Enamorados – En amor de a dos (*)

Todos quienes hayan tenido alguna relación duradera en su vida, ya sea convivencia o matrimonio, saben que en todas las relaciones uno pasa por etapas críticas en las que le gustaría mandar todo a la punta del cerro. Momentos en los que el miedo te invade y te haces miles de preguntas por segundo para lograr responderte si es que debes seguir con esa persona o no.

Lo cierto es que en el amor hay que saber vivir siempre con la incertidumbre, ya que nunca sabrás si existe alguien mejor. Sería ideal que existiera una especie de “test del enamoramiento” tal como el test de embarazo, donde uno pueda poner un poco de saliva y te indique si estás o no enamorada. Nos ahorraríamos un montón de problemas por el simple hecho de que un aparato marcó positivo en el test de amor.

Pero como no existe porque no se puede medir el amor, tenemos que hacer un trabajo un poco más profundo y conectarnos con nuestro ser esencial. Poder atravesar la barrera mental y conectarnos con el corazón para poder escuchar qué nos dice el cuerpo. Poder ser tú misma, sentirse bien, feliz, amada, respetada y reconocida la mayor parte del tiempo, independiente de los problemas, son algunos de las preguntas que debes hacerte a ti misma para saber si lo que sientes es amor real y del bueno.

Este es el camino consciente del cual no muchos se hacen cargo porque hay un fenómeno bien raro cuando elegimos a nuestras parejas. Resulta que al principio todo es adrenalina y oxitocina al cuadrado. Recibes un mensaje y todas las hormonas de tu cuerpo están bailando. Te llaman y tus mejillas se tornan de color rojo automáticamente. Lo ves (o vas a un lugar donde sabes que va a estar) y los niveles de endorfina en el cuerpo aumentan. Y no lo digo por decirlo, en Estados Unidos se han realizado estudios donde se ha demostrado que el período de enamoramiento (en términos biológicos, es decir mayor producción y liberación de las hormonas mencionadas) dura sólo 100 días (3 meses y medio aproximadamente).

Luego todo va volviendo a la normalidad lentamente hasta que llega un período de estancamiento donde vienen las primeras peleas, porque lo que antes no nos molestaba (porque nuestro cuerpo estaba invadido de amor) ahora nos molesta. Acá por lo general vienen los primeros enfrentamientos y se activan los patrones relacionales en torno a las discusiones: cómo discutimos, cómo nos comunicamos, cómo escuchamos, subimos el tono, gritamos, nos insultamos, etc.

Y acá comienza la prueba de fuego para todas las parejas porque sin saberlo se activan nuestros mecanismos de defensa que hemos ido incorporando a lo largo de nuestras vidas y todas las alternativas son posibles. Evitar el conflicto, reprimirlo, disociarnos (desde mi punto de vista creo que acá entra la infidelidad), proyectarlo en el otro, racionalizarlo, etc.

Poder ir superando estas crisis desde el amor, la conversación, la paciencia (PAZ y CIENCIA), respetar los tiempos y entender que el otro procesa de distinta manera, permitirle su espacio y exigir el tuyo, poder decantar, no hablar con rabia, no herir para alimentar el ego, sino que habitar un espacio de vulnerabilidad donde abro mi corazón y desde ahí acepto mis errores y puedo plantear mi molestia con dulzura. Suena utópico, sí. Pero se puede. Para mí acá reside la clave de todas las parejas, aprender a pelear bonito para crecer y brillar luego de cada tormenta.

Si esto no te nace, si sientes que haces o te hacen más daño del amor que te entregan, si no logras conectar, si dejas de ser tú y te ves convertida en una persona que no te gusta ser, creo que hay que hacerse nuevamente las preguntas.

Es tan delgada la línea entre comodidad, enamoramiento, calentura y obsesión que cuesta diferenciar en cual de esos 4 estados uno se encuentra. Si ese es tu caso, no dudes en conversar con tus amigas o pedir hora a un terapeuta. Tenemos que abrirnos a la cultura de la terapia, entender que no hay que esperar a estar mal, herida, decepcionada o deprimida para pedir ayuda de un profesional. A veces puedes ir unas cuantas sesiones si estas confundida y luego seguir caminando sola. O ir con tu pareja cuando sientan que no logran llegar a acuerdo respecto de un tema en particular, no significa que están mal como pareja, simplemente decidieron exponerse ante otro que actúa como traductor del síntoma de la pareja y el malestar de cada uno.

No es fácil estar en pareja. No es fácil atravesar crisis. No es fácil diferenciar cuando una relación te hace daño. No, no es fácil y es por esto mismo que debemos perderle el miedo a la terapia, y abrirnos a la posibilidad de que un tercero nos ayude a entender en el lugar en el que estamos y los caminos que tenemos por delante.

 

(*) Juego de palabras original de Alfonso Casas

Michelle_PollmannMichelle Pollmann Román

Directora de Centro Al Alma

Psicóloga Clínica
Postítulo Psicoterapia Psicoanalítica
Terapeuta de Pareja
Sexóloga en formación

 

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El Clavo Oxidado y la Biophotónica

Hace aproximadamente un año atrás escribí lo siguiente:

“En estos meses he reafirmado, que no hay que darse por vencido. En eso, el deporte ha sido parte de mis lecciones de vida. Sí, el deporte como gran escuela de aprendizaje acerca de triunfos y derrotas, de sobreponerse a la adversidad, el enfrentar a los mejores, de pensar en equipo y no sólo en la fortaleza aislada. Si realmente aprendes de todo ello, te hace desarrollar la fortaleza y el tesón del clavo corroído, el que incluso viejo y mal herido, puede volver a ser clavo”.

Un primo me respondió con una pregunta “¿es decir, un clavo saca a otro clavo, aunque esté viejo, corroído y doblado”?

No tuve alternativa en buscar una respuesta creativa:

“No necesariamente: simplemente expone el clavo oxidado a vinagre de manzana toda una noche. Luego rasca y elimina el óxido en la mañana. Sorprendentemente el acero va a reaparecer en el clavo, con menos sustancia esencial, pero útil como clavo. Con los seres humanos puede suceder lo mismo, claro, no sólo con vinagre de manzana”

Mi primo replicó pidiendo aclaración, ya que quería saber en qué debe remojarse al ser humano para lograr ese efecto, a lo cual con carcajada incluida respondí que debía ser mnemotécnico.

Hoy, puedo decir algo bastante concreto al respecto, ya que se trata de mi propia experiencia de los últimos tres años, la cual no deja de sorprenderme. No es justamente “remojar”, sino de alguna manera “iluminar”. Quizás resulte algo largo y a ratos “técnico” y “latero” el relato, pero estimo que hay detalles que debo exponer:

En algo más de tres años, este es mi resumen de visitas multidisciplinarias dentro de la medicina alopática, circunscrito a una dolencia broncopulmonar:

  • 15 radiografías del tórax (las 7 últimas entre junio 2016 y enero 2017 (todas por urgencias)
  • 5 scanner de tórax, 6 espirometrías, más de 30 exámenes de sangre desde lo más conocido como hemograma y perfil bioquímico, hasta Inmunoglobulina tipo E (IgE) total y determinación de IgE específicas.
  • test cutáneos para determinación de alergias, test de fracción óxido nítrico exhalado, test de marcha, ecocardiografía transtorácica, ECGs,
  • 2 hospitalizaciones de una semana c/u (y eso que a una tercera me negué, a riesgo propio, firmando el documento correspondiente), 10 visitas a urgencia y un número de visitas por consultas médicas que perdí la cuenta, con especialistas broncopulmonares, otorrinolaringólogos, inmunólogos.

¡Que aburrido! Pero debo mostrarles la dimensión.

En eso he andado desde junio del año 2014 hasta marzo 2017. Las crisis de diversa seriedad que se suscitaron desde entonces, algunas fueron claramente de alto riesgo, una con resucitación incluida.

Detonado por más de una neumonía con hospitalización forzada incluida, en el año 2014 el diagnóstico de los médicos especialistas en enfermedades broncopulmonares era EPOC  (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica), así como un enfisema de predominio paraseptal. Este último, era evaluado como leve y si dejaba de fumar, no debía traer demasiadas complicaciones. No así la EPOC, que supuestamente no es reversible, pero aunque no era evaluado como muy grave por los médicos, era más que aconsejable detener su evolución: dejar el cigarrillo y utilizar una buena batería de inhaladores. Dejé el cigarrillo. Presentaba tos permanente, a veces con y otras sin flema, con ataques agotadores que me llevaban incluso a un desgarro abdominal lateral y la aparente fisuración de una costilla. Sentía más fatiga tras jornadas laborales, a veces incluso durante. Las infecciones respiratorias aumentaron dramáticamente, el ánimo caía y simultáneamente la carga laboral crecía. El deporte que ya lo traía algo limitado por mi cadera, tuve que restringirlo y finalmente eliminarlo, debido a las dificultades respiratorias. Mis sibilancias diurnas y sobre todo nocturnas, fueron en aumento, transformándose en verdaderos conciertos.

¡Mi calidad de vida se había ido a la mierda! 

Después del más grave de los “eventos” donde paré justo a tiempo en la sala de resucitación y posterior “alojamiento exclusivo” en la UCI, en enero 2016 decidí renunciar a mi alto cargo, el que no sólo me daba un buen ingreso económico, sino en el cual también era muy bien evaluado formalmente por el Directorio y mis colaboradores (evaluación 360º, porsiaca…). No fue una decisión impulsiva, sino la culminación forzada de un proceso reflexivo que había comenzado bastante antes. Me quedaría en mis cargos hasta fines de ese año, colaborando en la búsqueda e inducción de mi sucesor. A los pocos días de renunciar, partí de vacaciones a la Patagonia, donde enfrentado a tanta sorprendente maravilla de la naturaleza, tuve momentos de reflexión e introspección profunda y sobre todo sincera conmigo mismo, que me permitieron disipar toda duda acerca de la decisión que había tomado.

También a comienzos del año 2016 y dado que los antibióticos no respondían bien a infecciones pulmonares, llevó a los médicos alópatas a la realización de otros exámenes. En definitiva arrojaron como resultado de que además de la EPOC, el anticuerpo Inmunoglobulina tipo E (IgE) total alcanzaría valores cercanos a “récord mundial” (2.400 UI/mL para quienes entienden del tema). Algo similar y en paralelo, sucedía con el diagnóstico de Aspergilosis Pulmonar Incisiva (API), es decir, una colonización de las vías respiratorias con el hongo Aspergillus fumigatus. Ello, aunque no me han podido aclarar bien hasta el día de hoy, si se trata de API o una Aspergilosis broncopulmonar alérgica. Claro, los límites entre una y otra a veces deben ser difíciles de determinar…

¿Suena complicado, cierto? 

Bueno, yo no quiero exagerar y por ello prefiero citar a la Revista Médica de Chile v.138 n.5 Santiago mayo 2010: “La API en pacientes con enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) es una enfermedad grave, con una tasa de mortalidad elevada, entre 91% y 95%2,3. Parecen un factor relevante para este mal pronóstico las dificultades diagnósticas, derivadas de la inespecificidad de la presentación clínica y de la ausencia de pruebas complementarias no invasivas que puedan considerarse definitivas2,4. Además, en pacientes sin datos de inmunodepresión conocida, el diagnóstico puede retrasarse más por no plantearse inicialmente la posibilidad diagnóstica de API5. Aquí el artículo médico completo, a quien le interese: Revista Médica de Chile v.138 n.5, mayo 2010

Bien, además tenía mi IgE alta, supuestamente provocada por una reacción alérgica “a algo”, que hasta ahora la medicina tradicional no ha podido determinar, pero la literatura habla que también podría ser debido a infecciones por parásitos, inmunodeficiencias, enfermedades reumatológicas, patología tumoral (enfermedad de Hodgkin, leucemia mieloide crónica, leucemia linfoblástica aguda)…. En fin, nada claro en cuanto a los factores que lo gatillan, después de casi dos años.

Mi tratamiento por la medicina alopática en todo este tiempo (hasta fines de enero 2017 que dejé de ir…) era embutirme antibióticos, corticoides y tres tipos de inhaladores. Tuve que comprar mi propio nebulizador y viajar acompañado por éste para donde fuera, por si se producía algún “evento” (seguramente lo seguiré haciendo por un tiempo, “por si las moscas”).  Pero en resumen: las juntas médicas interdisciplinarias no llegaban a ninguna otra conclusión que “explorar” la posibilidad de tratarme la IgE (no la Aspergilosis, ya que aparentemente los antimicóticos serían demasiado tóxicos y muchos efectos adversos para mi caso) con un compuesto carísimo llamado “Omalizumab”, que supuestamente es el único “remedio” del que se conocen algunos resultados positivos. Sin embargo, ante mi duda acerca de las altas dosificaciones que serían necesarias debido a mi alto índice de IgE y además por mi tamaño (peso), en enero 2017 no me pudieron dar respuesta convincente, quedaron en interconsultar (más allá de la junta médica que lo venía viendo) y darme respuesta. Aún estoy esperando… Deduzco, que sería inviable dosificar tanto alto. Es decir, no me sirve y a ello se suma, la baja probabilidad de éxito y efectos colaterales que potencialmente no son muy inofensivos que digamos.

Dentro de toda esta negativa evolución broncopulmonar, el año 2015 me tuve que operar y colocar una prótesis de cadera. Ello en realidad no fue ningún problema para mi salud, más bien un alivio, ya que me quitó una carga doble de encima: el dolor y el insomnio causado por dolor.

Ya antes de mediados del 2016 yo veía que esto venía mal y decidí abordar otra arista, la psicológica. Por primera vez en mi vida iba a una consulta psicológica. Claro…, yo no lo necesitaba, yo soy un optimista y no me bajoneo nunca, manejo el estrés, no tengo idea lo que es una gastritis, mentalmente soy “Superman”…

Pues nada de ello era cierto. Me sirvió para darme cuenta de muchas cosas, varias que también dejé plasmadas en reflexiones en este blog-web especialmente desde febrero del año 2015. No sólo reafirmó mi decisión de cambio de giro laboral, sino también para recobrar la intención y motivación de buscar más proactivamente una solución a mi temita broncopulmonar, tras lo cual deambulé en paralelo a la medicina alópata por la acupuntura, el biomagnetismo y otras opciones alternativas, con resultados moderados. Quizás lo que más ayudó fue la por mi sólo parcialmente aplicada alimentación ortomolecular, que me sugirió mi médico y psicóloga (con quien partí inicialmente sólo en lo psicológico, para no interferir con los demás médicos) quien trabaja bajo la mirada biorreguladora. Sí, ello también ayudó a desintoxicarme, al menos un poco, de tanta cortisona, antibióticos y compuestos inhaladores broncodilatadores.

Insisto: ¡el tema es denso y aburrido!  Pero ya viene la luz en el horizonte…, es decir la respuesta a mi primo por el tema del clavo oxidado….

¡Y mi “Psico-Doc” me apoyó e incentivó para que lo hiciera, aunque para ella era una vía de solución desconocida!

continuará….

Ricardo Gevert – Adm. Industrial

texto extraído de www.gevert.com

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SUPERAR EL DOLOR DE LAS RUPTURAS

por Joan Garriga y Mireia Darder

Estoy sola en la cama. Siento una sensación extraña que podría describir como una mezcla de frío y vacío, pero no consigo identificar de que emoción se trata. Es mi primera noche de separada. Hoy duermo sola después de muchos años de vida común. Lo cierto es que estaba preparada para sentir mucho dolor y enfado, pero me sorprende que no sienta nada de eso. Más bien es una sensación de abismo, como si me hubieran sacado el suelo debajo mis pies y estuviera sostenida en el aire, suspendida en la nada. Poco a poco voy dejándome sentir y puedo poner nombre a mis sentimientos: tengo miedo, bastante, de lo que esta por venir, de estar sola, de cómo será el futuro, y me cuesta reconocer que estoy asustada. Además siento la impregnación de todos estos años y aunque tengo claro que la separación sea el camino correcto, me invade una extraña añoranza que no quisiera sentir. Me digo que estoy loca y, al fin, me contacto con tantas ilusiones truncadas y me asalta todo el tiempo la voz de Serrat cantando “no hay nada más amado que lo que perdí”. Y lloro… en un inacabable océano de lágrimas. Y duele”.

Esta es la descripción que hacía una clienta de terapia acerca de sus sentimientos después de una separación consensuada, en la que ambas partes estaban de acuerdo en bifurcar sus caminos y abrirse a la oportunidad de nuevos horizontes.

En una ruptura en general y especialmente en una de pareja se ponen en marcha muchas emociones, la mayor parte de las cuales consideramos negativas porque son difíciles pero resultan imprescindibles para completar el proceso y salir fortalecidos. La más habitual y difícil de vivir es el simple dolor de haber perdido al otro. Incluso en los casos en los que se siente una gran liberación por salir de una situación insatisfactoria para la persona, tarde o temprano asoma el rostro del dolor por dejar lo conocido, lo que se amó y enfrentarse a algo nuevo.

Afortunadamente la vivencia del dolor es un ingrediente necesario para completar con éxito el proceso de una ruptura y llegar a ser capaz de crear futuro.

Una elemental mirada filosófica nos enseña que, en el vivir, todo es ruptura y cambio, que todas las pérdidas empiezan ahora, enmarcadas en lo que tenemos, en aquello que hemos construido y ganado en nuestra vida. Constantemente estamos despidiendo algo del pasado y abriendo el paso a algo del futuro. Despedimos el acogedor vientre materno para salir a la luz de la vida, nos volvemos adolescentes dejando atrás el infante que fuimos y el entorno protector de los padres, pero también dejamos al joven impetuoso para tomar compromisos y responsabilidades en la vida, ser padres quizás, etc. Al final de un largo camino también enfrentaremos el tránsito definitivo de perder nuestra vida. De manera que vivir nos obliga al ejercicio constante de saber abrir y saber cerrar, expandir y contraer, ganar y perder, ampliar y reducir, amar y doler. Es el gran juego que también rima en nuestro cuerpo: a cada inspiración en la que tomamos el aliento necesario le sigue la expiración en la que nos despedimos del viejo oxígeno que ya cubrió su función, a cada sístole le sigue su diástole, en un latido ininterrumpido en el que la vida canta su mantra más sutilmente sonoro: tomar y soltar, tomar y soltar, tomar y soltar. Al final incluso soltar nuestra propia vida. Es feliz y exitoso aquel que sabe ponerse en sintonía con ambas fuerzas de la vida: la fuerza de la expansión y la de la retracción, la del ganar y la del perder. En toda vida ambas visitan. En toda vida nos encontramos con las pérdidas y el desamor pero también con las dichas de las uniones, los vínculos y el amor que les precedieron.

Abrirse al amor en la pareja también significa hacerse candidato al dolor. Abrimos nuestro corazón cuando podemos asumir que tal vez nos dolerá. De hecho en el amor esperamos que el otro nos tratará bien, cumplirá sus compromisos y deseará nuestro bien. Pero también debemos saber que no somos niños indefensos y que nos hacemos más grandes y sabios cuando sabemos y concordamos en que el otro, a pesar del amor, también nos puede traicionar y que la verdadera confianza asiente a esta posibilidad y a sus consecuencias, en lugar de invertir en férreos e indignos controles. Si, al fin deviene la traición o el desamor o la ruptura inesperada, se pone a prueba nuestra autoestima que consiste en saber que podremos con ello, que lo superaremos fortalecidos y con el corazón abierto, y que estamos disponibles para todas los retos emocionales que se nos presenten en el trayecto que ha de conducirnos hacia nuevos y felices vínculos.

Quizá la prueba de fuego de que un proceso de separación concluyo es que estamos de nuevo disponibles para otro vínculo importante, para construir de nuevo. Se sabe que mal se construye sobre cenizas y escombros y, al contrario, se edifica bien sobre los aprendizajes anteriores, sobre la integración nutritiva de nuestro pasado, fuera el que fuera. Eso sí son buenos pilares. Por eso es tan importante integrar nuestra historia afectiva.

¿Cómo se hace?

Después de un proceso emocional arduo, amándolo todo tal como fue, tal como ocurrió, incluyendo aquello difícil y desdichado que nos tocó vivir, porque de esta manera se cumple el efecto de que, amándolo, lo negativo se evapora y lo positivo se queda impregnado en nuestro corazón. Poderosas alquimias del amor. De esta manera no necesitamos caer en posiciones débiles como el victimismo o el resentimiento de las que algunas personas abusan, en lugar de tomar su responsabilidad en los asuntos. Posiciones que en el fondo les mantienen atados a lo anterior. En relaciones humanas podemos formular una máxima que se comprueba una y otra vez: “permanecemos atados a aquello que rechazamos en nuestro corazón” y a la inversa “lo que amamos, nos hace libres”.

Continuará….

JOAN GARRIGA

Extraído de www.joangarriga.com/

www.facebook.com/joangarrigabacardi

 

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