LA METAMORFOSIS DE UNA MADRE

Antes de ser mamá tenía muy claro que primero sería mujer y luego madre, que no quería que la maternidad me absorbiera dejando de ser Ana para ser “la mamá de…”. Luego entendí que las cosas son mucho más profunda y están enraizadas y entrelazadas de una manera tan fuerte que era imposible seguir siendo simplemente Ana.

Ya no podía elegir entre ser mujer o madre porque ya era mujer-madre, todo junto. La maternidad es intrínseca, es tan parte de una que no se puede separar, es como querer separar un brazo del cuerpo.

La maternidad implica reformular prioridades, reinventarse y redefinirse como mujer-madre, lo que NO quiere decir que las mamás no tengamos vida propia, sueños propios o que hayamos perdido parte de nuestra esencia, por el contrario quiere decir que hemos sumado y ganado, que la bella oruga ahora tiene alas que la acompañarán hasta el día de su muerte y más allá.

Quiere decir que no importa lo que pase, de ahora en adelante siempre seremos un nuevo ser, aún cuando los hijos ya no estén físicamente nunca podemos volver a ser lo que fuimos porque la metamorfosis fue tan grande y el caos tan bello que siempre serán parte de nuestra historia, de nuestro ser y estar.

 

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Maestranda en Psicología Positiva Aplicada y experta en Mindfulness,  Inteligencia Emocional y Crianza con apego.

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Criar con respeto empieza por uno mismo

Hay muchos tipos de crianza alternativa en auge, lo cual es muy positivo: la crianza respetuosa o con apego, la crianza positiva, la crianza consciente, etc. Cada una tiene sus puntos centrales los cuales varían,  pero hay un eje en el que todas coinciden y es el énfasis en el desarrollo emocional saludable de los hijos cuyos pilares son el respeto, la empatía, la resiliencia, la atención plena y el respeto a las etapas neurobiológicas y conductuales por la que atraviesan los niños durante su crecimiento y desarrollo.

La única forma de poder abordar estos estilos de crianza es haciendo las paces con nuestra historia personal. La paternidad es una caja de pandora de la que sale una cascada de asuntos pendientes, de sentimientos reprimidos, dominados o dormidos y no queda otra que trabajarlos y superarlos lo mejor que se pueda para poder ser los guías y facilitadores que nuestros hijos se merecen.

Como se dice en la calle: no podemos amar a nadie si no nos amamos a nosotros primero, a lo que yo agrego que no podemos criar a nadie en el respeto si no nos respetamos a nosotros mismos y a nuestra pareja, no podemos criar un niño seguro de sí mismo si todavía nos cuesta tanto amarnos por quienes somos, no podemos criar hijos felices si nuestro concepto de felicidad sigue siendo errado, no podemos criar niño emocionalmente inteligentes si no somos resilientes.

No podemos proyectar nuestra mejor versión de padres si no hemos perdonado a los nuestros por los inevitables errores y les hemos pedido disculpas por juzgarlos tan duramente. Todos estos puntos nos van tocando a lo largo del camino de la crianza y nos invitan a leer mucho, a formar una tribu de pares, a aprender estrategias y herramientas nuevas, nos empujan a auto- analizarnos, nos obligan a ser mejores, a dejar ir.

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La crianza con apego, y especialmente la crianza consciente, nos hacen caer en la cuenta que el trabajo no empieza por los hijos sino por uno mismo y ese es un regalo muy especial que yo no me esperaba. Porque mientras los hijos crecen, crecemos nosotros con ellos, mientras desarrollan su inteligencia emocional quizás con muchos menos vicios que nosotros, somos nosotros los que, trabajo mediante, los vamos alcanzando a ellos a su nivel para ir a la par, para aprender y crecer en el amor, la confianza, la tolerancia, el respeto, la armonía y la creatividad.

Nuestros hijos son nuestra segunda oportunidad de ser quienes siempre quisimos ser pero no pudimos por el contexto, por la falta de herramientas emocionales de nuestros padres, por el adoctrinamiento, por perseguir un falso ideal de felicidad.

La buena noticias es que siempre estamos a tiempo de ser luz.

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Los hijos no vienen a llenar vacíos

Los hijos no vienen a llenar vacíos. Tu hijo no va a reemplazar el amor de un padre ausente ni curará el dolor del marido que fue infiel o los compañeros de salón que se burlaron de vos toda tu adolescencia.

Un hijo no es un trofeo ni nuestra segunda oportunidad de nada que no tenga que ver con nuestra evolución emocional. Es un ser independiente y no una pertenencia. Tener un hijo no es como comprar una cartera: no se devuelven ni se cambian por otro modelo.

Tener hijos es una responsabilidad enorme. Traer un bebé al mundo es una decisión que debiera ser meditada, libre de egoísmos o apegos patológicos. Por eso respeto muchísimo a las personas que deciden no tener hijos si no están absolutamente convencidas.

Los hijos no llegan para llenar vacíos, sino a confrontarnos con la imperiosas necesidad de sanar nuestras heridas emocionales para no perpetuar ciclos en ellos. Estas heridas no desaparecen al parir, se irán poco a poco con terapia, oración, meditación y amor.

Ellos crecerán y se iran para hacer sus vidas y ahí quedás vos, con los mismos vacíos emocionales que tu hijo quizas anestesio, pero que no pudo ni podrá llenar nunca y que muchas veces se transformarán en cargas pesadisimas.

Curar es perdonar, agradecer, pedir perdón y soltar. Sanar nuestras heridas emocionales, empezando con las que tenemos con nuestros padres, es el primer peldaño de una paternidad respetuosa.

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“Mamá, me visto solo”: 8 ventajas de dejarlos elegir su atuendo

‌En casa dejamos que los niños elijan su ropa. Como nuestros hijos son muy pequeños (3,6 y 1,8) les damos dos o tres opciones y ellos escogen, combinan y agregan accesorios a su gusto. Darles alternativas no es para limitarlos, es por economía del hogar y salud: si está nevando afuera y mi hijo decide salir en calzones probablemente se enferme, o si todos los días se pone el mismo atuendo sin darme chance de lavarlo es poco higiénico, etc.

Hay ocasiones especiales en las que puede ser más complicado dejarlos elegir, pero en el día a día tiene muchísimas ventajas:

1) Los ayuda a expresar sus gustos en cuanto a colores, texturas, combinaciones y su estado de ánimo.

2) Les permite mostrar su individualidad frente a la masificación.

3) Promueve su Independencia.

4) Evita conflictos y ahorra tiempo: Cuando es el niño el que decide que ponerse seguramente se cambiará mucho más rápido que si tratamos de que use algo que no le gusta o con lo que no se siente cómodo.

5) Les enseña la importancia de cuidar la ropa: Mi hijo ha aprendido que si llena de comida su traje de superhéroe o se tira en el barro deberá esperar al menos un día para usarlo de nuevo porque hay que lavarlo. Eso lo ayuda a dimensionar la importancia de cuidar algo que le gusta mucho.

Mac 1.jpg6) Es divertido ver las combinaciones que escogen: En casa hoy tengo un Ninja con rosario y gorra de béisbol, el otro día tenía a una niña spiderman con corona y hace una semana un pirata con casco de caballero y pantalones de pijama. Estos atuendos quedarán grabados en mi retina por siempre.

7) Los hace sentir orgullosos y empoderados: Cuando mi hijo se mira al espejo luego de combinar su vestuario veo ese brillo en sus ojos que no tiene precio.

8) Favorece el apego: Si los dejamos elegir los niños sienten que son tenidos en cuenta, que confiamos en su criterio y que NO los amamos en función de cómo lucen sino de quienes son.

Recuerdo cuando mi mamá me obligaba a usar camisas con cuellos gigantes llenos de puntillas y como yo las odiaba y ni bien salía de casa metía el cuello de la camisa para adentro porque me hacía sentir tonta y ñoña.

En definitiva, aunque tratemos de imponer nuestros gustos los niños encontrarán una forma de hacer valer su opinión porque son seres distintos de nosotras. Podemos entonces elegir entre generar una tensión innecesaria con ellos o aceptarlos como son, incluyendo sus gustos por más excéntricos o diferentes de los nuestros que sean. Dejar el ego de lado y dejar de preocuparnos por el qué dirán es difícil, lo sé, pero vale la pena intentarlo.

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CÓMO EL MINDFULNESS MEJORÓ LA RELACIÓN CON MI HIJO

Mi hijo de 3 años y medio está en el patio solo. Desde hace diez minutos no escucho ni una mosca volar y todos sabemos que cuando un niño pequeño está muy callado por un largo rato la probabilidad de que este haciendo algo prohibido o peligroso es alta.

Salgo afuera a ver que pasa entre curiosa y asustada y ahí lo veo: desnudo metido en una maceta llena de tierra con una de mis cucharas tirando tierra par afuera y hablando solo. Mi versión de mamá estresada y de poca paciencia analiza la situación de la siguiente manera: “Ahora seguro se ensucia todo, voy a tener que bañarlo de nuevo y recién sale de la ducha, voy a tener que barrer toda la tierra y encima está con la cuchara que uso para cocinar y la llena de microbios y está desnudo, aunque no hace frío se puede enfermar”. Mi antigua Yo-Mamá-Alterada hubiera sacado al niño de la maceta en ese instante y acto seguido le hubiera dado un buen reto en un tono de voz elevado con frases del tipo: “las macetas no son para jugar, ¿Y ahora quien limpia este desastre?”. Mientras tanto, mi hijo seguramente enojado se pondría a gritar o a llorar sin querer salirse y sin entender por qué estoy tan enojada.

Pero mi Yo-Mamá-Consciente, la actual, la que ha trabajado muchísimo y sigue trabajando en la regulación de sus emociones, la que ha tomado cursos y leído sobre mindfulness e inteligencia emocional, la que sabe que no es el fin del mundo, la que ha investigado lo bueno que es que los niños jueguen solos y con objetos de la naturaleza, esa mamá actúa muy diferente:

Respira hondo, cuenta hasta diez y en lugar de estresarse y gritar se contiene y primero analiza la situación, lo que está pasando en ese preciso instante sin pensar en lo que sucederá luego, sin irse al futuro: ¿Esta situación ahora mismo es peligrosa?, ¿Es el fin del mundo? y la respuesta es No. Entonces sigue analizando más en profundidad y de ese análisis surgen preguntas como: ¿Qué es lo peor que puede pasar?, ¿tener que bañarlo, tener que barrer un poco más?, ¿amerita un enojo y un conflicto?, ¿Qué puede pasar si lo dejo seguir jugando?, ¿que se entretenga solo un rato largo, que deje volar su imaginación?.

Definitivamente la situación no amerita ni justifica que tenga una disputa con mi hijo, que ambos nos estresemos. Entonces no le digo nada y decido vivir el momento. Me siento a su lado con mi café medio frío a verlo jugar y le pregunto que está haciendo, a lo que él me contesta que está preparando chocolate puro para darle a todos los niños en halloween y nos reímos juntos, nos divertimos. Que maravillosa es la mente de los niños cuando la dejamos ser.

La tarde siguió su curso y él jugó un rato más. Luego me ayudó a barrer y una vez en la bañadera me contó lo rico que le había quedado su chocolate y que bien se lo había pasado, me brazo y me dijo, como todos los días, “mamá estoy muy feliz contigo”.

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4 ALTERNATIVAS AL RINCÓN DE PENSAR

Te encanta la crianza respetuosa, eres la fan número uno, pero a la hora de los conflictos te paralizas y sientes que te faltan estrategias.

Por eso, y en afán de darte una mano, voy a compartir contigo estás cuatro alternativas para el popular Rincón de Pensar que no es más que uno de los tantos castigos disfrazados y te preguntarás: “¿qué tiene de malo?”, y es normal que creas que ésta opción es mejor que un grito o un golpe porque, en teoría, solo estás poniendo distancia entre tu hijo y tú evitando la violencia. Le pides que se vaya a “pensar” en lo que “hizo mal” y que no puede salir hasta que “reflexione” o “se calme”.

Pero esperar que un preescolar comprenda y reflexione sobre un accionar que quizás simplemente no percibe como algo incorrecto no es realista. Por el contrario, cuando tu hijo hace algo que para ti no es correcto y como resultado lo apartas o lo ignoras probablemente sienta angustia de separación, se sienta humillado, rechazado o simplemente se quede en el rincón imaginando algún juego hasta que le saques el “castigo”.

Si lo que quieres es que tu hijo se calme el rincón de pensar cumplirá su cometido, pero si lo que realmente te interesa es que tu niño aprenda a regular sus emociones lo ideal sería entonces ayudarlo a procesarlas, ayudarlo a comprender las razones por las cuales su accionar no fue el más adecuado e indagar los motivos detrás de la acción.

“Y entonces, ¿qué hago?, ¡ya no me quedan opciones!”, me dijo un día Marcela en uno de mis talleres, y así compartí mis 4 opciones:

1) Expresa tus Emociones: Explícale a tu hijo cómo te hace sentir lo que está haciendo, o como su accionar afecta a otras personas. Se clara en la causa y el efecto: “Cuando gritas tan fuerte me asustas y me duelen los oídos”. Evita términos negativos o hirientes: “solo los niños maleducados gritan” o “cuando gritas pareces una bestia”. A mi me ha funcionado de manera excelente ser honesta con mi hijo cuando algo me molesta o me hace mal y en la mayoría de las ocasiones él lo comprende y cede.

2) Las Dos Opciones: En la mayoría de los conflictos de los niños pequeños hay opciones que pueden mantener a las partes en paz. Por ejemplo: Si el problema es que tu hijo empuja continuamente a otros niños para subir primero a la resbaladilla lo primero que debes hacer es alejar al niño del lugar de conflicto, explicarle en calma las razones por las cuales no es lindo empujar y colarse, en lo posible ponerlo en el lugar de los demás niños “¿a ti te gusta cuando te empujan?” y preguntarle por qué lo hace, ya que a veces es una reacción a una agresión que tu no viste. Acto seguido le ofreces dos opciones: disculparse con los niños y seguir en la resbaladilla respetando los turnos o ir a los columpios o a otro juego que él quiera.Algunas mamás me han dicho que se debe obligar al niño a pedir disculpas y aquí discrepo, los preescolares están aprendiendo sobre la empatía y en muchas oportunidades aún no comprenden que el otro se siente mal por lo que ellos han hecho (lo que es normal para su edad), entonces si lo obligamos a pedir perdón en realidad le estamos enseñando a mentir. Lo que deberíamos hacer es trabajar en desarrollar su empatía. Este artículo puede ser de utilidad.

3) Cambiar de Ambiente: Muchas veces cuando los niños pequeños están muy irritables el problema está en el entorno: demasiada gente, demasiado ruido, poco espacio, etc. Por ejemplo, cuando mi hijo mayor tenía 18 meses llegamos a la conclusión con mi marido de que si en el lugar a donde lo llevabámos a jugar había más de 6-8 niños él tenia la tendencia a alterarse, empujar o quitar juguetes pero si eran 5 o menos jugaba muy tranquilo, entonces tratábamos de evitar lugares llenos de niños o cambiábamos de ambiente. ¡Ojo! también puede ser sueño.

4) El Rincón de Relajación Para Papás: Muchas veces los que necesitamos regular las emociones somos los adultos. Me ha pasado que cuando la paciencia está al límite en alguna ocasión termino gritando o alterada por situaciones nada graves. Es importante reconocerlas y estar alerta. Si estamos agotados y no logramos que nuestro hijo nos escuche podemos decirle: “Estoy muy cansada y un poco enojada porque nadie me escucha ni colabora conmigo, entonces voy a salir afuera unos minutos para calmarme”. Por supuesto que siempre debemos dejar a nuestros hijos con otro adulto o ir a un lugar desde donde podamos monitorizarlos, pero cuando el pequeño observe como ante la frustración nosotros actuamos de manera calmada y sin estallar le estaremos enseñando con el ejemplo a regular las emociones. Seguramente pasados unos minutos ya estará mucho más abierto a escucharnos y nosotr@s mucho mas relajad@s (eso me ha pasado la mayoría de las veces). En este articulo explico como regular mis emociones mejoró mucho la relación con mi hijo.

Por último no te sientas culpable si en alguna oportunidas éstas u otras opciones no te funcionan, porque criar con respeto y consciencia no es nada fácil. Recuerda siempre abrazar a tus hijos y decirles que los amas, el amor nunca está de más y mucho menos cuando el niño está abrumado.

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Si encuentras errores ortográficos o caligráficos enviame un mail a ana@nutrimama.com (no me linches, escribo desde mi celular con autocorrector y si me pusiera en perfeccionista  nunca publicaría artículos porque no tengo tiempo, ¡gracias!)

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YO, LA PEOR DE TODAS

Si, soy una mala madre. Hoy en el súper mi hija me apretó todos los botoncitos que conoce y cedí: le compré unas papitas de las más chatarrozas para que me deje terminar el super y ya en la caja sentía todas la mirada inquisidoras de otros papás de nenes chiquitos y de papás de nenes grandes que, quizás, ya se olvidaron lo demandante que es la primera infancia.

Sentía sus miradas en la nuca entre murmullos: “como alimenta así a su hija?, que horror!, cómo será en la casa”. Lo que ellos no saben es que en casa mi hija en lo que va del día comió un trozo de salmón, media zanahoria, algunas nueces y 1/4 de manzana. Lo que ellos no saben es que cuando le abrí sus papitas tire 3/4 de la bolsa en la basura. Lo que no saben es que ella comió algunas y dejó el resto porque no está acostumbrada a comerlas. Lo que no saben es que anoche dormimos 4 horas y bastante mal dormidas. Lo que no saben es que anoche por alguna razón se despertó muchas veces y entre mordidas y tirones a mis pechos mientras tomaba teta trataba de volverse a dormir.

Pido perdón a la sociedad y a mis colegas por no ser perfecta como Julio Basulto. Tratemos de no quedarnos con la foto y juzguemos menos. Las nutricionistas también a veces la embarramos.

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A VECES SE ME OLVIDA

Como cada noche mientras duermen, entro al cuarto en puntitas de pie para tocarles su pancita y corroborar que respiran. Les acarició la cabeza, suave para que no despierten y los miro entre las sombras de la lamparita, tan perfectos, tan puros, tan míos.

Mi corazón, agotado por las actividades del día y por las tensiones, se apacigua en ese mismo instante y en un exhalar eterno se llena de amor y energía para afrontar la próxima jornada que llegará en muy pocas horas, mientras me repito a mi misma lo afortunada que soy de tenerlos cerca y sanos.

Mi vida podría haber tomado mil caminos pero terminó aquí siendo su mamá, por elección, por devoción, por amor.

Si embargo a veces se me olvida lo afortunada que soy, se me olvida cuanto lloré cuando perdí aquellos embarazos y cuánto envidiaba a las que tenían a sus hijos sin ningún problema. A veces se me olvida cuanto le recé a la virgen para tenerlos y el amor inconmensurable que sentí la primera vez que los vi. A veces se me olvida con cuánta ilusión los esperaba mientras los imaginaba, nos imaginaba. A ratos se me olvida el pavor que tenía de ser una mala mamá y como ustedes me enseñaron a no serlo.

Por eso, cuando el cansancio me gana y la rutina me consume simplemente me olvido por momentos de lo “suertuda” que soy y es ahí cuando corro a buscar el lápiz para plasmar esto que siento en un papel así ya no se me olvida: Quiero que sepan que cada noche antes de cerrar los ojos y sin importar cuán pesado haya sido el día le agradezco a Dios por el privilegio de ser su mamá y que el amor incondicional que por ustedes siento, hijos, ese nunca se olvida.

Ana Acosta Rodríguez ~ @mamaminimalista

 

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LA REGLA DE LOS 4 REGALOS (ADAPTADA)

Sé acercan las fiestas y es un buen momento para poner en práctica el minimalismo, cada familia a su ritmo y según su realidad.

En un anterior artículo les he contado sobre el peligro de tener demasiado juguetes y la influencia negativa que tiene en la felicidad de la vida adulta una niñez materialista, por lo que llenar a los niños de regalos en Navidad o Reyes puede llegar a ser contraproducente.

Por todo lo mencionado me pareció muy interesante una nota que encontré en inglés en la que se propone “La Regla de los Cuatro Regalos“: algo que el niño necesite, algo que le haga mucha ilusión, algo que pueda usar y algo para leer. Yo le hice adaptaciones para aquellas familias que están comenzando en este camino del Minimalismo.

Si siguen mis editoriales sabrán que mi estilo de crianza está orientado a fomentar la empatía, la gratitud, los lazos y la creatividad, por estos motivos realice la lista de “Los Cuatro Regalos de Mamá Minimalista”:

1) Una experiencia:

Un estudio realizado por la universidad Estatal de San Francisco reveló que los individuos que gastaban dinero en experiencias en lugar de objetos materiales resultaron más felices y esto también sucede con los niños. No es necesario gastar una fortuna en un viaje, las experiencias pueden ser también ir de camping un fin de semana, llevarlos a un parque temático, ir al cine, a la feria. Puede ser un vale para tomar un helado en su heladería favorita, ir de voluntarios a bañar perritos sin hogar. La lista es infinita y depende de cada familia.

2) Algo que estimule la imaginación:

Aquí dependerá de los gustos de tus hijos y las edades. Para los pequeños los bloques de madera, libros para pintar, plastilinas o cajas de cartón vacías de diferentes tamaños pueden darles horas de diversión. Para los más grandes un juego de herramientas, un libro, un set para armar collares, un instrumento musical o un costurero son buenas opciones.

3) Algo que deseen con el corazón o necesiten mucho: 

No hay nada comparado con ver la carita de un niño al abrir un regalo que ha deseado y soñado por un largo rato. Cada papá sabe cuál ese objeto, viaje, mascota.

4) Algo para compartir: 

Si son hermanos el regalo será para todos y si son hijos únicos para compartir con amigos o primos. Los juegos de mesa, un maso de cartas, paletas de tenis o un rompecabezas gigante son excelentes opciones.

Es importante ponerse de acuerdo con abuelos y tíos para que cada quien elija cual de los cuatro regalos vendrá de su parte y no que todos los obsequios sean solo de los papás.

En mi familia también tenemos una regla que es regalar la misma cantidad de juguetes que recibimos, ya sea para amigos o como donaciones. Eso sí, no regalamos juguetes rotos o en mal estado.

Otra cosa que hacemos seguido y nos encanta es la de compartir experiencias con gente al azar. Por ejemplo, si les pagamos a nuestros hijos una vuelta al carrusel y quedan asientos vacíos invitamos a los niños que están alrededor dejando de lado la vergüenza, porque no hay felicidad más grande que la compartida.

Nota: En el artículo que me inspiró mencionan que uno de los regalos sea “algo para usar”, yo lo entiendo como ropa y quizás pueda ser excelente para preadolescente o adolescentes, pero desde mi propia experiencia no había nada menos atractivo cuando era una niña pequeña que abrir un regalo y encontrarme con un par de calcetines.

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Ser Supermamá apesta

Cuando fuí mamá me proyectaba como una “todo terreno”. Me puse la capa de “superwoman” a los días de nacido mi hijo: empecé a entrenar muy rápido para recuperar la figura, cuando mi bebé dormía aprovechaba y trabajaba en diseño gráfico, me quedaba levantada hasta tarde limpiando, daba la teta todo el día y toda la noche, participaba de mercados locales, me inscribí en un par de posgrados y era una mamá de tiempo completo. Quería ser como esas madres pulpo que veía en instagram que tienen un cuerpazo, comen saludable, van al gimnasio todos los días, son las mejores esposas, empresarias exitosas, sus hijos y sus casas están siempre impecables. Si ellas podían hacerlo, yo también. Mi slogan era el de siempre “yo puedo sola”, ¡y si que podía!. Pero, ¿realmente quería todo eso?, ¿a quien estaba tratando de impresionar o con quien estaba tratando de competir?, ¿llenarme de cosas me hacían una mejor mamá?, ¡NO!.Sad-impersonators-02

¿En qué momento las mamás nos exigimos y engañamos tanto como para creer que somos las únicas personas de la tierra que debemos hacer mil cosas para ganarnos la admiración y el respeto de los demás?, ¿En qué momento aceptamos el desafío de hacer todo lo posible para aparentar que la maternidad no nos cambió en nada, qué podemos hacer lo mismo o más que una soltera sin hijos 15 años más joven, que los cambios hormonales y anatómicos del embarazo no nos cambiaron ni un poco, que nuestra piel no resiente la falta de sueño? Esta continua negación de una maternidad normal es el camino a la depresión.

Con el correr del tiempo me di cuenta que los sentimientos que más afloraron cuando me imponía ser una supermamá era más de angustia y de decepción que de alegría  y plenitud. Y es que pretender ser la mejor en todo o hacer mil cosas de manera perfecta con tiempo limitado es imposible. Como decía mi abuelo, “el que mucho abarca poco aprieta”. Tantas actividades y tantas presiones autoimpuestas me agotaban, limitaban mi paciencia y descargaba mi frustración,  muchas veces,  con mi esposo y con mi hijo.

Era una “supermamá” de Instagram, pero una madre enojona y gritona puertas adentro, una mujer agotada y exigente consigo misma y con el mundo, una persona incapaz de aceptar la mediocridad en algunas actividades en esta búsqueda ilusa de la perfección. Ser mediocres en algunos ámbitos de la vida no es el fin del universo o algo de lo cual avergonzarnos, el problema es que distorsionamos el concepto de felicidad = éxito absoluto. Mi Instagram está bonito, si,  pero solo muestra el 10% de nuestra vida como familia. El otro 90% es en parte caótico, no es tan atractivo, ni tan perfecto: limpiar, cambiar pañales, limpiar de nuevo,  juntar juguetes,  intervenir en disputa de hermanos, hacer de comer,  salir a dar una vuelta,  etc. y ninguna mamá que conozco es perfecta en todo o tiene una vida libre de problemas.

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La gran epifanía de mi rol de madre fue asumir que la maternidad del día a día es una sumatoria de momentos comunes con algunos chispazos eclípticos y muy fugaces de momentos únicos, increíbles, fuera de este mundo, maravillosos e irrepetibles como son los primeros pasos, las primeras palabras, un beso espontáneo de tu hijo, un abrazo de hermanos y que lo importante radica en estar plenamente presente en esos pocos momentos en lugar de forzar perfecciones absurdas que solo los opacan.

Tratar de que el día sea perfecto o de ser perfectas en todo es irreal e ilusorio, además implica una presión y una ansiedad constante que nos impide disfrutar de esos pequeños y fugaces momentos de felicidad absoluta. Necesitamos imperiosamente trabajar en la conciencia plena, en vivir el momento y darnos espacios de ocio. Necesitamos dejar de compararnos, necesitamos enfocarnos en la carrera o en  los hijos o en lo que nos traiga felicidad pero enfocarnos al fin y al cabo. Necesitamos admitir que los momentos comunes no son malos ni son algo para sentirse avergonzada sino que son parte de la vida y lo fueron antes de ser mamás también.

Creo que muchas nos hemos auto etiquetado “supermamás” quizás por ese deseo interno de no perder a la mujer que fuimos antes de ser madre, pero esa mujer se merece un par de años sin presiones porque a fin de cuentas, la niñez es tan corta, pasa tan rápido que estar plenamente acompañando a los hijos en este camino y quizás postergar algunas cosas vale la pena.

Ayer fue una tarde común y silvestre en mi casa, estábamos sentados escuchando música antes de comer algo y mi beba se puso a bailar y a reír. En ese momento y al mirarla caí en la cuenta de que ya le queda poquito tiempo de bebé, que esa etapa se estaba acabando y en ese instante no pude contener las lágrimas de alegría porque me di cuenta que estuvimos juntas todos los días desde que ella nació, no me perdí de nada, lo vivimos todo a la par. En ese instante fui plenamente feliz y dejaron de importarme tanto o de ocupar espacio en mi mente los kilos extra que me dejó este segundo embarazo o la carrera que estoy postergando. Gracias por leerme.

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