Más que una mamá

Quien soy? La maternidad me cambio, ahora solo soy una madre pero aunque adore a mis hijos y aunque suene fuerte: ser mamá no me llena por completo.

Siento que soy alguien más pero no se quien, porque definitivamente no soy la misma de antes.

Y en medio de esta fragilidad y está metamorfosis lloro desconsolada como una niña sentada en mi cama un viernes a la noche porque estoy perdida, porque me perdí y ya no se quien soy.

No soy más una Nutricionista, ni una diseñadora, no soy una yogini , ni voluntaria, ni artista, ni orfebre, ni escritora. Y aunque hago todas esas cosas (a medias) siento que no soy nada de eso porque simplemente no me puedo enfocar en ninguna de esas actividades dedicándoles el tiempo y el esfuerzo que requieren.

Lo que si soy todo el día es una mamá y eso me demanda casi todo mi tiempo y más aún mi energía.

Quiero conocer gente interesante en salidas improvisadas como antes de tener hijos. Quiero tener proyectos a largo plazo  y objetivos. 

Quiero definirme más allá de la maternidad porque a veces siento que me excluye, que me limita y me hace a un lado de otros espacios que antes frecuentaba y de debates de los que ya no opino. 

Porque ser mamá es como ser niñera y arbitro al mismo tiempo 24x7x365 y hoy estoy cansada y hoy me siento egoísta y hoy me extraño, me extraño mucho. 

Extraño a la que fui y no voy a volver a ser. Extraño estar sola y que nadie dependa de mi por un buen rato. Extraño ser dueña de mi cuerpo y de mi sueño. Extraño las charlas hasta la madrugadas, las salidas sin planificar y las noches en la que amanecía con mis amigas después de interminables charlas, risas vinito mediante y no estas noches en vela controlando temperatura. 

Quizás me abandoné, quizás estoy muy sensible o tal vez es solo falta de sueño.

Hoy, colega mamá, lloremos juntas.

 

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Ana_AcostaAna Acosta Rodriguez

Maestranda en Psicología Positiva Aplicada y experta en Mindfulness,  Inteligencia Emocional y Crianza con apego.

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La palabra mágica que te unirá con tus hijos por siempre

En este camino de autoconocimiento, autoaceptación y evolución espiritual me ha tocado sanar a mi niña interior como parte del proceso, por lo que para conseguirlo tuve que cuestionar y perdonar a mis propios padres, comprender que ellos hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían y también entender las trabas y las necesidades emocionales no cubiertas que transitaron en su infancia.

En medio de mi introspección me hicieron la pregunta: ¿qué le pediría esa niñita a sus papás que le digan que nunca le dijeron? y la única palabra que vino a mi mente fue PERDÓN. Mis padres fueron y son padres espectaculares, amorosos y presentes pero no son perfectos y muchas veces se han equivocado y me han herido, sin embargo no recuerdo que nunca me hayan dicho “lo siento, me equivoqué”.

A lo largo de mi capacitación en crianza consciente aprendí lo importante que es pedirle perdón a nuestros hijos cuando nos equivocamos. Es muy común que los papás estén dando órdenes o directivas pero es muy poco visto que un padre o una madre le pida disculpas a su hijo, quizás porque no estamos acostumbrados a hacerlo ya que nuestros padres no lo hicieron con nosotros o tal vez porque pensamos que nos desacredita o nos resta autoridad. Lo paradójico es que por más que los papás no se disculpen con sus hijos si que les exigen que ellos pidan perdón a otros niños, y eso es una ambigüedad, un mensaje confuso. 

La pregunta que varios padres me hacen es: ¿Cuándo debemos pedir disculpas? Esto es más simple de lo que parece, deberíamos hacerlo cada vez que actuamos de una forma en la que no nos gustaría que actuaran nuestros hijos. Por eso el mindfulness aquí es muy importante ya que practicar continuamente la apertura de conciencia nos permite estar alerta y percatarnos cuando estamos equivocándonos. 

Es importante que reconozcamos cómo se siente el niño o el adolescente al que hemos herido y que pongamos en palabras lo que sucedió, incluyendo los motivos por los que reaccionamos mal: “veo que estás muy asustado, me doy cuenta que te grite muy feo porque no me contestabas cuando te llamaba. Te pido una disculpa, he dormido muy poco anoche y mi cuerpo está muy cansado, descargue mi tensión contigo y eso no es justo, gritar no es la solución, me equivoqué”. 

Debemos también evitar echarle la culpa a los niños de alguna forma para justificarnos “te grite porque tu gritaste primero”. No! recuerda que nosotros somos los adultos y deberíamos tener nuestras emociones bajo control y nunca compararnos con las de un niño que recién está saliendo al mundo o un adolescente que está atravesando una crisis importante de identidad.

Pedirle perdón o disculpas a nuestros hijos cuando nos equivocamos lejos de desautorizarnos va generando en ellos respeto hacia nosotros, pero no un respeto a base del miedo sino uno que se forja al vivenciar que sus progenitores son lo suficientemente maduros y humildes como para reconocer sus equivocaciones, su humanidad. Con el ejemplo se educa.

 

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Tu hijo mayor también te necesita

Desde que nació mi hija más pequeña siento que tuve que empujar un poquito al mayor para madurar más rápido. El todavía era un bebé de 20 meses y yo le decía cosas como: “no grites que la bebe duerme”, “habla más despacio que la bebe llora”, “ahora no puedo porque tu hermanita está en la teta”, “camina solito porque tengo que cargar a tu hermana que es más chiquita” y cosas por el estilo. 

Ahora ella tiene dos años pero todavía es complicado porque sigue muy pegada a la teta y porque se pone muy celosa cuando mi hijo más grande me abraza o quiere estar encima mío y aún es muy pequeña para entender algunas cosas, entonces el pobre se frustra bastante por momentos y yo lo entiendo.

A mi me parte el alma la mirada de mi hijo en esos momentos porque en lugar de quejarse o llorar él, resignado, se mueve de mi regazo y se sienta a mi lado siempre compartiendo a mamá. 

Me di cuenta que injusta estaba siendo. La pequeña ahora tiene la misma edad que él tenía cuando ella nació y eso me movilizó porque a ella la veo y la trato como a un bebé pero cuando él tenía esa edad lo trataba como un niño más grande.

Entonces quise hacer algo para compensar un poco las cosas y decidí priorizar tiempo con mi hijo a solas, tiempo especial entre él y yo para conectar sin interrupciones y para que no tenga que compartir a mamá siempre. Resulta que desde hace unos meses tenemos una cita una tarde por semana, solos él y yo. Planificamos, vamos a donde quiere ir, nos abrazamos y nos damos besos “a demanda” sin que la más chica nos interrumpa. Ella se queda con papá y no hay ningún problema. 

A mi gordo le encantan nuestras “citas especiales” (y, hasta orgullosos, se las cuenta a sus amigos) pero debo decir que a mi me gustan más, porque tengo la oportunidad de darle todos los besos y abrazos que no le pude dar estos últimos dos años y me reconforta el corazón. 

 

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Los hijos Trofeo

Hay dos necesidades básicas que deben ser cubiertas cuando un niño nace y para las cuales llega preparado a este mundo para sobrevivir : una es el llanto para que mamá lo proteja del peligro y otras es el reflejo de succión para que mamá lo alimente… y yo me pregunto una y otra vez: por qué esta sociedad trata a como de lugar de ir en contra de la sabiduría milenaria de la naturaleza?

Hemos cambiado el orden natural, queremos tener hijos pero queremos seguir nuestra vida de antes, no queremos postergar nada, no queremos que nos alteren nuestras rutinas ni nuestras prioridades superficiales.

Queremos hijos trofeo. Queremos que el niño duerma solo en la cunita, se alimente solo con el biberón, que deje el pañal rápido para poder meterlo en una escuelita, que camine aún más rápido, que no llore, no “moleste”, que aprenda a hablar claro porque nos frustra no entender lo que nos pide, queremos que sea “independiente”.

Al mismo tiempo queremos que sea emocionalmente inteligente, que no nos guarde rencor y que tenga bien desarrollada su autoestima. No nos damos cuenta del nivel de incoherencia? Tan ciegos estamos?

SI al colecho, SI a la lactancia prolongada, SI al amor incondicional, NO a la violencia verbal o física, NO al método Estivill, NO a las amenazas, NO a los hijos trofeo.

LA CRIANZA CONSCIENTE no nos hace bichos raros, nos devuelve la humanidad.

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Las consecuencias son castigos disfrazados

En los últimos años son cada vez más las familias que se deciden por la crianza respetuosa. Esta filosofía está en contra de los castigos.

Para ser coherentes con este estilo de crianza los papás buscan alternativas a la hora de disciplinar o poner límites a sus retoños y una de las que habitualmente se sugiere es la de las “consecuencias”.

Sin embargo, la mayoría de las veces que la he visto en práctica he notado que son solo castigos disfrazados por lo que debemos tener en cuenta algunos puntos importantes si vamos a utilizarlas en casa.

Decirle al niño “si no haces lo que te digo tendrás una consecuencia” sin aclarar primero cuál será la misma, no es más que una amenaza. De igual manera la supuesta consecuencia que se dice en el momento pero que nada tiene que ver con la acción (causa/efecto) es simplemente un castigo. Por otro lado si la consecuencia es ambigua o temporalmente alejada es muy complicado que el niño pueda dimensionar su alcance.

Algunos ejemplos de Consecuencias verdaderas podrían ser:

  • Si te sacas el cinturón de seguridad no podremos ir a la fiesta de cumpleaños porque puedes lastimarte muy fuerte y porque es ilegal.
  • Si sigues tirando tus galletas al agua te dará hambre luego y no he traído más comida ni dinero para comprar.
  • Si sigues sacando tierra de la maceta no podremos ir a jugar al parque como querías hasta que no hayas recogido lo que has ensuciado.

7D35AE13-79FD-4E13-BEF5-6F7899A147CFTampoco es cuestión de dejar que se lastimen fuerte o lastimen a otros para que aprendan las consecuencias. En estas situaciones yo les digo por ejemplo: “Si sigues corriendo fuera del parque nos regresamos a la casa porque no voy a dejar que te atropelle un auto”. No es un castigo velar por su integridad.

Es altamente probable que los niños respondan de manera positiva cuando les explicamos las consecuencias reales porque las entenderán como lo que en realidad son, el resultado de determinada acción y no como un castigo para herirlos por no hacer lo que nosotros queremos que hagan. De esta forma podrán con el tiempo ser responsables de sus acciones porque comprenderán los efectos de las mismas y no por miedo a ser castigados. De igual forma no sentirán una lucha de poderes o una minimización de sus deseos y elecciones, sentimientos a flor de piel en la edad preescolar.

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DEJEMOS A LOS BEBÉS SER BEBÉS

En este mundo tan acelerado, tan competitivo, tan paradójicamente salvaje, no nos damos cuenta pero cargamos a nuestros hijos desde pequeños, con presiones sin sentido hacia ellos y hacia nosotros mismos.

Creemos que si camina antes o habla antes o si lo metemos en clases de “estimulación temprana” será superdotado y exitoso y, por qué no, al compáralo con los hijos de nuestras amigas llevará la delantera, nuestro hijo será “el mejor”.

Los presionamos a caminar, los presionamos a hablar, los presionamos para comer sólidos y ellos son solo bebés. No podemos esperar, no sabemos esperar. Y como si esto fuera poco hasta he escuchado a mamás regañando a sus bebés si pronuncian una palabra rara o tambalean al caminar, el colmo.

Y pasa tan rápido el tiempo, en un parpadeo ya están formando frases, saltando y corriendo, respondiendo con ideas fuera de este mundo. Pero en su subconsciente quedan grabadas todas estas presiones y exigencias.

De verdad, esa maldita necesidad de todo rápido, todo antes, todo ya, nos hace dejar de disfrutar el proceso porque solo nos concentramos en el resultado. Si no lo haces, genial y si lo haces te invito a reflexionar.

Hay márgenes establecidos por los pediatras para el desarrollo de habilidades motoras, neurológicas y conductuales y si tu hijo queda fuera del margen quizás ahí debieras preocúpate un poco y consultar. Pero aún así esos márgenes son aproximaciones.

Dejemos que los niños sean niños y por Dios, dejemos que los bebés sean bebés.

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PREDICA CON EL EJEMPLO

A veces me pregunto si estaremos haciendo bien al ir contra la corriente, sin castigos ni presiones, apostando al desarrollo de la inteligencia emocional, de la toma de decisiones conscientes, resiliencia, empatía.

Como toda mamá, me cuestiono, me hago preguntas. Luego veo a mi hijo tratando a un perro que recién conoce con tanto amor, empatía, respeto. Y veo a mi hija de 21 meses caminando por el puerto ofreciéndole su comida a la gente que pasa y me maravillo.

Pero cuando analizo caigo en la cuenta de que, minutos antes, yo les lleve a unos abuelos que estaban sentados cerca nuestro unos bizcochos que había comprado. Me doy cuenta que más allá de los detalles cotidianos, los encuentros, desencuentros, confusiones y a veces los conflictos, nuestros hijos nos ven y nos tienen como parámetro.

Hoy más que nunca, mamá o papá, trabaja en ti mismo, en tu ego, en tu paciencia, en tu tolerancia con los demás, porque tus hijos te están viendo.

Si tu hijo responde con amor, empatía, generosidad, tolerancia, date una palmada en la espalda: lo estás haciendo bien.

Pero también observa cómo maneja sus emociones y pregúntate: ¿cómo reaccionas con las tuyas?, ¿Atacas o discutes fuerte con tu pareja delante de tus hijos?, ¿Gritas cuando estás enojada?, ¿insultas a otras personas en su presencia?, ¿te burlas de otros?, ¿criticas a los demás mientras tus hijos escuchan? Si lo haces, no te castigues pero toma consciencia, aun no es tarde.

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Cómo elogiar a nuestros hijos pequeños para reforzar su autoestima

No hay orgullo más grande que ver a nuestros hijos dominando habilidades: los primeros pasos, las primeras palabras, el primer partido de fútbol o recital de ballet y hasta la primera vez que se sientan solitos son momentos épicos y los celebramos con euforia. El orgullo rebasa nuestro pecho y es normal sentirse así.

Pero muchas veces nos encontramos todo el tiempo alabando o aplaudiendo cosas que nuestros hijos ya han dominado hace tiempo o quizás lo hacemos exagerando sus logros y debo decirles que los niños son muy vivos y se dan cuenta cuando no somos del todo sinceros con nuestras alabanzas y aunque creamos que enaltecer es siempre positivo hay momentos y formas en las que pasa todo lo contrario.

Por supuesto que una familia amorosa que alienta a sus hijos usando determinados tipos de elogios logrará efectos positivos en su persistencia, resiliencia y felicidad. Así lo sugieren los hallazgos del estudio realizado por Morris and Zentall (2014).

Una de las hipótesis de este experimento era que cuando los cumplidos eran ambiguos o solo gestuales los efectos no eran tan beneficiosos que cuando la alabanza incluía una propiedad o característica particular (por ejemplo: “muy bien” versus “lo lograste porque eres inteligente”) pero su conclusión fue que en realidad los elogios ambiguos o gestuales eran igual de efectivos que los que incluían una característica específicas e inclusive los niños sentían menos presión parental.

Es más, observaron que los elogios gestuales (como el famoso dedo pulgar hacia arriba) proporcionaban beneficios positivos únicos en la autoevaluación de los niños. Algo que sorprendió a los investigadores fue que cuando un niño atribuye su éxito a rasgos específicos, como la inteligencia, y luego experimenta fallas, es menos probable que persista porque el fracaso amenaza la creencia de que él / ella es inteligente.

9B0F8755-B50F-4AA9-AA3F-9E47CF36761BPor otro lado, mientras determinados tipos de elogios son aliados en el desarrollo de la inteligencia emocional y de la motivación otros pueden afectar la autoestima de nuestros hijos. Así concluyeron en su investigación Brummelman y colaboradores (2017) quienes observaron que, dependiendo de las circunstancias, los elogios pueden dañar la autoestima de los niños o servir como combustible en el desarrollo del narcisismo.

Por eso, a la hora de hacerles un cumplido para motivarlos, podemos seguir los lineamientos sugeridos por Jennifer Henderlong Corpus y Mark Lepper, psicólogos de renombre que analizaron los datos obtenidos en más de 30 años de estudios sobre los efectos de los elogios (Henderlong & Lepper 2002). Un artículo en inglés que leí hace un tiempo supo resumir estas directrices de una manera fenomenal y se las comparto (un poco adaptadas):

  • Ser específicos y muy sinceros a la hora de elogiar el desempeño de nuestros hijos.
  • Alabarlos solo sobre atributos o características que ellos tienen el poder de cambiar o mejorar.
  • Utilizar palabras que describan estándares realistas y alcanzables.
  • No excedernos al elogiar logros que se consiguen muy fácilmente
  • No abusar de las adulaciones a los hijos cuando estos se deban a alguna actividad que los niños amen hacer.
  • El enfoque debe ser el de motivar a nuestros retoños a dominar habilidades, no en compararse con otros niños.

Esto requiere práctica y toma tiempo, lo sé por experiencia propia, y es debido a que los cumplidos nacen espontáneamente de nosotros.

35085891-DF9C-4AA5-895A-FCB8664B0B05Yo puedo adicionar, en función a lo que he aprendido en mis cursos, mis lecturas de investigaciones y mi experiencia personal, que más allá de estos hallazgos es fundamental transmitirles a nuestros hijos que:

  • Los fracasos no determinan quiénes somos y son parte de la vida.
  • Nuestro amor para con ellos NO se determina en función de sus logros o su belleza, es incondicional y no deben hacer nada excepcional para ser merecedores del mismo.

El amor nunca está de más, como tampoco está de más tratar de utilizar todas las herramientas disponibles para hacer el mejor trabajo en la crianza dentro de nuestras posibilidades.

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Cuando otros niños hieren a tu hijo: Cómo reaccionar de manera positiva

Mi hijo había salido con su traje de caballero, el cual ama y adora y usa todo el tiempo. Fue al parque y aparentemente unas niñas se burlaron de él y ya no quiso usarlo ese día, estaba triste: ¿Cómo debo reaccionar?

Duele, duele mucho cuando nuestros hijos sufren y sobre todo cuando son otros niños los que los hieren, porque es muy difícil como padres procesar y dejar fluir. El instinto de mamá loba es muy fuerte, queremos proteger a nuestros cachorros y defenderlos pero debemos dejar que entre niños traten de resolver sus conflictos solos cuando sea posible, así aprenderán a autoregular sus emociones y gestionar las situaciones que generen malestar.

Cuando Máx me contó que a las niñas no les gusto su traje y por eso no querían jugar con él, mi “yo- impulsiva” le hubiera dicho: “esas nenas son malas y mentirosas, tu traje es hermoso y solo te critican porque te envidian, ignóralas”, pero, ¿qué le estaría enseñando con eso? 1) que la culpa de todos los males es de los demás 2) que etiquetar a otros niños y asumir sus acciones es correcto 3) que hay que ignorar al que opine diferente. 4) que nuestra tristeza o felicidad depende de lo que los demás hagan.

No, no quiero meter esas ideas en la cabeza de mi hijo, por eso la que debía responder era mi “yo consciente” (mindfulness). Lo primero que recomiendo hacer antes estas situaciones es reconocer y avalar los sentimientos de nuestro hijo y empatizar: “¿Te dolió que a las niñas no les guste tu traje?, es normal sentirse así. ¿Te dolió que se rieran de ti? Eso no se siente bien, yo lo entiendo, me ha pasado muchas veces”.

Luego, en mi caso, le expliqué a mi hijo que existen diferentes gustos y que eso es perfectamente normal: “Pero a ti te gusta mucho tu disfraz de caballero, ¿no? Si te gusta no tienes que dejar de usarlo porque a otras personas no les agrade . Sabes, muchas veces la ropa que a mi me gusta no le gusta a papá pero yo la sigo usando. A tu hermanita, por ejemplo, le encantan los champiñones y para ti son asquerosos, pero ella igual los come, y está bien, no a todos nos gustan las mismas cosas. El mundo sería muy aburrido si a todos nos gustara lo mismo. Si a ti te agrada usar tu traje de caballero pero a otras niñas no, no es tu problema, es de ellas. Si te gusta algo dilo sin miedo y defiéndelo a capa y espada”

Lo más maravilloso de la situación fue la respuesta de mi hijo: “Si, como un caballero con capa y espada”.

 

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LA METAMORFOSIS DE UNA MADRE

Antes de ser mamá tenía muy claro que primero sería mujer y luego madre, que no quería que la maternidad me absorbiera dejando de ser Ana para ser “la mamá de…”. Luego entendí que las cosas son mucho más profunda y están enraizadas y entrelazadas de una manera tan fuerte que era imposible seguir siendo simplemente Ana.

Ya no podía elegir entre ser mujer o madre porque ya era mujer-madre, todo junto. La maternidad es intrínseca, es tan parte de una que no se puede separar, es como querer separar un brazo del cuerpo.

La maternidad implica reformular prioridades, reinventarse y redefinirse como mujer-madre, lo que NO quiere decir que las mamás no tengamos vida propia, sueños propios o que hayamos perdido parte de nuestra esencia, por el contrario quiere decir que hemos sumado y ganado, que la bella oruga ahora tiene alas que la acompañarán hasta el día de su muerte y más allá.

Quiere decir que no importa lo que pase, de ahora en adelante siempre seremos un nuevo ser, aún cuando los hijos ya no estén físicamente nunca podemos volver a ser lo que fuimos porque la metamorfosis fue tan grande y el caos tan bello que siempre serán parte de nuestra historia, de nuestro ser y estar.

 

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