ACEPTAR EL AMOR EN TODOS SUS COLORES: LOVE IS LOVE

En este mes de la diversidad que termina, no puedo dejar de plasmar algunas palabras, primero porque es un tema que me toca el corazón y segundo porque necesitamos levantar la voz todos aquellos que creemos y confiamos en construir un mundo más respetuoso de las diferencias. He tenido pacientes queridas y queridos, con historias de sufrimiento, lucha y valentía, pero por sobretodo tengo un hermano que amo incondicionalmente y que admiro enormemente por quererse, encontrarse y luchar por él y su felicidad.

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No es fácil salir de lo estipulado por la sociedad y de lo que pareciera ser lo “normal”. Y lo pongo entre comillas porque soy una convencida que la “normalidad” no existe, sino que solo se crea a partir de constructos o ideas, tan pero tan, subjetivas. ¿Quién dijo que el amor se construye solo desde la “normalidad”? ¿Por qué no podemos ver como “normal” todos los tipos de amor? ¿Qué nos detiene a respetar y amar la diferencia?.

A ratos, me canso de una sociedad que sigue juzgando a aquél que ama a alguien del mismo sexo. Esta lucha comenzó hace décadas, pero incluso en la actualidad necesitamos seguir marchando en este mes, para que una vez más podamos decir a viva voz que en el amor no hay juicio, no hay verdades absolutas y que es simplemente eso: AMOR. ¿Por qué pasa a ser un detonante de nuestra sanidad mental el no poder aceptar que existen tantos amores como realidades hay?.

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Necesitamos convencernos que la persona que ama a alguien de su mismo sexo, no lo eligió, no es “moda” y no quiso tomar ese camino porque era el “más fácil”. Aquel que ama a alguien del mismo sexo, posee una profunda convicción de que su bienestar emocional va de la mano de aceptarse a sí mismo en su totalidad, sin caretas ni máscaras. Ellos y ellas, pasan a elegirse, por sobre lo que la sociedad o sus padres creen que es mejor para ellos. Se construyen en torno a la sinceridad de conocerse y mirarse en sus necesidades, que claramente, son distintas en cada ser humano.

Siempre he pensado que aquel que decide luchar por ese amor, es más valiente que cualquiera que opte por esconderlo. Porque se requiere de valentía para luchar por eso que llamamos minoría, se necesita garra para aceptar lo que somos y vencer la barrera del miedo a ser juzgados. Aquellos que decidieron no vivir en la oscuridad, han decidido lamentablemente, también luchar contra el mundo. Un mundo que se cierra a la diferencia y que critica todo aquello que salga de “lo esperado”. El amor es amor, en todas sus formas y en todos sus colores. ¿Qué pasará el día que nuestros hijos nos digan que decidieron ser sinceros con ellos mismos y luchar por sus diferencias? ¿Lograremos mirarlo como un acto de tremenda valentía y no como un acto de rebeldía contra el mundo o una moda?

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Vengo de una familia conservadora, pero que ha logrado construir un camino hacia aceptar la diversidad, hacia querernos tal y como somos y apoyarnos en nuestras diferencias, nos tocó de cerca y por eso asumimos y abrazamos con amor esta realidad. Agradezco a diario que no seamos “normales” y luchemos como familia por una mayor inclusión y aceptación hacia lo diferente.

Yo a mis hijos les he enseñado que existen distintos tipos de amor, diferentes tipos de familia, y que aunque lo que más vemos es el amor entre hombre y mujer, no podemos dejar de aceptar, valorar y querer a personas que se aman y son del mismo sexo. Me he encargado de transmitirles que este amor no es un insulto o una enfermedad, sino algo lindo como todos los amores.  Y que nunca tendremos el derecho o la voz para juzgar y degradar a otros con palabras hirientes, aunque pensemos distinto.

Hace unos días mi hijo de tercero básico llegó triste porque le habían dicho “gay”. Mi pena más profunda no fue que él lo escuchara, sino que esta palabra aún se utilice como un insulto. Dentro de mi rabia, solo pude decirle “si fueras gay llévalo con orgullo, porque no te hace más o menos persona, existen tantos tipos de amor como personas hay en el mundo y eso no se juzga ni se insulta”. Maravilloso fue escuchar al amigo de mi hijo cuando en su reflexión comento “ser gay no es un insulto, lo peor de todo es que solo degradan a aquellas personas que aman, igual como amaríamos nosotros”.

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Formemos a nuestros hijos en la diversidad y en el respeto. No tengamos miedo a que por hablar de igualdad vamos a influenciar en sus decisiones futuras, no tengamos susto a “normalizar” algo distinto. La realidad es que necesitamos mirar la diversidad como universos en que coexistimos, para que el día que uno de nuestros hijos esté sufriendo por ser distinto pueda llegar a nosotros a pedirnos ayuda y no a esconderse ante nuestros ojos por miedo a ser juzgado o por terror a decepcionarnos. Seamos una familia acogedora y que habla de lo distinto y lo diverso.  Necesitamos criar una generación que deje de insultarse frente a las diferencias y que logre apreciar la ganancia y riqueza que existe en la diversidad. Si yo respeto, acepto y abrazo esas realidades, podremos vivir en un mundo mucho más cariñoso y respetuoso del ser humano, sin importar la condición distinta en la que esté el otro.

Ser homosexual no es una enfermedad, no es moda, no es algo malo… es simplemente vida… AMOR y creo que nuestros hijos necesitan interiorizarlo de esa manera. Quizás soy muy abierta, hippie o poco conservadora, o quizás no estarán de acuerdo conmigo y es que al final de eso se trata el mundo. Todos convivimos con distintas creencias y vivencias, no nos aplastemos en ellas… convivamos, respetemos y amemos.

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Gracias doy hoy, porque la vida me puso en mi camino una historia de vida y de familia distinta, que me ha enseñado no solo a respetar la diversidad, sino abrazarla y admirarla. A todos esos valientes que luchan por su amor y por ser ellos mismos, solo les digo una cosa: “acá estoy yo para ayudarlos a llevar su bandera, porque su bandera es también la mía: AMOR”.

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MI PAPÁ ME ENSEÑÓ…

Hay días que me pregunto ¿por qué el rol de los padres siempre queda relegado a segundo plano?. Es como si las mujeres nos adueñáramos de la crianza y educación de nuestros hijos e inconscientemente, los fuéramos dejando cada día más de lado y a ratos nos jactáramos de todo lo que sí hacemos. Encontramos a veces las “razones” para alejarlos: o porque vemos que están menos en el día a día o porque creemos que no se involucran “lo suficiente”. ¿Cuánto necesitamos que estén ahí? Y más importante aún ¿en qué necesitamos que verdaderamente estén? ¿Queremos que sean iguales a nosotros? ¿Cómo abrimos la puerta para que ellos sean parte de manera distinta a la nuestra?. Quizás podríamos empezar por mirar y valorar lo que sí hacen, lo que aportan en la crianza y lo mucho que enseñan con su mirada de la vida… diferente a la nuestra.

Si pienso en mi papá no puedo dejar de mirar todo eso que me aportó en la vida. Me entregó la contención y tranquilidad en momentos de duda. Me enseñó la importancia de mantener el equilibrio, y dentro de su simpleza, siempre me ayudó a no angustiarme antes de que los problemas pudieran ocurrir. Siempre lo escuché decir “no intentes solucionar problemas que no existen” (frase que uso con casi todos mis pacientes). Con esas quizás, simples palabras, me entregó la certeza de que siempre tuve y tendré las herramientas de enfrentar lo que venga. Si la vida se pone cuesta arriba, no necesito tener todo bajo control antes de que eso ocurra, porque eso es enredado y básicamente imposible. Me enseñó a ser simple, y confiar en mí y en mis recursos por sobre todas las cosas. Nunca dejó ni una mínima ventanita de duda, de que yo era capaz de hacer y enfrentar lo que me trajera y propusiera en la vida.

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Mi papá me enseñó el valor de la austeridad y la humildad, que no necesitamos adornarnos de cosas materiales para hacernos valer, ni para valorarnos a nosotros mismos. Tengo grabado a fuego que podemos ser felices con tan poco y que no necesitamos “tener” para buscar la alegría. Porque la felicidad se encuentra en los lazos de amor, en los vínculos y en cómo ponemos al otro como una pieza fundamental en nuestras vidas.

Con su pragmatismo me ayudó a ser realista cuando yo quizás solo quería soñar, me ayudó a buscar objetivos claros y alcanzables, siempre confiando en que yo lograría todo aquello que me propusiera con trabajo y empeño. Me enseñó de la perseverancia y de como con responsabilidad, compromiso y trabajo duro se logra todo aquello que te propongas… aunque en el proceso cueste y te caigas mil veces. Mi papá me enseñó que existe espacio para el error y que de ellos aprendemos, que de las crisis salimos fortalecidos y que es ahí cuando podemos encontrarnos con nuestras sombras, abrazarlas y quererlas.

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Mi papá me enseñó la cautela, pensar bien las cosas antes de actuar, tener un plan y alternativas. Su racionalidad me permitió mirar que en el universo existen miles y miles de alternativas y es uno la que elige cual tomar. Siempre dejaremos una por otra y entonces tenemos que asumir lo que eso conlleva. Me enseñó a crecer y a volar, siempre con la cautela de no estrellarme. Me enseñó a cuidarme, quererme y respetarme, y en mi adolescencia pude cuidarme desde el cuidado incanzable de él, que nunca bajó los brazos. Mi papá me enseñó el respeto, el respeto profundo por el ser humano, el nunca pasar a llevar al otro y siempre poder mostrar tu punto de vista pero sin críticas o juicios. Logré aprender de la tolerancia y mucho me enseñó en aceptar y valorar la individualidad y diversidad.

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Hoy veo al papá de mis hijos y se también cuánto les está enseñando: simpleza, autonomía, respeto, perseverancia, compromiso, el valor del deporte y el juego, la empatía, el regalo del tiempo y el respeto por el ser humano. Mi papá y mi marido no se diferencian en casi nada. Quizás solo que mi papá es más “machista” y nunca se metió en las labores del día a día de la crianza, por otro lado mi marido cumple el mismo rol que yo. Existe un equilibrio pleno entre lo que yo hago y lo que el va asumiendo en la crianza. Y entonces creo que al final, si bien ha sumado infinitas enseñanzas para mis hijos tener un papá más inmerso en las labores domésticas, creo que lo más importante, verdadero y profundo es todos aquellos valores que nos entrega la figura de nuestros padres. Finalmente su amor incondicional, su alegría, su respeto, su cariño y su conexión emocional es lo que vienen a regalarnos en nuestra vida. Todos necesitamos mamá y papá, ambos nos entregan distintas enseñanzas, valores y maneras de ver la realidad.

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Dejemos de relegar el rol del hombre al trabajo y sostén económico, ellos son muchísimo más importantes. Son fundamentales en los lazos de amor que van construyendo con nuestros hijos. Hoy solo puedo agradecer: agradecer al papá que tengo y me enseñó tanto, agradecer al papá de mis niños que me sigue enseñando día a día, agradecer que somos dos en esta tarea de hacer familia y que nos equilibramos en nuestras miradas, formas, valores y maneras de hacer familia.

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El desafío está en dejar espacio para que cada uno, en su rol e individualidad, aporte desde ahí a nuestros hijos. Ninguno es más importante que otro, ninguno hace más que el otro. Somos distintos y en esa diversidad crecemos como personas y hacemos crecer a nuestros hijos en su mirada al mundo. Y a ti, ¿qué te enseño tu papá? ¿qué quieres que tus hijos aprendan de su papá?. Y tu papá, ¿Qué quieres dejar marcado a fuego en tus hijos?…..solo les digo: ¡que nada los detenga!.

¡Feliz día a todos los padres! (SOBRETODO AL MÍO)

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TRES CLAVES PARA ENFRENTAR UNA ERA DIGITAL

El año 2004 cambia nuestra vida y la manera de comunicarnos, nace Facebook y con esta poderosa red social, se genera una nueva forma de interactuar con el mundo. Comenzamos a exponer pedazos de nuestras vidas que nos parecen divertidos o trascendentes y aquello que le contaba a una amiga o a mi pareja, ahora pasa a ser “contado” a través de una foto. Busco compartir, pero también quiero generar un impacto en quien me sigue en redes sociales.

El 2010 nace Instagram, que solo nos daba la posibilidad de subir fotos, dejamos de solo comentar nuestro “estado”, para ahora mostrárselo a todos aquellos que aceptó entren a mi mundo virtual. Esta red social, pasó a ser una de las formas más importantes de exponer los momentos importantes, nuestras vidas y nuestras formas de ser. No solo cambió la manera de relacionarnos (para los que ya somos más viejos), sino que pasó a ser casi la única manera de vivir y compartir que tienen nuestros adolescentes hoy en día.

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Sin darnos cuenta y frente a la exposición que vivimos al ser parte de las redes sociales, comenzamos a hacernos cada vez más vulnerables a la mirada del otro, a los comentarios y -aunque no lo creamos- a los “likes” de quienes nos siguen. Nuestras relaciones se volvieron menos profundas y la mirada de nosotros mismos comenzó a pender de un hilo o siendo más específica, a depender de la mirada del otro o del impacto que mi vida pueda tener en esa persona que la observa. Si bien, me considero estar en una generación distinta a nuestros adolescentes o millenials, no puedo dejar de compartir que las redes sociales a ratos sí han impactado mi manera de verme. Y la realidad es que se necesita tener una identidad y autoestima sólida frente a tanta exposición y vulnerabilidad.

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El problema es que nuestros adolescentes están en el proceso de formar su identidad, recién se encuentran con lo que son y quieren ser, y entonces poder distinguir aquello que quiero mostrar o como quiero definirme frente al otro se encuentra aún muy difuso. El problema surge además cuando su lema oficial pasa a ser “comparto, luego existo” o si vamos aún más lejos “influencio, luego existo”. ¿debo primero compartir para sentir que estoy viviendo el momento? ¿Debo lograr impactar a otro para sentir que mi vida tiene sentido?.

Hoy sin duda nos encontramos frente a jóvenes a los que les preocupa la cantidad de likes y seguidores, que saben a qué hora postear sus fotos para tener un mayor impacto, jóvenes que están dispuestos a pagar por tener likes o conseguir más seguidores para sus cuentas. Si no tengo likes, seguidores o comentarios es como si yo mismo no valiera la pena. Si no comparto, si no influencio…no existo. ¿Cómo influencio? ¿Cómo consigo likes? Mostrando lo mejor de mi, el mejor engaño, mi yo perfecto, mi yo que no existe.

¿Por qué ella puede tener la vida perfecta, bonita, tener pololo y una carrera que le gusta y yo no puedo lograr todo eso? … lo más irónico de todo, es que esa misma persona que se lo pregunta puede ser vista por otros como poseedora de esta “vida perfecta”. La consecuencia: un menoscabo de mi autoestima y una sensación penetrante de decirnos día a día que no somos lo suficientemente buenos, que no somos capaces y que nunca llegaremos a ser “perfectos como ellos”.

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¿Qué podemos hacer con todo esto?, claramente no podemos exiliarnos de las redes sociales. El camino es enfrentar la situación, como todo aquello que nos da miedo en la vida, buscar nuestras herramientas e intentar salir parado de la mejor manera posible. ¿Cómo lo logramos? Para mí son tres palabras claves, las tres A de la supervivencia a un mundo virtual: Autoconocimiento, Autoestima y Autocompasión.

Autoconocimiento: Debemos conocer aquello que somos, de que estamos hechos, cuáles son nuestras cualidades, con sus luces y sus sombras. Saber qué nos define, para que nada ni nadie lo haga tambalear. Si sabemos quienes somos, lograremos conocernos en aquello que nos hace mal y que nos hace bien. Podremos pensar en nuestro autocuidado y así poder decidir que es lo que quiero mostrar de mi mismo, cuanto quiero interactuar en él y a quienes quiero darle acceso a esta “parte” de mi mundo.

Por ejemplo, si tenemos hijos inseguros, o más sensibles a la mirada del otro, si vemos que aún no han logrado definirse bien en lo que son, ayudémoslos a cuidarse. Hablemos con ellos de cuanto se exponen, de que es lo que necesitan con esa exposición, que es finamente lo que quieren mostrar, como van a manejar lo que ven, lo que dicen y también lo que reciben de aquello que deciden mostrar. No nos expongamos nosotros y ayudémoslos a ellos a no exponerse en un falso yo. Envalentonémoslos a mostrarse honestamente y con la tranquilidad de que aquello que digan o dejen de decir no los define y que podremos sobrellevar juntos el impacto de lo que esto tenga.

Y nunca olvidemos que su autoconocimiento, pasa por lo que les mostramos nosotros de ellos mismos. Ellos son lo que nosotros les reflejamos, somos su espejo, si les decimos que son empáticos, generosos, músicos, sensibles, humildes, sencillos, ellos se irán definiendo en torno a eso. La manera que tienen de conocerse nuestros hijos es a través de nosotros, eso los arma y los va definiendo en la vida.

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Autoestima: ¿Cómo logramos fortalecer nuestra autoestima cuando ella igual depende de la mirada de mí mismo y la del otro? La autoestima se define como el sentimiento profundo de sentirse querido, acompañado, valorado e importante tanto para nosotros mismos como para otros. Entonces no podemos pensar que lo que el otro piense de mí no importa, la realidad es que sí nos importa, el tema es que aquello que piensa el otro, no puede definirme. Entonces lo primero y que ya hablamos será conocernos, estar seguro de lo que me define y entonces atreverme a ser yo mismo.

En la adolescencia el decidir atreverse es un camino difícil porque implica equivocarse, y a esta edad no somos amigos ni del error, ni del fracaso, debemos ayudarlos y ayudarnos como papás a mirar los errores como una tremenda oportunidad de aprendizaje. Solo por medio de ellos sacamos nuestras mejores herramientas que también nos definen en lo que somos. Si me equivoco en algo que dije o hice, el como salgo adelante me arma de fortalezas que finalmente me definen y fortalecen mi autoestima. No solo me atrevo y me arriesgo, sino que si me equivoco puedo salir adelante. ¿Habrá algo más poderoso que eso para nuestra autoestima?

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Autocompasión: Siempre se nos enseña como fortalecer a autoestima, pero el mundo no nos ha preparado para hablarnos a nosotros mismos. Una cosa es como me veo y otra muy distinta es como me trato. Vivimos en una sociedad exigente que despierta en todo minuto nuestro critico interno. Siempre “podría haberlo echo mejor” “no soy tan buena en lo que hago” “nunca llegare donde me propongo si me sale mal”. Tendemos a hablarnos de manera poco amable y desde una mirada inquisitiva y poco cariñosa.

En una era en donde nos exponemos cada vez más a la mirada del otro, necesitamos aprender a tratarnos bien. Cambiar nuestros auto diálogos, por mensajes llenos de cariño, comprensión y apoyo. ¿Por qué si puedo ser compasiva con el otro no puedo serlo conmigo misma?. Comencemos a decirnos “salió mal, pero podemos aprender de eso” “la próxima vez podré hacerlo distinto” “es la primera vez que me salía mal, tenia permiso para equivocarme”. Necesitamos ser mucho más amables con nosotros mismos, abrazar el error y a nosotros en ese error o sufrimiento.

¿Cómo logramos trabajar nuestra autocompasión? Aprendamos a decirnos frases cariñosas, alejémonos de la autocrítica, de aquellos juicios negativos que solo nos destruyen, enfrentemos nuestros miedos y confiemos en nuestras capacidades para enfrentar las dificultades que aparezcan en el camino, querámonos más allá de la mirada del otro, conozcamos y creamos firmemente cuanto valemos como personas, pero por sobretodo seamos amables con nosotros mismos.

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¿Cómo nos fortalecemos en una era digital? ¿Cómo nos definimos un mundo virtual donde todo se muestra perfecto? Busquemos palabras poderosas que nos definan, conozcamos nuestras sombras y que estas nos construyan. Veamos el error como una oportunidad de crecimiento y dejemos de valorarnos y mirarnos a través de la mirada del otro. Y por último: Arriesguémonos y enfrentemos todo aquello que nos da miedo porque solo eso nos hará creer en nosotros mismos y nuestras capacidades. Y por favor, ayudemos a nuestros adolescentes a recorrer el mismo camino.

Nuestra tarea como personas, padres o jóvenes es poder aceptar que no somos perfectos, que el de al lado tampoco lo es y que nada de lo que veo o muestro en las redes sociales es real. Solo es una “parte” de mi vida, no es mi vida y es solo una “parte” de mi yo, no es mi yo en su totalidad. Porque las personas reales sufren, son imperfectas, pelean y luchan con sus sombras, y eso nos hace más humanos y mejores personas.

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UN DÍA DE LA MADRE DISTINTO

Entre palmeras, música de fondo, playa y calorcito escribo estas líneas, para un día de la madre especial, único y probablemente irrepetible. Hoy en mi día no estoy con mis niños, yo y mis amigas decidimos escaparnos para celebrarlo juntas. Juntas en una comunidad que se quiere, acompaña y apoya en este camino de la maternidad. Hoy no estoy con mis hijos, sin embargo estoy con mi tribu, con esa que me mira sin juicio, con esa que me quiere con mi voz fuerte, mi aceleramiento, y mis locura.

Esta tribu al igual que mis hijos me la regaló la vida, y entonces hoy no solo celebro el día de la madre, sino un día de la madre acompañada por mis compañeras de maternidad….esas que hacen que día a día este camino sea especial, entretenido, acompañado, aconsejado, visto, abierto y respetado.

Y aunque me encantaría estar con mis niños para recibir sus besos pegasos y sus cartas que me sacan lagrima, no puedo dejar de reconocer que estoy plena y feliz con mi elección, con haber elegido pasar este día con mi s compañeritos de plaza, tardes y risas, volcadas a cuidarnos entre nosotras y para nosotras mismas. Se que llegaré a mi casa y tendré los besos pegoteados, abrazos y cartas, pero no tengo la certeza de que pueda volver a tener estos momentos con mi tribu y mi comunidad materna de nuevo. A veces nuestras decisiones no son las más obvias, y permitirnos ser a ratos un poco menos mamás y un poco más mujeres, no es malo….por el contrario, creo que es sin duda el mejor regalo que podemos darnos y darles a los que nos rodean. Que el mundo pare y podamos disfrutarl, solo depende de que nosotros nos detengamos y tomemos las decisiones de aquello que necesitamos, nos hace felices y nos genera bienestar….muchas veces esas decisiones no están en el deber o en nuestros roles, sino en nuestro querer y nuestro ser persona.

Hoy las invito a disfrutar todos esos besos apretados de sus hijos, también las invito a pensar más allá de su rol de madres, que es aquello que necesitan y cuanto de eso están haciendo en su día a día. Paremos nosotras el mundo, para que empiece a girar en la dirección que nosotras queremos y nos hace bien. Sin duda en esa ecuación están nuestros niños, maridos, profesión, familia…..pero ¿qué más podemos encontrar? Busquen los regalos que les dio la vida: amigas, talentos o inquietudes, y escuchenlos porque ahí está también nuestra felicidad. Nuestro bienestar no solo se encuentra en cumplir a la “perfeccion” nuestros roles. Este día de la madre en el que no estoy con mis niños, abrió un campo nuevo en mi mirada y eso no me hace ni más mala, ni peor, ni descariñada….me hace poder vivir y conectarme con una mujer que es mucho más que madre…..con una mujer que es amiga, que se escucha y se respeta….eso me hace sentir plena y esa sensación es sin duda, la mejor mamá que le puedo regalar a mis niños.

Hoy en tu día elige al menos un regalo que te haga sentir mujer….no mamá…. mujer plena que se quiere, se escucha y se respeta.

Feliz día!!!

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SER PADRES: UN MUNDO DE DUDAS

¿A quién no le ha pasado tener un día difícil, un despertar duro, un nudo en la garganta? ¿dudas y preguntas sin respuesta?. Sin duda los malos momentos nos hacen cuestionarnos ¿Lo estoy haciendo bien?. Y cuando estas situaciones o peleas ocurren a nivel familiar nuestras dudas crecen: ¿soy realmente la mamá que quiero ser? ¿Soy un buen padre? ¿Qué pasa que a ratos sentimos que no merecemos que nuestros hijos nos traten mal?, ¿cuánto de lo que hacemos para ellos como papás está bien?, ¿no será mucho? ¿en qué cedemos y en qué no? ¿soy realmente la “peor mamá o papá del mundo”? o ¿es realmente una injusticia lo que a veces entre peleas y discusiones escuchamos como padres?.

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Probablemente muchos de estos cuestionamientos son sólo preguntas sin respuesta. Solo tengo la convicción de que cada uno en su rol de padre o madre, intenta hacerlo lo mejor posible. Intentamos escuchar a nuestros hijos, conectar con sus necesidades, equilibrar nuestros tiempos con los suyos, cuidarnos para poder cuidarlos mejor, intentamos, a ratos, gozar la parentalidad y su niñez, porque sabemos que se pasa rápido. Sé que la mayoría de las veces, nos proponemos ser la mejor versión de nosotros mismos para entregárselas como un valioso regalo a nuestros hijos, al mundo y a los que nos rodean. Pero, a veces, la vida en ciertas situaciones difíciles y peleas se torna injusta, unilateral o triste. Escuchar que “eres la peor mamá (o papá) del mundo” rompe el alma, sobretodo porque uno intenta ser “la o el mejor” dentro de las propias posibilidades.

A veces pensamos que somos muy duros, que los niños tienen que hacer lo que uno piensa, porque estamos convencidos que es lo mejor para ellos. ¿Cuánto realmente es lo que necesitamos escucharlos?. A ratos, al menos a mi, me baja esta duda, casi existencial, de si realmente lo que yo creo es definitivamente lo que ellos tienen que hacer ¿Por qué ellos no pueden tener razón? ¿Por qué yo creo tener la mirada correcta o la experiencia para no escucharlos?.

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Siempre suena más fácil decir: “las reglas se siguen y si no quieren tienes que contenerlos en su enojo”, es la receta de psicología que nos enseñan, que leemos, que sabemos…. pero es tan difícil ponerlo en marcha y lograrlo en situaciones de discusión, enojo y cansancio. Cuando el enfado de nuestros hijos nos traspasa a nosotros como padres, quedamos absolutamente desprovistos de herramientas para poder leerlos, saber qué es lo mejor para ellos, escucharlos, contenerlos y decidir en conjunto de una manera constructiva. Es tan difícil escuchar sus voces cuando uno como papá piensa que el camino correcto es el contrario a lo que ellos necesitan. Más difícil es aún, cuando la situación se torna tensa, comienzan los gritos y las descalificaciones. Ahí solo nos destruimos siendo incapaces de mirarnos en lo que todos necesitamos.

Este verano, por ejemplo, mis hijos se inscribieron a unas clases de fútbol, estábamos fuera de chile, por lo que optamos por inscribirlos solo a dos días para probar, porque como papás sabíamos que sería difícil y nuevo para ellos. Después de la primera clase llegaron felices, lo pasaron bien, les gustó el profe y en definitiva fue una experiencia de crecimiento para ellos. Sin embargo, al día siguiente ya no querían ir. La clase estaba pagada, y creíamos como papás, que debían terminar aquello en lo se habían comprometido y sabíamos que si iban sin duda llegarían contentos con la experiencia.

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¿El costo de que fueran? Una pelea enorme, escuchando frases como “son los peores papás del mundo“, “No entienden nada“, “Siempre nos obligan“, “No nos están escuchando” … rabia, rabia, rabia. En ese momento, es cuando empezamos a buscar como padres, la teoría o la guata o al menos tus valores familiares. Nosotros tenemos claro que no queremos crear una niñocracia, pero tampoco nos gusta la dictadura como papás. En algún minuto de la pelea, y después de un momento de calma, recuerdo haber logrado entrar en mi modo zen -que a ratos aparece- me senté al lado de ellos y les pregunté: Ya explíquenme, ¿qué pasa, por qué no quieren ir si ayer fueron felices?, ¿me cuesta entender?, y entonces solo escuché vaguedades, excusas, palabras como “lata”, “es que son malos” o “es que no conozco a nadie”. Con mi marido, seguíamos pensando que tenían que ir y entonces la respuesta en modo Zen fue “no nos parece, creemos que lo van a pasar bien, es sólo una clase más, ya se comprometieron, hay que terminar lo que uno empieza, etc., etc., etc….”. Y ellos con su misma rabia siguieron tirando frases para el bronce y ahí definitivamente nos ganó la rabia:”van y se acabó”. ¿Dictadura? ¿lo estaremos haciendo bien? ¿los escuchamos más? ¿pasamos por sobre lo que pensamos? ¿dónde está el límite de lograr leer y satisfacer sus necesidades, pero al mismo tiempo llevarlos a que hagan eso que nosotros como papás sabemos los hará crecer? El costo: una gran pelea, todos llorando, frustración por todas partes y finalmente quedándonos con la duda, ¿realmente está bien lo que estamos haciendo como papás?.

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¿Qué pasó finalmente? FUERON ¿cómo llegaron a la vuelta de sus clases? ¡¡Felices!!, contentos, llenos de experiencias nuevas. ¿Fuimos papas que leímos sus necesidades? Quizás no. ¿Valió la pena? Quizás sí. La parentalidad es un mundo de dudas, no hay recetas, no hay teorías, sólo está tu manera y esa tendrá que ser la mejor posible. Claramente la pelea no fue algo que buscamos, pero la realidad es que pasa y tuvimos que estar en ella para aprender algo nuevo.

Los aprendizajes fueron varios: hay valores familiares que no se transan, no siempre podemos satisfacer sus necesidades porque a veces la necesidad es solo evitar eso que les cuesta y eso los daña y, por supuesto, que nuestro mejor intento es también el de ellos. Todos necesitamos poner de nuestra parte para construir un acuerdo y NO destruir nuestros vínculos.

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Finalmente, todos nos pedimos perdón, nos abrazamos, y lloramos. ¿Será que de eso se trata ser y hacer familia? ¿por qué a ratos duele tanto? Me imagino que es porque en el dolor crecemos, nos acompañamos y aprendemos a ser empáticos. Porque en los momentos difíciles y reales se profundizan los lazos, porque después de las peleas aprendemos a reparar, querer y respetar. Hoy todos reparamos, y eso es algo que mis niños al menos aprenderán para la vida. Todos nos equivocamos y de eso aprendemos también.

¿Cuánto empujo a mis hijos a eso que creo que les hará bien? Sólo sé que tiene que ser negociable, acompañado, mirado y contenido desde lo que ellos necesitan también. Ese día todos podríamos haberlo hecho distinto, no les pregunté por ejemplo qué necesitaban de mi para ir a sus clases, quizás querían que los acompañara las dos horas de fútbol. Nos ganó la rabia y la frustración, sin embargo al menos nos sirvió como papás para cuestionarnos cómo todos lo haríamos distinto la siguiente vez, quizás nos equivoquemos de nuevo. ¡Y bueno de eso se trata la vida, la familia y el amor!

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¡COSAS DE HERMANOS!: NUESTRO NÚCLEO DE AMOR

No sé si es la edad o que cada día estoy más abierta a maravillarme y disfrutar las cosas pequeñas. En este minuto veo como mis tres hijos juegan fútbol entre ellos, la de 5, el de 9 y el de 11, me encanta porque es algo que pasa, sin embargo, a ratos se desarma. Nuestra relación con los hermanos es tan especial que se hace difícil de describir, por ese camino transitan un sin fin de emociones: cariño, enojo, amor incondicional, celos, frustración, rabia y alegrías. Es nuestro núcleo que nos ayuda más adelante a desenvolvernos en la vida, porque sin duda es aquí donde aprendemos y quizás, es sólo cuando crecemos y nos hacemos adultos, que valoramos a cada uno de nuestros hermanos, a esos que a ratos odiábamos en nuestra infancia, con los que quizás nunca conectamos y a esos con los que éramos más cercanos.  Es que la vida nos va enseñando que los hermanos son sólo una fuente de amor infinito, pero cuesta y requiere de tiempo para que esto pase. A veces incluso, nunca ocurre y las rencillas nos persiguen de por vida.

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Hoy miro a mis hijos y me pregunto ¿cómo logró fortalecer está hermandad? ¿cómo logró hacerlos mirarse y descubrirse a través de la relación que van construyendo entre ellos? Es un desafío diario que logren jugar y pasarlo bien los tres, sin dramas. Por eso hoy al verlos me maravillo y al mismo tiempo pienso si tendrán que llegar a la adultez para darse cuenta y vivir este amor incondicional o hay algo que yo pueda hacer para que eso ocurra. Como papás siempre queremos o deseamos profundamente que nuestros hijos se quieran, respeten y lleven bien. La realidad es que pelean, se excluyen y a veces se dicen cosas hirientes, para que al poco tiempo después se vuelvan a amar y jugar. Entonces ¿habrá una manera de hacer que está relación a pesar de las peleas y vaivenes de la vida sea una relación de amor y cariño infinito vivido y sentido por ellos? ¿lo sentirán así a pesar del sube y baja de esa relación? Quizás los mejor será enseñarles que esa es la base de toda relación y que el amor traspasa las peleas, los celos o las envidias. Además, que estas disminuyen en la medida que aprendemos a ver como el otro me suma y se hace indispensable en mi día a día. Tal vez enseñarles que no existe una relación perfecta es lo mejor que podemos entregarles como aprendizaje. Todos nos queremos y amamos a pesar de nuestras diferencias, tiempos y manera de querer.

Qué difícil es lidiar a ratos con sus peleas, sus emociones y conversarlas, intentar no caer en ser el árbitro del partido sino la mediadora de las emociones. La mayoría de las veces uno detiene estas peleas con un solo grito y los obliga a pedirse perdón y abrazarse, aunque sea forzado. Pensamos que es “lo que se debe hacer” “lo necesario”. Otras veces, con el cansancio del día en nuestras espaldas, solo optamos por un simple “que se maten”. No es fácil hacer algo distinto, mirar estas peleas como algo que quizás es mucho más profundo, y que ellos en su inmensa franqueza están tratando de transmitirnos y nosotros simplemente no logramos escuchar.  Lograr conectar para ver realmente cuál es el conflicto que existe entre ellos, es un desafío y se necesita de poder estar conectados con su mundo para que exista la oportunidad de poder hablar que es lo que les está pasando.

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Hace poco una amiga me contaba como su hija mayor, luego de varias peleas con su hermano pequeño, le había confesado que desde que él empezó a jugar con su otra hermana, se había sentido excluida, que le daba pena, que no lo quería y que deseaba que otro hermano naciera para que así todo volviera a ser como antes y pudiera jugar sin interrupciones con ella. Básicamente la solución para ella era simplemente sacar a su “hermano metido y hinchón” del medio. Se requiere de una gran conexión y relación para que nuestros hijos puedan abrir sus corazones y contarnos qué es lo que pasa realmente. Por sobre todo, se necesita poder uno como padres mirarlos como portadores de sus respuestas, su realidad y de todos esos sentimientos que los acompañan día a día y que nosotros en nuestro correr diario ni siquiera llegamos a dimensionarlo.

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Los hermanos son un “mini mundo” de aquello que nos tocará enfrentar en la vida y entonces ayudar a lidiar a nuestros hijos con estos conflictos es ayudarlos para la vida. No podemos arreglar un conflicto borrando a alguien o trayendo a un externo pensando que eso lo mejorará, como la increíble solución que había encontrado esta hija mayor. La solución está en poder generar diálogos entre ellos, en los que puedan pedirle explícitamente qué necesitan del otro y uno como mamá estar ahí atenta para velar porque esto vaya ocurriendo. En esta ocasión mi amiga los reunió a los tres, con el permiso de su hija mayor de abrir el tema. Ella pudo decirle a sus hermanos que necesitaba que no la excluyeran de los juegos, la del medio prometió a ayudar al “metido e hinchón” a dejarlo entrar y el chico prometió intentar siempre “llenar su corazoncito de amor al decirle que sí en cada juego”. Pudieron jugar esos días que vinieron los tres sin peleas, mientras mi amiga iba viendo cómo se sentía la mayor.

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Probablemente esto no es algo que podamos hacer en cada pelea, pero abramos los ojos y paremos las antenas. Si siempre son los mismos conflictos, algo están tratando de resolver nuestros hijos que no está resultando y entonces nosotros tendremos que ayudarlos a buscar nuevas soluciones o miradas.

Entonces vuelvo a maravillarme al verlos a los tres jugar juntos ¿cuánto durará? No sé ¿cuál es el mensaje que les quiero entregar como hermanos? Las relaciones son así: hay días buenos, malos, más o menos o muy buenos y en la base de esa unión siempre hay un amor incondicional de saber que el otro me quiere y estará ahí SIEMPRE. Somos distintos y eso no nos separa si nos respetamos en nuestras diferencias. Y por sobre todo quiero que sepan y entiendan que el amor no es exclusivo, “si tengo a un hermano sólo lo quiero a él y a los otros los dejo de lado” o  “mi mejor amiga es la única y exclusiva para mi”. Las relaciones son mucho más verdaderas y profundas en la medida que compartimos a esas personas que para nosotros son maravillosas. El amor alcanza para todos y permite que ese otro al que amo, pueda ser  feliz y nutrirse también de otras relaciones importantes. Cuidemos este “mini mundo” donde aprenden a relacionarse practicando una y mil veces en este núcleo central e incondicional, para poder luego volar al mundo real y generar lazos profundos, respetuosos y llenos de amor.

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SER PADRES INSPIRADORES

Cuando pienso en nosotros como padres, tengo la convicción que debemos ser modelo para nuestros hijos. Sin embargo, por momentos siento que me quedo corta en esa definición, porque me encantaría llegar a  ser una figura de inspiración para ellos. ¿Cómo logro ser modelo?, ¿cómo llegar a inspirarlos? La respuesta es sencilla, pero quizás mucho más profunda de lo que pensamos e imaginamos. Está claro que debemos comportarnos según lo que queremos que nuestros hijos aprendan. No vale solo el discurso, ya que éste no tiene consistencia por sí solo. Si nuestros niños escuchan una cosa, pero ven otra, obviamente no habrá claridad en lo que queremos trasmitir. Si creemos en valores profundos y queremos que estos sean parte de nuestra construcción familiar, debemos actuar de acuerdo a ellos.

¿Qué valores quiero enraizar en mis hijos?, ¿cuáles son aquellos conceptos profundos que serán la guía para cuando naufraguen por lo incierto?.  En realidad, ¿alguna vez nos hemos realizado esa pregunta o sólo vamos haciendo camino al andar…?

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Desde mi experiencia como madre, y también desde la familia que hemos querido formar con mi marido, ha sido un lindo desafío ir encontrando qué es lo que queremos entregarle a nuestros hijos. ¿En qué queremos apoyarnos? ¿qué valores sentimos que son fundamentales en este mundo? ¿qué buscamos que nos defina como familia y a ellos?. Uno como padre quiere entregarle a sus hijos infinitos valores, porque finalmente queremos que sean personas buenas y felices, pero la duda que permanece con esas buenas intenciones, es que si podremos entregarles todos esos valores, o más bien debemos elegir tres o cuatro fundamentales que serán los que nos definan como familia.

Nosotros hemos ido decidiendo y finalmente acordamos que serían cuatro los valores que definirán el camino de nuestros hijos en su futuro: respeto incondicional al otro ser humano, la humildad, la honestidad y el disfrute. Creemos que estos valores nos definen como pareja y personas, además de nacer de la historia familiar que cada uno trae en su mochila. En este camino, cada uno ha ido poniendo en la mesa respetuosamente todo eso que soñamos para ellos y hemos logrado una buena mezcla de nuestros sueños. Así de esta forma hemos comenzado a construir familia, además de ir consolidando dos conceptos que ya mencioné antes, como son: modelar e inspirar a nuestros hijos.

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Ahora nuestra tarea será transmitir estos valores que hemos elegido. ¿Qué debemos hacer en el día a día para lograrlo? Les quiero contar como nosotros vamos intentando vivir cada uno de estos valores. Por ejemplo, si para nosotros el respeto por el otro es fundamental, debería ser una persona que logre conectar con mis hijos, dejar las distracciones cuando me habla, no gritarles ni tratarlos con palabras destructivas, respetar sus intereses y sus gustos, y aceptar sus diferencias. Si quiero que sean honestos ante todo, debo ser un padre que no se excusa con mentiras, que no esconde lo que siente, que pide perdón cuando se equivoca. Si busco la humildad y sencillez, deberé vivirla en el día a día, poniendo el valor en los momentos y recuerdos, dando importancia a crear instancias de conexión familiar y generando ritos de amor, más que poniendo el ojo en lo material o lo accesorio. Por último, si queremos que el disfrute sea un valor importante, debemos dar espacio al humor, a las risas, poner el ojo en el proceso y no en las metas, mostrar el goce en las cosas sencillas de la vida y en eso que amamos hacer.

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¿Cuáles son sus valores como padres? Respeto, humildad, perseverancia, compromiso, responsabilidad, espiritualidad, empatía, solidaridad, honestidad, optimismo, gratitud, voluntad o paciencia. ¿Qué quieren grabar a fuego en sus hijos? ¿Lo han conversado entre ustedes? Todo está en darse el tiempo de descubrirlo, para luego ser coherentes y consistentes en aquello que queremos modelar. Y, lo más importante, no solo será reconocerlos, sino el decidir cómo queremos trasmitirlos. No sirve solo hablar de ellos, serán palabras vacías. Tenemos que ser modelo, pero más que nada, padres inspiradores.

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¿Inspirar? ¿no serán demasiadas las expectativas?… la verdad es que no!. Debemos convencernos que podemos ser figuras inspiradoras. ¿Cómo? es simple pensemos si  alguna vez un profesor, tío, amigo o abuelo nos inspiró en la transmisión de sus valores. La respuesta probablemente será sí. Todos hemos tenido a esa persona única y especial, que dejó grabado en nuestros corazones sus enseñanzas. Seguramente si nos ponemos a pensar en cómo fueron trasmitidos, lo más probable es que esas enseñanzas estén cargadas de actos y comportamientos significativos, conexión infinita de amor con esa persona, cariño incondicional y escucha activa hacia nosotros. En esa persona seguramente nos encontramos con esa luz, que siempre deseamos poder trasmitir en un futuro a nuestras personas significativas.

El desafío de ser inspiradores, sin duda, es grande. Sin embargo, pienso que si nos conectamos con entregarles valores importantes a nuestros hijos y logramos transmitirlos a través de actos, proyectando la enorme felicidad que implica hacer lo que te hace sentido, ellos pasarán a hacerlos suyos. En un ambiente de amor incondicional, escucha activa y conexión con nuestros hijos, estos valores serán siempre bienvenidos y llegarán a definirlos como adultos. ¿Un lindo desafío no creen?… comencemos a hablar de lo queremos construir y luego desde ahí, vamos inspirando en el camino.

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AÑO ESCOLAR: MANTENIENDO LA FELICIDAD DEL PRIMER DÍA

Después de varios meses de vacaciones de nuestros niños y algunas semanas nuestras, nos hemos encontrado con que esta vuelta a marzo y este mes se transforma en un aterrizaje forzoso a la realidad. Comienzan los compromisos, el trabajo empieza a andar mucho más rápido de lo que quisiéramos y nuestros hijos -al mismo tiempo- están volviendo a su ajuste, tanto o más que nosotros. Tienen que volver a levantarse temprano, estudiar e ir al colegio. Y quizás, a muchos de ellos la alegría de volver al colegio para a reencontrarse con sus amigos, les dura tan solo el primer día o la primera semana de clases. ¿Cómo lograr que este año se mantenga como ese primer día? ¿qué hacer para poner el ojo como papás en lo que es realmente importante y los hace felices en el proceso de aprendizaje?

No son preguntas fáciles. Nuestros hijos están en un sistema educacional que lleva décadas igual, y eso que nos enseñaban a nosotros, hoy siguen haciéndolo de la misma manera, quizás sólo con algunos pequeños y matizados cambios. ¿Cómo mantenerlos motivados al aprendizaje en un sistema que no los motiva? ¿cómo hacer que esa sensación de felicidad de ir al colegio durante el año perdure?.

El mundo ha cambiado y la manera que tienen de aprender nuestros hijos también. Hace poco vi en televisión a Tal Ben-Zhahar, precursor de la psicología positiva, reflexionando acerca de la educación y el sistema actual. El mismo se cuestionaba (al igual que yo) porque todo sigue idéntico que hace 30 años. Lo peor es que existen datos duros e investigaciones que entregan respuestas claras en torno a lo que nos genera felicidad y bienestar emocional. ¿Qué pasa en los colegios hoy en día que se ha abandonado lo más importante? ¿Qué pasa que aun sabiendo aquello que nos hace felices, el sistema educacional sigue enfocado en aquello que nos genera desilusión y frustración? ¿por qué nuestros hijos siguen sentados frente a un profesor dictando la materia si pueden aprender haciendo? ¿será realmente esa la mejor manera que tienen nuestros hijos de aproximarse al aprendizaje?

Están identificadas las dos cosas que nos entregan mayor bienestar emocional y felicidad. Una es nuestra capacidad de generar vínculos profundos y significativos; y la otra, es la gratitud, esa capacidad de poder agradecer día a día lo que tengo y lo que el otro me da. En el mismo sentido, está comprobado que lograr nuestras metas, sólo otorga una felicidad pasajera, que tiende a transformarse en desilusión cuando nos damos cuenta que eso que buscaba y que encontré, no me llevó a la felicidad que esperaba, sino más bien a la necesidad de ir aún más lejos. En ese momento, recién ahí, sí puedo llegar a ser feliz. La felicidad de esta forma, como lo pueden ver, nunca se alcanza.

Y entonces, si enfocarnos en el logro de metas más que en el proceso nos llena de desilusión ¿por qué seguimos otorgándole tanta importancia a la nota?  A ratos veo que el sistema educacional pone a sus alumnos en un lugar absolutamente pasivo frente al aprendizaje, como si ellos no pudieran ser los protagonistas, lo que tiende a aburrirlos al poco andar. La importancia se pone en la prueba y en enseñar para esa prueba. ¿Qué pasa con enseñar a agradecer por el proceso de aprendizaje? ¿a dar espacio para la curiosidad sin una nota de por medio? ¿Qué pasa que no ponemos énfasis en los vínculos que podemos formar en una sala de clases a través de un trabajo colaborativo e inclusivo y no en las notas que me tengo que sacar?.

Siempre me ha llamado la atención, por ejemplo, cuando veo como mis pacientes se enfrentan a un trabajo en grupo. Es tanta la importancia de la nota, que olvidan lo más importante, que finalmente es aprender a trabajar en equipo, obviamente además de aprender del tema que se está investigando. Entonces se subdividen el trabajo, coordinan por WhatsApp, y la mayoría de las veces, la más matea apreta al menos interesado y termina, o haciéndolo sola o corrigiendo todo lo que entregaron los demás. ¿En qué parte de este proceso aprendieron a trabajar en equipo? ¿a liderar? ¿a discutir si hay algo que no me parece? Lamentablemente, ese aprendizaje no existe y lo que es peor, tampoco es valorado por nosotros los adultos, que probablemente solo estaremos contentos con la entrega del trabajo y su nota, más allá de como este se gestó. Tengo pacientes, dispuestos a inventar enfermedades con tal de estudiar más para una prueba y así sacarse una buena nota. Se olvidan completamente que para lograr esa “mejor nota” tuvieron que mentir en el proceso y que la mentira daña las relaciones humanas, lo que es peor, incluso a veces nosotros como papás avalamos está mentira para que ellos puedan faltar y así rendir “más” o “mejor”. Me sigo preguntando ¿qué y cómo les estamos realmente enseñando a nuestros hijos? ¿a nuestros jóvenes? ¿la felicidad está en el éxito académico? ¿en el profesional?  ¿está en lograr tus objetivos sin importar el medio, sin importar el otro?.

Desde mi mirada – o mi sueño- poner el ojo en el proceso y no en la meta, es lo que nuestros hijos necesitan aprender de nosotros y ojalá del sistema educacional. Sería fantástico que el sistema los llevará a generar vínculos a través de un trabajo en equipo respetando las diferencias de cada ser humano.

Podemos enseñarle a nuestros hijos, como ellos tienen la oportunidad de elegir que los hará felices, pero entregándoles la respuesta científicamente comprobada de donde se encuentra ese bienestar emocional o felicidad. Piensen en ustedes mismos ¿qué es lo que los hace más felices? ¿qué los lleva a sentirse plenos? Segura, que la respuesta es: nuestros vínculos y en poder mirar y agradecer lo que tenemos. ¿por qué no enseñarles lo mismo a nuestros hijos? ¿por qué no enfocar la mirada en los logros durante el proceso, en el respeto a los vínculos y en agradecer lo aprendido y no en lo memorizado?

Se que muchos pensarán distinto a esta postura que planteo, dirán que la nota es necesaria para medir los aprendizajes y que las pruebas generan hábitos de estudio. Ante eso yo sólo les pregunto ¿qué los hace felices a ustedes? ¿cómo quieren transmitirles a sus hijos la importancia de la vida? ¿a qué quieren otorgarle importancia en el proceso de aprendizaje para que sus hijos realmente disfruten este camino largo de la educación? Finalmente ¿qué necesitan nuestros hijos de nosotros y del sistema educacional para DISFRUTAR APRENDIENDO?

Para mí el mensaje es claro: “esfuérzate y disfruta mientras aprendes, genera lazos profundos y significativos con los que te rodean, aprovecha y aprende de las diferencias, respeta al que puede y ayuda al que no puede tanto y da gracias todos los días por esas pequeñas cosas que hicieron de tu día, un día mejor. La nota no me importa y espero que tú puedas medir tu felicidad sin que ella sea una variable en esta ecuación de lo que es la vida y la felicidad.  Disfruta el colegio y todo lo que puedas aprender de él y de las personas que te rodean. Sé feliz agradeciendo del proceso y no de la meta … que a veces nunca llega.”

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EL INMENSO VALOR DE ESPERAR MENOS Y PEDIR MÁS

¿Cuántas veces nos vemos enfrentados a la frustración o decepción de que nuestra amiga, pareja o hijo no hizo lo que yo esperaba? Vivimos esperando que los otros cumplan con aquello que imaginamos o con lo que necesitamos, pero que poco nos dedicamos a pedir eso que queremos, esperamos o soñamos. Es como que si por pedirlo y hacerlo explícito, el acto perdiera todo tipo de valor cuando el otro finalmente se decide a hacerlo.

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Innumerables son las veces que he visto a mis adolescentes en la consulta, a sus padres o parejas, pasar una y otra vez por la decepción de que el otro no hace lo que espero. Frases como: “…pero si ellas saben que tienen que preguntarme cómo estoy si me ven mal… ¿no es obvio?“, “…pero si él sabe que tiene que portarse bien en el colegio y hacer sus tareas…”, “… sabe que necesito ayuda en la casa…no necesito decírselo“, y así podría continuar eternamente. Nos vamos transformando en seres decepcionados de las relaciones que tenemos, desilusionados de aquellos que en teoría nos quieren y enrabiados de sentir que esos que más me aman no me entregan lo que yo espero, lo que necesito, lo que “ellos saben”. pero en realidad NO lo saben. Nos vamos sumergiendo en un círculo vicioso, que nos aísla, entrampa  e incomunica: con nuestra pareja, hijos o amigas. Empezamos a sentirnos poco queridos, menos entendidos, y muy solos en este mundo, en el cual sentimos que damos el máximo por el otro, pero ellos apenas  dan su mínimo por mí.

¿Será realmente tan así? ¿O será que ese mínimo para mí, es el máximo del otro? ¿Quizás el otro debe poseer poderes mágicos que lo hagan adivinar lo que necesito? ¿Será realmente que no me quieren, no me ven y no me valoran? ¿Cuántas veces hacemos explícitas nuestras necesidades? Mi experiencia en la consulta, y al escuchar a la gente que quiero y me rodea, en la mayoría de los casos me encuentro con personas que no piden, no dicen y no muestran lo que necesitan, eso que las hace felices o tristes o  lo que las hace sentirse queridas. Es en ese momento cuando se produce un entrampe y quiebre comunicacional que solo complejiza las relaciones, les quita profundidad y nos distancian del otro.

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¿Por qué dejamos de valorar eso que el otro hace, si se lo pido explícitamente? ¿Por qué carece de valor si lo hizo, después de que ya se lo pedí? Cada vez que pedimos y recibimos es exactamente el mismo regalo que cuando no lo decimos. Quizás cuando nos sorprenden, esa acción inesperada pasa a tener una mayor carga de emoción y felicidad, pero no por eso, recibir pidiendo carece de valor. Cuando demando y soy escuchada, ya es un regalo, cuando pido y soy explícita con lo que necesito, también  es un regalo para el otro, que puede conocerme y leerme en eso que me hace falta. ¿Por qué no regalarnos más transparencia en las relaciones? ¿Por qué no hacernos el regalo de pedir y ser escuchado? Cuando el otro escucha y decide darme eso que pido, es tanto o más valorado, que cuando no lo he pedido, porque esa persona se detuvo, conectó conmigo, me escuchó activamente, me entendió y me dió eso que tanto necesitaba.

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No entrampemos nuestras relaciones con expectativas irreales.  En esperar que el otro dé solo porque yo doy, en que dé lo mismo que yo estoy dando. La realidad es que todos somos distintos y eso que yo doy no siempre es lo que recibo, y eso que yo espero no es lo mismo que el otro puede darme. ¿Qué pasaría si aprendiéramos a ser más explícitos con nuestras necesidades? Estoy segura que desde el cariño incondicional que hay puesta en cada una de nuestras relaciones, eso que espero y pido finalmente se haría realidad.

Aprendamos a sentirnos queridos por todos esos gestos que hace el otro: mirarme, escucharme, detenerse, conectar, regalar, darme espacio y también cuando me da eso que pido. Dejemos de quejarnos por eso que el otro no hace porque no adivina y comencemos a pedir, abiertos a que el otro pueda darnos o no, eso que necesitamos…. y si decide darlo…no olvidemos que eso también posee un tremendo valor.

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Solo si logramos ser más explícitos, y dispuestos a recibir pidiendo, conseguiremos sentirnos queridos y acompañados en esta vida. Seamos menos exigentes con el resto y con nosotros mismos. Si necesito que mi hijo adolescente me salude cuando llega a la casa, que mi marido me ayude más en las tareas diarias, que nuestra señora nos dé tiempo solos, o simplemente si queremos que nuestros papás nos escuchen y acepten como somos… ¡PIDAMÓSLO! abiertamente y de corazón, explicándole al otro por qué es tan importante para mí. Y si eso llega… por favor no le quitemos el mérito! Valorémoslo aún más!

Me gustaría que nos pusiéramos el desafío de empezar a esperar menos y pedir más….¿Cuánto eso nos acercaría al otro?….no somos adivinos, lo que necesitas tu es distinto de lo que necesito yo… pide más…espera menos.

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MIS HIJOS TAMBIÉN NECESITAN INCLUSIÓN

Tengo emociones confusas al escribir esta columna… Y además es segunda vez que intento escribirla… Son tantas las emociones, que no sé como hacer para no traspasarlas al que lee sin caer en malas interpretaciones. Hace ya dos semanas tengo ganas de escribir sobre inclusión. Esto desde que varias mamás de niños con necesidades especiales comenzaron a levantar la voz. En este último tiempo se creó el movimiento #unaescuelaparatodos el cual apoyé explícitamente a través de un vídeo en Instagram. ¿Por qué sigo escribiendo de esto si ya hice un vídeo? Bueno, porque siempre he dicho que creo que escribo mucho mejor de lo que hablo, y entonces plasmar mis ideas en un papel es poder decirlas para mi en voz alta.

¿Por qué hablar de inclusión me genera tantas emociones? ¿Qué pasa conmigo cuando este tema entra en mi cabeza? Podría decir que mi primera emoción es miedo a hablar, temor a tomar la voz de madres con hijos con necesidades especiales, cuando yo no soy una de ellas. Miedo a hablar sin saber, a intentar plasmar ideas sin haber recorrido ese camino. ¿Por qué me atrevo ahora a hablar? Porque me di cuenta que no quiero usar la voz de esas mamás, porque ellas tienen su propia voz para gritar y mostrar lo que sienten. Hoy decido tomar mi propia voz y hablar de mis hijos y de lo que ellos, yo y nosotros como familia necesitamos.

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Soy una convencida, que tener un niño con necesidades especiales en la sala de clase los hará personas diferentes, los hará crecer y mirar el mundo desde otra vereda. Tengo una prima con necesidades especiales, tiene 29 años a pesar que dijeron que no llegaría a los 9 años. Quiero contarles la reacción de mi hijo cuando la conoció. Primero me hizo muchas preguntas sobre lo que le había pasado, por qué estaba así, qué podía hacer y qué no. Después me dijo que le daba mucha pena porque no podía hacer las cosas que a él le gustaban. Entonces le expliqué que ella disfrutaba de otras cosas que también la hacían feliz. Quedó muy afectado luego de conocerla.

El camino de mi tía ha sido duro, pero hoy quiero hablar de lo difícil que fue para mí aceptar o entender la reacción de mi hijo. ¿Por qué no pudo interactuar más con ella? ¿por qué no se acercó a abrazarla? ¿qué pasó que sólo le dio pena y no pudo conectar también con las alegrías de mi prima?. Después de varios meses, en una conversación de él con un amiguito en mi auto, le contaba que lo más triste que le había tocado era conocer a la Maca, así se llama mi prima, así le relató que ella no podía caminar, hablar, jugar y que eso le daba mucha pena. Yo escuchaba enternecida por un lado, porque mi hijo era capaz de empatizar con el dolor del otro, y con mucha pena por otro lado de pensar que este había sido su único acercamiento a la diferencia en sus 9 años de edad. ¿Por qué nunca había visto esta realidad? ¿qué pasa que el colegio finalmente se transforma en una burbuja de niños y vidas “normales”? ¿por qué nunca pudo acercarse a otras realidades y esta fue la primera? ¿Cómo le habría enseñado a interactuar distinto si hubiera estado cerca de la diferencia desde pequeño?.

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Hoy decido escribir, porque creo que mis hijos necesitan inclusión, ellos necesitan vivir y tocar otras realidades que no sea sólo la suya, por cuanto soy una convencida que mirar al otro en sus necesidades y poder empatizar con ellas te hace una persona más humilde, generosa, asertiva y empática. De mis hijos no espero grandes profesionales, con buenas notas y muchos diplomas, de mis hijos por sobre todo espero sean buenas personas… y hoy creo, sus colegios no les están enseñando eso. Porque el que es diferente, o se porta mal o tiene necesidades especiales no tiene un espacio ahí. ¿Por qué? Porque simplemente no cumple con los estándares de lo “esperado”. No puedo dejar de recordar a un querido paciente de tan sólo 10 años, que al comenzar a mostrar conductas más disruptivas en el colegio, dado su diagnóstico de trastorno del desarrollo cancelaron su matrícula. El colegio no estaba “preparado para recibirlo” y lo que es peor, todos sus compañeros entendieron que estaba “bien” que se fuera porque él era “diferente” y necesitaba “otro tipo de colegio”. Pena, frustración, rabia.

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Solo puedo darme cuenta que este sistema algo perverso, le está enseñando a mis hijos que si eres distinto no hay espacio para ti en este mundo, que esa persona diferente está en los rincones, en sus piezas, en “otros colegios”… segregados… lejos mío, lejos tuyo, lejos de nuestra realidad. ¿Y entonces cómo le enseño a mi hijo de respeto, humildad, generosidad, empatía, asertividad y diversidad si todos son “iguales” y sólo están preocupados de sacarse los ojos por ser los mejores?.

Mientras escribo, del miedo paso a la rabia y el enojo que me produce que un sistema y un país avale esto. ¿Por qué seguimos hablando de inclusión cuando en realidad esto no debería ser un tema? ¿por qué seguir peleando por algo que es un derecho?. Creo que no sólo le estamos quitando el derecho de educación a los niños con necesidades especiales, sino también le estamos quitando el derecho a nuestros hijos de aprender de ellos y con ellos. La vida es diversidad, todos tenemos distintas capacidades y habilidades, y todas ellas brillan en el contacto con el otro….¿Cuánto nos estamos perdiendo al desconectar a todos estos niños de nuestros hijos? Para mi son infinitas las posibilidades y oportunidades perdidas, y entonces me parece injusto desde donde se le mire.

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Y es aquí donde me viene la pena y frustración, pena de estar escribiendo esto y tener que visibilizar algo que no deberíamos estar siquiera mostrando. Como escuché alguna vez por ahí, de la inclusión no se habla, se vive y se hace.

Soy una convencida que el sistema educacional tiene que cambiar, la experiencia de la diversidad hay que vivirla, sentirla, abrazarla para poder hacer algo distinto. Si nuestros hijos no pueden siquiera ver esa realidad en sus salas de clases o en sus compañeros de colegio, entonces obligan a todos esos niños con necesidades especiales a quedar invisibles frente al mundo….¿y cómo aprenden mis niños a abrazar y amar a alguien con necesidades especiales si no están? ¿cómo mis hijos aprenderán a no sentir pena por ese niño “distinto” si no lo han visto reír en sus salas, aprender o si no se han sentado jamás a conversar o conectar con ellos? ¿cómo lograrán mirar que también son felices, tienen penas, rabias y miedos igual que ellos?. Difícil tarea enseñarles a nuestros hijos sin la posibilidad de la cercanía a esa realidad, es como querer aprender a hablar inglés en un país donde no existe el idioma.

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Miedo, rabia, frustración y pena, todo eso me provoca escribir estas líneas, también esperanza y fe de que ésto puede cambiar alzando nuestras voces. Me encantaría tener un país más inclusivo, donde ésto no fuera tema, en el que todos pudieran ir al colegio y eso se diera como un derecho real, no solo en el papel. Me encantaría vivir en un país donde no existieran los cupos de integración, sino que las puertas estuvieran abiertas a la diferencia, porque de la diversidad también aprendemos. Nuestros hijos no sólo necesitan aprender matemáticas, castellano, historia y arte… Nuestros hijos necesitan tocar la vida, y con mucha pena me doy cuenta y creo que sólo están tocando una parte de ella…esperanzada espero que esto cambie…y la toquen por completo.

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Insisto: la inclusión la necesitamos todos, mis hijos, tus hijos, nosotros como papás y nuestra sociedad. Y ojalá ya no hablemos más de inclusión y empecemos a hacer algo por ella y podamos empezar a hablar de sana convivencia, de VIDA.

María José Lacámara – Conoce más AQUI

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