo lo haces mal”, “eres un fracaso”, “para que lo vas a intentar si ya sabes cómo acabará”, “eres demasiado torpe”, etc.  y la percepción con la que experimentábamos tales sucesos en el momento de producirse, nos acompañará hoy en día en nuestras reacciones, y habrá forjado nuestro carácter (con sus consiguientes creencias limitantes) de adulto. Por lo general, nos tratamos a nosotros mismos como en el pasado nuestros padres lo hicieran con nosotros, de tal forma que si por ejemplo fuimos educados como no merecedores de su amor, en el presente no nos sentiremos dignos de su amor.

Es por ello, que es fundamental aprender a querernos y valorarnos más de lo que solemos hacerlo, si bien es cierto que será una ardua tarea, debido a las múltiples maneras en las que hemos aprendido a no querernos con el paso del tiempo, está claro que aún tenemos una tarea pendiente y mucho trabajo por hacer. Tendremos que aprender a querernos en todos los aspectos posibles, en nuestras relaciones interpersonales, en nuestro entorno (familia y amigos), a la hora de elegir una profesión o realizar nuestro trabajo cotidiano, a aceptar nuestro cuerpo físico, nuestras emociones y manera de ser, incluso en la forma de cómo nos percibimos a nosotros mismos.

Aquí te proponemos unos tips para que empieces a cambiar ese estado y empieces a quererte y valorarte más cada día:

 

Carlos Sastre

Acupuntor y facilitador EFT

www.acupunturademascotas.com

 

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