El virus Covid19 también conocido como SARS-CoV2 ya ha dejado millones de muertes en el mundo. La pandemia se sigue extendiendo y aunque vemos esperanza en las vacunas que ya se están administrando hay mucha incertidumbre y preocupación por parte de los supervivientes del virus y también de aquellos que aún no lo han pasado.
La falta de información sobre el virus nos tiene a todos en vilo. Las personas que ya lo han padecido no están tampoco a salvo, les han quedado secuelas y no saben si serán permanentes o no. Sabemos que el virus afecta a las vías respiratorias, pulmones; al sistema circulatorio, creando trombos y otras complicaciones. Altera la función renal, al corazón y otros órganos. También afecta al sistema nervioso: creando la pérdida del olfato y el gusto, pérdida de memoria.. Esto significa que un diagnóstico de Covid19 podría conducir a un diagnóstico de enfermedad mental.
En recientes estudios realizados en Estados Unidos, uno de los países más afectados por la pandemia, en más de 60,000 casos de personas infectadas del virus covid-19, los investigadores los compararon con otro grupo de personas diagnosticadas de otras enfermedades en el mismo tiempo y concluyeron que padecer de covid-19 aumentaba el riesgo de enfermedad mental más que ninguna otra enfermedad.
En el estudio se incluyeron personas con la gripe común, otras infecciones, problemas de vesícula, fractura de huesos, entre otras. Éstas personas tenían un gran riesgo de ser diagnosticadas de enfermedad mental entre el primer y tercer mes de sufrir su enfermedad. En cambio las personas diagnosticadas de Covid-19 tenían el doble de riesgo de recibir un diagnóstico de enfermedad psiquiátrica relacionada con el virus, en el mismo período de tiempo.
Cuando hablamos a enfermedad mental o psiquiátrica nos referimos a las personas que sufren ansiedad, depresión, ataques de pánico, trastornos de estrés postraumático, etc. Los diagnósticos de demencia senil, ansiedad, y otros fueron diagnosticados después de padecer el Covid-19. Aquellos que han tenido que estar hospitalizados debido al virus tenían el porcentaje más alto de padecer alguna enfermedad mental.
Aún tenemos que conocer más datos sobre este virus y sus efectos en nuestra salud, pues cada día conocemos nuevos datos. Es evidente que se necesita una investigación más detallada sobre su efecto en el sistema nervioso. Aunque no nos sorprenderíamos si se descubriese qué es exactamente lo que provoca esta respuesta de nuestro cerebro. Lo que sí podemos hacer hoy es prestar más atención a las secuelas de las personas que han padecido el Covid-19 y sobre todo vigilar su salud mental para que sus síntomas no empeoren y puedan llevar una vida saludable.
Después de un extenso período donde una parte importante de los trabajadores se desempeñaron en forma virtual, el desconfinamiento implica una reorganización no exenta de dificultades, en particular para las mujeres con hijos en edad escolar.
Sin embargo, contando con apoyo en el hogar y en el ámbito laboral, la sensación de bienestar puede ser mayor a la experimentada durante la cuarentena.
Aunque la pandemia está lejos de finalizar, el desconfinamiento en la Región Metropolitana y otras zonas del país ya es un hecho. Una de las consecuencias es el retorno al trabajo presencial, o a sistemas mixtos, que siguen considerando funciones online. En cualquiera de estos casos, implica una reorganización de las labores y los hábitos mantenidos en confinamiento, lo que puede generar ansiedad.
Durante el período de cuarentena, según el psicólogo y consultor de empresas Andrés Pardo, “fueron notorios los efectos en la salud física y mental, donde los mismos trabajadores declararon haber experimentado dificultades para conciliar el sueño y controlar su irritabilidad, entre otras consecuencias como aumento de peso e incluso consumo de alcohol y drogas”.
De acuerdo al especialista, “con el progresivo fin del confinamiento, llegará el momento en que un número considerable de empleados sentirá, o se permitirá sentir, todo el cansancio de este tiempo. Probablemente, muchos se adaptaron a la adversidad y ahora deberán enfrentar otros cambios”.
Para las mujeres con hijos, que culturalmente son las principales responsables de la crianza y las labores del hogar, este período ha sido intenso. Y si bien cuando hay hijos en edad escolar que se mantienen en casa, no va a ser fácil retomar las actividades presenciales, el estrés podría verse aminorado con el retorno al trabajo. Así lo plantea la psicóloga y magister en psicoterapia sistémica, Claudia Lobos: “Dependiendo la percepción de satisfacción con el trabajo antes del confinamiento, algunas de las ganancias de volver al trabajo presencial son tener una jornada laboral con límites claramente definidos, en términos de espacio y tiempo, facilitando la focalización de la atención en la tarea y por consiguiente la ejecución de la misma. Como consecuencia de lo anterior, la disminución del estrés producto de retomar una rutina definida y el relacionarse con los compañeros de trabajo, pueden aumentar la sensación de bienestar”.
Medidas de autocuidado
No obstante, para que ese bienestar sea perdurable, se requieren ciertas acciones. “Algunos de los desafíos que nos plantea el desconfinamiento son el redistribuir las tareas del hogar con la pareja o con su núcleo de convivencia, buscar la forma de dejar los hijos en casa al cuidado de alguien de la red de apoyo y encontrar formas de reducir el riesgo de contagio en los traslados”, señala Claudia Lobos.
Será clave el rol de las jefaturas en el ámbito laboral, sostiene el psicólogo Andrés Pardo, quien también es consultor de la industria inmobiliaria: “Se requieren liderazgos cercanos y confiables, acortando las distancias, para prevenir los cuadros de ansiedad o estrés post traumático que podrían detonarse después de la pandemia. El autocuidado, manejo del estrés y motivación en el trabajo serán fundamentales”, concluye el experto.
Es sabido que para poder recordar algo se debe generar algún grado de emoción.
Segun mi experiencia como especialista en aprendizaje aprender es: entender y memorizar; lo que entiendo hoy debo ser capaz de memorizarlo “mañana” para aplicarlo, de lo contrario no se habrá producido el aprendizaje. No hay aprendezaje si no logro aplicar ese conocimiento en el futuro cuando lo necesite. Por lo tanto si necesito de la memoria para aprender, es imprescindible que esa informacion o contenido pase por la emoción.
Pero ¿cómo hacer que algo nos emocione? Lo que primero necesitamos hacer es ver cómo nos sentimos, para eso existen listados o ruedas con una larga lista de emociones divididas en 6 grandes grupos de emociones: sorpresa, felicidad, tristeza, disgusto, ira y miedo. Ahora como padres-profesores tenemos que ayudar a nuesros hijos a expresar y comunicar constantmente cómo se van sintiendo con este encierro, distanciamiento de amigos y falta de independencia debido a esta inesperada pandemia. Una vez que logramos hacer que definan cómo se sienten, y cual es la emocion, podremos trabajar en ella. (como expliqué en una columna anterior)
Las emociones que rondan en los niños y niñas por estos dias me atreveria a decir que son la ansiedad, la tristeza, la desesepracion, la soledad, confusion y abandono, lo que seguramente los podria estar llevando a una actitud de inatencion, impulsividad y hasta molestia frente al colegio y proceso de aprender.
La ansiedad (del grupo de la tristeza) en los niños se traduce en conductas impulsivas, a presentar un mal humor, se ven problemas para concicliar el sueño, insomnio a mitad de la noche, inapetencia, dolor de cabeza, entre otras.
Entonces, ya definida la emocion (la mas comun tristeza y ansiedad) es ayudarles a gestionarla. La ansiedad se puede trabajar con el manejo de certezas. Si nosotros como padres-profesores, les explicamos de manera clara y precisa lo que esperamos de ellos en términos de aprendizaje, si les definimos bien sus horarios para estudiar, horarios para ver tv o jugar, si les describimos la recompensa, si practicamos un refuerzo positivo lo mas inmediato posible al logro por muy pequeño que sea, los niños-estudiantes tendrán mas certezas y seguridades, lo que les ayudará a disminuir si ansiedad.
Lo veo con mis alumnos e hijos, las reglas en casa son claras y raramente se modifican (sólo si hubo una conducta destacada en algun ámbito o circunstancia que ameritara). Se estudia todas las mañanas, la television sólo se prende desde las 3 pm hasta las 6 pm. Les pido que estén en conctacto con el aire libre todos los dias*, idealmente en las mañanas en espacios libres. Se hacen 2 tareas a diario. Se trabaja en silencio, bien sentados, buena iluminacion y presentacion. Todo eso trae consecuencias positivas, refuerzos y certezas. Los esfuerzos son reconocidos y premiados. Es una enseñanza para la vida todo este sistema de orden, no se visualiza de inmediato pero en unas semanas ya es posible visualizar que se han incorporados nuevos habitos, los niños se adaptan rapidisimo a los cambios. Como asi mismo los pequeños tienen escasa conciencia de cantidad y tiempo por lo que señalarles desde la fecha en que estamos cada dia, hasta las horas con un reloj o temporizador de cuánto estarán frente a la tv les ayuda infinidad.
Eso por el lado de las emociones y su relacion con una mejor disposicion para aprender, pero eso no es suficiente, otro aspecto importante que contribuye con tener una mente abierta para aprender es el movimiento, el juego y la creatividad*. De lo cual les comentaré en la próxima columna.
Claudia Pastene – Psicopedagoga – Conoce más de Claudia aqui
Durante la pandemia, en uno de los grupos de whatsapp en los que estoy, una mañana apareció una ex colega pidiendo ayuda: Luis, el marido de la trabajadora doméstica de su casa tenía COVID, le habían indicado aislarse, por lo tanto estaba solo es su casa ubicada en un cité del barrio Franklyn. Sintiéndose mal y muy débil, de modo que no le daban las fuerzas para preparase comida. Habían intentado enviarle delivery, o un Uber, de forma de hacerle llegar comida todos los días, pero esos servicios no llegaban a ese sector. Ellos son venezolanos, por lo tanto tampoco tienen familiares o personas en quien apoyarse en Chile.
Parecía bastante poco eficiente enviarle comida desde el otro lado de Santiago, y me parecía nefasta la idea de que una persona enferma estuviese abandonada a su suerte. Sin saber mucho empecé a preguntar en las redes de fundaciones y corporaciones a través de los distintos chat, y algunas mencionaron que había ollas comunes organizadas por los mismos vecinos y que salían a repartir en bicicleta a quienes no podían retirar la comida. Al poco rato de preguntar tenía el contacto directo de Natalia, una dirigenta comunitaria del sector de Plaza Bogotá, y también el Facebook de la junta de vecinos, donde aparecía el contacto de su presidente Rodrigo. Hablé con ellos y me ofrecieron ayuda. A las 14 horas, Luis ya había recibido dos colaciones y una caja de productos de primera necesidad que le llevó la “Pollo”, líder de otra organización. Habíamos también organizado un calendario para que tuviera alimentación todos los días de la semana. Yo no conocía a ninguno de ellos.. pero ellos estuvieron dispuestos a ayudar.
No escribo esto para decir que el chileno es solidario. Lo cuento porque estoy convencida que vale la pena relevar el rol del vecindario. Vivimos encerrados, no conocemos al del lado, no existe vida de barrio. Esto es transversal a todos los sectores, pero se torna aún peor si vives en un lugar donde hay droga y vives con temor a salir, entonces no puedes generar redes. Pero en las crisis nos damos cuenta que el contar con apoyo en los territorios puede llegar a ser de vida o muerte, es una cuestión se subsistencia. ¿Cuántos de nosotros nos hemos parado a conversar con el de la casa de más allá? ¿Cuántos sabemos si hay un adulto mayor viviendo solo? ¿Cuántos tenemos el teléfono del vecino?
Hay mucho trabajo por hacer, y apoyar a las organizaciones de las comunidades y sus líderes es parte de ese trabajo. Ellos son quienes pueden llegar a conocer a las personas que viven en los territorios, identificar al que está solo, al que no tiene trabajo, al que sufre alguna enfermedad. Sin generar una estrecha colaboración con ellos no será posible avanzar para solucionar ésta y muchas crisis más. Aplaudo y me sorprendo una vez más por lo que están haciendo las distintas organizaciones en las comunidades, hoy puedo dar fe que son necesarias, ¡fundamentales! Por eso hay que cuidarlas y fortalecerlas, porque el tener una red de buenos vecinos puede cambiar la vida de muchos.
La educación a distancia es una prueba mayor para la capacidad de autogestión del aprendizaje en los estudiantes. Con menos controles externos de la escuela física, los estudiantes menos autónomos probablemente están experimentando grandes dificultades para adaptarse a las nuevas estructuras y regulaciones de la escuela a distancia.
¿Entonces, cómo podemos ayudar a los estudiantes a desarrollar una mayor autonomía? Tal vez lo que está pasando puede ser una tremenda oportunidad para lograrlo.
La palabra autonomía viene del griego, y se compone con tres conceptos:
autos, que significa uno mismo, nomos, que significa norma o regla e ia, que indica acción o cualidad. Al unir estos conceptos entendemos que la autonomía se refiere a la capacidad de uno mismo de regular el propio comportamiento. Hay que distinguir este concepto de independencia, que es hacer las cosas sin depender de otro. Muchas veces se entiende que autonomía es hacer las cosas solo o sola, pero en realidad uno podría ser autónomamente dependiente, por ejemplo, cuando somos capaces de pedir ayuda o en el trabajo en equipo.
La autonomía tiene que ver con una experiencia interna, de sentir que yo soy el autor de mis comportamientos, que decido libremente lo que quiero hacer. Por eso la autonomía está íntimamente ligada a la motivación. Dos personas pueden mostrar un mismo comportamiento, por ejemplo, dos estudiantes que se terminan el libro que les dieron de tarea; y sin embargo, experimentar esta tarea de manera muy diferente. Uno puede leer motivado por la nota que le van a poner y otro motivado por el placer de la lectura. Esta experiencia interna, como demuestran las investigaciones de la Teoría de la Autodeterminación, está íntimamente ligada al bienestar y al desempeño, en concreto en las escuelas, al desempeño académico y la motivación con el aprendizaje.
Al ver la autonomía como un elemento central para el bienestar y el desempeño, se la entiende más como una necesidad básica que como una habilidad a desarrollar. Desde esta perspectiva, los educadores debemos considerar cómo generamos un ambiente que favorezca la autonomía de lo estudiantes, qué podemos hacer para satisfacer la necesidad de autonomía, y así aumentar la motivación por el aprendizaje.
En lo concreto esto se logra tomando la perspectiva de los estudiantes, ofreciendo opciones o alternativas para decidir por sí mismos y dando sentido a las normas y expectativas.
El tomar la perspectiva de los estudiantes se refiere a la capacidad de considerar las motivaciones, emociones y objetivos de los estudiantes para la toma de decisiones. Las personas que perciben que han sido consideradas en la toma de decisiones que les afectan están más abiertas a adoptar o asumir esas decisiones de manera libre. Esta capacidad se desarrolla a través de la escucha activa, es decir la habilidad de ponerse en el lugar del otro y entender cómo le impactarán las decisiones que se toman respecto de ella. Entonces, un profesor que, en este tiempo, se ha dado el tiempo para entender en qué realidad están operando los estudiantes, tomará decisiones más ajustadas a esa realidad y puede
flexibilizar sus decisiones. Así, si sabe que un determinado porcentaje de estudiantes no tiene acceso a internet, buscará la manera de llegar a ellos de otra forma. En esta toma de perspectiva, además, se va construyendo un vínculo más profundo con los otros, porque perciben que hay un interés y preocupación genuinos, logrando lo que los estudiantes se sientan mirados y considerados.
El dar opciones o alternativas para la acción satisface esa experiencia de poder tomar decisiones sobre la propia vida. Siempre podemos dar este espacio de decisión a los estudiantes. Los estudios hechos en contextos escolares indican que aún en cosas muy pequeñas o accesorias, el tener alternativas para decidir satisface la necesidad de autonomía y promueve la toma de decisiones responsables. Pueden ser alternativas tan sencillas como elegir en qué formato puedo hacer un trabajo, qué libro quiero leer, elegir con quién se quiere hacer un trabajo grupal, cómo ser evaluado, etc.
Por último, el dar sentido a las normas o expectativas, permite una mejor internalización de las regulaciones de los contextos sociales. Esto se traduce en una mayor adherencia a las normas, porque en realidad la persona con autonomía ha incorporado la norma como propia y la asume, independiente si hay castigo o no. El dar sentido a las normas implica un ejercicio reflexivo de parte de las autoridades, sean estas profesores, apoderados, jefes, etc. Es decir, preguntarse qué sentido tiene para uno mismo la norma antes de exigirle a otros que la cumplan. Muchas veces los adultos no son capaces de dar cuenta de esta reflexión y por eso ensalzan la obediencia ciega como una virtud. En términos de bienestar y desarrollo óptimo el obedecer por obedecer es un mal predictor. En cambio, la integración y adherencia voluntaria a las normas se correlaciona positivamente con indicadores de bienestar y desarrollo. Las discusiones que se han producido en este tiempo sobre por qué los estudiantes copian sirve para entender este tema. ¿Por qué hay estudiantes que actúan éticamente y con honestidad y otros no? Aquellos que copian, claramente no han incorporado o integrado el valor de la honestidad en el contexto escolar y probablemente están enfocados en la contingencia externa, la nota, más que en aprender realmente. Para dar sentido a una norma a otro, hay que usar nuevamente la toma de perspectiva del otro, para entender qué información necesita para cumplirla e incorporarla como propia.
Con la educación a distancia se presenta una buena oportunidad para que las escuelas puedan satisfacer de mejor manera esta necesidad de autonomía y así favorecer la motivación por el aprendizaje.
Hay muchas posibilidades de dar alternativas a los estudiantes en su gestión del aprendizaje, impulsando su creatividad y abriendo espacios para que puedan ir tomando decisiones sobre cómo quieren hacer las cosas.
La necesidad de redefinir normas o expectativas de comportamiento en el espacio virtual da la posibilidad de reflexionarlas junto con los estudiantes.
Y en relación a la toma de perspectiva, que sin duda ocurre mejor en el vínculo uno a uno, aunque la distancia física parece ser un obstáculo, estamos descubriendo que podemos llamar por teléfono, usar wapp, el correo o videoconferencias para comunicarnos con los
estudiantes, algo que antes no se consideraba como posible. Además, la pandemia ha hecho que la contención emocional sea una prioridad para casi todas las escuelas, que más que nunca, se dan cuenta que deben hacer todo el esfuerzo posible para que ningún estudiante se quede atrás. Esto ha provocado que se esté dando más espacio que nunca a ese contacto personal desde la escucha y la empatía con los estudiantes.
La motivación escolar siempre ha sido importante, hoy es una urgencia. Lamentablemente fue un tema descuidado por mucho tiempo, ya que la escuela física permitía supervigilar y controlar de manera externa a los niños y niñas, algo que es mucho fácil de hacer que dar espacios de autonomía. Hay que reconocer, eso sí, que la estructura del sistema educacional completo no está diseñada para favorecer la autogestión de los estudiantes, ni de los docentes, y tampoco de las escuelas. Pero hoy se han flexibilizado muchas cosas de esa estructura, con un currículo menos extenso, con flexibilidad para las evaluaciones, etc.
Ayer mantuve una entretenida conversación con un amigo que imparte clases en primaria. En un determinado momento me confesó con cierto tono apesadumbrado algo que activó mis sensores: «Por lo que estoy viendo en los lugares por los que me muevo, creo que la pandemia no va a cambiar a muchas personas». Como un resorte salté y le respondí: «La pandemia no va a cambiar a nadie. Ni la pandemia ni la pospandemia. Nada nos cambia. Nos cambiamos nosotros. Sólo hay movilización en aquellos que utilizan lo que ocurre y lo que les ocurre como instrumento de análisis y palanca de transformación. Da igual la magnitud o la irradiación de las circunstancias que suceden en derredor, si uno prescinde de incorporarlas a su reflexividad primero y a su campo valorativo después». Mi amigo asintió, y aproveché para lanzar un interrogante: «¿Por qué te crees que hay tantas personas que se mueren a los 27 años, pero no las entierran hasta pasados los 72?». Al soltar esta invectiva pensé en la afectabilidad humana. Conviene recordar que todos tenemos afectabilidad como especie, pero la afectividad como entramado, además de depender de causas multifactoriales ajenas al sujeto, también está atravesada de criterios personales. La afectabilidad es la capacidad de que nos afecten las intervenciones del mundo en nuestro mundo. La afectividad es la forma de ubicar sentimentalmente en la particularidad de nuestro mundo lo que nos afecta de nuestro trato con el mundo.
La afectabilidad faculta que el mundo nos afecte en tanto que somos la compaginación rotatoria de relaciones tanto electivas como no escogidas con las que nuestra biografía no ceja de jalonarse. Esa recepción y afectación se traduce en afectividad. No es extraño que Hume denomine afecciones a los sentimientos. En Ciudad princesa leo a Marina Garcés que «los afectos no son solamente los sentimientos de estima que tenemos hacia las personas o las cosas que nos rodean, sino que tienen que ver con lo que somos y con nuestra potencia de hacer y de vivir las cosas que nos pasan, las ideas que pensamos y las situaciones que vivimos». Algo se presenta ante nuestra atención, interfiere en la inercia en la que solemos armonizarnos, nos zarandea, lo pensamos y lo alojamos en el juego de preferencias y contrapreferencias con el que establecemos las valoraciones afectivas de lo que nos sucede y de lo que hace que estemos sucediendo. De repente, brota un afecto que nos acomoda en una manera concreta de apostarnos en el mundo. En la conversación entre yo y yo acaba de implosionar una mutación destituyente y constituyente a la vez. No necesariamente ha de ser un acontecimiento aparatoso y catedralicio que percute con sus turbulencias en las narraciones de todas nosotras simultáneamente, o en el entramado afectivo de cualquiera de nosotros. Lo sabemos de sobra aunque somos renuentes a aprenderlo: la vida suele estar agazapada en los detalles que nos hacen sentir vivos.
Un afecto puede impugnar o recalcar la cosmovisión que tenemos de nosotros mismos. Puede alcanzar la inauguración de un yo que inopinadamente se lee inédito y renovado. La presencia hipnótica de un tú puede lograr metamorfosis en otro tú, que unas palabras entrelazadas con silencios y otras palabras tanto proferidas como escuchadas nos hagan menos borrosos o incluso mucho más nítidos. Todo esto es posible gracias a la afectabilidad con la que se imprimen nuestros afectos en una gigantesca trama de evaluaciones en la que intervienen la memoria (como llave de acceso al pasado), las expectativas (como herramientas para dar forma al futuro), los relatos sobre la definición de lo posible (como material para construir presente). A pesar de que secularmente se ha segregado el mundo de los afectos del mundo de la racionalidad, los afectos no son inmunes a los argumentos. La argamasa discursiva tiene capacidad transformadora sobre los sentimientos, y a la inversa, en una deriva de retroalimentación en la que no existe un antes y un después, sino simultaneidad. Aquí radica la relevancia de abrir espacios para confrontar narrativas disonantes y tomar el riesgo de ser afectado por ellas. En mis conversaciones más confidentes repito mucho que todo de lo que se da uno cuenta después está sucediendo ahora. A la incesante valoración de ese ahora en continuo curso sobre sí mismo la llamamos sentimientos, es decir, lo que recogemos de afuera para ordenarlo de nuestra piel para dentro. Al afectarnos nos muta y al mutarnos nos afecta. Bienvenidas y bienvenidos a la circularidad sin fin en la que habitamos mientras no dejamos de estar sucediendo.
En los últimos meses —y supongo que por un buen tiempo en el futuro— las videoconferencias se han convertido en el pan de cada día de la mayoría de personas. No solo en el ámbito empresarial, sino también en la vida familiar, social, e inclusive espiritual, las videoconferencias ayudan a mantener el contacto, en medio de las restricciones de movilidad que se han tenido por la pandemia actual. El teletrabajo, que parecía algo que ocurriría en el mediano plazo, ahora está aquí y ha demostrado su eficacia para mantener el mundo girando. Y las videoconferencias son una herramienta fundamental para el éxito de este.
Pero ¿se ha dado cuenta que muchas personas prefieren apagar la función de video de sus cámaras para que no los vean? Los motivos son variados: no estoy presentable, no tengo buen ancho de banda y prefiero escuchar o hablar, no hace falta que nos veamos para lo que vamos a decidir, no está ordenada mi habitación, estoy en un lugar de mi casa por donde pasa mucha gente, quiero que se respete la privacidad de mi hogar. Todos son motivos muy válidos. Pero ¿qué efecto causa este anonimato en las otras personas que asisten también a la videoconferencia?
Ante todo, debo comentar que yo también solía refugiarme en la obscuridad de la cámara apagada. Pero algo que escuché algunas semanas atrás, me hizo reflexionar sobre ello. Una colegía mía estaba en una videoconferencia a la que asistían ocho personas, algunas con la cámara apagada, cuando de repente uno de los asistentes pidió expresamente que activaran sus videos para poder verse mientras hablaban porque era mejor ver las caras de las personas que solo un fondo negro con su nombre. Cuando escuché esto pensé en lo desagradable que sería estar en una reunión en vivo en la cual los asistentes estuvieran con una tela negra en la cara, solamente con su nombre escrito sobre ella. ¿Se podría pensar que es solo por mantener la privacidad?
Durante estos días, los tipos de videoconferencias son variadísimos: de trabajo, seminarios, conversatorios, sesiones de clases, reuniones familiares o con amigos, celebraciones religiosas, etc. Y en cada una de ellas hay un protocolo diferente para el encendido del video y del sonido, de acuerdo con la participación que tengamos en dichas reuniones.
En una reunión de trabajo no es conveniente estar con el video apagado, más aún si son pocas las personas que participan. ¿Por qué? Porque al hablar —y más aun de temas críticos o sensibles—, las personas siempre buscan el contacto visual con los demás, para ver sus reacciones, si están atentos, si desean agregar algo a lo que se está diciendo, etc. Encontrarse con recuadros negros es desconcertante y desmotiva. Si se recurre a una videoconferencia es precisamente para estar visualmente más cerca de los otros. Y desde el otro lado, alguien que está con su video apagado corre el riesgo de ser ignorado durante la reunión al no mostrar su rostro: es como si estuviera ausente.
Pero, como decíamos, cada reunión tiene su protocolo que debe ser respetado. Hace poco asistí a un webinar en el que pedían expresamente que los asistentes entren con el video y el micrófono apagados. Algo muy lógico porque eran los panelistas los que iban a disertar, además de que así se evitaban los ruidos del exterior que procedieran de los micrófonos de los asistentes.
Expertos en marketing personal dan muchos consejos sobre lo que se debe cuidar cuando participamos en una videoconferencia. Yo los resumo en estos cinco aspectos: dress code, luz, lente, detrás y silencio.
El dress code o código de vestimenta esperado para el teletrabajo ofrece la posibilidad de estar más relajados en el modo de vestir por el hecho de estar en casa, sin descuidar por ello el arreglo personal. Todo esto es parte del mensaje que transmitimos a los demás sobre quiénes somos y cómo nos vemos a nosotros mismos.
La iluminación del ambiente es vital. La luz, ya sea de una ventana o una lámpara, debe estar frente a nosotros, no detrás ni a los lados. De esta manera se evitarán sombras sobre el rostro que dificulten el contacto visual con los demás.
Es mejor que el lente de la cámara que nos enfoca esté más arriba de nuestros ojos y un poco alejado. Cuando está por debajo o muy cerca, el rostro se distorsiona —la nariz se ve muy grande, el cuello sobresale—, y todo ello distrae a los otros participantes.
Cuidar lo que se ve detrás de mí. Mientras más orden se vea detrás, mejor, porque así se distraerán menos los demás. Por eso es aconsejable probar lugares de la casa donde haya menos elementos distractores y escoger el mejor para realizar siempre allí las videoconferencias. Las aplicaciones como Zoom ofrecen fondos virtuales que protegen la privacidad, pero la nitidez de la imagen que proyectamos depende del computador y de la cámara con la que se cuenta. Por ello, nada mejor que un fondo real, neutral, agradable y ordenado.
Y finalmente, el silencio a nuestro alrededor. Para ello conviene escoger un lugar o una habitación donde no vayan a haber interrupciones. Más aún, avisar en nuestra casa que estaremos en una videoconferencia para que no nos interrumpan. La activación y desactivación del micrófono es una ayuda muy valiosa a la que se puede recurrir durante la reunión virtual.
Tener en cuenta estos aspectos nos ayudará a lograr videoconferencias exitosas en las que nuestra imagen personal se proyectará de manera positiva en los diferentes ámbitos en que participemos y nos acercará mejor a los demás, algo que en este tiempo deseamos y necesitamos.
No cabe duda que la mayoría de las personas nos encontramos afectadas emocionalmente por los efectos de la pandemia del Covid-19. La cuarentena, el distanciamiento físico, las videollamadas y las diversas realidades, tanto laborales como sociales, están generando fuertes cambios en las personas. No sólo a nivel corporal, por la falta de ejercicio físico; o emocional, por la constante incertidumbre; sino que, a nivel cognitivo, se dificulta la concentración y la capacidad de retención; por lo que las interacciones se han visto más desafiadas en el último tiempo.
“He aprendido que las personas perdonarán lo que digas, que las personas perdonarán lo que hagas, pero que jamás perdonarán cómo les hagas sentir”. Maya Angelou
Cuando las personas experimentamos situaciones como la actual, nos vemos sometidos a la labilidad emocional, a la intolerancia, a la desconfianza, a un aumento en la irritabilidad y a posturas defensivas. Si bien estas reacciones se encuentran dentro de lo esperado, en situaciones como éstas, debes ser consciente que para minimizar los roces, y evitar agregarte más estrés en tiempos de crisis, es recomendable que actives tu autoliderazgo, tus habilidades sociales y una mirada compasiva con los demás.
Es por eso que, mantener una comunicación saludable con las personas que te rodean, se vuelve necesario para cuidar las relaciones sociales y tu propio bienestar psicológico. Pues, no podemos perder de vista que: “una de las funciones más importantes del vínculo social es proporcionar apoyo social en momentos de estrés, aflicción y trauma. El apoyo social puede ser tangible, emocional e informativo” (Lyubomirsky, 2008).
Te compartimos 7 consejos que puedes aplicar diariamente para comunicarte de manera saludable en tiempos de pandemia.
1. Activa tu empatía
Comprender que, tanto tú como los otros, pueden estar afectados por la contingencia, implica que debes ser más paciente, pero también interesarte realmente por la otra persona. Es momento de escuchar con el corazón y centrarte 100% en quienes te rodean.
2. Utiliza la asertividad
Ser asertivos significa que podemos manifestar lo que sentimos o pensamos, pudiendo estar o no de acuerdo con la otra persona, pero siempre lo haremos desde el respeto, sin pasar a llevar los derechos del otro; ni mucho menos, ser agresivos con nuestro lenguaje. Al usar la asertividad podrás decir lo que consideres en el momento oportuno, a la persona oportuna, en el lugar oportuno y de una forma oportuna.
3. Conecta y sintoniza sinceramente
El Rapport es una técnica de la Programación Neurolingüística que facilita la conexión entre personas. Puedes usar estratégicamente algunas palabras
dichas por su contraparte o reforzar sus ideas. Del mismo modo, puedes asumir sutilmente posturas corporales y gestos similares, para que el cerebro de la otra persona se vea reflejado e identificado contigo; y así, empatizar.
4. Prefiere la concesión y evita la confrontación
En el caso que debas rebatir algún planteamiento, te sugerimos evitar frases como: “No, no tienes razón”, y preferir oraciones tales como: “Sí, ¿y si probáramos también con…? Mientras más inteligencia emocional apliques, disminuirás tu estrés e incrementarás tus vínculos sociales.
5. Chequea y regula tus emociones
Sobre todo, antes de iniciar una conversación difícil, tómate unos minutos para reconocer qué estas sintiendo, qué está expresando tu lenguaje no verbal y cuál es la disposición que tienes en ese momento. Inhala y exhala profundo si requieres calmar tu mente, tu cuerpo y tus emociones; y luego, decide una actitud positiva para comenzar a dialogar.
6. Se consciente de lo que estas expresando
Una vez que seas consciente de tus emociones, observa con atención el color de las palabras que estás usando, prefiriendo un lenguaje respetuoso y amable. Además, visualizando si tu corporalidad está demostrando algún gesto de tensión en el cuerpo o en el rostro.
7. Disminuye factores estresores
Ya sea en la comunicación presencial o virtual, podemos vernos afectados por otros estímulos externos o condiciones desfavorables para la interacción, verifica si puedes eliminar estos distractores, o transparenta con tu contraparte lo que está ocurriendo. Mientras más honesto somos en una conversación, más empatía generamos en las otras personas.
La Psicología Positiva ha demostrado, en innumerables estudios que, mientras más relaciones sociales tenemos y de mejor calidad, nuestra autoeficacia aumenta, nuestros pensamientos son más positivos, crece nuestro compromiso y nos volvemos más efectivos en nuestra comunicación.
Al interesarnos realmente por las personas, nuestras competencias comunicativas y nuestros recursos personales, estarán al servicio de construir relaciones más empáticas, en las que el bienestar y la satisfacción de ambas partes, tienen el mismo valor.
Sonja Lyubomirsky, La Ciencia de la Felicidad, Ediciones Urano, Barcelona, 2008
El inédito período de aislamiento que aún estamos viviendo, ha permitido que afloren una serie de problemáticas de índole social, ciertamente relevantes. Al mismo tiempo, sin embargo, existen varias otras que probablemente continuarán pasando desapercibidas, pues no pertenecen a la realidad de las mayorías u orbitan espacios mucho más íntimos.
Debido a la pandemia, no hemos podido disfrutar como quisiéramos del contacto directo con nuestras familias y amigos. Esto puede entristecernos en algunos momentos, a pesar de que su impacto se ve suavizado gracias al uso de la tecnología y las redes sociales. Sin embargo, existen grupos diversos de personas entre los cuales también se cuentan aquellas que son solas. En este punto deseo diferenciar la sensación de «sentirse sola», entendiéndose en medio de un grupo más numeroso, de lo que significa «ser sola», lo cual es una situación de vida que no se puede manejar o cambiar así nada más. Es, en definitiva, a esto último que quiero referirme, a personas y más concretamente a mujeres solas —en el contexto de la sociedad chilena— que no llevan una vida en pareja, sin familia propia, sin hijos. Muchas de ellas poseen redes de apoyo construidas en el mundo profesional en el que se desenvuelven y así van llenando el día a día con su trabajo y las relaciones de amistad con sus compañeros y colegas. Se han realizado estudios y numerosas entrevistas a mujeres que han decidido no ser madres y a otras que han adoptado a sus hijos. Incluso en Chile existen bonos estatales para madres solteras y en algunas circunstancias, bonificaciones por cada hijo vivo al momento de jubilar. Sin embargo, muy poco se ha dicho o hecho respecto de aquellas que no tienen o no tuvieron hijos. En estos meses de cuarentenas, algunas siguen trabajando o lo hacen desde su hogar, mientras otras han perdido su negocio o simplemente han quedado cesantes. Entonces me pregunto qué ocurre con la estabilidad emocional de dichas mujeres al disminuir tan radicalmente su contacto social. Y cómo se sentirán aquellas otras que, pasada ya su vida laboral activa, acostumbran a ir a un centro comercial a “vitrinear” y de esta forma sentirse menos solas, cuando debido a las circunstancias actuales esto es imposible.
El no tener hijos es descrito por muchos como una opción e incluso en conversaciones mundanas, como una preocupación menos en lo financiero. Pero nunca es descrito como lo que realmente es: muchas, muchísimas más horas de soledad. Y en tiempos de pandemia esto puede ser muy duro, no sólo para quienes están sufriendo estrechez económica, sino para quienes dependen solo de su entorno laboral y de relaciones de amistad para acompañarse, cuando el foco de atención se traslada naturalmente al círculo más cercano de cada familia. Así, es esperable que las mujeres solas queden relegadas fácilmente a un plano muy secundario en el ámbito social.
Es un hecho innegable que para la mujer que es madre, la sola vista de sus hijos y más tarde de sus nietos, aunque sea en una pantalla, es suficiente razón para llenar su corazón de emociones amorosas y de esta forma hacer más llevaderos los momentos difíciles y el distanciamiento actual. A diferencia de aquella que no ha vivido la maternidad y que ha debido trabajar sus fortalezas individuales en forma constante, lo cual la convierte de por sí en una mujer un tanto distinta. Ella, además de ser interrogada sobre sus hijos [inexistentes] durante toda su vida adulta y más allá, es una mujer que en general se ha esforzado más para lograr cubrir sus propias necesidades materiales y para llenar su vida con actividades que le brinden satisfacciones aunque sean de diferente índole, las cuales son justamente las que se han visto muy fragilizadas en los tiempos que corren debido al confinamiento y pausa laboral. Con la agravante de que no cuenta con la ayuda o asistencia económica de parte de su prole, pues no existe, y tampoco con una consideración especial de parte del gobierno, porque su realidad de vida la inserta en una minoría prácticamente invisible. Y al pertenecer a esta minoría no considerada, tampoco goza en tiempos normales y menos aún en su vejez, con algún tipo de apoyo estatal amparado por la ley.
Es mi opinión que se viven tiempos aciagos, durante los cuales las debilidades y falencias en nuestra sociedad que antes permanecían semi ocultas, hoy son evidentes. Hagamos visible, entonces, el espectro completo: en cuarentena y aislamiento ¿qué más evidente que la soledad?
Myriam O – Artista multidisciplinaria (conoce mas de ella aquí)
Pilar Sordo – Controlar la ansiedad y el miedo en cuarentena
Estas dos palabras son las más escuchadas estos días… En este nuevo nudo reflexionemos sobre mantenernos anclados en el presente y controlar el exceso de futuro. Los leo!
Pilar Sordo nació en Chile. Es psicóloga, escritora y conferencista. Forma parte del cuadro de honor de las 21 personas más influyentes de su país y se convirtió en un claro referente a la hora de efectuarle consultas sobre temas relacionados con la psicología femenina, las cuestiones de familia y pareja, las sexualidad adolescente y adulta, entre otros. Además, es autora de varios libros, entre los que se encuentran Viva la diferencia, No quiero Crecer y Lecciones de Seducción. Comentarista del comportamiento típico en distintos países de Latinoamérica. Sus obras están expresadas en un lenguaje para «Todo Publico»; utilizando sus propias experiencias para conducir investigaciones, analizarlas y construir conclusiones.