UN DÍA DE LA MADRE DISTINTO

Entre palmeras, música de fondo, playa y calorcito escribo estas líneas, para un día de la madre especial, único y probablemente irrepetible. Hoy en mi día no estoy con mis niños, yo y mis amigas decidimos escaparnos para celebrarlo juntas. Juntas en una comunidad que se quiere, acompaña y apoya en este camino de la maternidad. Hoy no estoy con mis hijos, sin embargo estoy con mi tribu, con esa que me mira sin juicio, con esa que me quiere con mi voz fuerte, mi aceleramiento, y mis locura.

Esta tribu al igual que mis hijos me la regaló la vida, y entonces hoy no solo celebro el día de la madre, sino un día de la madre acompañada por mis compañeras de maternidad….esas que hacen que día a día este camino sea especial, entretenido, acompañado, aconsejado, visto, abierto y respetado.

Y aunque me encantaría estar con mis niños para recibir sus besos pegasos y sus cartas que me sacan lagrima, no puedo dejar de reconocer que estoy plena y feliz con mi elección, con haber elegido pasar este día con mi s compañeritos de plaza, tardes y risas, volcadas a cuidarnos entre nosotras y para nosotras mismas. Se que llegaré a mi casa y tendré los besos pegoteados, abrazos y cartas, pero no tengo la certeza de que pueda volver a tener estos momentos con mi tribu y mi comunidad materna de nuevo. A veces nuestras decisiones no son las más obvias, y permitirnos ser a ratos un poco menos mamás y un poco más mujeres, no es malo….por el contrario, creo que es sin duda el mejor regalo que podemos darnos y darles a los que nos rodean. Que el mundo pare y podamos disfrutarl, solo depende de que nosotros nos detengamos y tomemos las decisiones de aquello que necesitamos, nos hace felices y nos genera bienestar….muchas veces esas decisiones no están en el deber o en nuestros roles, sino en nuestro querer y nuestro ser persona.

Hoy las invito a disfrutar todos esos besos apretados de sus hijos, también las invito a pensar más allá de su rol de madres, que es aquello que necesitan y cuanto de eso están haciendo en su día a día. Paremos nosotras el mundo, para que empiece a girar en la dirección que nosotras queremos y nos hace bien. Sin duda en esa ecuación están nuestros niños, maridos, profesión, familia…..pero ¿qué más podemos encontrar? Busquen los regalos que les dio la vida: amigas, talentos o inquietudes, y escuchenlos porque ahí está también nuestra felicidad. Nuestro bienestar no solo se encuentra en cumplir a la “perfeccion” nuestros roles. Este día de la madre en el que no estoy con mis niños, abrió un campo nuevo en mi mirada y eso no me hace ni más mala, ni peor, ni descariñada….me hace poder vivir y conectarme con una mujer que es mucho más que madre…..con una mujer que es amiga, que se escucha y se respeta….eso me hace sentir plena y esa sensación es sin duda, la mejor mamá que le puedo regalar a mis niños.

Hoy en tu día elige al menos un regalo que te haga sentir mujer….no mamá…. mujer plena que se quiere, se escucha y se respeta.

Feliz día!!!

María José Lacámara – Conoce más AQUI

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SER PADRES: UN MUNDO DE DUDAS

¿A quién no le ha pasado tener un día difícil, un despertar duro, un nudo en la garganta? ¿dudas y preguntas sin respuesta?. Sin duda los malos momentos nos hacen cuestionarnos ¿Lo estoy haciendo bien?. Y cuando estas situaciones o peleas ocurren a nivel familiar nuestras dudas crecen: ¿soy realmente la mamá que quiero ser? ¿Soy un buen padre? ¿Qué pasa que a ratos sentimos que no merecemos que nuestros hijos nos traten mal?, ¿cuánto de lo que hacemos para ellos como papás está bien?, ¿no será mucho? ¿en qué cedemos y en qué no? ¿soy realmente la “peor mamá o papá del mundo”? o ¿es realmente una injusticia lo que a veces entre peleas y discusiones escuchamos como padres?.

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Probablemente muchos de estos cuestionamientos son sólo preguntas sin respuesta. Solo tengo la convicción de que cada uno en su rol de padre o madre, intenta hacerlo lo mejor posible. Intentamos escuchar a nuestros hijos, conectar con sus necesidades, equilibrar nuestros tiempos con los suyos, cuidarnos para poder cuidarlos mejor, intentamos, a ratos, gozar la parentalidad y su niñez, porque sabemos que se pasa rápido. Sé que la mayoría de las veces, nos proponemos ser la mejor versión de nosotros mismos para entregárselas como un valioso regalo a nuestros hijos, al mundo y a los que nos rodean. Pero, a veces, la vida en ciertas situaciones difíciles y peleas se torna injusta, unilateral o triste. Escuchar que “eres la peor mamá (o papá) del mundo” rompe el alma, sobretodo porque uno intenta ser “la o el mejor” dentro de las propias posibilidades.

A veces pensamos que somos muy duros, que los niños tienen que hacer lo que uno piensa, porque estamos convencidos que es lo mejor para ellos. ¿Cuánto realmente es lo que necesitamos escucharlos?. A ratos, al menos a mi, me baja esta duda, casi existencial, de si realmente lo que yo creo es definitivamente lo que ellos tienen que hacer ¿Por qué ellos no pueden tener razón? ¿Por qué yo creo tener la mirada correcta o la experiencia para no escucharlos?.

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Siempre suena más fácil decir: “las reglas se siguen y si no quieren tienes que contenerlos en su enojo”, es la receta de psicología que nos enseñan, que leemos, que sabemos…. pero es tan difícil ponerlo en marcha y lograrlo en situaciones de discusión, enojo y cansancio. Cuando el enfado de nuestros hijos nos traspasa a nosotros como padres, quedamos absolutamente desprovistos de herramientas para poder leerlos, saber qué es lo mejor para ellos, escucharlos, contenerlos y decidir en conjunto de una manera constructiva. Es tan difícil escuchar sus voces cuando uno como papá piensa que el camino correcto es el contrario a lo que ellos necesitan. Más difícil es aún, cuando la situación se torna tensa, comienzan los gritos y las descalificaciones. Ahí solo nos destruimos siendo incapaces de mirarnos en lo que todos necesitamos.

Este verano, por ejemplo, mis hijos se inscribieron a unas clases de fútbol, estábamos fuera de chile, por lo que optamos por inscribirlos solo a dos días para probar, porque como papás sabíamos que sería difícil y nuevo para ellos. Después de la primera clase llegaron felices, lo pasaron bien, les gustó el profe y en definitiva fue una experiencia de crecimiento para ellos. Sin embargo, al día siguiente ya no querían ir. La clase estaba pagada, y creíamos como papás, que debían terminar aquello en lo se habían comprometido y sabíamos que si iban sin duda llegarían contentos con la experiencia.

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¿El costo de que fueran? Una pelea enorme, escuchando frases como “son los peores papás del mundo“, “No entienden nada“, “Siempre nos obligan“, “No nos están escuchando” … rabia, rabia, rabia. En ese momento, es cuando empezamos a buscar como padres, la teoría o la guata o al menos tus valores familiares. Nosotros tenemos claro que no queremos crear una niñocracia, pero tampoco nos gusta la dictadura como papás. En algún minuto de la pelea, y después de un momento de calma, recuerdo haber logrado entrar en mi modo zen -que a ratos aparece- me senté al lado de ellos y les pregunté: Ya explíquenme, ¿qué pasa, por qué no quieren ir si ayer fueron felices?, ¿me cuesta entender?, y entonces solo escuché vaguedades, excusas, palabras como “lata”, “es que son malos” o “es que no conozco a nadie”. Con mi marido, seguíamos pensando que tenían que ir y entonces la respuesta en modo Zen fue “no nos parece, creemos que lo van a pasar bien, es sólo una clase más, ya se comprometieron, hay que terminar lo que uno empieza, etc., etc., etc….”. Y ellos con su misma rabia siguieron tirando frases para el bronce y ahí definitivamente nos ganó la rabia:”van y se acabó”. ¿Dictadura? ¿lo estaremos haciendo bien? ¿los escuchamos más? ¿pasamos por sobre lo que pensamos? ¿dónde está el límite de lograr leer y satisfacer sus necesidades, pero al mismo tiempo llevarlos a que hagan eso que nosotros como papás sabemos los hará crecer? El costo: una gran pelea, todos llorando, frustración por todas partes y finalmente quedándonos con la duda, ¿realmente está bien lo que estamos haciendo como papás?.

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¿Qué pasó finalmente? FUERON ¿cómo llegaron a la vuelta de sus clases? ¡¡Felices!!, contentos, llenos de experiencias nuevas. ¿Fuimos papas que leímos sus necesidades? Quizás no. ¿Valió la pena? Quizás sí. La parentalidad es un mundo de dudas, no hay recetas, no hay teorías, sólo está tu manera y esa tendrá que ser la mejor posible. Claramente la pelea no fue algo que buscamos, pero la realidad es que pasa y tuvimos que estar en ella para aprender algo nuevo.

Los aprendizajes fueron varios: hay valores familiares que no se transan, no siempre podemos satisfacer sus necesidades porque a veces la necesidad es solo evitar eso que les cuesta y eso los daña y, por supuesto, que nuestro mejor intento es también el de ellos. Todos necesitamos poner de nuestra parte para construir un acuerdo y NO destruir nuestros vínculos.

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Finalmente, todos nos pedimos perdón, nos abrazamos, y lloramos. ¿Será que de eso se trata ser y hacer familia? ¿por qué a ratos duele tanto? Me imagino que es porque en el dolor crecemos, nos acompañamos y aprendemos a ser empáticos. Porque en los momentos difíciles y reales se profundizan los lazos, porque después de las peleas aprendemos a reparar, querer y respetar. Hoy todos reparamos, y eso es algo que mis niños al menos aprenderán para la vida. Todos nos equivocamos y de eso aprendemos también.

¿Cuánto empujo a mis hijos a eso que creo que les hará bien? Sólo sé que tiene que ser negociable, acompañado, mirado y contenido desde lo que ellos necesitan también. Ese día todos podríamos haberlo hecho distinto, no les pregunté por ejemplo qué necesitaban de mi para ir a sus clases, quizás querían que los acompañara las dos horas de fútbol. Nos ganó la rabia y la frustración, sin embargo al menos nos sirvió como papás para cuestionarnos cómo todos lo haríamos distinto la siguiente vez, quizás nos equivoquemos de nuevo. ¡Y bueno de eso se trata la vida, la familia y el amor!

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¡COSAS DE HERMANOS!: NUESTRO NÚCLEO DE AMOR

No sé si es la edad o que cada día estoy más abierta a maravillarme y disfrutar las cosas pequeñas. En este minuto veo como mis tres hijos juegan fútbol entre ellos, la de 5, el de 9 y el de 11, me encanta porque es algo que pasa, sin embargo, a ratos se desarma. Nuestra relación con los hermanos es tan especial que se hace difícil de describir, por ese camino transitan un sin fin de emociones: cariño, enojo, amor incondicional, celos, frustración, rabia y alegrías. Es nuestro núcleo que nos ayuda más adelante a desenvolvernos en la vida, porque sin duda es aquí donde aprendemos y quizás, es sólo cuando crecemos y nos hacemos adultos, que valoramos a cada uno de nuestros hermanos, a esos que a ratos odiábamos en nuestra infancia, con los que quizás nunca conectamos y a esos con los que éramos más cercanos.  Es que la vida nos va enseñando que los hermanos son sólo una fuente de amor infinito, pero cuesta y requiere de tiempo para que esto pase. A veces incluso, nunca ocurre y las rencillas nos persiguen de por vida.

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Hoy miro a mis hijos y me pregunto ¿cómo logró fortalecer está hermandad? ¿cómo logró hacerlos mirarse y descubrirse a través de la relación que van construyendo entre ellos? Es un desafío diario que logren jugar y pasarlo bien los tres, sin dramas. Por eso hoy al verlos me maravillo y al mismo tiempo pienso si tendrán que llegar a la adultez para darse cuenta y vivir este amor incondicional o hay algo que yo pueda hacer para que eso ocurra. Como papás siempre queremos o deseamos profundamente que nuestros hijos se quieran, respeten y lleven bien. La realidad es que pelean, se excluyen y a veces se dicen cosas hirientes, para que al poco tiempo después se vuelvan a amar y jugar. Entonces ¿habrá una manera de hacer que está relación a pesar de las peleas y vaivenes de la vida sea una relación de amor y cariño infinito vivido y sentido por ellos? ¿lo sentirán así a pesar del sube y baja de esa relación? Quizás los mejor será enseñarles que esa es la base de toda relación y que el amor traspasa las peleas, los celos o las envidias. Además, que estas disminuyen en la medida que aprendemos a ver como el otro me suma y se hace indispensable en mi día a día. Tal vez enseñarles que no existe una relación perfecta es lo mejor que podemos entregarles como aprendizaje. Todos nos queremos y amamos a pesar de nuestras diferencias, tiempos y manera de querer.

Qué difícil es lidiar a ratos con sus peleas, sus emociones y conversarlas, intentar no caer en ser el árbitro del partido sino la mediadora de las emociones. La mayoría de las veces uno detiene estas peleas con un solo grito y los obliga a pedirse perdón y abrazarse, aunque sea forzado. Pensamos que es “lo que se debe hacer” “lo necesario”. Otras veces, con el cansancio del día en nuestras espaldas, solo optamos por un simple “que se maten”. No es fácil hacer algo distinto, mirar estas peleas como algo que quizás es mucho más profundo, y que ellos en su inmensa franqueza están tratando de transmitirnos y nosotros simplemente no logramos escuchar.  Lograr conectar para ver realmente cuál es el conflicto que existe entre ellos, es un desafío y se necesita de poder estar conectados con su mundo para que exista la oportunidad de poder hablar que es lo que les está pasando.

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Hace poco una amiga me contaba como su hija mayor, luego de varias peleas con su hermano pequeño, le había confesado que desde que él empezó a jugar con su otra hermana, se había sentido excluida, que le daba pena, que no lo quería y que deseaba que otro hermano naciera para que así todo volviera a ser como antes y pudiera jugar sin interrupciones con ella. Básicamente la solución para ella era simplemente sacar a su “hermano metido y hinchón” del medio. Se requiere de una gran conexión y relación para que nuestros hijos puedan abrir sus corazones y contarnos qué es lo que pasa realmente. Por sobre todo, se necesita poder uno como padres mirarlos como portadores de sus respuestas, su realidad y de todos esos sentimientos que los acompañan día a día y que nosotros en nuestro correr diario ni siquiera llegamos a dimensionarlo.

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Los hermanos son un “mini mundo” de aquello que nos tocará enfrentar en la vida y entonces ayudar a lidiar a nuestros hijos con estos conflictos es ayudarlos para la vida. No podemos arreglar un conflicto borrando a alguien o trayendo a un externo pensando que eso lo mejorará, como la increíble solución que había encontrado esta hija mayor. La solución está en poder generar diálogos entre ellos, en los que puedan pedirle explícitamente qué necesitan del otro y uno como mamá estar ahí atenta para velar porque esto vaya ocurriendo. En esta ocasión mi amiga los reunió a los tres, con el permiso de su hija mayor de abrir el tema. Ella pudo decirle a sus hermanos que necesitaba que no la excluyeran de los juegos, la del medio prometió a ayudar al “metido e hinchón” a dejarlo entrar y el chico prometió intentar siempre “llenar su corazoncito de amor al decirle que sí en cada juego”. Pudieron jugar esos días que vinieron los tres sin peleas, mientras mi amiga iba viendo cómo se sentía la mayor.

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Probablemente esto no es algo que podamos hacer en cada pelea, pero abramos los ojos y paremos las antenas. Si siempre son los mismos conflictos, algo están tratando de resolver nuestros hijos que no está resultando y entonces nosotros tendremos que ayudarlos a buscar nuevas soluciones o miradas.

Entonces vuelvo a maravillarme al verlos a los tres jugar juntos ¿cuánto durará? No sé ¿cuál es el mensaje que les quiero entregar como hermanos? Las relaciones son así: hay días buenos, malos, más o menos o muy buenos y en la base de esa unión siempre hay un amor incondicional de saber que el otro me quiere y estará ahí SIEMPRE. Somos distintos y eso no nos separa si nos respetamos en nuestras diferencias. Y por sobre todo quiero que sepan y entiendan que el amor no es exclusivo, “si tengo a un hermano sólo lo quiero a él y a los otros los dejo de lado” o  “mi mejor amiga es la única y exclusiva para mi”. Las relaciones son mucho más verdaderas y profundas en la medida que compartimos a esas personas que para nosotros son maravillosas. El amor alcanza para todos y permite que ese otro al que amo, pueda ser  feliz y nutrirse también de otras relaciones importantes. Cuidemos este “mini mundo” donde aprenden a relacionarse practicando una y mil veces en este núcleo central e incondicional, para poder luego volar al mundo real y generar lazos profundos, respetuosos y llenos de amor.

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SER PADRES INSPIRADORES

Cuando pienso en nosotros como padres, tengo la convicción que debemos ser modelo para nuestros hijos. Sin embargo, por momentos siento que me quedo corta en esa definición, porque me encantaría llegar a  ser una figura de inspiración para ellos. ¿Cómo logro ser modelo?, ¿cómo llegar a inspirarlos? La respuesta es sencilla, pero quizás mucho más profunda de lo que pensamos e imaginamos. Está claro que debemos comportarnos según lo que queremos que nuestros hijos aprendan. No vale solo el discurso, ya que éste no tiene consistencia por sí solo. Si nuestros niños escuchan una cosa, pero ven otra, obviamente no habrá claridad en lo que queremos trasmitir. Si creemos en valores profundos y queremos que estos sean parte de nuestra construcción familiar, debemos actuar de acuerdo a ellos.

¿Qué valores quiero enraizar en mis hijos?, ¿cuáles son aquellos conceptos profundos que serán la guía para cuando naufraguen por lo incierto?.  En realidad, ¿alguna vez nos hemos realizado esa pregunta o sólo vamos haciendo camino al andar…?

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Desde mi experiencia como madre, y también desde la familia que hemos querido formar con mi marido, ha sido un lindo desafío ir encontrando qué es lo que queremos entregarle a nuestros hijos. ¿En qué queremos apoyarnos? ¿qué valores sentimos que son fundamentales en este mundo? ¿qué buscamos que nos defina como familia y a ellos?. Uno como padre quiere entregarle a sus hijos infinitos valores, porque finalmente queremos que sean personas buenas y felices, pero la duda que permanece con esas buenas intenciones, es que si podremos entregarles todos esos valores, o más bien debemos elegir tres o cuatro fundamentales que serán los que nos definan como familia.

Nosotros hemos ido decidiendo y finalmente acordamos que serían cuatro los valores que definirán el camino de nuestros hijos en su futuro: respeto incondicional al otro ser humano, la humildad, la honestidad y el disfrute. Creemos que estos valores nos definen como pareja y personas, además de nacer de la historia familiar que cada uno trae en su mochila. En este camino, cada uno ha ido poniendo en la mesa respetuosamente todo eso que soñamos para ellos y hemos logrado una buena mezcla de nuestros sueños. Así de esta forma hemos comenzado a construir familia, además de ir consolidando dos conceptos que ya mencioné antes, como son: modelar e inspirar a nuestros hijos.

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Ahora nuestra tarea será transmitir estos valores que hemos elegido. ¿Qué debemos hacer en el día a día para lograrlo? Les quiero contar como nosotros vamos intentando vivir cada uno de estos valores. Por ejemplo, si para nosotros el respeto por el otro es fundamental, debería ser una persona que logre conectar con mis hijos, dejar las distracciones cuando me habla, no gritarles ni tratarlos con palabras destructivas, respetar sus intereses y sus gustos, y aceptar sus diferencias. Si quiero que sean honestos ante todo, debo ser un padre que no se excusa con mentiras, que no esconde lo que siente, que pide perdón cuando se equivoca. Si busco la humildad y sencillez, deberé vivirla en el día a día, poniendo el valor en los momentos y recuerdos, dando importancia a crear instancias de conexión familiar y generando ritos de amor, más que poniendo el ojo en lo material o lo accesorio. Por último, si queremos que el disfrute sea un valor importante, debemos dar espacio al humor, a las risas, poner el ojo en el proceso y no en las metas, mostrar el goce en las cosas sencillas de la vida y en eso que amamos hacer.

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¿Cuáles son sus valores como padres? Respeto, humildad, perseverancia, compromiso, responsabilidad, espiritualidad, empatía, solidaridad, honestidad, optimismo, gratitud, voluntad o paciencia. ¿Qué quieren grabar a fuego en sus hijos? ¿Lo han conversado entre ustedes? Todo está en darse el tiempo de descubrirlo, para luego ser coherentes y consistentes en aquello que queremos modelar. Y, lo más importante, no solo será reconocerlos, sino el decidir cómo queremos trasmitirlos. No sirve solo hablar de ellos, serán palabras vacías. Tenemos que ser modelo, pero más que nada, padres inspiradores.

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¿Inspirar? ¿no serán demasiadas las expectativas?… la verdad es que no!. Debemos convencernos que podemos ser figuras inspiradoras. ¿Cómo? es simple pensemos si  alguna vez un profesor, tío, amigo o abuelo nos inspiró en la transmisión de sus valores. La respuesta probablemente será sí. Todos hemos tenido a esa persona única y especial, que dejó grabado en nuestros corazones sus enseñanzas. Seguramente si nos ponemos a pensar en cómo fueron trasmitidos, lo más probable es que esas enseñanzas estén cargadas de actos y comportamientos significativos, conexión infinita de amor con esa persona, cariño incondicional y escucha activa hacia nosotros. En esa persona seguramente nos encontramos con esa luz, que siempre deseamos poder trasmitir en un futuro a nuestras personas significativas.

El desafío de ser inspiradores, sin duda, es grande. Sin embargo, pienso que si nos conectamos con entregarles valores importantes a nuestros hijos y logramos transmitirlos a través de actos, proyectando la enorme felicidad que implica hacer lo que te hace sentido, ellos pasarán a hacerlos suyos. En un ambiente de amor incondicional, escucha activa y conexión con nuestros hijos, estos valores serán siempre bienvenidos y llegarán a definirlos como adultos. ¿Un lindo desafío no creen?… comencemos a hablar de lo queremos construir y luego desde ahí, vamos inspirando en el camino.

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AÑO ESCOLAR: MANTENIENDO LA FELICIDAD DEL PRIMER DÍA

Después de varios meses de vacaciones de nuestros niños y algunas semanas nuestras, nos hemos encontrado con que esta vuelta a marzo y este mes se transforma en un aterrizaje forzoso a la realidad. Comienzan los compromisos, el trabajo empieza a andar mucho más rápido de lo que quisiéramos y nuestros hijos -al mismo tiempo- están volviendo a su ajuste, tanto o más que nosotros. Tienen que volver a levantarse temprano, estudiar e ir al colegio. Y quizás, a muchos de ellos la alegría de volver al colegio para a reencontrarse con sus amigos, les dura tan solo el primer día o la primera semana de clases. ¿Cómo lograr que este año se mantenga como ese primer día? ¿qué hacer para poner el ojo como papás en lo que es realmente importante y los hace felices en el proceso de aprendizaje?

No son preguntas fáciles. Nuestros hijos están en un sistema educacional que lleva décadas igual, y eso que nos enseñaban a nosotros, hoy siguen haciéndolo de la misma manera, quizás sólo con algunos pequeños y matizados cambios. ¿Cómo mantenerlos motivados al aprendizaje en un sistema que no los motiva? ¿cómo hacer que esa sensación de felicidad de ir al colegio durante el año perdure?.

El mundo ha cambiado y la manera que tienen de aprender nuestros hijos también. Hace poco vi en televisión a Tal Ben-Zhahar, precursor de la psicología positiva, reflexionando acerca de la educación y el sistema actual. El mismo se cuestionaba (al igual que yo) porque todo sigue idéntico que hace 30 años. Lo peor es que existen datos duros e investigaciones que entregan respuestas claras en torno a lo que nos genera felicidad y bienestar emocional. ¿Qué pasa en los colegios hoy en día que se ha abandonado lo más importante? ¿Qué pasa que aun sabiendo aquello que nos hace felices, el sistema educacional sigue enfocado en aquello que nos genera desilusión y frustración? ¿por qué nuestros hijos siguen sentados frente a un profesor dictando la materia si pueden aprender haciendo? ¿será realmente esa la mejor manera que tienen nuestros hijos de aproximarse al aprendizaje?

Están identificadas las dos cosas que nos entregan mayor bienestar emocional y felicidad. Una es nuestra capacidad de generar vínculos profundos y significativos; y la otra, es la gratitud, esa capacidad de poder agradecer día a día lo que tengo y lo que el otro me da. En el mismo sentido, está comprobado que lograr nuestras metas, sólo otorga una felicidad pasajera, que tiende a transformarse en desilusión cuando nos damos cuenta que eso que buscaba y que encontré, no me llevó a la felicidad que esperaba, sino más bien a la necesidad de ir aún más lejos. En ese momento, recién ahí, sí puedo llegar a ser feliz. La felicidad de esta forma, como lo pueden ver, nunca se alcanza.

Y entonces, si enfocarnos en el logro de metas más que en el proceso nos llena de desilusión ¿por qué seguimos otorgándole tanta importancia a la nota?  A ratos veo que el sistema educacional pone a sus alumnos en un lugar absolutamente pasivo frente al aprendizaje, como si ellos no pudieran ser los protagonistas, lo que tiende a aburrirlos al poco andar. La importancia se pone en la prueba y en enseñar para esa prueba. ¿Qué pasa con enseñar a agradecer por el proceso de aprendizaje? ¿a dar espacio para la curiosidad sin una nota de por medio? ¿Qué pasa que no ponemos énfasis en los vínculos que podemos formar en una sala de clases a través de un trabajo colaborativo e inclusivo y no en las notas que me tengo que sacar?.

Siempre me ha llamado la atención, por ejemplo, cuando veo como mis pacientes se enfrentan a un trabajo en grupo. Es tanta la importancia de la nota, que olvidan lo más importante, que finalmente es aprender a trabajar en equipo, obviamente además de aprender del tema que se está investigando. Entonces se subdividen el trabajo, coordinan por WhatsApp, y la mayoría de las veces, la más matea apreta al menos interesado y termina, o haciéndolo sola o corrigiendo todo lo que entregaron los demás. ¿En qué parte de este proceso aprendieron a trabajar en equipo? ¿a liderar? ¿a discutir si hay algo que no me parece? Lamentablemente, ese aprendizaje no existe y lo que es peor, tampoco es valorado por nosotros los adultos, que probablemente solo estaremos contentos con la entrega del trabajo y su nota, más allá de como este se gestó. Tengo pacientes, dispuestos a inventar enfermedades con tal de estudiar más para una prueba y así sacarse una buena nota. Se olvidan completamente que para lograr esa “mejor nota” tuvieron que mentir en el proceso y que la mentira daña las relaciones humanas, lo que es peor, incluso a veces nosotros como papás avalamos está mentira para que ellos puedan faltar y así rendir “más” o “mejor”. Me sigo preguntando ¿qué y cómo les estamos realmente enseñando a nuestros hijos? ¿a nuestros jóvenes? ¿la felicidad está en el éxito académico? ¿en el profesional?  ¿está en lograr tus objetivos sin importar el medio, sin importar el otro?.

Desde mi mirada – o mi sueño- poner el ojo en el proceso y no en la meta, es lo que nuestros hijos necesitan aprender de nosotros y ojalá del sistema educacional. Sería fantástico que el sistema los llevará a generar vínculos a través de un trabajo en equipo respetando las diferencias de cada ser humano.

Podemos enseñarle a nuestros hijos, como ellos tienen la oportunidad de elegir que los hará felices, pero entregándoles la respuesta científicamente comprobada de donde se encuentra ese bienestar emocional o felicidad. Piensen en ustedes mismos ¿qué es lo que los hace más felices? ¿qué los lleva a sentirse plenos? Segura, que la respuesta es: nuestros vínculos y en poder mirar y agradecer lo que tenemos. ¿por qué no enseñarles lo mismo a nuestros hijos? ¿por qué no enfocar la mirada en los logros durante el proceso, en el respeto a los vínculos y en agradecer lo aprendido y no en lo memorizado?

Se que muchos pensarán distinto a esta postura que planteo, dirán que la nota es necesaria para medir los aprendizajes y que las pruebas generan hábitos de estudio. Ante eso yo sólo les pregunto ¿qué los hace felices a ustedes? ¿cómo quieren transmitirles a sus hijos la importancia de la vida? ¿a qué quieren otorgarle importancia en el proceso de aprendizaje para que sus hijos realmente disfruten este camino largo de la educación? Finalmente ¿qué necesitan nuestros hijos de nosotros y del sistema educacional para DISFRUTAR APRENDIENDO?

Para mí el mensaje es claro: “esfuérzate y disfruta mientras aprendes, genera lazos profundos y significativos con los que te rodean, aprovecha y aprende de las diferencias, respeta al que puede y ayuda al que no puede tanto y da gracias todos los días por esas pequeñas cosas que hicieron de tu día, un día mejor. La nota no me importa y espero que tú puedas medir tu felicidad sin que ella sea una variable en esta ecuación de lo que es la vida y la felicidad.  Disfruta el colegio y todo lo que puedas aprender de él y de las personas que te rodean. Sé feliz agradeciendo del proceso y no de la meta … que a veces nunca llega.”

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EL INMENSO VALOR DE ESPERAR MENOS Y PEDIR MÁS

¿Cuántas veces nos vemos enfrentados a la frustración o decepción de que nuestra amiga, pareja o hijo no hizo lo que yo esperaba? Vivimos esperando que los otros cumplan con aquello que imaginamos o con lo que necesitamos, pero que poco nos dedicamos a pedir eso que queremos, esperamos o soñamos. Es como que si por pedirlo y hacerlo explícito, el acto perdiera todo tipo de valor cuando el otro finalmente se decide a hacerlo.

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Innumerables son las veces que he visto a mis adolescentes en la consulta, a sus padres o parejas, pasar una y otra vez por la decepción de que el otro no hace lo que espero. Frases como: “…pero si ellas saben que tienen que preguntarme cómo estoy si me ven mal… ¿no es obvio?“, “…pero si él sabe que tiene que portarse bien en el colegio y hacer sus tareas…”, “… sabe que necesito ayuda en la casa…no necesito decírselo“, y así podría continuar eternamente. Nos vamos transformando en seres decepcionados de las relaciones que tenemos, desilusionados de aquellos que en teoría nos quieren y enrabiados de sentir que esos que más me aman no me entregan lo que yo espero, lo que necesito, lo que “ellos saben”. pero en realidad NO lo saben. Nos vamos sumergiendo en un círculo vicioso, que nos aísla, entrampa  e incomunica: con nuestra pareja, hijos o amigas. Empezamos a sentirnos poco queridos, menos entendidos, y muy solos en este mundo, en el cual sentimos que damos el máximo por el otro, pero ellos apenas  dan su mínimo por mí.

¿Será realmente tan así? ¿O será que ese mínimo para mí, es el máximo del otro? ¿Quizás el otro debe poseer poderes mágicos que lo hagan adivinar lo que necesito? ¿Será realmente que no me quieren, no me ven y no me valoran? ¿Cuántas veces hacemos explícitas nuestras necesidades? Mi experiencia en la consulta, y al escuchar a la gente que quiero y me rodea, en la mayoría de los casos me encuentro con personas que no piden, no dicen y no muestran lo que necesitan, eso que las hace felices o tristes o  lo que las hace sentirse queridas. Es en ese momento cuando se produce un entrampe y quiebre comunicacional que solo complejiza las relaciones, les quita profundidad y nos distancian del otro.

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¿Por qué dejamos de valorar eso que el otro hace, si se lo pido explícitamente? ¿Por qué carece de valor si lo hizo, después de que ya se lo pedí? Cada vez que pedimos y recibimos es exactamente el mismo regalo que cuando no lo decimos. Quizás cuando nos sorprenden, esa acción inesperada pasa a tener una mayor carga de emoción y felicidad, pero no por eso, recibir pidiendo carece de valor. Cuando demando y soy escuchada, ya es un regalo, cuando pido y soy explícita con lo que necesito, también  es un regalo para el otro, que puede conocerme y leerme en eso que me hace falta. ¿Por qué no regalarnos más transparencia en las relaciones? ¿Por qué no hacernos el regalo de pedir y ser escuchado? Cuando el otro escucha y decide darme eso que pido, es tanto o más valorado, que cuando no lo he pedido, porque esa persona se detuvo, conectó conmigo, me escuchó activamente, me entendió y me dió eso que tanto necesitaba.

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No entrampemos nuestras relaciones con expectativas irreales.  En esperar que el otro dé solo porque yo doy, en que dé lo mismo que yo estoy dando. La realidad es que todos somos distintos y eso que yo doy no siempre es lo que recibo, y eso que yo espero no es lo mismo que el otro puede darme. ¿Qué pasaría si aprendiéramos a ser más explícitos con nuestras necesidades? Estoy segura que desde el cariño incondicional que hay puesta en cada una de nuestras relaciones, eso que espero y pido finalmente se haría realidad.

Aprendamos a sentirnos queridos por todos esos gestos que hace el otro: mirarme, escucharme, detenerse, conectar, regalar, darme espacio y también cuando me da eso que pido. Dejemos de quejarnos por eso que el otro no hace porque no adivina y comencemos a pedir, abiertos a que el otro pueda darnos o no, eso que necesitamos…. y si decide darlo…no olvidemos que eso también posee un tremendo valor.

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Solo si logramos ser más explícitos, y dispuestos a recibir pidiendo, conseguiremos sentirnos queridos y acompañados en esta vida. Seamos menos exigentes con el resto y con nosotros mismos. Si necesito que mi hijo adolescente me salude cuando llega a la casa, que mi marido me ayude más en las tareas diarias, que nuestra señora nos dé tiempo solos, o simplemente si queremos que nuestros papás nos escuchen y acepten como somos… ¡PIDAMÓSLO! abiertamente y de corazón, explicándole al otro por qué es tan importante para mí. Y si eso llega… por favor no le quitemos el mérito! Valorémoslo aún más!

Me gustaría que nos pusiéramos el desafío de empezar a esperar menos y pedir más….¿Cuánto eso nos acercaría al otro?….no somos adivinos, lo que necesitas tu es distinto de lo que necesito yo… pide más…espera menos.

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MIS HIJOS TAMBIÉN NECESITAN INCLUSIÓN

Tengo emociones confusas al escribir esta columna… Y además es segunda vez que intento escribirla… Son tantas las emociones, que no sé como hacer para no traspasarlas al que lee sin caer en malas interpretaciones. Hace ya dos semanas tengo ganas de escribir sobre inclusión. Esto desde que varias mamás de niños con necesidades especiales comenzaron a levantar la voz. En este último tiempo se creó el movimiento #unaescuelaparatodos el cual apoyé explícitamente a través de un vídeo en Instagram. ¿Por qué sigo escribiendo de esto si ya hice un vídeo? Bueno, porque siempre he dicho que creo que escribo mucho mejor de lo que hablo, y entonces plasmar mis ideas en un papel es poder decirlas para mi en voz alta.

¿Por qué hablar de inclusión me genera tantas emociones? ¿Qué pasa conmigo cuando este tema entra en mi cabeza? Podría decir que mi primera emoción es miedo a hablar, temor a tomar la voz de madres con hijos con necesidades especiales, cuando yo no soy una de ellas. Miedo a hablar sin saber, a intentar plasmar ideas sin haber recorrido ese camino. ¿Por qué me atrevo ahora a hablar? Porque me di cuenta que no quiero usar la voz de esas mamás, porque ellas tienen su propia voz para gritar y mostrar lo que sienten. Hoy decido tomar mi propia voz y hablar de mis hijos y de lo que ellos, yo y nosotros como familia necesitamos.

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Soy una convencida, que tener un niño con necesidades especiales en la sala de clase los hará personas diferentes, los hará crecer y mirar el mundo desde otra vereda. Tengo una prima con necesidades especiales, tiene 29 años a pesar que dijeron que no llegaría a los 9 años. Quiero contarles la reacción de mi hijo cuando la conoció. Primero me hizo muchas preguntas sobre lo que le había pasado, por qué estaba así, qué podía hacer y qué no. Después me dijo que le daba mucha pena porque no podía hacer las cosas que a él le gustaban. Entonces le expliqué que ella disfrutaba de otras cosas que también la hacían feliz. Quedó muy afectado luego de conocerla.

El camino de mi tía ha sido duro, pero hoy quiero hablar de lo difícil que fue para mí aceptar o entender la reacción de mi hijo. ¿Por qué no pudo interactuar más con ella? ¿por qué no se acercó a abrazarla? ¿qué pasó que sólo le dio pena y no pudo conectar también con las alegrías de mi prima?. Después de varios meses, en una conversación de él con un amiguito en mi auto, le contaba que lo más triste que le había tocado era conocer a la Maca, así se llama mi prima, así le relató que ella no podía caminar, hablar, jugar y que eso le daba mucha pena. Yo escuchaba enternecida por un lado, porque mi hijo era capaz de empatizar con el dolor del otro, y con mucha pena por otro lado de pensar que este había sido su único acercamiento a la diferencia en sus 9 años de edad. ¿Por qué nunca había visto esta realidad? ¿qué pasa que el colegio finalmente se transforma en una burbuja de niños y vidas “normales”? ¿por qué nunca pudo acercarse a otras realidades y esta fue la primera? ¿Cómo le habría enseñado a interactuar distinto si hubiera estado cerca de la diferencia desde pequeño?.

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Hoy decido escribir, porque creo que mis hijos necesitan inclusión, ellos necesitan vivir y tocar otras realidades que no sea sólo la suya, por cuanto soy una convencida que mirar al otro en sus necesidades y poder empatizar con ellas te hace una persona más humilde, generosa, asertiva y empática. De mis hijos no espero grandes profesionales, con buenas notas y muchos diplomas, de mis hijos por sobre todo espero sean buenas personas… y hoy creo, sus colegios no les están enseñando eso. Porque el que es diferente, o se porta mal o tiene necesidades especiales no tiene un espacio ahí. ¿Por qué? Porque simplemente no cumple con los estándares de lo “esperado”. No puedo dejar de recordar a un querido paciente de tan sólo 10 años, que al comenzar a mostrar conductas más disruptivas en el colegio, dado su diagnóstico de trastorno del desarrollo cancelaron su matrícula. El colegio no estaba “preparado para recibirlo” y lo que es peor, todos sus compañeros entendieron que estaba “bien” que se fuera porque él era “diferente” y necesitaba “otro tipo de colegio”. Pena, frustración, rabia.

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Solo puedo darme cuenta que este sistema algo perverso, le está enseñando a mis hijos que si eres distinto no hay espacio para ti en este mundo, que esa persona diferente está en los rincones, en sus piezas, en “otros colegios”… segregados… lejos mío, lejos tuyo, lejos de nuestra realidad. ¿Y entonces cómo le enseño a mi hijo de respeto, humildad, generosidad, empatía, asertividad y diversidad si todos son “iguales” y sólo están preocupados de sacarse los ojos por ser los mejores?.

Mientras escribo, del miedo paso a la rabia y el enojo que me produce que un sistema y un país avale esto. ¿Por qué seguimos hablando de inclusión cuando en realidad esto no debería ser un tema? ¿por qué seguir peleando por algo que es un derecho?. Creo que no sólo le estamos quitando el derecho de educación a los niños con necesidades especiales, sino también le estamos quitando el derecho a nuestros hijos de aprender de ellos y con ellos. La vida es diversidad, todos tenemos distintas capacidades y habilidades, y todas ellas brillan en el contacto con el otro….¿Cuánto nos estamos perdiendo al desconectar a todos estos niños de nuestros hijos? Para mi son infinitas las posibilidades y oportunidades perdidas, y entonces me parece injusto desde donde se le mire.

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Y es aquí donde me viene la pena y frustración, pena de estar escribiendo esto y tener que visibilizar algo que no deberíamos estar siquiera mostrando. Como escuché alguna vez por ahí, de la inclusión no se habla, se vive y se hace.

Soy una convencida que el sistema educacional tiene que cambiar, la experiencia de la diversidad hay que vivirla, sentirla, abrazarla para poder hacer algo distinto. Si nuestros hijos no pueden siquiera ver esa realidad en sus salas de clases o en sus compañeros de colegio, entonces obligan a todos esos niños con necesidades especiales a quedar invisibles frente al mundo….¿y cómo aprenden mis niños a abrazar y amar a alguien con necesidades especiales si no están? ¿cómo mis hijos aprenderán a no sentir pena por ese niño “distinto” si no lo han visto reír en sus salas, aprender o si no se han sentado jamás a conversar o conectar con ellos? ¿cómo lograrán mirar que también son felices, tienen penas, rabias y miedos igual que ellos?. Difícil tarea enseñarles a nuestros hijos sin la posibilidad de la cercanía a esa realidad, es como querer aprender a hablar inglés en un país donde no existe el idioma.

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Miedo, rabia, frustración y pena, todo eso me provoca escribir estas líneas, también esperanza y fe de que ésto puede cambiar alzando nuestras voces. Me encantaría tener un país más inclusivo, donde ésto no fuera tema, en el que todos pudieran ir al colegio y eso se diera como un derecho real, no solo en el papel. Me encantaría vivir en un país donde no existieran los cupos de integración, sino que las puertas estuvieran abiertas a la diferencia, porque de la diversidad también aprendemos. Nuestros hijos no sólo necesitan aprender matemáticas, castellano, historia y arte… Nuestros hijos necesitan tocar la vida, y con mucha pena me doy cuenta y creo que sólo están tocando una parte de ella…esperanzada espero que esto cambie…y la toquen por completo.

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Insisto: la inclusión la necesitamos todos, mis hijos, tus hijos, nosotros como papás y nuestra sociedad. Y ojalá ya no hablemos más de inclusión y empecemos a hacer algo por ella y podamos empezar a hablar de sana convivencia, de VIDA.

María José Lacámara – Conoce más AQUI

joselacamara@gmail.com

Instagram: @joselacamarapsicologa

 

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¡¡¡VACACIONES… AL FIN!!!… ¿O NO?

Una querida amiga le dice “cansanciones“… Que gran nombre, es justo lo que buscaba; ¿no les pasa que cuando esas ansiadas vacaciones llegan, no son lo que esperaban? La mayoría de las veces son tan altas las expectativas que ponemos a momentos especiales que, sin duda, nunca llegan a cumplirse. Esas vacaciones soñadas, terminan estrellándose y convirtiéndose en un sueño frustrado. ¿Cuánta realidad sumamos a nuestras expectativas?, ¿qué pasa que creemos que mágicamente en las vacaciones todo será “perfecto”? ¿existe definitivamente lo perfecto?

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Siempre esperamos tanto este preciado momento del año, en que por fin queremos poner la mente en modo avión y el espíritu en Zen. Sin embargo, esto nos impide conectarnos con el hecho que las vacaciones son más de lo mismo de todos los días, a menos que nos propongamos conscientemente cambiar algo de eso que hacemos siempre. Las dinámicas familiares son las mismas, las peleas entre hermanos siguen, ponerse de acuerdo en qué comer y cuándo no es fácil, los niños parecen más cansados que descansados y nosotros más rabiosos que contentos. Poco a poco uno empieza a extrañar la rutina de mandarlos al colegio, hacer tareas, ir al trabajo, y conectarse a ratos, y sólo a ratos, con ellos durante el día. Pareciera ser que en estas cansaciones no da como una “sobredosis familiar”.

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Al menos yo, presa de esta sobredosis familiar, me he dado cuenta de dos cosas importantes. Una es descubrir y pensar lo poco acostumbrados que estamos a convivir con nuestros niños, el escaso tiempo real les dedicamos en el día a día y que siempre insuficiente tolerancia que tenemos a conectarnos con ellos como lo que son: niños. Ellos que lo pasan bien moviéndose, saltando, jugando, riendo, gritando, bailando, peleando y haciendo tonteras. Me doy cuenta también de cuánto les exigimos día a día comportarse como adultos, que reflexionen, se controlen, piensen y escuchen… incluso en vacaciones. El otro día escuche a un humorista decir que los niños reían 100 veces al día, mientras que los adultos solo 18. No estoy tan segura de lo real la cifra, pero al menos solo pensarla me produjo tristeza…. ¿por qué necesitamos que se transformen en adultos? ¿cuánto podemos tolerar que sean niños y estén contentos siéndolo? ¿Qué necesitamos nosotros como papás para poder darles más libertad y estar tranquilos y felices con eso?

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Por otro lado, pienso inevitablemente como todos vivimos en una sociedad que tiende a mostrar y mirar sólo lo bueno, y para eso tenemos una plataforma ideal para hacerlo, como son las redes sociales. Que difícil se nos ha hecho conectarnos con lo real, lo imperfecto, lo cotidiano y lo que finalmente somos. Hoy me encuentro en un viaje planeado hace un año: maravilloso, soñado, y todos los calificativos que caben para esta instancia, pero no puedo dejar de compartirles un poco de realidad.

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A esta mamá “psicóloga” no le sale todo perfecto y a esta familia “ideal” le pasan cosas reales. En este tiempo, hemos tenido peleas, anécdotas, risas, enojos, llantos, y mucha, pero mucha sintonía… porque ella no sólo está en las fotos perfectas de Instagram o Facebook, sino también en los momentos complejos que no salen en las redes, en las peleas y en cómo las vamos resolviendo. Por ejemplo, en qué hacemos cuando llueve a cántaros con 3 niños que duermen, esperando los fuegos artificiales del año nuevo; cómo lidiamos con el enojo de esperar a todo sol al que se le olvidaron las tarjetas para subirse al bus; en cómo logramos congeniar las mañas y sentarnos a comer todos felices. No puedo negar que a ratos los he dejado poco ser niños, que me gana el cansancio y que todo lo que publico en las redes es SOLO una parte de la realidad. A ratos también ansío estar sentada en mi consulta con mis amados pacientes o en el banquito de mi plaza conversando con mis amigas. Y me doy cuenta, como siempre que estamos en una parte queremos estar en otra, que poco nos permite esto disfrutar del día a día y cada instancia que nos regala la vida. Es ahí cuando intento cambiar de nuevo el switch.

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¿Qué hacemos entonces para que esas vacaciones soñadas no sean sólo frustración o cansancio?, ¿cómo reponerse a lo amargo y lo cotidiano? Primero que todo: seamos realistas, porque en estas vacaciones habrá de todo y de eso también se trata. Podemos intentar buscar la modalidad Zen que a ratos aparece, pero cuando no aparezca, que tampoco nos torture la culpa. Busquemos eso que necesitamos para nosotros también: leer un libro, tener una hora para escribir o dormir una siesta en la playa. Deleguemos y dividamos las tareas, saber leer nuestro cansancio y pedir ayuda. Dejemos de intentar que nuestros niños se comporten como adultos y démonos la oportunidad de nosotros comportarnos como niños también. Toleremos más momentos de gritos y juegos inocentes poco soportables. Riámonos juntos de las tonteras que inventan. Agradezcamos cada intento que hacen por ayudarnos y seamos explícitos en pedirles a ellos que es lo que necesitamos que hagan. Enfrentemos los malos ratos, y si tenemos ganas de que vuelva marzo, en algún minuto de las vacaciones, pensemos en todo lo que esperamos para que llegará este momento y ahí, en ese instante, tomemos la decisión de hacer algo distinto, cualquier cosa que los lleve a ustedes y a ellos como niños al disfrute.

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¿Por qué escribo ahora? ¿En mis vacaciones? ¿En mi viaje soñado? Primero que nada, porque es mi escape, mi motor y mi minuto de desintoxicación de esta sobredosis familiar. Además, porque creo, en algún rincón oculto de mi corazón, que se sentirán identificados y entonces quizás puedo aportarles algo de realidad y mirar las vacaciones sin tanto idealismo (vacaciones soñadas) o pesimismo (cansaciones). Definitivamente creo que puedo aportarles en mirar esta instancia de manera distinta, sumándole un poco de cabeza e intentando hacer algo diferente que ayude a aumentar ese disfrute en cada uno de los que integran tu familia.

Perdón si les rompí la ilusión de las vacaciones perfectas, pero quizás es mejor ser realistas, que encontrarnos con eso que no queríamos y entonces poner todo ese peso de negatividad y frustración en nuestros hijos, que también ansiaban sus vacaciones, pero como niños.

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Por mi parte, seguiré en mi viaje, soñado y esperado, real y verdadero, lejos de ser perfecto, pero no por eso, menos maravilloso. Espero no tener que “querer” que llegue marzo, para así poder disfrutar cada momento, el que venga: bueno, malo o más o menos…. al final de eso se trata la vida y eso también son las vacaciones: dentro de toda imperfección agradecida.

María José Lacámara – Conoce más AQUI

joselacamara@gmail.com

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2019: SOLO HAZLO

¿Nos les pasa que cuando piensan en lo que han logrado año tras año, se sorprenden de ustedes mismos?. Al menos a mi me pasa que al mirar mi adolescencia rebelde, desordenada y dispersa, tiendo a asombrarme de los logros. ¿Será que fue la edad?, definitivamente estoy más vieja. ¿En qué minuto cambié el switch y empecé a creer en mí?.

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Salí del colegio con el cartel de floja y buena pa´ la conversa. Sólo un profesor, en toda mi historia escolar, logró descubrir algún talento oculto por ahí en las letras y me lo incentivó día tras día. En III y IV medio quería estudiar literatura o psicología, era fácil: me gustaba escribir y por otro lado me encantaba estar en contacto con el otro, casi siempre resolviendo los problemas de quien se me pusiera al frente. Tenía la capacidad de escuchar y contener, y las personas innatamente terminaban buscando mi compañía, algo que me hacía sentir útil, capaz y feliz. Finalmente decidí psicología, porque algunos de los adultos que me rodeaban no veían un futuro auspicioso en letras y definitivamente yo no quería ser profe de lenguaje (con todo el inmenso respeto al trabajo que hacen día a día en el aula) a mi me parecía tremendamente desgastador. Sólo soñaba con ser una gran escritora y algún día ver mis libros publicados…. pero desde la visión “realista” del adulto… eso era un imposible.

Analizo mi 2018 y veo sólo ganancias ¿Cómo lo analizan ustedes? ¿que ven?. Cerrar un año implica poder mirarlo y ver que quiero mantener y en que me quiero desafiar. Por mi parte, me he dado cuenta que, cada vez me atrevo más a salir de mi zona de confort y, probablemente, es sólo eso lo me ha ayudado a creer en mí, a sacarme el cartel de floja, a apropiarme de mis talentos y, por primera vez, confiar en ellos. También algunas personas me han ayudado en eso, ellas se han tomado el tiempo de acompañarme en este proceso. Además, están todos esos comentarios maravillosos en redes sociales que me cuentan cómo lo que escribo abre una ventanita de reflexión o cambio. Así, hoy puedo afirmar que si en mi adolescencia me topé con personas demasiado realistas… hoy los soñadores me ayudan a crecer en todo el sentido de la palabra… a soñar con que puedo lograr grandes cosas y que puedo lanzarme al vacío y volar… porque ahora sí y estoy segura, tengo alas.

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¿Qué nos impide conectarnos con nuestros sueños? ¿qué hace que perdamos la confianza en nosotros mismos? ¿por qué no somos capaces de ver nuestros talentos y sacarles brillo? Vivimos en un mundo donde la realidad “manda” y el que sueña muchas veces se estrella, y tenemos tanto miedo a caernos y fracasar que muchos se quedan estancados en el pensar. Analizar las innumerables variables, imprevistos, problemas y opiniones contrarias, nos hace finalmente no atrevernos a hacer nada… ¿Por qué?… Porque podría equivocarme y entonces fracasar. En una de mis últimas sesiones con una paciente de 28 años, ella me preguntó si yo a su edad tenía claro mi sueño y dónde quería llegar en mi vida. Me sorprendí con la pregunta, y al mirar atrás sólo pude responderle que no. Le expliqué que mí vida se ha ido construyendo poco a poco, que el camino nunca fue recto y que en ese trayecto pensé virar miles de veces. Me caí, busqué donde no me gustó, estudié mucho más de lo que pensé, trabajé en distintos ámbitos, y siempre pensé que lo profesional sería un segundo plano… probablemente me tenía tan poca fe, como ella hoy a sus 28.

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La realidad es que siempre estamos buscando nuestra flor de los cuatro vientos que pueda mostrarnos el norte, pero sin duda el camino no será recto, ni fácil. En la vida construimos desde lo que vamos soñando y por sobretodo desde nuestra valentía para tomar decisiones y seguir eso que el estómago o una mente “soñadora” nos muestra. Quizás no sea el camino más directo, pero estoy segura que si hay disfrute y un significado y convencimiento profundo en lo que hago, llegaré más allá de lo que nunca imaginé.

La vida no es un plan perfecto y la verdad es que está lejos de serlo. Mientras más te adhieres a ese plan, pierdes flexibilidad, oportunidades, goce, piensas demasiado y, en ese preciso momento, aparece el miedo. Siempre imaginas atreverte, pero ¿qué pasa si sale mal? entonces pierdes espontaneidad, brillo y, finalmente, te quedas pensando cómo sería ese plan perfecto. El problema es que de tanto pensar, ese plan deja de existir. La vida, más que un plan perfecto, es un mapa con distintas rutas que cambian y nos dirigen a lugares que quizás no imaginamos, de nosotros depende elegir cada ruta y no quedarnos en el mismo lugar.

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¿Qué he aprendido? que hay que atreverse, hay que confiar en uno y en el universo, hay que conectarse con eso que te genera disfrute y hacerlo más. La vida no tiene un plan, sino que tu vas haciendo camino mientras avanzas o a veces retrocedes. Sin duda con las equivocaciones creces y entonces para mi no existe el fracaso. Pero lo trascendente en todo esto es que siempre, pero siempre, tienes que perseguir tus sueños, porque estoy segura que sólo así llegarán.

¿Y entonces cómo descubrimos y hacemos brillar nuestros talentos? Pensemos menos y hagamos más. Son miles de inseguridades y dudas las que nos entrampan, la mayoría de las veces es MIEDO…..si sólo pudiéramos soltar, confiar y disfrutar, estaríamos haciendo eso que soñamos y no pensando en que pasará si lo hago.

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Para empezar este 2019, logremos reflexionar sobre nuestros talentos y qué estamos haciendo con ellos. Y después de pensar eso: Sólo Hagámoslo!! Atrevámonos y crezcamos en eso que nos hace bien y que además sentimos que sabemos hacer. No hay plan perfecto… Sólo existe tu propio plan, escúchalo y en este 2019 ponlo en marcha: ¡Hazlo!.

María José Lacámara – Conoce más AQUI

joselacamara@gmail.com

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